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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ENFERMOS Y A LOS ANCIAN
OS

Catedral de Sucre, Bolivia
Jueves 12 de mayo de 1988

 

Muy queridos hermanos y hermanas:

1. Mi visita a la catedral de esta acogedora ciudad de Sucre, tiene un aliciente para mí emocionante, ya que permite encontrarme con vosotros los enfermos, los que sufrís en el cuerpo y en el alma por la pérdida de la salud.

Es un encuentro deseado por mí particularmente, para deciros, queridos enfermos aquí presentes, así como a cuantos –a lo largo y ancho de Bolivia padecen enfermedad– que me siento muy cercano a todos los que sufrís, que desearía ofreceros con mi presencia un momento de consuelo y que pido a Dios para que El os dé fortaleza y serenidad en vuestro dolor.

2. El misterio del dolor estremece nuestra existencia. No es fácil aceptar el dolor y la muerte, porque ello supone aceptar nuestra fragilidad en sus múltiples dimensiones. El misterio se vuelve aún más denso cuando nos adentramos en el sufrimiento de Cristo, Hijo de Dios, en quien por una parte todo dolor humano halla su explicación y significado trascendente. También Jesús sufrió el dolor y la muerte y exclamó: “Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26, 39). 

Así lo recordaban los obispos de todo el mundo, en su mensaje a los enfermos, al concluir el Concilio Vaticano II: “Tenemos una cosa más profunda y más preciosa que ofreceros, la única verdad capaz de responder al misterio del sufrimiento y de daros un alivio sin engaño: la fe y la unión al Varón de dolores, a Cristo, Hijo de Dios, crucificado por nuestros pecados y nuestra salvación” (Mensaje de los Padres conciliares a los enfermos). 

Además, si sabemos afrontar debidamente la enfermedad, podemos aprender a la vez a descubrir a Dios, a comprender el dolor de nuestros semejantes y unirnos a Cristo que sufre por los hombres. Esto es cumplir lo que ya indicaba San Pablo: “Completar en nosotros lo que falta a la pasión de Cristo en beneficio de su Iglesia” (Col 1, 24).

3. Pero hay otra dimensión no menos importante capaz de humanizar el sufrimiento y es la acción que podemos realizar, aliviando los dolores de nuestros hermanos y expresando así nuestro amor fraterno. Ante el dolor, crecen la solidaridad y el amor.

Por ello, siguiendo las huellas y la enseñanza del Maestro, la Iglesia, como el buen samaritano del Evangelio, desde sus mismos orígenes se interesó especialmente por los enfermos, por los pobres y olvidados. Los Apóstoles, además de preocuparse por los enfermos, encargaron a los diáconos atender a las viudas y a los menesterosos. Desde tiempos antiguos, en los monasterios e iglesias de la cristiandad eran especialmente acogidos cuantos sufrían por enfermedad o miseria. Y mucho antes que los Estados se ocuparan de estos ciudadanos, la Iglesia estableció hospitales para enfermos, hospicios para abandonados y otras instituciones para atender a los que padecían necesidad.

Para todo cristiano, visitar y atender a los enfermos es una obra de misericordia; porque Jesús está presente en ellos: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 36). 

4. También hoy la Iglesia sigue prestando estos servicios, aun cuando la sociedad moderna se va haciendo cargo cada vez más de su organización general. También hoy la presencia de los cristianos en los lugares donde el hombre sufre enfermedad, soledad y abandono, es siempre notoria. Es una labor cristiana y humanitaria.

Para seguir esa vocación de testimonio evangélico, han ido surgiendo dentro de la Iglesia beneméritos institutos religiosos, cuyos miembros se consagran íntegra y ejemplarmente a la atención de enfermos. No es menos apreciable esa presencia en Bolivia, donde la mortalidad infantil es muy elevada, donde la expectativa media de vida está aún en niveles bajos, donde el alcoholismo y el nuevo azote de la drogadicción amenazan a todos los estratos sociales. Ahí hallan un amplio campo de acción y apostolado las religiosas y religiosos en Bolivia, para poner amor donde hay dolor. A todas estas personas consagradas que dedican su vida a los enfermos, les expreso mi profunda gratitud por la encomiable labor que realizan con tanta entrega y abnegación. Cristo Jesús será su recompensa.

5. A los médicos, enfermeras, enfermeros y auxiliares sanitarios deseo manifestarles asimismo mi profundo aprecio y respeto por su ejemplar desvelo en el ejercicio de su profesión. Esta es una verdadera vocación destinada al alivio de hermanos que sufren. Pocas profesiones son tan dignas y de tanta estima como la del médico cuando actúa con entrega y sentido ético y humanitario. Esto le acerca a una especie de sacerdocio, en el que su misión es sanar el cuerpo, y a la vez, aliviar el espíritu.

Por ello aliento a estos profesionales a ser conscientes de su dignísimo cometido, a servir siempre a la vida y nunca a la muerte, a una total probidad en la elección de los tratamientos e intervenciones quirúrgicas, a no ceder a la tentación del dinero, a no abandonar la propia patria –que necesita de ellos– por solas ganancias materiales, a ver en sus pacientes –aunque sean los más pobres, que acaso ni pueden pagar sus servicios–, a personas humanas y hijos de Dios.

6. Queridos hermanos y hermanas enfermos: vosotros que vivís la pasión del Señor, si la vivís con El, estáis fortaleciendo a la Iglesia con el testimonio de vuestra fe y el valor de vuestro sacrificio. Con vuestra paciencia, fortaleza y alegría estáis proclamando el misterio del poder redentor de Cristo y encontraréis al Señor crucificado en medio de vuestra enfermedad y de vuestro sufrimiento.

Encomiendo al Señor a cuantos trabajan por los enfermos en hospitales, residencias, sanatorios, centros de asistencia a moribundos y en el hospital psiquiátrico de esta ciudad. Quiero reiterar a todos, doctores, enfermeras, capellanes y demás personal hospitalario: la vuestra es una noble vocación. Recordar que es a Cristo a quien servís en los sufrimientos de vuestros hermanos y hermanas.

A vosotros los enfermos presentes y a todos los que siguen este encuentro a través de la radio y la televisión, con amor de hermano doy un afectuoso abrazo, os pido que ofrezcáis vuestras penas por la Iglesia y sus Pastores, por la unidad de los bolivianos y la prosperidad de vuestra patria, mientras a todos imparto una especial Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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