VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA
Y PARAGUAY
CEREMONIA DE DESPEDIDA
DISCURSO DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II
Aeropuerto internacional Jorge
Chávez de Callao, Perú
Lunes
16 de mayo de 1988
Señor Presidente, señores cardenales y obispos, autoridades civiles y militares,
hermanos y hermanas todos muy queridos:
1. Mi estancia entre vosotros aunque breve, ha sido intensa en celebraciones
ricas de fe y religiosidad que juntos hemos compartido. Doy gracias a la divina
Providencia porque me ha permitido pasar en Lima un domingo lleno de luz, un día
memorable para la historia del Perú y de los demás países bolivarianos: Bolivia,
Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela; un día de gracia que hasta puede
inscribirse como el comienzo de una nueva etapa en la historia de la
evangelización de toda América Latina, aquí representada durante el V Congreso
Eucarístico y Mariano que el Papa ha venido a clausurar.
Como Pastor de la Iglesia universal, he convocado a las Iglesias locales que
están en estas latitudes a emprender con nuevo empeño las tareas de la
evangelización, para que todos los hombres y todos los pueblos de este
continente, joven y lleno de esperanza, que se prepara a celebrar el V
centenario de la llegada de la Buena Nueva, haga de Jesucristo el centro
propulsor de sus vidas, reconociendo en El a su único Salvador, Señor y
Liberador.
Este ha de ser el fruto principal del Congreso, tal como lo indica el lema
mismo que ha presidido vuestras jornadas de estudio, reflexión y plegaria:
“Reconocer al Señor al partir el pan”; es decir, reconocerlo ante todo en la
Eucaristía, en la cual Cristo se hace realmente presente entre nosotros para ser
nuestro alimento, nuestra vida; y reconocerlo también en los hermanos,
particularmente en los más necesitados: en los hermanos que sufren, en los
hermanos pobres, para compartir con ellos el pan de la Palabra y el pan
material, para saciar su hambre de Dios y su hambre de justicia.
2. Permitidme que os diga una vez más: No hay liberación auténtica si no es
en Jesucristo. Sólo el Evangelio y la doctrina social, que de él emana, pueden
ser fuente de salvación para América Latina. Todas las ideologías extrañas o
adversas al cristianismo o simplemente incompatibles con las enseñanzas de la
Iglesia carecen de ese dinamismo interior capaz de dar paz y justicia a esta
querida América. Sólo la luz que viene del Divino Redentor puede asegurar a
vuestras naciones un porvenir mejor en el que, superada toda clase de violencia
y de intereses contrapuestos, reine la civilización de la verdad y del amor.
Estos son los caminos que deja abiertos el Congreso Eucarístico:
caminos de
renovación cristiana, caminos de renovación social. Y como ha sido también un
Congreso Mariano, en nuestro caminar hemos de acudir con confianza a la Virgen y
reconocer su presencia de Madre para que Ella nos guíe, como Estrella de la
Evangelización, sabiendo que María nos precede siempre en la peregrinación de la
fe.
En sus manos maternales dejo depositadas las intenciones pastorales del
Congreso que hemos clausurado, y a su protección confío las Iglesias de los
países bolivarianos junto con sus Pastores, sacerdotes, religiosos, religiosas,
agentes de pastoral y fieles todos en este Año Mariano y en este mes de mayo,
particularmente dedicado a Nuestra Señora.
3. Mi segundo viaje apostólico al Perú toca a su fin. De nuevo he sentido el
gozo intenso de encontrarme con un pueblo de hondas raíces cristianas que tan
estrechos lazos de comunión y sintonía estableciera con el Sucesor del Apóstol
Pedro durante la visita pastoral que hace algo más de tres años me permitió
recorrer gran parte de la geografía del país como peregrino de evangelización.
4. Me llevo muy dentro del alma el recuerdo de todos vosotros, de las
muestras de afecto que me habéis dispensado; de las manifestaciones de
entusiasmo con las que habéis rodeado mi visita; del dinamismo y vitalidad de
esta Iglesia que está en el Perú, comprometiéndose con el pueblo.
Pero, al mismo tiempo, no puedo silenciar la tristeza que invade mi corazón
de Pastor al comprobar que este noble pueblo peruano continúa sufriendo el
flagelo de la violencia. En efecto, atentados y crímenes siguen sembrando dolor
y muerte en tantos hogares de este país. A este respecto, la experiencia enseña
que la violencia, venga de donde venga, engendra mayor violencia y no es el
camino adecuado para la verdadera justicia.
Durante mi breve estadía entre vosotros he podido percibir nuevamente el
clamor de paz que brota de las gargantas de tantos peruanos de buena voluntad.
Los largos y crueles años de lucha entre hermanos, que tantas heridas han
producido en la vida de las personas y de la sociedad, no han de imposibilitar
el que pueda lograrse una paz justa y duradera.
Por ello, antes de dejar este amado suelo del Perú, renuevo a los
responsables de tanto dolor y muerte el llamado que hice en Ayacucho el 3 de
febrero de 1985: “Os pido en nombre de Dios: ¡Cambiad de camino! ¡Convertíos a
la causa de la reconciliación y de la paz! ¡Aún estáis a tiempo! Muchas lágrimas
de víctimas inocentes esperan vuestra respuesta”.
Que todos, especialmente quienes han empuñado las armas, escuchen el clamor
de paz que brota de tantos corazones que han sufrido y sufren los efectos de la
violencia, y emprendan el camino cristiano de la reconciliación y del perdón.
Esta es la gran tarea que debe comprometer a todos los peruanos de buena
voluntad: construir un Perú más justo y reconciliado. Por ello, me dirijo a
todos: a los líderes políticos y sindicales, a los empresarios y trabajadores, a
los hombres de la cultura y de la ciencia, a todos los que influís en la marcha
de la sociedad, aunque sólo sea con vuestra voz o vuestro voto...; a todos me
dirijo y a todos hago un llamado para que contribuyáis generosamente, con
honradez absoluta, con conciencia limpia, con claridad de ideas, con espíritu
solidario, con obras eficaces, a construir ese Perú nuevo que todos deseáis.
5. Agradezco al Señor Presidente de la República del Perú sus finas
atenciones. Hago extensivo este agradecimiento a los miembros del Gobierno y a
las demás autoridades civiles y militares, por la colaboración en orden al buen
desarrollo de las actividades programadas durante mi visita pastoral.
Mi gratitud, profundamente sentida, va al señor cardenal primado y a todos
los amados hermanos en el Episcopado, que con vivo espíritu de comunión han
alentado a los fieles en la preparación espiritual del Congreso con miras a un
renovado impulso evangelizador que fortalezca la acción pastoral y la vida
cristiana en cada comunidad eclesial.
En el momento de la despedida, doy mi abrazo de paz en el Señor a los
representantes de los Episcopados de los demás países bolivarianos: Bolivia,
Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela; así como a los de las otras naciones
hermanas aquí presentes. Junto con mi gratitud por vuestra presencia y por
vuestra dedicación pastoral para acrecentar en vuestras Iglesias locales la
piedad eucarística, os ruego que transmitáis a todos los amados hijos de
vuestros respectivos países el recuerdo y el saludo entrañable del Papa, que
ruega fervientemente a Dios para que inspire en todos un renovado compromiso de
vida cristiana, de fidelidad a Cristo, de voluntad de servicio y ayuda a los
hermanos, particularmente a los más necesitados.
Peruanos y peruanas todos, de las ciudades y de los pueblos, de la costa, de
la sierra y de la selva: En esta hora de vuestra historia os exhorto a
permanecer fieles a vuestra fe católica y a dar testimonio de ella en vuestra
vida individual, familiar y social.
Confío al Señor de los Milagros y a la Santísima Virgen, tan venerada en toda
la geografía de América Latina, que este llamamiento mío como padre y Pastor
haga que las virtudes cristianas que profesáis contribuyan a la superación de
las dificultades presentes y refuercen la fraternidad y la voluntad de pacífica
convivencia entre todos los peruanos.
Queridos amigos del Perú: Sabed que el Papa os ama, que comparte vuestras
angustias y esperanzas, que reza por vosotros y os bendice con esa bendición que
tanto imploráis y tanto pedís, y que yo, antes de marchar os imparto de corazón.
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Editrice Vaticana
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