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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DEL MUNDO INTELECTUAL
Y DE LA CLASE DIRIGENTE

Colegio «La Salle» de Santa Cruz, Bolivia
Jueves 12 de mayo de 1988

 

1. Es para mí motivo de gran gozo y satisfacción compartir estos momentos de mi visita a la querida tierra boliviana con vosotros, hombres y mujeres que representáis de una manera especial la cultura y la animación de importantes actividades que inciden directamente en el desarrollo del país. Son éstos, dos campos íntimamente relacionados y, diría, complementarios, pues la misma actividad productiva, que constituye ya de por sí una expresión cultural –y que para un cristiano ha de inspirarse en el hombre y a partir de él– debe crear todo cuanto sea necesario para satisfacer las necesidades vitales y fomentar las condiciones favorables que permitan el desarrollo integral de todos los miembros de la sociedad.

En mis viajes, he querido siempre dar especial relieve a estos encuentros, pues soy consciente de las importantes responsabilidades que tenéis en la sociedad. Sin embargo, mi estancia entre vosotros no tiene como finalidad someter a examen materias que son de vuestra competencia. He venido como Pastor y como hermano, deseoso de compartir el patrimonio común de la fe, de valorar a vuestro lado las inmensas virtualidades del mensaje cristiano que ha de inspirar vuestra vida y toda vuestra actividad y que se concreta en la llamada doctrina social católica, que no es otra cosa que una reflexión sobre el hombre y sus formas de relación con sus hermanos y con el mundo, a la luz de la Revelación. Esta doctrina intenta guiar a los hombres para que ellos mismos, con la ayuda de la razón y de las ciencias humanas, den una respuesta a su vocación de constructores responsables de la sociedad terrena (cf. Sollicitudo rei socialis, 1). 

2. ¡Constructores responsables! Nadie pone en duda que estamos ante una incumbencia y una tarea de todos; por eso, como ya sabemos por experiencia, es menester que en la sociedad se distribuya racionalmente la actividad y se repartan las tareas según las habilidades de cada uno, colaborando todos sin excepción en la búsqueda del bien para toda la colectividad. Se trata pues de una división funcional que no puede dar origen a fracciones ni a discriminaciones de ningún tipo, y que comporta el que algunos desempeñen los cargos de dirección, no como un privilegio egoísta, sino con la plena conciencia de la grave responsabilidad que supone el deber de coordinar la actividad común, planificar inteligentemente las etapas del progreso social, los programas de inversión, la adecuada asignación de recursos y, en fin, toda la complejísima red de actividades que denotan la presencia de una sociedad sabia y eficiente organizada en todos sus componentes.

La sociedad justa a la que todos aspiramos se construye día a día mediante la colaboración de todos sus miembros, cumpliendo en ello la amorosa vocación que Dios ha confiado al hombre salido de sus manos. Construir la ciudad es, podríamos decir, construir al hombre: esto es, tomar al hombre completo y cabal como medida y meta de toda actividad social, creando las condiciones necesarias para que todos y cada uno de los miembros de la comunidad humana puedan alcanzar su plena formación y desarrollo.

Podríamos ahora preguntarnos: ¿Quién edifica en realidad la morada de los hombres? Vienen a mi mente y a mi corazón las bellas palabras del Salmo: “Si el Señor no construye la casa, en vano se fatigan los constructores” (Sal 127 [126], 1). Sí, queridos participantes en este encuentro: la auténtica preocupación por el hombre, por sus derechos, por el respeto a su dignidad fundamental y inalienable, no será nunca tomada en toda su profundidad si no abrimos el corazón a esta verdad. Solos no podremos superar jamás las estructuras injustas, efecto del pecado, que constituyen un obstáculo real al crecimiento y a la realización de los pueblos. Vosotros, como guías responsables del progreso cultural y técnico, con los ojos y el corazón puestos en Jesucristo, encontraréis en El la inspiración necesaria para cumplir la delicadísima tarea de orientar los destinos de vuestra patria.

3. La reciente Encíclica, en la que una vez más he querido explicitar la continua preocupación social de la Iglesia, es un llamado a la solidaridad en todos los niveles. Ser dirigente político, cultural, o de cualquier orden, no solamente no excluye, sino que exige esta virtud de la solidaridad. El concepto moderno de la administración se apoya en la participación activa, a la vez que excluye toda forma que pueda suponer coacción o atropello a la dignidad de la persona humana. Supone conocer las necesidades reales a lo que se suma el afán por buscar los caminos más idóneos para solucionar ante todo los problemas más elementales y establecer una jerarquía en la programación de la actividad siempre ordenada al bien común, sin concesiones a privilegios personales o corporativos o a ventajas egoístas. Solidaridad supone la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. A ella se opone radicalmente la desmedida sed de ganancia y de poder, perenne tentación que hay que saber discernir atentamente, pues en no pocas ocasiones se esconde tras finas apariencias de bien (cf. Sollicitudo rei socialis, 38). 

El pueblo de Bolivia tiene derecho a mirar al futuro con una visión llena de esperanza, porque es depositario de ricos valores que integran tradiciones autóctonas y valores nuevos que han ido perfilando, a través de la historia, vuestra identidad como nación. El carácter profundamente humano de los bolivianos, su conocida hospitalidad, su tesón para hacer frente a una naturaleza bravía y a veces hostil, su gran espíritu solidario, la capacidad de resistencia al infortunio, la conservación de valores de honda raigambre local, enriquecidos por los valores cristianos aportados por la gran obra evangelizadora cuyo V centenario nos disponemos a conmemorar, cimientan una prometedora base para la construcción de una nueva sociedad; de una Bolivia más estable en la que todos puedan vivir con mayor seguridad y con el aliento de una esperanza más sólida para las presentes y futuras generaciones.

4. La evangelización ciertamente no se identifica con un proceso cultural. Sin embargo, el reino que el Evangelio anuncia es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas (cf. Evangelii nuntiandi, 20).  He ahí por qué toda evangelización tiene que partir del hombre mismo llamado a realizar en sí la imagen de su Creador; no imponiendo sino despertando dentro de él la conciencia de la necesidad absoluta de la salvación en Jesucristo. En los valores propios de cada cultura hay verdaderas semillas de la Palabra que, gracias al proceso evangelizador, tienden a fructificar en criterios de juicio, modelos de comportamiento y en fuentes de inspiración de toda la vida de una sociedad, en perfecta coherencia con los valores del mismo Evangelio.

Bolivia puede presentar una fecunda tradición que ha logrado expresiones muy concretas a lo largo de las diversas épocas de la historia, no solo a partir de la Conquista, sino también desde remota antigüedad, como revelan los testimonios arqueológicos, que con razón conserváis como parte importantísima de vuestra tradición cultural. A partir de la Colonia se fueron forjando poco a poco nuevas instituciones que, como la Universidad de San Francisco Javier de Chuquisaca, ejercieron una función decisiva en la formación de los ciudadanos y en la construcción de la nueva sociedad, una vez conseguida la independencia. Es necesario reconocer en esa brillante multitud de hombres y mujeres de diversas profesiones –clérigos, religiosos, seglares– y en la obra realizada por ellos, una clara manifestación de la inspiración cristiana que, lejos de retrasar, contribuyó eficazmente al progreso cultural pluralista de vuestro país.

5. Los que ahora compartís el ejercicio de esas responsabilidades, tanto en el campo de la política, como en el de la economía, las artes y las ciencias, en esta amada Bolivia, habréis de esforzaros por integrar los valores propios de vuestro saber o de vuestro cometido con las verdades de la fe que os legaron vuestros mayores, dispuestos siempre, sin rémoras ni subterfugios, al diálogo y al trabajo, a la participación en todas aquellas iniciativas que puedan ennoblecer a vuestro pueblo: en la cultura, en el desarrollo de las potencialidades de esta tierra, en la edificación de una sociedad laboriosa, participativa y solidaria donde todos los que pongan su esfuerzo en mejorarla reciban también la condigna recompensa.

Vuestro desafío ha de tener como objetivo común servir al hombre boliviano en sus apremiantes necesidades concretas de hoy, y prevenir las de mañana; luchar contra la pobreza y el hambre, el desempleo y la ignorancia; transformar los recursos potenciales de la naturaleza con inteligencia, laboriosidad, responsabilidad, constancia y honesta gestión, en bienes y servicios útiles para los bolivianos; para todos los bolivianos, sin injustas diferencias que ofenden a la condición de hermanos, de hijos de un mismo Padre y copartícipes de los dones que el Creador puso en manos de todos los hombres.

Habéis de ver en este servicio una exigencia que viene de la fe y una demanda que os dirigen vuestros conciudadanos, especialmente aquellos que sufren todavía situaciones de injusta marginación y olvido, en los campos y en las ciudades; los habitantes de los suburbios; los incapacitados para trabajos remunerativos; los enfermos mal atendidos; los que carecen de trabajo; los que no están amparados por una adecuada protección social y legal. Y estos hermanos, –aunque sea doloroso hay que decirlo– constituyen aún la gran mayoría de vuestro pueblo.

6. La promoción integral de un pueblo requiere una infraestructura que la haga posible; pero depende sobre todo de la calidad humanística de sus educadores y dirigentes, en sentido amplio. Sólo así, viviendo y transmitiendo en plenitud los valores morales y humanos, daréis a Bolivia el elemento aglutinante de su cohesión social y de su progreso liberador de unas condiciones socio-económicas difíciles, en comunión con toda la gran familia latinoamericana.

Con un pensamiento, y sobre todo con una experiencia al servicio de la fe, la justicia y la solidaridad orientaréis las conquistas de la inteligencia humana, particularmente en lo que se refiere a la investigación científica y tecnológica, para servir a las necesidades concretas del hombre boliviano. Deseo mencionar aquí con particular aprecio y encarecimiento a la Universidad Católica Boliviana, en la que la Sede Apostólica tiene depositadas vivas esperanzas desde su fundación en 1966, y que fue vista con verdadera predilección por el Papa Pablo VI. Pueda ella proseguir sus esfuerzos para lograr una síntesis de fe y de cultura, formando una intelectualidad cristiana, insertada vivamente en la realidad nacional. El humanismo auténtico fundamentado en la dignidad del hombre, que Cristo con su muerte elevó al plano de hijo de Dios, supone la síntesis de los elementos culturales de todos los tiempos y su integración en función de los valores supremos e inmutables.

Una síntesis cultural que esté en perfecta simbiosis con la vida, que invite a la participación y al diálogo entre personas y comunidades, y que ponga todos los medios para armonizar las riquezas de las culturas tradicionales propias con la sensibilidad por las necesidades modernas. Una cultura que, partiendo de las profundas raíces de la misma tierra y de su historia, busque un objetivo patriótico común que se abra hacia nuevos horizontes, uniendo en un abrazo fraternal a todos los pueblos.

7. Así estaremos construyendo la civilización del amor, la cual exige la virtud de la solidaridad que “nos ayuda a ver al “otro” –persona, pueblo o nación– no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un “semejante” nuestro, una “ayuda” (cf. Gn 2, 18-20) para hacerlo partícipe como nosotros del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios” (Sollicitudo rei socialis, 39). 

Viviendo la solidaridad entraremos por el camino de una auténtica liberación socio-económica y evitaremos la explotación, la opresión y la anulación de los demás, dolorosas manifestaciones de las estructuras de pecado que, por desgracia, hacen cada vez más difícil la consolidación de una convivencia pacífica. Se podrá evitar así la tentación de considerar toda la actividad económica como una realidad únicamente técnica, ignorando su carácter moral. “La verdadera elevación del hombre, conforme a la vocación natural y histórica de cada uno, no se alcanza explotando solamente la abundancia de bienes y servicios, o disponiendo de infraestructuras perfectas” (Ibíd., 33). En una palabra: hay que apostar por el ideal de la solidaridad frente al caduco ideal del dominio.

Es necesario, pues, considerar seriamente la dimensión humanista de la economía y tomar el “parámetro interior” del hombre, su propia naturaleza, su relación con los demás seres creados y con su Creador, para lograr el equilibrio necesario de desarrollo en beneficio de todos. Solamente a partir del hombre podréis llegar a conseguir que la empresa aparezca como agente de este desarrollo, asumiendo riesgos y llevando a un nivel óptimo su potencial creativo en la producción de riqueza y en la generación de puestos de trabajo siempre al servicio de todos; una empresa que con el progresivo aumento de la participación, salarios dignos, corresponsabilidad y sentido comunitario, sea una auténtica comunidad de personas, antes que una simple unidad de producción.

8. Motivo de seria preocupación para todos debe ser la actitud insolidaria de lo que ha venido a llamarse “fuga de cerebros y capitales” que, en lugar de contribuir al desarrollo progresivo de la comunidad nacional, prefieren desvincularse de su propia tierra para buscar otros medios más prósperos donde podrán establecerse supuestamente en condiciones más favorables. Con esto, no queremos negar el legítimo derecho, consagrado por la doctrina social de la Iglesia, a emigrar a otros países y fijar allí su domicilio, cuando así lo aconsejen justos motivos (Pacem in terris, 25), ni tampoco el hecho de que a veces esas migraciones estén provocadas por situaciones de inseguridad reinantes en el propio ambiente.

Será preciso, por tanto, que os empeñéis con toda generosidad en hacer de Bolivia una nación estable y pacífica, donde reine la justicia, donde se respete el derecho de toda persona al trabajo honesto y bien remunerado y donde se abra un amplio campo a la iniciativa económica, derecho éste también inalienable que, en la práctica, se ve tantas veces negado por la irresponsabilidad o el egoísmo de las clases dominantes.

Dentro de la concepción cristiana de toda la actividad laboral es necesario que la legislación admita y respete el derecho a la huelga, evitando posibles abusos de una y otra parte. “Este es un método reconocido por la doctrina social católica como legítimo en las debidas condiciones y en los justos límites” (Laborem exercens, 20). Con todo, sigue siendo un recurso extremo, aunque tenemos que admitir que a veces es el único con el que cuentan los trabajadores para defender sus legítimos derechos.

Pertenecer a la llamada “clase dirigente” más que un honor, es una gravísima responsabilidad que debe ser asumida seriamente. Quiero hacer un llamado urgente a todos y cada uno de vosotros, a comprometeros con valentía, cada uno en su propio campo, a hacer de Bolivia una patria común donde no haya ni opresores ni oprimidos, ni señores ni esclavos, sino hermanos que se reconocen como tales y como tales se aman.

9. La labor de los dirigentes políticos habrá de ser, en este contexto, fruto de un ambiente de desvelo y de honestidad en el servicio, esforzándose por dar espacios de participación democrática a quienes están todavía al margen, y potenciando adecuadas vías de protagonismo a los cuerpos intermedios de la sociedad. Será competencia de las clases políticas la búsqueda de estos espacios de diálogo y comprensión, la promoción de los valores humanos y la defensa de sus derechos –aun en los casos de máxima conflictividad– comenzando por una activa educación a la convivencia y una decidida actuación que fomente la moralidad pública y los valores superiores, que dan cohesión y sentido pleno a la vida nacional.

El esfuerzo por una Bolivia renovada, que supere las causas de un pasado marcado por la permanente inestabilidad es tarea de todos en un pluralismo legítimo y solidario. La paz, fundada en la justicia y el amor entre los hermanos sin distinción de raza, sexo o credo, será la base de nuevos hitos culturales y humanísticos para un pueblo que busca la realización de su destino espiritual.

Sin perder de vista estos nobles objetivos, extended la mirada más allá de las propias fronteras y pensad en la necesidad urgente de crear la solidaridad latinoamericana, comenzando quizás, a nivel regional, por superar los egoísmos nacionalistas y crear un frente común capacitado para dialogar a nivel de igualdad con los países industrializados en la búsqueda de condiciones de intercambio que respeten la iniciativa económica y la propia identidad de cada pueblo. Esta igualdad tiene que ser el fundamento del derecho de todos a la participación en el proceso de desarrollo pleno (cf. Sollicitudo rei socialis, 33).  Con esto, no se trata de proyectar desafíos de bloques de poder a nivel latinoamericano, sino de reivindicar legítimos derechos que solamente en modo colectivo podrán ser defendidos con eficacia.

Finalmente, quiero haceros un llamado a vincularos, como laicos cristianos, a los esfuerzos de los obispos bolivianos, que con tanto sacrificio y entrega difunden el Evangelio del amor y de la concordia, contribuyendo así eficazmente al desarrollo integral de la persona humana y a la paz social. Como laicos cristianos, os exhorto a asumir vuestra vocación eclesial salvaguardando la dimensión trascendente de la vida humana y difundiendo los valores evangélicos, que han de ser vividos, compartidos y desarrollados. Unos valores que no podrán ser silenciados nunca y que hemos de colocar bien alto para que iluminen a toda la humanidad.

Hoy más que nunca el papel de los laicos es de primer orden en la construcción de nuestra Iglesia. El Señor nos dice a todos, también a los seglares: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte, ni se enciende una lámpara y se la pone debajo, sino sobre el candelero, para que alumbre a cuantos hay en la casa” (Mt 5, 14-15). 

Mirad hacia adelante con ilusión y confianza. No hay penurias humanas que no puedan ser superadas con laboriosidad, constancia y honradez. Y sobre todo, con el recurso al Todopoderoso que os ayudará, especialmente, a vencer el mal, ese mal que rebaja al ser humano y daña a la sociedad.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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