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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON  LOS CAMPESINOS, LOS OBREROS Y LOS MIN
EROS

Oruro, Bolivia
Miércoles 11 de mayo de 1988

 

Queridos hermanos y hermanas del altiplano,
Ancha manásghas runa masis, Diuspáta Wawásnin:

1. Siento un gran gozo por estar hoy con vosotros en Oruro para celebrar nuestra fe común en Jesucristo resucitado. Que El viva siempre en vuestros corazones, en vuestras familias, en vuestros trabajos de cada día.

Saludo con afecto a todos los presentes sin excepción. En particular, al Pastor de esta diócesis, Monseñor Julio Terrazas Sandoval, así como a todos los hermanos en el Episcopado que aquí nos acompañan, junto con sus sacerdotes, religiosos y religiosas. Entre vosotros hay también un gran numero de campesinos, mineros, obreros y pobladores de barrios marginales.

Mis ojos contemplan maravillados a toda esta multitud congregada aquí para saludar al Papa y hacerle partícipe de su vida, de sus preocupaciones y esperanzas de un futuro mejor. Sé que para llegar a este lugar muchos de vosotros, familias enteras de campesinos, habéis tenido que recorrer largas distancias, con grandes sacrificios y sufriendo los rigores de esta dura naturaleza del altiplano. Vosotros, mineros, traéis las marcas del profundo socavón de donde extraéis el mineral que por siglos ha sido la principal fuente de riqueza de vuestro país. Venís también de Potosí y de otros lugares del altiplano; en vuestros semblantes se dejan traslucir las señales de la soledad, de la fatiga y de las privaciones propias de una vida austera que os ha enseñado a prescindir aun de lo indispensable y os ha dado un temple recio, capaz de resistir al cansancio y al sufrimiento y de esperar en medio de la adversidad.

Al veros, campesinos, mineros, trabajadores de toda condición, mi corazón se eleva en acción de gracias a Dios Padre por el don de la fe que, como gran tesoro supieron cultivar vuestros antepasados, y que vosotros tratáis de encarnar en vuestras vidas y transmitir a vuestros hijos. Me vienen a los labios las palabras de Jesús: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25). Esta plegaria del Señor resuena hoy con eco particular en Oruro, porque a los sencillos de corazón quiso Dios manifestar las riquezas de su reino.

Vengo a visitaros en nombre de Jesús, pobre y humilde, que nos dio como señal de su realidad mesiánica el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf. Ibíd., 11, 6); de este Jesús que sentía compasión por las muchedumbres, que venían de todas partes a escuchar su palabra, “porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Ibíd., 9, 36). Vengo a traeros un mensaje de esperanza que no quiere decir pasividad ante las situaciones de miseria que cada día se hacen más evidentes, sino que es compromiso por la construcción de una nueva sociedad fundada en el amor, la solidaridad y la justicia.

2. Conozco las dificultades de vuestra situación actual y quiero aseguraros al respecto que la Iglesia os acompaña como Madre solícita, en vuestras legítimas aspiraciones. Vosotros, campesinos, que representáis la gran mayoría de la población, habéis sido y seguís siendo parte central de la historia y espíritu de Bolivia, pues habéis participado en tantos momentos decisivos para vuestra patria. Sé de tantos trabajadores que habéis sido desplazados de vuestros lugares de trabajo. Los profundos socavones que hace años eran la gran fuente de la riqueza nacional, especialmente en Oruro y Potosí, ahora son sólo testigos mudos de muchísimas vidas humanas allí consumidas calladamente, sin haber encontrado acaso un adecuado y merecido reconocimiento por parte de los beneficiarios de aquel silencioso sacrificio.

Sé también que existe un gran desajuste entre los salarios que percibís y el costo de la vida siempre en aumento, lo cual hace más ardua la tarea de procurar digno mantenimiento a vuestras familias. Motivo de honda preocupación son los casos de niños que mueren en temprana edad como consecuencia de problemas de desnutrición y por falta de adecuados servicios sanitarios para atender a las necesidades de la población. Sé, también del desempleo creciente que hoy ha adquirido dimensiones alarmantes a nivel nacional.

Las casi 4.000 comunidades campesinas desparramadas por vuestra geografía se ven obligadas a soportar un alto índice de pobreza. En efecto, un elevado porcentaje de familias no cuenta con ingresos suficientes para cubrir las necesidades alimenticias más elementales. Por otra parte, en lo que se refiere a la distribución de tierras, me consta que Bolivia fue uno de los primeros países latinoamericanos que llevó a cabo una reforma agraria, lo cual permitió en principio que muchos de vosotros pudieran adquirir al menos un pequeño terreno en propiedad. Sin embargo, los inconvenientes del minifundio –en un territorio inmenso poco poblado– y la existencia de vastísimos latifundios, no ha cesado de crear graves problemas al trabajador del campo. Son cuestiones muy serias de sobra conocidas que están reclamando soluciones audaces que hagan valer las razones de justicia, esto es, esa hipoteca social que grava en realidad sobre la propiedad privada. La doctrina social de la Iglesia ha sido constante en defender que los bienes de la creación han sido destinados por Dios para servicio y utilidad de todos sus hijos. De ahí que nadie debe apropiárselos rehuyendo las exigencias superiores del bien común. De acuerdo con esta doctrina, la misma Iglesia ha predicado siempre la equitativa distribución de las tierras de cultivo, bajo diversas formas y modalidades, para dar al campesinado la posibilidad de una vida digna que permita la conveniente educación integral de sus hijos y el necesario progreso en su salud, en sus métodos de trabajo y de comercialización –a precios justos– de sus productos.

No dudo pues, en apelar al sentido de justicia y humanidad de todos los responsables, para que se favorezca al campesinado pobre de Bolivia con todos los medios posibles que lo eleven en su condición de tenencia de tierras, de cultura y sanidad, además de dotarlos de los títulos de propiedad de los que muchos aún carecen.

3. Frente a tantas situaciones de sufrimiento, la Iglesia tiene siempre atentos sus oídos al clamor de los pobres y se solidariza con las personas que sufren explotación, hambre y miseria. Como ya indiqué en la Encíclica “Laborem Exercens”, «la Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como la verificación de su fidelidad a Cristo, para ser verdaderamente la “Iglesia de los pobres”» (Laborem Exercens, 8). 

La opción preferencial, mas no exclusiva ni excluyente, por los pobres es fruto del amor que es fuente de energía moral capaz de sostener la noble lucha por la justicia e impulsa a su vez a la Iglesia a buscar, junto con todas las personas de buena voluntad, los caminos más acertados que conduzcan a una convivencia más fraterna, a una sociedad donde reine la justicia, el amor y la paz.

Esta búsqueda debe inspirarse, para un cristiano, en la Palabra de Dios, de ese Dios que se revela como verdadero Padre de todos haciendo que nosotros seamos hermanos. Nuestra fe en la paternidad universal de Dios y en el reino que Jesús vino a anunciar, fundamenta nuestra preocupación por la justicia, sin perder nunca de vista que nuestra patria definitiva está en los cielos.

Precisamente porque el hombre ha sido puesto por Dios en el mundo, donde logrará conseguir su propia perfección, a base de su trabajo, hay que respetar y hacer respetar el derecho que todo ser humano tiene al trabajo, lo cual “constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra” (Laborem Exercens, 4). Como cristianos, no podemos permanecer indiferentes ante la situación actual de tantos hermanos bolivianos, privados del derecho a un trabajo honesto, de tantas familias sumidas en la pobreza, de miles y miles de jóvenes que, aun teniendo la debida preparación ven desvanecerse ante ellos muchas perspectivas de futuro.

Ciertamente, no pueden negarse los buenos resultados conseguidos por el esfuerzo conjunto de la iniciativa pública y privada en los países donde vige un régimen de libertad. Tales logros, sin embargo, no han de servir de pretexto para soslayar los defectos de un sistema económico cuyo motor principal es el lucro, donde el hombre se ve subordinado al capital, convirtiéndose en una pieza de la inmensa máquina productiva, quedando su trabajo reducido a simple mercancía a merced de los vaivenes de la ley de la oferta y la demanda.

4. Frente a los no pocos factores negativos que a veces podrían llevar al pesimismo y a la desesperación, la Iglesia, sigue anunciando la esperanza en un mundo mejor, porque Jesús ha vencido el mal. Jesús resucitado es ya el inicio de ese mundo nuevo. Un mundo que promete ser mejor porque Cristo es Señor de la historia y en la medida en que vamos promocionando al hombre, vamos construyendo el reino que El vino a implantar. Este mundo está ya de alguna manera presente entre nosotros y debemos escrutarlo para descubrir los signos de esperanza, de vida, de resurrección.

En efecto, son signos de esperanza y primicias de un mundo nuevo: la fe que se hace vida y se manifiesta en el compromiso por la justicia; la búsqueda de formas de convivencia social más humanas y modelos económicos no basados exclusivamente en el lucro ni en el consumo, sino en la coparticipación y en la solidaridad; el rechazo de toda forma de violencia, aunque fuese para acabar con una pretendida violencia institucional; la decisión de combatir la corrupción en sus diversas formas, la mentira, la inmoralidad pública y privada.

5. Queridos hermanos todos, de la ciudad y del campo, de la mina y de la industria, trabajadores, pobladores de barrios marginales: Al veros aquí en tan gran número, convocados por la común fe cristiana para encontraros con el Sucesor del Apóstol Pedro, me viene espontáneo haceros una llamada a la solidaridad, a la hermandad sin fronteras. El saberos hijos del mismo Dios, redimidos por la sangre de Jesucristo, ha de moveros, bajo el impulso de la fe, a buscar solidariamente las condiciones necesarias que hagan de esta sociedad y de toda Bolivia un lugar más fraterno y acogedor. Los criterios a adoptar en la noble lucha por la justicia no han de ser nunca de enfrentamiento de hermano contra hermano, sino que en todo momento han de estar inspirados y movidos por los principios evangélicos de colaboración y diálogo, excluyendo toda forma de violencia. Estad seguros de que la violencia y el odio son perniciosas semillas incapaces de producir algo que no sea odio y violencia.

Esta precisa solidaridad a la que como Pastor de la Iglesia universal os invito, echa sus raíces no en ideologías dudosas y pasajeras, sino en la perenne verdad de la Buena Nueva que nos trajo Jesús; tiene su fundamento insustituible en la oración y en la celebración de los sacramentos, particularmente en la Santa Misa, donde encontraréis la alegría de sentiros miembros de una sola familia: la Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo mistico de Cristo.

En vuestras parroquias y comunidades, donde se escucha y se vive la Palabra revelada, experimentaréis de modo especial la dignidad de ser hijos de Dios; un Dios que es siempre comprensivo y misericordioso con todos los que sufren: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón: y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 28-29). 

A vosotros sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas y tantos agentes de pastoral que desempeñáis abnegadamente vuestra labor con los más necesitados, os aliento a continuar vuestras tareas apostólicas en comunión plena con vuestros Pastores y con las enseñanzas de la Iglesia, siendo instrumentos de santificación mediante la palabra y los sacramentos. En vuestro ministerio, estáis llamados a dar testimonio de santidad y entrega, conscientes de que vuestra labor es ante todo de carácter religioso, espiritual. No permitáis que intereses extraños al Evangelio enturbien la pureza de la misión que la Iglesia os ha confiado. Sé que vuestro trabajo no está exento de dificultades; por ello necesitáis estar muy unidos a Cristo, alimentados por la savia de la fe, a la luz de la Palabra de Dios, y en fidelidad y amor a la Iglesia.

6. A todos quiero invitaros a vivir en la esperanza puesta en un mañana mejor, a sabiendas de que es un mañana en cuya construcción tenéis que empeñaros todos, cada uno según sus posibilidades y en la medida de los dones recibidos. No es una esperanza fácil, pero para hacerla realidad contáis con tantos valores demostrados por vuestras gentes a lo largo de la historia de este país: la austeridad, la hospitalidad, la conciencia comunitaria, el sentido de fiesta y gratitud, para mencionar sólo algunas características de la identidad del querido pueblo boliviano.

Esperanza sembraron en vuestro país los misioneros, que con el sacrificio de sus vidas dejaron en esta tierra del altiplano las semillas de la fe, que con la gracia del Señor habéis conservado intacta. De esto dan testimonio figuras ejemplares como el padre Vicente Bernedo y la madre Nazaria Ignacia.

Camino de esperanza para este pueblo es la vitalidad de la Iglesia cada día más comprometida con su cultura, que se hace vida en los catequistas, los agentes de pastoral, las comunidades eclesiales de base, la pastoral juvenil, y, de manera especial en las familias que deben ser comunidades de fe, y fermento de la sociedad.

Quiero animaros a proseguir en la edificación de la Iglesia para que cada día sea más testigo del amor divino, instrumento de unidad, sacramento de comunión y liberación, integral. Una Iglesia cada vez más solidaria con los pobres, los marginados, los más abandonados de la sociedad. Superando las diferencias naturales entre los grupos humanos empeñaos en construir una sociedad solidaria. “Los “mecanismos perversos” y las “estructuras de pecado” –a que me refería en la reciente Encíclica “Sollicitudo rei socialis”– sólo podrán ser vencidos mediante el ejercicio de la solidaridad humana y cristiana, a la que la Iglesia invita y que promueve incansablemente. Sólo así tantas energías positivas podrán ser dedicadas plenamente en favor del desarrollo y de la paz” (Sollicitudo rei socialis, 40). 

7. Para concluir, volvamos nuestros ojos a María, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos. A Ella los fieles de Oruro, del altiplano y de toda Bolivia se encomiendan en sus necesidades.

El hombre de la mina recurre permanentemente a María del Socavón, porque ve en Ella el modelo de todas sus esperanzas. El campesino, el trabajador acuden a Ella como a una madre.

Ella que sufrió la pobreza, que tuvo que huir en la persecución, os ayude a seguir adelante con esperanza. Ella que nos trajo a Jesús, os conduzca hacia El, verdadero camino al Padre, que unió la fe con la vida, os enseñe a hacer que la fe sea vida operante, comprometida. Ella, que cantó en el Magníficat que Dios derroca a los poderosos y exalta a los humildes, sea la Madre y protectora de este pueblo sufrido y sencillo.

Permitidme antes de terminar, despedirme en vuestra propia lengua.  

Quechua:

Señorníchej kankunáhuan háchun y paytaj bendeciycuchun tocuy familiayquichejta jallpayquichejta uyhuasniyquichejta y j’oyapillankaynichejta.

 (Que el Señor esté con ustedes y les bendiga sus familias, sus campos, sus ganados y sus trabajos en las minas).

Aymara:

Nayajj chuymajjaruj apastuwa munat jilatanaka, cullakanaka,

(Les llevo en mi corazón queridos hermanos y hermanas. Felicidades).

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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