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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

ENCUENTRO DEL PAPA JUAN PABLO II
CON LAS RELIGIOSAS PERUAN
AS

Lima, domingo 15 de mayo de 1988

 

Amadísimas en Cristo:

1. En esta mi segunda visita al Perú, es para mi gran gozo tener la posibilidad de encontrarme con vosotras, que pertenecéis a diversas congregaciones e institutos de vida consagrada, a quienes Dios ama con predilección. El os ha pedido la total entrega de vuestro ser, alma, cuerpo y corazón; El os ha invitado a hacer de vuestras vidas un signo inequívoco de la consagración a Dios; El os convoca para que seáis testigos de que las realidades terrenas no pueden ser transfiguradas y presentadas al Padre si no es en el espíritu de las bienaventuranzas. Dios os ha llamado a su servicio para que cooperéis con vuestra activa solicitud en la extensión del reino de Dios, cuyo inicio se encuentra ya en la Iglesia (Lumen gentium, 5). 

Vuestra presencia aquí esta tarde, queridas religiosas, quiere ser testimonio de vuestra consagración exclusiva y irrevocable a Jesucristo, en la Iglesia, por medio de vuestra profesión de obediencia, castidad y pobreza. De esta manera, vuestro espíritu adquiere libertad para lanzaros a esa maravillosa aventura que es la entrega total a los ideales del Evangelio, a la persona de Cristo, vuestro esposo, en la Iglesia, en la dedicación abnegada de servicio al prójimo. El vuestro no es un compromiso pasajero; es una opción de por vida al haber aceptado ser signos luminosos de las realidades del reino de Dios (cf. Perfectae Caritatis, 1). 

En efecto, ¡estáis llamadas a ser signos vivientes del reino! Sed, por tanto, luz que ilumine, sal que no pierda el sabor. Cuanto más grande sea vuestra tarea apostólica, tanto más grande es la necesitad de distinguirse claramente en un mundo que anda confundido por falta de ideales superiores. Cuanto más intensa sea vuestra inserción en las realidades temporales, tanto más claramente debéis aparecer en vuestras acciones como lo que sois: anuncio de la novedad de vida en Cristo. ¡Estáis llamadas a ser signos y, por ello, a responder a exigencias claras y concretas en las realidades en que vivís! Si un signo se difumina, pierde su razón de ser, desorienta y confunde. Sólo en la medida en que, como la Virgen de Nazaret, renovéis vuestro sí en todos los momentos de vuestra vida, corroborando en toda su extensión el compromiso adquirido por vuestros votos, seréis consecuentes con la identidad que habéis adquirido y ratificado personalmente en la Iglesia. Vuestro “sí” se une al “sí” de María. “Ese fiat de María –“hágase en mí”– ha decidido, desde el punto de vista humano, la realización del misterio divino” (Redemptoris Mater, 13). 

2. Con cuánta claridad se puede ver en esta tierra peruana la huella de la respuesta generosa de tantas religiosas y almas consagradas que han trabajado con abnegación y sacrificio por extender el reino de Dios. El testimonio de Rosa de Lima, de Ana de los Ángeles Monteagudo y de tantas otras almas escogidas, señala con rasgos inconfundibles el horizonte de santidad al que estáis llamadas. Entregadas a Dios en el Señor Jesús, ocupáis un puesto particular en la asamblea del Pueblo de Dios. Vuestra identidad está cimentada en el nuevo vínculo espiritual de vuestra profesión religiosa, el cual es un desarrollo del vínculo bautismal, que vuestra vida consagrada expresa y pone de manifiesto con gran intensidad (cf. Perfectae Caritatis, 5). Mediante vuestra donación libre y total al Señor os hacéis disponibles a las tareas de la Iglesia, en plena fidelidad a sus enseñanzas y orientaciones. La fidelidad a la Iglesia sin fisuras es una de las condiciones de vuestra donación personal, por lo que faltar a ella sería desviaros de la misión a la que habéis sido llamadas. En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II, “la norma última de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo tal como se propone en el Evangelio” (Ibíd., 2). 

En vuestras obras apostólicas de educación y asistencia con los niños y jóvenes, con los ancianos y minusválidos, llevando la Palabra de Dios por los amplios parajes de vuestra geografía, ayudando a las jóvenes a madurar humana y cristianamente, expresando vuestra solidaridad afectiva y efectiva con los pobres y con los que sufren, habéis de cuidar siempre de permanecer totalmente fieles a lo que sois, poniendo a disposición de aquellos a quienes servís un horizonte que sobrepase las metas de la sola realización humana, para iluminar la propia vida con la luz de la fe, que nos invita a participar en las riquezas de Dios.

3. Dicho testimonio de llamada a la trascendencia en medio de los hermanos, lo dan también aquellas religiosas que no desempeñan tareas directas en la sociedad (cf. Lumen gentium, 46; Gaudium et spes, 43). El Papa desea decirles a las consagradas de vida contemplativa que su misión eclesial continúa teniendo plena vigencia en un mundo lleno de actividad, y que la Iglesia mira con particular predilección a quienes han optado por una entrega sin reservas en la vida claustral. (cf. Perfectae Caritatis, 7; Ad gentes, 18. 40) 

Vosotras, religiosas de vida contemplativa, habéis realizado una opción fundamental por el Señor Jesús dejándolo todo por El, siguiéndole, oyendo sus palabras y dedicándoos con solicitud a laborar incansablemente por el cumplimiento de su proyecto divino (cf. Perfectae Caritatis, 5). Os habéis puesto con toda generosidad al servicio de la Iglesia. Por ello sois un verdadero tesoro de vida eclesial a la vez que un eficaz instrumento de apostolado. Cuidad siempre de hacer evidente vuestro sentir con la Iglesia. Sed entre vosotras y en medio de la comunidad eclesial signo de unión, fomentando con vuestro ejemplo, la unidad del Pueblo de Dios reconciliado en Cristo. Que vuestro servicio eclesial sea siempre de comunión con la Iglesia local y sus Pastores.

4. La emoción dominante hoy en los espíritus viene marcada por la vivencia de las intensas jornadas del Congreso Eucarístico y Mariano que acaba de clausurarse. Han sido días impregnados y vivificados por la fe, por el gran misterio de nuestra fe, que luciendo ardiente en las mentes, ha iluminado y esclarecido el infinito y inefable amor del Dios-Hombre hacia nosotros, que se hace alimento de nuestra peregrinación terrena y compañero de nuestro caminar hacia la casa del Padre. Las palabras litúrgicas dichas por el sacerdote después de la consagración eucarística, “este es el sacramento de nuestra fe”, cobrarán en adelante mayor fuerza al oírlas diariamente en vuestra Eucaristía; y vuestra respuesta será también más entusiasta aun proclamando su victoria por la cruz y la resurrección y anunciando siempre y en todo lugar su mensaje de salvación, hasta que vuelva.

La fe es guía y camino para la comunión con Dios (cf. San Juan de la Cruz, Subida, II, 3, 6, ibíd. II, 1,1) es el medio que hace posible el encuentro personal con el Señor Jesús, el soplo del Espíritu que anima y ilumina el sentido de nuestra vida, la puerta que se abre para estar en comunicación filial con el Padre, porque “sin fe es imposible agradar a Dios” como nos dice la Escritura (Hb 11, 6).  La palabra revelada nos repite que “el justo vive por la fe” (Ibíd., 2, 4; Rm 1, 13; Ga 3, 11);  por tanto, ¡cuánto más se habrá de decir esto de la religiosa, que ha consagrado su vida entera a Jesucristo!

Estáis llamadas a dar un testimonio eclesial que no se desentiende de las realidades del mundo, sino que las ilumina. Recordad siempre que, cuando el sentido de lo sagrado parece desvanecerse y cuando la misma dimensión de la fe viene cuestionada por ideologías y modos de vida materialista, vuestra vida consagrada ha de ser lo que os califica y os distingue. Como escribió mi venerado predecesor Pablo VI “paradójicamente, el mundo, que a pesar de los innumerables signos de rechazo de Dios lo busca por caminos insospechados y siente dolorosamente su necesidad, exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos conocen y tratan familiarmente” (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 76).

5. Vosotras, por vuestra cercanía a los más necesitados, sois particularmente conscientes de las lacras que afectan a nuestra sociedad y que dejan sentir sus nefastos efectos de pobreza y injusticia. Vosotras sois ciertamente testigos de la indigencia que se extiende a multitudes, lacerándolas en su dignidad de hijos de Dios, así como de la decadencia moral que se difunde como un corrosivo por el cuerpo social. Son éstas señales claras de que se hace necesario intensificar la acción evangelizadora mediante renovadas obras de apostolado.

En la planificación del apostolado hay que partir de una visión de fe que no excluya temas como los de la salvación y configuración en Cristo, la gracia, la Iglesia como misterio, comunión y misión, los sacramentos, el pecado como raíz de todos los males personales y sociales, los compromisos en la vida personal y comunitaria, la vida eterna del “más allá”, el camino de perfección, la aceptación de la revelación divina tal como se predica y vive en la Iglesia, la fidelidad a la acción del Espíritu Santo. En una palabra: la auténtica dimensión religiosa del mensaje cristiano.

No han faltado casos de agentes de pastoral que, al sentirle profundamente impactados por el triste y injusto estado de postergación, de incultura, de miseria corporal y humana de tantos hermanos nuestros, se han dejado obnubilar cayendo en un inaceptable divorcio entre la fe creída y la praxis actuada.

Desde los orígenes mismos de la Iglesia, la caridad ha ocupado un lugar de preeminencia como signo y anuncio de la Buena Nueva liberadora. De aquí que los cristianos no puedan dejarse arrebatar por ninguna ideología ni sistema la bandera de la justicia, que es exigencia misma de la caridad. El amor por los pobres es una realidad que nace desde la fe, como lo demuestra la pléyade de cristianos que a través de los siglos han seguido al Señor Jesús en su amor preferencial –que no es excluyente– por los más pobres, por los marginados, por los enfermos, por los ancianos, por los niños. Como he indicado en mi reciente Encíclica sobre la cuestión social, “La opción preferencial por los pobres... es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia. Se refiere a la vida de cada cristiano, en cuanto imitador de la vida de Cristo, pero se aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales” (Sollicitudo rei socialis, 42). 

6. Todo cristiano, y más aún toda alma consagrada, debe ser sensible ante el descubrimiento del hermano concreto en su miseria humana. Mas, no por ello se deben oponer los esfuerzos por ayudar a resolver el “hambre de pan” y los destinados a saciar el “hambre de Dios”. Por el contrario, particularmente vosotras, religiosas, debéis hacer explícito con vuestros actos la íntima y profunda vinculación que existe entre la exclusión de Dios y de su plan salvífico, y el incremento de los males que angustian al ser humano al alejarse de Dios. ¡Sería una grave injusticia, peor que la primera, olvidar el anuncio del reino y descuidar la proclamación del pan de la Palabra a todos!

Como hemos escuchado al comienzo de nuestro encuentro en la lectura del Evangelio, vosotras sois luz y sal; vuestra misión es demostrar al mundo que podéis comprometeros, como tantas lo hacéis, con el enfermo, con el oprimido, con la niñez y la juventud, desde una vida nutrida en el Evangelio, sin recurrir a fuentes ajenas que deforman la recta enseñanza y diluyen la vida cristiana. Sintiéndoos amadas por el Señor, recorreréis los caminos del mundo anunciando su amor a todos, y en particular a los pobres, a los débiles, a los necesitados.

Seréis signo de las bienaventuranzas evangélicas en la medida en que os adentréis en la contemplación de la Palabra, en la intimidad con Cristo y en la vida comunitaria como servicio y donación. El trato íntimo con el Señor es para todo cristiano y, particularmente para vosotras religiosas, como el aire que respiráis para manteneros vivas. Negarse al aire es morir. Olvidar la oración, dejarse arrastrar por la rutina que enfría el afecto de la cercanía de Dios, es también morir. Existe un íntimo ligamen entre la vida de oración y la profundización vivificante de los contenidos de la fe. Si falla la oración, se va debilitando la fe, y a ello sigue la progresiva pérdida de identidad que da sentido a los consejos evangélicos. Dejaos amar por Dios como Padre, y así os será más fácil “tratar de amistad con quien sabemos que nos ama”, como enseñaba Santa Teresa de Jesús.

En el ámbito de las prioridades por la vida religiosa en Perú hoy, quiero también llamar vuestra atención a la importancia que en nuestros días reviste una recta y adecuada formación teológica, espiritual y humana. Del estudio y meditación de la Revelación divina, en fidelidad a las enseñanzas del Magisterio, brotarán las aguas vivas que inunden de sentido cristiano vuestras labores asistenciales en los hospitales, escuelas y de promoción humana en el campo social.

A través de vosotras, especialmente a través de quienes realizan labores educativas, quiero transmitir una exhortación a los padres de familia para que respalden a sus hijos y hijas cuando escuchan el llamado del Señor. Os quiero pedir que, desde vuestra propia vocación, ayudéis a los demás a ver la plena realización humana que se obtiene en el seguimiento de Cristo en la vida consagrada. La Iglesia, lo sabéis bien, necesita artesanos dedicados a la evangelización. Es, pues, necesario que todas seáis solidarias en la promoción vocacional, pues el Señor sigue llamando a quienes El quiere hacer partícipes de su intimidad.

7. Queridas religiosas y personas particularmente consagradas a Dios: He querido compartir este tiempo con vosotras para reflexionar juntos sobre la hermosa vocación a la que, por la bondad de Dios, habéis sido llamadas, sobre las tareas que se os proponen en vuestra vida apostólica y también sobre los obstáculos que pueden presentarse en vuestro camino. Ante vosotras se alza, según la especificidad de vuestra vocación, el reto de continuar la evangelización de las gentes del Perú. Ciertamente que se trata de una tarea común a toda la Iglesia, pero vosotras, por vuestra misma condición femenina y por la libertad que os da vuestra virginidad, estáis particularmente dotadas para dar una contribución de primer orden. El corazón de la mujer, con su ternura y delicadeza, es más apto para captar y transmitir gozosamente los valores trascendentales (Redemptoris Mater, 46) con firme fe y “esperando contra toda esperanza” (Rm 4, 18); y vuestra vida consagrada os capacita para dar testimonio en la Iglesia del premio prometido en la sexta bienaventuranza: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). 

Que María Santísima sea vuestro modelo, de modo que se pueda decir de cada una de vosotras, como de Ella: “Feliz la que ha creído” (Lc 1, 45) y que vuestra fe y virginidad –de modo semejante a Nuestra Señora– sean “una apertura total a la persona de Cristo, a toda su obra y misión” (Redemptoris Mater, 39) para que el mundo crea y acoja la salvación que viene de Dios.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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