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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA Y PARAGUAY

ENCUENTRO DEL PAPA JUAN PABLO II
CON LOS SACERDOTES, RELIGIOSOS Y SEMINARIST
AS

Catedral de Asunción
Martes 17
de mayo de 1988

 

Amadísimos en el Señor:

1. Vengo con gran gozo a esta histórica catedral de Asunción para poder hacer realidad algo que he deseado con tanto interés: el encuentro con los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y demás personas consagradas que representan una parte escogida y cualificada de la Iglesia que peregrina en el Paraguay.

Quiero en primer lugar saludar con afecto a todos y cada uno de los aquí presentes y, a través de vosotros, expresar mi profunda estima a los presbiterios diocesanos, a las diversas congregaciones religiosas y centros de formación existentes en el país.

Al mismo tiempo, recibid desde ahora el testimonio de mi honda gratitud por la labor sacrificada y preciosa con la que construís día a día la Iglesia, difundiendo la Palabra de Dios y dispensando los sacramentos. Gracias por vuestra labor pastoral en el campo de la educación, de la salud, de la promoción humana, de las vocaciones, del trabajo en escuelas, asilos y hospitales, donde se reclama vuestra valiosa presencia junto a los más pobres y marginados.

2. La lectura que hemos escuchado nos recuerda el misterioso llamado que Dios, a lo largo de la historia, ha dirigido al corazón de los hombres; se trata de un llamado a la salvación en Jesucristo, el “único mediador” (1Tm 2, 5). Hoy, Dios sigue salvando a los hombres por medio de la Iglesia, que es “sacramento universal de salvación” (Ad gentes, 1); para lo cual llama a muchos –a vosotros de una manera especial– para enviarlos al mundo como anunciadores de esta Buena Noticia de salvación. Sois continuadores de aquellos primeros evangelizadores, venidos de España, que trajeron a esta tierra la semilla de la fe cristiana: dominicos, mercedarios, franciscanos, jesuitas, sacerdotes del clero secular y otros. Ellos vinieron al Nuevo Mundo no para adquirir bienes materiales ni dominio sobre estas tierras, sino para ganar hombres y mujeres para Cristo, ofreciéndoles el mensaje cristiano. En esta ocasión, quiero recordar a dos religiosos que vosotros veneráis con especial cariño: a San Roque González de Santa Cruz, a quien ayer he tenido el gozo de canonizar, junto con sus compañeros mártires, y al p. Luis de Bolaños. Jesuita el primero, franciscano el segundo, ambos son preclaros modelos de la nueva evangelización que debéis asumir hoy como desafío.

Ya desde finales del siglo XVI contó la Iglesia en Paraguay con sacerdotes seculares nativos. Algunos de ellos, como el p. Amancio González Escobar y el p. Francisco Javier Bogarín alcanzaron justificada notoriedad. Todos –conviene recordarlo– trabajaron incansablemente junto a los religiosos en pueblos y ciudades, en reducciones y valles rurales, atendiendo pastoralmente a indígenas y españoles, al igual que a la población criolla surgida de la fusión de razas.

3. Al evocar aquellos sacerdotes y religiosos que nos dejaron “con un servicio humilde y escondido, preclaros ejemplos de santidad” quiero exhortar a los presentes con las palabras del Concilio Vaticano II a que “crezcan en el amor a Dios y al prójimo por el ejercicio cotidiano de su deber; conserven el vínculo de la comunión sacerdotal, abunden en toda clase de bienes espirituales y den a todos un testimonio vivo de Dios” (Lumen gentium, 41). 

También hoy vosotros estáis dedicados a anunciar la Palabra de Dios con toda valentía, como lo hicieron vuestros antepasados. Contáis con obispos plenamente entregados al servicio de la Palabra y de los sacramentos, para edificar la comunidad en el amor y responder a las exigencias de la evangelización en esta patria paraguaya.

A todos los aquí presentes y a cuantos, desde los diversos campos de la pastoral y de la acción apostólica, colaboran estrechamente con los obispos en la ingente tarea de dar vida al Evangelio en la sociedad paraguaya, os exhorto a ser luz y sal que ilumine y dé sabor de virtudes cristianas a cuanto os rodea. Los dones que habéis recibido no son para mantenerlos bajo el celemín, sino para hacerlos fructificar como los talentos de la parábola evangélica.

4. A la vista de las luces y sombras que componen hoy el panorama del Paraguay, vuestra solicitud de Pastores de almas y personas consagradas no puede menos de animaros a dar una respuesta, desde vuestra fe, que contribuya a edificar una sociedad más sana en lo moral y más pacífica en la convivencia.

Cuando tantas personas buscan, sobre todo, la seguridad personal en el poder y el poseer; cuando el consumismo invierte los valores, abandonándose a una ciega carrera por acumular más cosas y disfrutar de ellas sin traba alguna, el verdadero apóstol ha de dar testimonio de los valores perennes del reino con una vida ejemplar informada por los consejos evangélicos. Con ello, pondréis en evidencia aquella falsa seguridad del poder, del tener y del placer, descubriendo a los demás que existen otros valores por los que merece la pena comprometerse: son los ideales que nos propone Cristo, camino, verdad y vida.

Vuestra vivencia testimonial como sacerdotes o almas consagradas ha de ser siempre evangelizadora para que los necesitados de la luz de la fe acojan con gozo la palabra de salvación; para que los pobres y los más olvidados sientan la cercanía de la solidaridad fraterna; para que los marginados y abandonados experimenten el amor de Cristo; para que los sin voz se sientan escuchados; para que los tratados injustamente hallen defensa y ayuda.

En esa evangelización, tarea prioritaria y esencial de la Iglesia, se prueba la autenticidad de la misma; porque no pueden separarse evangelización y obra de justicia, fe y búsqueda de la dignidad integral de las personas, anuncio del reino y promoción. Como he indicado en mi reciente Encíclica Sollicitudo rei socialis, «la doctrina social cristiana ha reivindicado, una vez más, su carácter de aplicación de la Palabra de Dios a la vida de los hombres y de la sociedad, así como a las realidades terrenas relacionadas con ellas, ofreciendo “principios de reflexión”, “criterios de juicio” y “directrices de acción”» (Sollicitudo rei socialis, 8). 

5. Desde ese empeño en favor de la liberación integral, inspirado en los criterios y métodos del Evangelio, el Pastor de almas, el apóstol, la persona consagrada deberá estar al servicio de los hermanos para mostrarles la caridad de Cristo, que se manifiesta de múltiples formas. Un servicio de amor que abarca a todos y que no excluye a nadie.

Pero es natural que la Iglesia muestre una solicitud preferencial hacia los más pobres que en el Paraguay, como en tantas otras partes de América Latina, sufren toda clase de privaciones. A muchos de ellos les falta, de hecho, lo más indispensable para vivir como personas humanas y hijos de Dios, que quiere para todos una existencia digna. ¡Cuántos campesinos, obreros, trabajadores sin empleo o explotados carecen del pan necesario!

Todos vosotros, cada cual desde su propio carisma, deberéis estar a disposición de los pobres, en los cuales Jesús está presente de manera especial.

6. A vosotros, queridos sacerdotes, que sois los primeros “colaboradores del orden Episcopal” (Lumen gentium, 28),  corresponde de modo peculiar la tarea de animar a vuestras comunidades haciendo presente a Cristo y su fuerza santificadora. A este propósito, me complace destacar como loable iniciativa pastoral la celebración del Año Eucarístico nacional, definido por vuestros obispos como “un llamado eficaz y un trabajo constante en favor de la paz, de la justicia y del amor entre los paraguayos” (Mensaje de la Conferencia Episcopal Paraguaya, 8 de diciembre de 1986). La Eucaristía, llamada con toda propiedad “signo de unidad y vínculo de caridad” (Sacrosanctum Concilium, 47; 1Co 10, 17),  es realmente una escuela de amor activo al prójimo que debe acrecentar en todos los cristianos la conciencia de la dignidad de la persona. No es posible que quienes comparten frecuentemente “el pan del amor” sean insensibles ante la falta de amor entre los hermanos y no se comprometan en serio por construir todos juntos la civilización del amor. Vosotros, como sacerdotes, habéis asumido la responsabilidad de ser testigos de lo que enseñáis, imitadores de lo que administráis, entregando vuestras vidas por el bien de las ovejas. (cf. Presbyterorum Ordinis, 13) 

Entre las características de la perfección sacerdotal debemos mencionar la “ascesis propia del Pastor de almas” (Ibíd.),  es decir, la caridad pastoral que se traduce en el seguimiento y en la imitación de Cristo obediente, casto y pobre. En este contexto aparece “la perfecta y perpetua continencia por el reino de los cielos” (Ibíd., 16) como expresión del modo de amar del Buen Pastor. Si vivís vuestra vocación como amistad profunda con Cristo, “con magnanimidad y de todo corazón” (Ibíd.), descubriréis fácilmente todas las exigencias evangélicas del seguimiento al Señor.

Este seguimiento radical de Cristo es una señal del reino, un don de Dios que viene a ser un grito profético en medio de un mundo materialista. Como os escribía en mi reciente Carta con ocasión del Jueves Santo, «renunciamos libremente al matrimonio, a fundar una familia, para poder servir mejor a Dios en los hermanos. Se puede decir que nosotros renunciamos a la paternidad “según la carne”, para que madure y se desarrolle en nosotros la paternidad “según el espíritu”» (Carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo 1988, n. 5).  Ante el ejemplo de María, modelo de la Iglesia fiel a Cristo Esposo, “es necesario que nuestra elección sacerdotal del celibato para toda la vida esté depositada también en su corazón” (Presbyterorum Ordinis, 16). 

7. Me dirijo ahora de manera particular a los religiosos y religiosas aquí presentes, llamados a ser “signos y testigos” de Cristo en el mundo. Vosotros debéis hacer presente a Cristo asumiendo sin reservas el espíritu radical de las bienaventuranzas, conscientes de tener en la vida consagrada “un medio eficaz de evangelización” (Evangelii nuntiandi, 69). 

Inseridos en las diversas formas de actividad pastoral y apoyados siempre en la oración, irá creciendo en todos el sentido de participación en la vida de la Iglesia. Es hermoso constatar esa creciente convicción vuestra de ser miembros del Pueblo de Dios con vocación de consagración peculiar. Es hermoso ver en vosotros a la Iglesia como virgen que espera al esposo con la lámpara encendida, siendo luz para los demás, siendo testimonios vivos de los valores del reino.

Ese querer ser transparencia de Cristo para los demás, os coloca en un puesto de gran importancia y dignidad, en cuanto hombres y mujeres consagrados en la Iglesia para bien de los hermanos. Vuestras funciones tienen una profunda incidencia eclesial y social, ya que podéis ofrecer algo vuestro, esto es, los dones de vuestra rica espiritualidad y vuestra gran capacidad de amor desinteresado. En esta línea de inserción en la Iglesia, os aliento a sentir el gozo de vuestra presencia específica en plena y fiel comunión con la jerarquía, pues no puede haber verdadera inserción en la Iglesia fuera del centro de comunión que es el obispo en su diócesis (cf. Christus Dominus, 11).  Así seréis luz verdadera, luz de Cristo en su Iglesia, luz que irradia la propia autorrealización.

8. Mas, para ser luz y presencia profética de Cristo, es necesario abrazar con generosa entrega el seguimiento del Maestro. De este modo, el religioso, la religiosa, se convierten en una persona consagrada a Dios en la Iglesia, por medio de Cristo, en la caridad del Espíritu, para provecho de toda la comunidad eclesial.

Otro testimonio que la persona consagrada ha de dar ante el Pueblo de Dios es el de la vida comunitaria. Es éste un elemento indispensable en la vida religiosa; una característica que han vivido, desde el principio, todas las congregaciones y que sirve para crear vínculos de verdadera fraternidad.

Por otra parte, no será posible progresar en el ideal religioso sin un constante recurso a las fuentes de la gracia obtenida en la oración y en el trato personal con Dios. Seguir a Cristo en castidad, pobreza y obediencia es mucho más que admirar un modelo, aunque sea desde un buen conocimiento de la Escritura y de la teología. Seguir a Cristo es algo existencial. Es tratar de imitarlo hasta configurarse con El, hasta identificarse con su persona mediante la vivencia fiel de los consejos evangélicos.

Esta realidad rebasa el entendimiento y sobrepasa las fuerzas humanas. Por eso sólo es realizable gracias a tiempos fuertes de oración y de contemplación silenciosa y perseverante. Recordad siempre que lo más importante no es lo que hacéis, sino lo que sois como personas escogidas y consagradas al Señor. Esto quiere decir que habéis de ser contemplativos en la acción.

A este propósito no puedo menos de dirigir un saludo de particular aprecio y afecto a las religiosas contemplativas. Vosotras vivís el silencio del claustro con “un dinamismo cuyo impulso es el amor” (Pablo VI, Evangelica testificatio, 8).  Vuestro “puesto eminente en el Cuerpo místico de Cristo” se caracteriza por una “misteriosa fecundidad apostólica” (Perfectae caritatis, 7). 

9. Antes de terminar, quiero dirigir unas palabras a los jóvenes seminaristas, tan amados por el Papa. Me alegra mucho saber que en el Paraguay hay muchos aspirantes a la vida sacerdotal y religiosa. Sin duda esta alentadora realidad es fruto de largos años de esfuerzos de la Iglesia, particularmente a partir de la proclamación de aquel Año del Sacerdocio que aún recordáis con gratitud. Las iniciativas pastorales en favor de la evangelización de la familia paraguaya, tanto en el campo como en las ciudades, así como el esfuerzo por dinamizar una pastoral juvenil auténticamente evangelizadora, facilitarán sin duda que todo el Pueblo de Dios asuma la responsabilidad de colaborar activamente con el Señor de la mies a fin de lograr que cada día aumente el número de quienes consagran sus vidas al servicio de la Iglesia y de sus hermanos.

A quienes ya disteis el primer paso hacia el sacerdocio y os estáis preparando en el seminario mayor o en las casas de formación religiosa, el Papa os alienta a ser conscientes de la gran responsabilidad que vais a asumir: examinad bien las intenciones y motivaciones; dedicaos con ánimo fuerte y espíritu generoso a vuestra formación; sed austeros, humildes, obedientes; cultivad las virtudes humanas tan necesarias hoy día para el ministerio sacerdotal y, sobre todo, cimentad vuestra vocación sobre un gran amor personal a Cristo Eucaristía y una “fiel confianza en la Santísima Virgen María, a la que Cristo, muriendo en la cruz, entregó como Madre al discípulo” (Optatam totius, 8). 

Para concluir, os invito a todos: sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y demás almas consagradas a mirar a María modelo de virgen y de entrega al plan de Dios. Imitad su “sí” expresado en una decisión única que os sirva de estímulo en vuestras vidas. Que Ella, la Virgen de la acogida en la Anunciación, la Madre al pie de la cruz, la Madre de la Iglesia y vuestra, acompañe vuestros pasos, las obras de apostolado y de misericordia.

Y pidiéndoos que llevéis mi saludo y recuerdo a todos vuestros hermanos y hermanas que no pudieron venir a este encuentro, os imparto con afecto mi especial Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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