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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

ENCUENTRO DEL PAPA JUAN PABLO II
CON LOS SACERDOTES DIOCESANOS Y RELIGIOSOS
Y CON LOS SEMINARIST
AS

Capilla del Seminario de Cochabamba, Bolivia
Miércoles 11 de mayo de 1988

 

Queridos sacerdotes diocesanos y religiosos,
queridos seminaristas:

1. Siento una gran alegría al estar con vosotros, en este seminario, centro de formación sacerdotal, corazón que alienta la religiosidad de este hermoso y acogedor valle de Cochabamba. Todos vosotros estáis al servicio de las Iglesias particulares, presididas por los obispos, y estáis a la vez en comunión con la Iglesia universal, presidida por el Papa, Sucesor de San Pedro. Como sacerdotes diocesanos vuestro carisma os enraíza de modo especial, en la propia Iglesia local y en el presbiterio; como sacerdotes religiosos, vuestro carisma comunica variedad al seguimiento evangélico en la misma Iglesia particular; como futuros sacerdotes, vuestra fidelidad generosa a la vocación constituye la esperanza de toda la Iglesia, especialmente en esta querida tierra boliviana.

Todos vosotros os esforzáis por identificaros con el Evangelio de Jesús y con el misterio de su Iglesia y queréis ser aquí y ahora un signo visible del Buen Pastor, “ungido y enviado” (Lc 4, 18), para entregar su vida según los planes salvíficos de Dios Amor sobre los hombres (cf Jn 10, 1-39).  En el seguimiento sacerdotal de Cristo habéis oído la llamada a hacer presente la obra salvífica del Redentor, como signo del amor de Dios a toda la humanidad. “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec” (Hb 5, 6). 

2. Sin duda que uno de los aspectos que más impresionan al meditar detenidamente la vida de Cristo es su cercanía y solicitud por los pobres, por los que sufren. ¿Quién no prueba una íntima emoción cuando escucha las expresiones salidas del Corazón de Jesús, Buen Pastor, en contacto con la realidad humana? “Tengo compasión de esta muchedumbre” (Mc 8, 2), “tengo otras ovejas” (Jn 10, 16), “venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados que yo os aliviaré” (Mt 11, 28). 

Vosotros vivís también a diario estas preocupaciones del Buen Pastor, compartís sus anhelos y sus gestos, en comunión íntima con su persona. Punto de partida para interpretar correctamente las realidades que pastoralmente habéis de abordar, es el mismo Jesús, Palabra del Padre. Vuestra vocación os exige permanecer en esa palabra, ser fieles a ella, a la persona de Jesús en cuanto partícipes de su unción y de su misión. De este modo podréis responder a una realidad acuciante, que está pidiendo hombres expertos en humanidad precisamente porque se han adentrado en el trato contemplativo de Cristo resucitado, presente en la Iglesia y en el mundo.

El “sígueme” de la llamada al ministerio apostólico y a la vida consagrada (cf. Jn 1, 43; Mc 1, 17; Mt 4, 19) tiene un doble aspecto indiviso y a la vez complementario: encuentro con Cristo y misión. Uno y otro aspecto se postulan y integran mutuamente. La vocación se nos presenta pues, como un don de Dios, y se ha de responder a ella, asumiendo también todas sus exigencias de entrega al seguimiento de Cristo y a la acción evangelizadora. Es así como se expresa el afecto de Cristo “a los suyos” (Jn 13, 1) como vocación, que es declaración de amor, y sólo en pos de este amor se comprenden perfectamente los dos aspectos, complementarios entre sí, de la vocación: “Llamando a los que quiso, vinieron a El, y designó a doce para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). 

El seguimiento de Cristo os vincula indisolublemente a El, no sólo para participar en su ser o en su “unción” sino también para prolongar su misión y para adentraros en su amor redentor. ¡Cómo no recordar la escena conmovedora de Nazaret, donde Jesús había vivido durante treinta años, y donde al final fue expulsado precisamente por anunciar su misión de “ungido y enviado para evangelizar a los pobres!” (Lc 4, 18). La “encarnación” o inserción de Jesús en las circunstancias concretas de Nazaret, su tierra, en la historia de sus contemporáneos y en los acontecimientos de toda la humanidad, había de realizarse según los planes y “el mandato del Padre” (Jn 10, 18).  Este modo de inserción es el más auténtico, el más profundo, porque no se limita a asumir unos datos sociológicos, sino que consiste principalmente en rescatar del dominio del pecado y de la muerte la historia de los hermanos, asumiéndola en su persona como mediador y “sacerdote”. El misterio de Nazaret está ya comprendido en el mensaje de las bienaventuranzas y en cierto modo lo anticipa. Todo el Evangelio produce “estupor”, “admiración” (Mt, 7, 28) y, no pocas veces, “escándalo” en quienes lo escuchan (cf. Ibíd., 13, 57); y así vemos que los nazarenos quisieron despeñar a Jesús tras su predicación en la sinagoga (cf. Lc 4, 29). 

3. Vosotros queridos hermanos, sentisteis un día el llamado de Jesús de Nazaret, a quien seguisteis con decisión y generosidad. Sabéis muy bien que, con la vocación al sacerdocio y a la vida consagrada, habéis sido llamados a correr la suerte de Cristo, a “beber el cáliz” (Mc 10, 38),  a compartir la vida con El. Esta llamada no sólo os sostiene y os prepara las dificultades, según las palabras del Señor: “Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en las pruebas” (Lc 22, 28), sino que conlleva además una gozosa participación en la amistad de Cristo: “Vosotros sois mis amigos” (Jn 15, 14). En la vivencia de esta amistad consiste precisamente el secreto de la misión: “Vosotros daréis testimonio, porque habéis estado conmigo desde el principio” (Ibíd., 15, 27). 

A la luz de estas palabras salidas de los labios de Jesús, podemos enfocar correctamente los acontecimientos y problemas que más nos preocupan. Os puedo asegurar que mi corazón vive día a día vuestras inquietudes espirituales y afanes apostólicos. ¡Cómo no pensar en la necesidad y urgencia de numerosas y selectas vocaciones nativas! ¡Cómo no estar cerca de vosotros en tantas situaciones de dolor y injusticia! ¡Cómo no acompañaros en vuestras tareas de inserción y promoción del mensaje evangélico en las distintas culturas! ¡Cómo no alentaros a la mejor y más auténtica vivencia del sacerdocio como signo personal y comunitario de Cristo Sacerdote y Buen Pastor!

Permitidme que os abra mi corazón para deciros que la principal preocupación de todo sacerdote ha de ser la fidelidad, la lealtad a la propia vocación, como discípulo que quiere seguir al Señor con una entrega total y con una disponibilidad misionera sin condicionamientos ni fronteras. Sólo a la luz de esta entrega se pueden afrontar los demás problemas. Es muy consolador comprobar que el número de vocaciones va aumentando sensiblemente, a medida que, disipando toda clase de ambigüedades, se va creando en los seminarios un ambiente de seguimiento evangélico. Estas vocaciones necesitan tener delante de sí el espejo claro de unos presbiterios que reflejen la “fraternidad sacramental vivida” (Presbyterorum Ordinis, 8);  necesitan el sustento de unas comunidades eclesiales y religiosas que estén comprometidas responsablemente en la comunión y en la misión de la Iglesia (cf. Perfectae Caritatis, 15). 

4. Sé que un elevado porcentaje de los sacerdotes diocesanos y religiosos habéis venido de fuera de Bolivia y que ésta os acoge y trata con cariño. Precisamente esta ayuda de otras Iglesias hermanas es una prueba más de que la Iglesia es católica y misionera. Como Pastor universal quiero expresar mi gratitud más cordial a tantos de vosotros que habéis dado este signo de universalidad y que ejercéis vuestro ministerio con sacrificio y generosidad en esta vuestra patria adoptiva.

A todos los evangelizadores, nacidos aquí o venidos de lejanas tierras, quiero recordar en este día que han de llevar el Evangelio a todos los hombres, habida cuenta de sus valores culturales. La genuina “inculturación” parte de la luz y de la fuerza del Evangelio, que sobrepasa las manifestaciones de toda cultura, haciendo así posible el discernimiento de los auténticos valores, su purificación, transformación y elevación. Todo evangelizador debe, por tanto, sumergirse y, podríamos decir, “inculturarse” primeramente en el espíritu del Evangelio por un proceso de contemplación y de conversión personal, para poder luego injertar el mismo Evangelio, tal como es, sin reduccionismos, en una determinada cultura. Así se podrá “evangelizar la cultura de manera vital, en profundidad y hasta en sus mismas raíces” (Evangeli nuntiandi, 20) 

Las vocaciones nativas son necesarias para continuar el proceso de evangelización iniciado hace ya casi cinco siglos. Muchas vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa tienen su origen en ambientes populares y campesinos. Estos ambientes acostumbran a custodiar las raíces culturales de vuestro pueblo y a preservar sus valores autóctonos en una rica variedad de expresiones e incluso de idiomas (como el quechua y el aymara), que son canales privilegiados de evangelización. El Señor llama a los que quiere, sin distinción de clase ni de situación social, como vemos en el grupo de sus primeros discípulos.

5. Por ello, deseo alentar los esfuerzos prodigados en potenciar la pastoral juvenil y vocacional, y animaros a seguir con creciente entusiasmo las orientaciones recibidas de vuestros Pastores y superiores religiosos en orden a la formación de la acción apostólica. Un sacerdote o religioso bien formado desde el seminario o noviciado, debe estar capacitado y dispuesto para vivir en la comunidad eclesial, por pobre que sea, sin buscar privilegios ni defender intereses personales. Necesitamos nuevos “Curas de Ars” que acompañen a las comunidades de las que forman parte y que anuncien la Buena Nueva a los pobres, como signo de la llegada del reino (cf. Mt 11, 5).

Nos hemos de felicitar porque la Iglesia boliviana se hace cada vez más presente en los ambientes campesinos y en los barrios marginados de las ciudades, sin olvidar la urgencia de otros sectores como la juventud, la familia, el mundo del trabajo y de la cultura. Este testimonio de cercanía a toda persona que busca y sufre, y especialmente a los más pobres y marginados, hará que los hombres de hoy, como en los tiempos de Jesús, sientan la presencia del padre. A través de esta cercanía ministerial, “Cristo se convierte sobre todo en signo legible de Dios que es amor”(Dives in misericordia, 3).

La existencia y aspiraciones del sacerdote y del religioso han de estar centradas en Cristo, del cual prolonga su palabra, su presencia, su acción salvífica. La luz y la fuerza, para él y para la comunidad, ha de buscarla en la Palabra de Dios, en la acción del Espíritu Santo, en la celebración eucarística. Por esto “la Eucaristía aparece como la fuente y la culminación de toda la evangelización” (Presbyterorum Ordinis, 5). Sólo a partir de esta realidad de fe, sabrán vivir inmersos y comprometidos en la realidad de la comunidad eclesial y humana, para ser en ella “instrumentos vivos de Cristo Sacerdote” (Ibíd., 12) y adoptar una actitud de pobreza, castidad y obediencia, como “ascética propia del Pastor de almas” (Ibíd., 13), que es la nota características de los Pastores y Profetas al servicio de un pueblo que sufre y que no pocas veces carece de voz.

6. En las dificultades de toda índole que han de afrontar las comunidades a las que servís, estáis llamados a profundizar, vivir y anunciar la fuerza enorme del Evangelio y la riqueza del Magisterio de la Iglesia, especialmente en la presentación de su doctrina social. Vuestros obispos, cumpliendo su misión propia, no han dejado de iluminar los momentos difíciles por los que ha atravesado vuestro país. De esta manera, como he señalado en la reciente Encíclica “Sollicitudo rei socialis”, «la doctrina social cristiana ha reivindicado una vez más su carácter de aplicación de la Palabra de Dios a la vida de los hombres y de la sociedad, así como a las realidades terrenas, que con ellas se enlazan, ofreciendo “principios de reflexión”, “criterios de juicio” y “directrices de acción”» (Sollicitudo rei socialis, 8). 

7. En su labor ministerial, el sacerdote ha de estar integrado en una acción pastoral de comunión o de conjunto. Como nos recuerda el Documento conciliar “Presbyterorum Ordinis”, “ningún presbítero puede cumplir cabalmente su misión aislado y como por su cuenta, sino sólo uniendo sus fuerzas con otros presbíteros, bajo la dirección de los que están al frente de la Iglesia” (Presbyterorum Ordinis, 7).  Nada mejor para ellos que trabajar unidos en la aplicación de los “Enfoques, directrices y camino pastoral unido”, que ha propuesto la Conferencia Episcopal de Bolivia como camino de evangelización. Dicho “camino pastoral” ha sido tomado como base de preparación de esta visita del Sucesor de Pedro y será, sin duda, el mejor fruto de la misma si todos unidos en torno a sus Pastores, se empeñan en esta tarea que ha de dar nueva luz y nuevas fuerzas a la evangelización.

La unidad del Pueblo de Dios será fruto de la unidad de sus Pastores que, sin renunciar a un sano pluralismo enriquecedor, trabajan con unidad de miras, de corazones y de acción, impulsados por el mismo amor a Cristo y en fidelidad a la misma doctrina evangélica de la que la Iglesia es depositaria. La unidad entre los sacerdotes es una “fraternidad sacramental” porque es “exigencia de la común ordenación sagrada y de la común misión” (Lumen gentium, 28),  y porque es un signo eficaz de santificación y de evangelización. Si esta fraternidad es auténtica, “es ya un hecho evangelizador” (Puebla, 663).

Es urgente, por consiguiente, poner en práctica estas experiencias de fraternidad en todos los presbiterios, de suerte que se concrete en ayuda mutua a nivel de vida pastoral, espiritual, cultural, económica y personal. Y será sumamente conveniente intercomunicar estas mismas experiencias y servicios a nivel nacional entre las diversas diócesis y entre los diversos institutos religiosos. De esta colaboración entre presbiterios y organizaciones religiosas nace una fuerza insospechada para la vida de la Iglesia y para la evangelización del Pueblo de Dios.

8. Para conseguir estos objetivos en vuestra vida personal y ministerial, hay que fomentar la formación permanente en el campo doctrinal, pastoral y espiritual (cf. Optatam Totius, 22).  “La gracia recibida en la ordenación, que ha de reavivarse continuamente, y la misión evangelizadora, exige de los ministros jerárquicos una seria y continua formación, que no puede reducirse a lo intelectual, sino que se extenderá a todos los aspectos de su vida” (Puebla, 719). 

Deseo agradecer y alentar a cuantos sirven generosamente en este campo tan importante de la formación inicial y permanente del personal apostólico. En especial quiero mencionar a los profesores de la Universidad Católica y de su instituto superior de estudios teológicos, así como a los responsables de la formación en los seminarios y en los centros apostólicos y noviciados. Agradezco a todos, a los directores, formadores, profesores y demás cooperadores, el empeño generoso que ponen en la tarea de formación. Estoy seguro de que su labor seguirá orientándose hacia la fidelidad al Evangelio y a las enseñanzas y directrices de la Iglesia, en los programas y estructuras de las enseñanzas impartidas y en los criterios que rigen la formación, tanto de los futuros sacerdotes como de los religiosos.

A este respecto, entre todos los campos de formación, hay que subrayar el de la formación espiritual, de acuerdo con la vocación específica del sacerdote diocesano y con el carisma peculiar de la vida religiosa. Esta formación, que se constituirá en la base de toda la personalidad del sacerdote y del Pastor, ha de estar siempre animada por la oración personal, comunitaria y litúrgica. Jesús orante en todas las circunstancias de su vida se convierte para nosotros en el Maestro inspirador de nuestra relación continua con Dios, apoyada en momentos fuertes de meditación de la Palabra de Dios, de participación en la Eucaristía y de celebración del sacramento de la reconciliación (Presbyterorum Ordinis, 18). 

9. Sabed que los fieles buscan siempre en el sacerdote el maestro en la fe. La unción del Espíritu, recibida el día de la ordenación, os ha hecho representantes de Cristo para obrar “en su nombre”: “Tomado de entre los hombres y puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios” (Hb 5, 1), como hemos proclamado en la lectura bíblica. Vuestra configuración con Cristo, Buen Pastor, es una exigencia y una posibilidad por el hecho de ser sus “instrumentos vivos” (Ibíd., 5, 12).  El seguimiento de Cristo, pobre, obediente y casto, os convierte en signos de su modo de amar según los planes salvíficos del Padre en bien de todos los hermanos. De modo especial, el seguimiento de Cristo virgen os hará comprender que el celibato o castidad consagrada, por el Señor y por el reino de los cielos (cf. Mt 19, 12), os capacita para una entrega esponsal, más generosa y absoluta a Cristo que os envía y os espera en el servicio a los hermanos, particularmente los más pobres y abandonados.

Aunque he querido dirigir mis palabras a todos, sacerdotes, religiosos, seminaristas, personas consagradas, quiero ahora saludar de modo especial a cuantos os estáis preparando para ser sacerdotes o para el seguimiento evangélico en la vida religiosa. Vosotros sois el futuro y la esperanza de la Iglesia. La Iglesia del futuro será mejor si vosotros sois mejores; la Iglesia en Bolivia será una Iglesia evangelizadora de los pobres, si vosotros desde ahora compartís la vida con Cristo pobre, obediente y casto; la Iglesia boliviana del V centenario de la evangelización de América Latina y del año 2000 será una Iglesia misionera, si vosotros crecéis en espíritu misionero universalista; un espíritu sin fronteras porque es libre y generoso en su entrega a Cristo que espera en los hermanos necesitados. Todo ello lo descubriréis en el “coloquio cotidiano” con Cristo amigo, presente en la Eucaristía y que os sigue hablando, amando y llamando desde la Palabra viva y siempre joven del Evangelio.

10. A todos, sacerdotes, religiosos, seminaristas, en este Año Mariano, os invito a profundizar en el sacerdocio de Cristo, cuya unción por el Espíritu Santo tuvo lugar en el seno de María, cuando el Verbo se hizo carne en su seno virginal. María, que es Madre vuestra por título especial, será vuestro modelo y ayuda segura para que vuestra vida se oriente totalmente según la caridad de Cristo Sacerdote y Buen Pastor. Que María, la cual dedicó su vida al crecimiento y a la formación de Jesús (Lc 2, 51-52), y cuya fe “precede al testimonio apostólico de la Iglesia” (Redemptoris Mater, 27),  sea vuestra Protectora en todo momento. Junto a Ella está siempre San José, el Santo Patrono de este seminario y que es modelo para todo creyente que quiera gastar su vida humilde y calladamente sirviendo a Jesús nacido de María y presente en la Iglesia. Que el espíritu fraterno de la Sagrada Familia reine en la familia del seminario, en cada comunidad religiosa, en cada presbiterio.

Con estos fervientes deseos os bendigo de todo corazón, así como a los demás sacerdotes y religiosos de Bolivia que no han podido estar presentes en esta celebración.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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