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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

SALUDO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES DESDE EL BALCÓN
DE LA NUNCIATURA APOSTÓLICA

Lima, domingo 15 de mayo de 1988

 

¡Queridos jóvenes del Perú!

1. Gracias por vuestra presencia numerosa y entusiasta en este encuentro significativo que he querido reservaros en mi breve visita a Lima. ¡Sois la esperanza de la Iglesia! ¡Seréis la alborada del mañana, si sois portadores de la vida que es Cristo! Ese es vuestro reto y esa vuestra felicidad: Acoger la vida que nos trajo el Señor y comunicarla a los demás, con la vitalidad y energía de vuestra juventud, con la transparencia y dinamismo propios de vuestra edad. ¡Sed constructores de un mundo mejor, desde hoy!

Recuerdo muy bien aún el encuentro que tuvimos en Monterrico, en mi anterior visita, cuando os propuse el ideal de las bienaventuranzas. Hoy también quiero dirigirme a cada uno de vosotros, y a través de vosotros a todos los jóvenes de este hermoso país, porque a todos y a cada uno ama intensamente el Señor y de cada uno espera la respuesta personal y irrepetible que brota del corazón generoso. Todos habéis sido convocados personalmente a vivir en el amor de Jesús y a ser sus apóstoles. “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros” (Jn 15, 16),  nos dice Cristo; así lo experimentó el Apóstol San Juan quien conoció al Señor siendo joven como vosotros.

2. El mundo en que os ha tocado vivir, junto con grandes logros, está lleno de profundas contradicciones. Es grande y dolorosa la secuela del pecado. Muchos hombres se alejan más de Dios cada vez, desviándose así del sendero de la felicidad a la que están invitados. Rompiendo su vínculo con el Padre entran en conflicto con los demás, consigo mismos y con la naturaleza. Ahí está la raíz del pecado personal y de sus terribles consecuencias sociales.

Hoy queda poco sin cuestionar. Todo se pone en duda. Las relaciones humanas –pretenden algunos– están apoyadas en meros convencionalismos. Se experimenta el vértigo de un cambio que se arroga el derecho de arrinconar los valores perennes. Se exalta la violencia. Se huye de los compromisos personales y de una auténtica construcción del mundo, para refugiarse en cambio en el alcohol y la droga. El desprecio de la vida humana se ha generalizado. Los principios morales no son respetados. El hombre parece como si hubiera perdido su camino.

3. Ante un panorama que podría sembrar desaliento y desesperanza incluso en espíritus fuertes, yo os digo: Jóvenes peruanos ¡Cristo, su mensaje de amor es la respuesta a los males de nuestro tiempo! El es quien libera al hombre de las cadenas del pecado para reconciliarlo con el Padre. Sólo El es capaz de saciar esa nostalgia de infinito que anida en lo profundo de vuestro corazón. Sólo El puede colmar la sed de felicidad que lleváis dentro. Porque El es el camino, la verdad y la vida (cf. Ibíd., 14, 6).  En El están las respuestas a los interrogantes más profundos y angustiosos de todo hombre y de la historia misma.

Con el entusiasmo propio de vuestra juventud buscad al Señor Jesús. El colmará vuestras inquietudes. ¡Convertíos de corazón para alcanzar la vida¡ Sólo desde una conversión personal y profunda se puede aspirar a un cambio real, que luego se proyecte hacia los demás en relaciones solidarias.

No busquéis en otros lugares lo que sólo Cristo puede dar. Vuestra sed de Dios no puede ser saciada por sucedáneos, como las ideologías que conducen a exacerbar los conflictos y el odio. No debéis evadir la fascinante aventura de vivir la vida según el Evangelio. No sucumbáis a la tentación de la violencia que todo lo destruye y conduce a la desesperación. ¡Optad por una cultura de vida y de amor fraterno!

4. ¡ Jóvenes del Perú! En vosotros pongo mi confianza. ¿Sabréis acoger y vivir el don de la vida que nos trajo Jesucristo el Señor? ¿Seréis capaces de escuchar y acoger la vocación de ser discípulos y apóstoles? ¿Tendréis la valentía de hacer de vuestra vida un testimonio elocuente de que Cristo es la respuesta que anhela el corazón del hombre actual?

Queridos muchachos y muchachas: Debéis tener un deseo ardiente y una gran valentía para proclamar a Cristo, para anunciarlo en vuestros ambientes, en la sociedad. Sed apóstoles entre vuestros amigos y compañeros. Para ello debéis de formaros sólidamente en la fe, alimentaros de la Eucaristía, cimentaros en la oración, y así poder proyectaros hacia los demás con la seguridad que da el Señor. A cada uno de vosotros le espera la noble tarea de ser mensajero de Cristo entre los que están a su alrededor. Cultivad en vuestro corazón joven el deseo de ser verdaderos apóstoles, testigos audaces del Evangelio, artesanos de la civilización del amor.

Pongo en manos de nuestra Madre María, Nuestra Señora de la Evangelización, como la conocéis en estas tierras limeñas, esta esperanza de la que sois portadores. Acogeos a Ella, Madre de los jóvenes, para que os guíe al encuentro de su Hijo y os muestre el camino de la reconciliación. Ella, que es ejemplo de amor generoso, os sostenga en la fe y os enseñe a vivir en el servicio a los hermanos, particularmente a los más necesitados.

A vosotros, los discípulos de Jesús en el tercer milenio del cristianismo, os encomiendo la tarea de la evangelización de los jóvenes, la construcción de la civilización del amor.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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