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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS LAICOS, A LOS CATEQUISTAS
Y A LOS MOVIMIENTOS DE APOSTOLADO

Catedral de Santa Cruz (Bolivia)
Viernes 13 de mayo de 1988

 

¡Alabado sea Jesucristo!

1. Con gran alegría me encuentro hoy reunido con vosotros, en la catedral de esta ciudad de los tajibos en flor, signada desde su fundación con el nombre de Santa Cruz de la Sierra.

Saludo, en primer lugar, al arzobispo Monseñor Luis Aníbal Rodríguez Pardo, a sus obispos auxiliares a los demás obispos presentes, al presidente de la comisión episcopal de Laicos y, en especial, a los laicos aquí congregados y a todos los que nos acompañan a través de la radio o la televisión. Sois “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz” (1P 2, 9). 

El nombre de vuestra ciudad nos recuerda la obra de la Redención. Jesucristo, muerto en cruz y resucitado, quiso permanecer cuarenta días en la tierra instruyendo a los Apóstoles y completando la fundación de su Iglesia. El tiempo pascual, que celebramos a través de la liturgia, nos hace revivir aquellos acontecimientos y la misión que la Iglesia recibió de su Fundador: extender sobre la tierra el reino de Dios.

2. “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos” (1Co 12, 4-6).

La Iglesia es comunión: hay un único depósito de la fe, unos mismos sacramentos, un idéntico vínculo de caridad porque “es el mismo el Dios que obra”, “el Señor es el mismo”, y “un mismo y único Espíritu” (Ibíd., 12, 11) obra en todos. Y, en esa comunión, todos participamos en la única misión sacerdotal, profética y real de Cristo. Pero siendo diversas las necesidades eclesiales y los desafíos que la historia plantea, el Espíritu distribuye sus dones “a cada uno en particular según su voluntad” (Ibíd.). En efecto, Cristo ha llamado algunos hombres para que, configurados con El sirvan a sus hermanos en el ministerio sacerdotal. Ha querido a la vez que otros, para dar testimonio del valor de la vida eterna, abracen el estado religioso. En cambio, a la gran mayoría de los cristianos, nuestro Señor las ha pedido que cumplan la misión eclesial inmersos en el mundo. Hacen así presente y operante a la Iglesia, en todas las circunstancias de la vida, de modo que su acción salvífica llegue a todos los hombres e impregne la obra de la creación. Ejercen de esta manera el sacerdocio común que poseen por ser bautizados, convirtiendo todas sus obras en sacrificio espiritual, aceptable a Dios por Jesucristo, por su unión con El en la comunión eclesial, en la participación de la vida sacramental y en la unión con los Pastores y con la comunidad.

3. “Todos los fieles” –os recuerdo con palabras del Concilio Vaticano II–, “cualquiera que sea su estado y condición..., están llamados por Dios, cada uno por su camino, a la perfección de la santidad” (Lumen gentium, 11). Los laicos, pues, estáis llamados por Dios, tenéis una vocación propia que no se agota en el cumplimiento de las obligaciones mínimas necesarias para evitar la condenación eterna. Vosotros, todos vosotros, sois cristianos a pleno título, con una llamada divina a la santidad, que os compromete totalmente, abarcando todos los aspectos y fases de vuestra vida. El mundo del trabajo, la vida familiar y social, los momentos de esparcimiento y descanso, la escuela y la universidad y, en fin, todas las actividades honradas de los hombres son vuestro lugar de encuentro con Cristo, donde os santificáis y contribuís “a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento” (Ibíd., 31). 

4. “A cada cual –dice el Apóstol a los de Corinto– se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1Co 12, 7). Vuestra vocación incluye también, como parte fundamental, una colaboración activa en la misión salvífica de la Iglesia. “La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado” (Apostolicam actuositatem, 2). 

Cumpliréis vuestra misión, en primer lugar, con vuestro ejemplo, con el testimonio de vuestras vidas. La coherencia entre lo que creéis y lo que hacéis os convertirá en testigos de Jesucristo, haciendo brillar “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5, 16). 

Pero el Espíritu concede también “diversidad de lenguas” (1Co 12, 10). Al apostolado del ejemplo, debe acompañar el apostolado de la palabra. Cada uno de vosotros tiene la capacidad de dirigirse a los que están a su alrededor con conocimiento de sus modos de ser y entender, llevándoles la Palabra de Dios de forma adecuada a las distintas situaciones de la vida concreta, colaborando de modo insustituible en realizar la única misión de la Iglesia. Con lengua maternal, la madre enseña a sus hijos las primeras oraciones de la infancia. Con el lenguaje de la amistad el amigo explica al amigo la necesidad de fomentar su vida cristiana. Con la lengua del compañerismo, los que trabajan juntos se animan mutuamente a santificar su tarea. El apostolado individual, que realiza cada uno haciendo fructificar los propios carismas, se convierte así en “el principio y la condición de todo apostolado seglar” (Apostolicam actuositatem, 16). Las formas asociadas de este apostolado facilitarán la presencia y testimonio de vida cristiana en los diversos ambientes de la sociedad (cf. Ibíd., 18-20). 

5. A los laicos os compete de manera específica estructurar la sociedad según el querer de Dios (cf. Lumen gentium, 31),  procurando que haya leyes justas, instituciones adecuadas, y que a nadie le falten los medios necesarios para llevar una vida digna y plena, abierta a la dimensión sobrenatural.

Vosotros mismos conocéis y manifestáis la presencia de dolorosas desigualdades de índole diversa. Vuestros obispos, cumpliendo la tarea que las compete, os han señalado criterios de juicio, principios de reflexión y directrices prácticas (cf. Populorum progressio, 81; Congr. pro Doctr. Fidei, Libertatis Conscientia, 72). Os corresponde acoger esas enseñanzas, y llevarlas a cabo con libertad y responsabilidad, con respeto al legítimo pluralismo, y ejercitando las virtudes cristianas, lo que significa excluir el odio y la violencia. Trabajaréis efectivamente por la paz y la justicia en acción conjunta con vuestros hermanos, día a día, tanto a nivel de las grandes decisiones como a nivel de barrios, municipios, sindicatos, cooperativas, pequeñas comunidades agrícolas, desarrollando en común todo tipo de iniciativas –educativas, de fomento, de defensa y gestión de vuestros derechos–, que manifiesten el inmenso potencial de la solidaridad cristiana (cf. Congr. pro Doctr. Fidei, Libertatis Conscientia, 89).  Os compete también el deber cristiano de cuidar con esmero la moralidad pública, rechazando con la energía de vuestra unión con Dios, cualquier tentación de lucro inmoral –los sobornos, el contrabando, las gratificaciones ilegítimas, el narcotráfico–. Este sentido de servicio cristiano a los demás os llevará a vivir una vida personal virtuosa y sobria que, como recordaba a las familias en La Paz y a los jóvenes en Cochabamba, es la única base de una efectiva preocupación por el prójimo.

Esto no es algo exclusivo de quienes desempeñan funciones públicas. Todos, como parte importante de vuestro testimonio y santificación, debéis asumir la parte de responsabilidad que os corresponde en esas tareas. Por el esfuerzo cotidiano y solidario, podréis comenzar a dar solución a muchos de los problemas que agobian a vuestra comunidad, evitando que, en alguna ocasión, el anhelo de soluciones absolutas y definitivas oculte una huida del sacrificio inmediato. La realidad de los condicionamientos geográficos, políticos y económicos a que está sometido vuestro país debe llevaros a vivir aún más esta solidaridad. Debéis evitar cualquier tipo de discriminación por motivos de ubicación social –tentación de la que no están exentos aun los más pobres– y procurar compartir con diligencia y generosidad aquellos bienes materiales y espirituales que Dios os ha dado. De esta forma colaboraréis con más eficacia con vuestros hermanos a los que toca gobernar.

Además, cualquier trabajo u ocupación que sean honestos, cumplen una función social y, cuando están hechos con perfección, con espíritu de servicio y en presencia de Dios, contribuyen eficazmente al bien de todos los hombres y a consagrar el mundo a su Creador y Salvador.

6. A algunos el Espíritu da palabra de sabiduría, palabra de ciencia (1Co 12, 8) para enseñar con más profundidad las verdades cristianas. Me dirijo ahora especialmente a vosotros, catequistas, para agradeceros vuestra actividad, esencial en la vida de la Iglesia, oculta con frecuencia, pero ofrecida siempre con celo ardiente y generoso. La catequesis “constituye un campo en el que el laico expresa de forma peculiar la propia vocación, ejerciendo el sacerdocio común y dando testimonio de la propia participación en la misión profética de Cristo” (Discurso a la hora del Regina Caeli, 10 de mayo de 1987, n. 2). 

El trabajo de los que os precedieron en esta tarea ha sido decisivo para la evangelización de América. A vosotros os corresponde continuar esa labor –en especial la catequesis con niños y jóvenes– para impregnar cada vez más del espíritu de Cristo a vuestras comunidades y a vuestro gran país.

Muchos niños son bautizados sin que nadie las enseñe después las insondables riquezas de nuestra fe. Por diversos motivos, muchos no llegan nunca a frecuentar las parroquias. Debéis, pues, proponeros siempre bajo la guía de vuestros Pastores, la realización de una extensa tarea catequética que alcance los rincones más apartados. Dentro de vuestra solicitud por todos los hermanos, prestaréis una particular atención a la familia, iglesia doméstica, que, como os recordaba en La Paz, es el lugar donde los niños deben recibir la primera formación cristiana (Catechesi Tradendae, 36).  La parroquia es el sitio privilegiado y la gran animadora de la catequesis, pero, “sin monopolizar y sin uniformar” (Ibíd., 67),  es preciso tener en cuenta los distintos canales catequéticos que convergen en la confesión de una misma fe. Es necesario fomentar la participación del mayor número de fieles en esta tarea.

El Credo, los Mandamientos, los Sacramentos y la vida de oración son capítulos insustituibles en la formación de las nuevas generaciones de cristianos, que necesitan de todo ello para poder vivir su fe con plenitud. “A ningún verdadero catequista le es lícito hacer por cuenta propia una selección en el depósito de la fe, entre lo que estima importante y lo que estima menos importante, o para enseñar lo uno y rechazar lo otro” (Ibíd., 30). 

También será conveniente aprovechar los elementos de pedagogía cristiana contenidos en vuestras tradiciones y costumbres populares: villancicos, cofradías, procesiones, pinturas, manifestaciones folklóricas y tantas otras expresiones artísticas. Contribuiréis así además a la revalorización de vuestra rica cultura.

7. La catequesis conduce necesariamente a los sacramentos.

La preparación para recibir la primera comunión debe incluir una profunda catequesis sobre el sacramento de la reconciliación. Explicad y inculcad, desde el primer momento, en la mente de los niños que, para recibir la Eucaristía, hace falta estar en gracia de Dios. La presencia verdadera y real de Jesucristo en las especies eucarísticas debe enseñarse con claridad, de modo que distingan bien la diferencia entre el pan común y el Pan eucarístico. Más necesaria es aún la preparación para recibir el sacramento de la confirmación, el cual, capacita al cristiano para dar con fortaleza un claro testimonio de Cristo. La preparación para el matrimonio o para el bautismo de los hijos será la oportunidad de que muchos vuelvan o intensifiquen su vida cristiana.

Desde los comienzos de la catequesis cristiana se ha recurrido muy ampliamente a la memorización. Sin dejar de utilizar este método, conseguid al mismo tiempo que “esos textos memorizados sean interiorizados y entendidos progresivamente en su profundidad, para que sean fuente de vida cristiana personal y comunitaria” (Catechesi Tradendae, 55). Junto con la doctrina de la fe, es necesario ayudar a niños y mayores a que practiquen en su vida diaria aquellas cosas que escuchan –en el caso de los niños, la recitación de las oraciones sencillas y tradicionales, la obediencia a los padres, la caridad con el prójimo, la veracidad y las demás virtudes– de modo que la coherencia entre palabras y obras comience a desarrollarse desde la infancia y continúe a lo largo de toda la vida. Por eso será también parte de la catequesis la formación en las obligaciones y los derechos que a todos las competen como ciudadanos.

8. “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo... Todas estas cosas las obra el mismo y único Espíritu” (1Co 12, 4. 11). 

Quiero dirigirme ahora a vosotros, miembros de los diversos movimientos, organizaciones y agrupaciones de apostolado laical que estáis presentes en esta celebración. Hoy como ayer, el Espíritu Santo suscita en el seno de la Iglesia movimientos apostólicos adecuados a las necesidades de los tiempos.

Cada movimiento de apostolado tiene su don peculiar, recibido de Dios, y debe permanecer fiel a sí mismo, sabiendo que la fecundidad de su trabajo dependerá de la fidelidad a su propio carisma. Al mismo tiempo, la unidad con los Pastores y la fidelidad al Magisterio son condiciones necesarias para que el fruto de su labor contribuya a una auténtica edificación de la Iglesia de Dios.

Corresponde a los Pastores juzgar la autenticidad de los carismas, sin sofocar el Espíritu, sino probándolo todo y reteniendo lo que es bueno (cf. 1Ts 5, 19-21; Lumen gentium, 12). Pues, “para promover el espíritu de unidad, son necesarios el mutuo aprecio de todas las formas de apostolado de la Iglesia y una coordinación adecuada que respete el carácter propio de cada una” (Apostolicam actuositatem, 23).  Y a vosotros, a todos los que de alguna forma estáis vinculados a esos grupos, os corresponde mantener la comunión eclesial que se realiza por la unión con Cristo, con la jerarquía y con todos los fieles.

Manteneos unidos a Cristo por la oración y los sacramentos. Recordad que “el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid” (Jn 15, 4). Nuestra vida es Cristo y, sin El, no podemos hacer nada (cf. Ibíd., 15, 5).

9. Manteneos unidos con la jerarquía de la Iglesia, fieles a sus enseñanzas, mandatos y exhortaciones, teniendo presente que el “criterio siempre válido de vuestra autenticidad será vuestra integración armónica en la Iglesia local para contribuir a edificarla en la caridad con sus Pastores” (Sinodo de los Obispos1987, Nuntius ad Populum Dei, 5).  La unión con Cristo en la Iglesia y por la Iglesia es la señal que permite discernir la autenticidad de vuestros dones y carismas.

Manteneos unidos entre vosotros, con la clara conciencia de que todos, cada uno a su modo, participáis en la misma misión: la de Cristo y su Iglesia. La caridad de Cristo, que procuráis difundir, debe empapar vuestras recíprocas relaciones, de manera que sean signo y testimonio de la unidad de su Cuerpo, que es la Iglesia.

Cuanto acabamos de decir sobre los distintos movimientos apostólicos se aplica también, con sus peculiaridades propias, a las llamadas comunidades eclesiales de base, que los obispos latinoamericanos en la Conferencia General de Puebla de los Ángeles describen como “expresión del amor preferente de la Iglesia por el pueblo sencillo; en ellas se expresa, valora y purifica su religiosidad y se le da la posibilidad concreta de participación en la tarea eclesial y el compromiso de transformar el mundo” (Puebla, 642).  Como enseñó mi Predecesor el Papa Pablo VI, ellas “deben ser destinatarias especiales de la evangelización y al mismo tiempo evangelizadoras” (Evangelli nuntiandi, 58). 

Aliento, por tanto, a todos los fieles que se integran en estas comunidades eclesiales de base, a una mayor profundización en la vida sacramental y de oración, a un conocimiento más hondo de la fe católica, a una participación intensa en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia, que se refleje en un estilo de vida marcado por la fraternidad y la solidaridad entre todos. En una palabra, que sean auténticamente eclesiales y que se proyecten evangélicamente en actividades apostólicas.

10. En este día en que celebramos la fiesta de la Virgen de Fátima, quiero finalizar este encuentro dirigiéndome a Ella en acción de gracias por su continua intercesión maternal, que yo experimenté de una manera muy especial hace siete años. “En los albores de la Iglesia, al comienzo del largo camino... que comenzaba con Pentecostés en Jerusalén, María estaba con todos los que constituían el germen del Nuevo Israel... Y la Iglesia perseveraba constante en la oración junto a Ella” (Redemptoris Mater, 27).  También ahora, si perseveramos en un continuo clamor de oración y de acción de gracias, la Virgen nos acompañará en el camino del cumplimiento de la misión de la Iglesia. Que así sea.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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