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VIAJE APOSTÓLICO A URUGUAY, BOLIVIA, LIMA
Y PARAGUAY
CEREMONIA DE DESPEDIDA
DISCURSO DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II
Aeropuerto Internacional de
Asunción (Paraguay)
Miércoles
18 de mayo de 1988
Señor Presidente de la República, Autoridades, hermanos en el
Episcopado, queridos hermanos y hermanas, amigos todos del Paraguay:
1.Mi peregrinación apostólica por caminos del Paraguay al servicio de Jesús y
de su Evangelio llega a su fin.
En estas intensas jornadas durante las cuales he tenido la dicha de estar
entre vosotros, he podido conocer algo de este noble país, he entrado en
comunicación con sus gentes, con su historia, hecha sí de grandes sacrificios,
pero también de logros muy significativos, desde el punto de vista humano y
cristiano. He podido constatar complacido la ilusión que os anima par construir
“en la unidad un Paraguay reconciliado y fraterno”, como habéis insistentemente
rezado en la plegaria compuesta con ocasión de la visita del Papa.
Antes de dejar vuestra bendita tierra, vuelvo a invitaros con insistencia a
que os empeñéis, como ciudadanos y como cristianos, en esta fascinante y ardua
tarea.
Habéis querido que el lema de mi visita fuera “mensajero del amor”. Pues bien,
desde ese amor que todo le puede, torno a deciros una vez más, que la clave de
la unidad, de la reconciliación, de la fraternidad, está en el Evangelio, y que
sólo edificando una nación cristiana, siendo fieles a vuestras más genuinas
raíces, podréis construir un Paraguay nuevo.
2. En vuestra plegaria al Señor, habéis repetido confiadamente, tanto en
familia, como en comunidad: “Que el Santo Padre nos confirme en la fe, en la
esperanza y en el amor”.
Sí. Con mi palabra, con mi presencia, con mi oración he querido confirmaros
en la fe, exponiendo las enseñanzas que dimanan del Evangelio, predicando la
doctrina cristiana con todas sus consecuencias para la vida de cada uno y de
toda la sociedad. La certidumbre en la fe y la sana doctrina son, en efecto, dos
condiciones indispensables y fundamentales para toda obra evangelizadora. Por
eso he querido presentaros la insustituible garantía que da únicamente Cristo y
orientaros con la doctrina segura que lleva a la auténtica liberación: la
liberación del pecado y de las injusticias que lo acompañan como secuela.
He querido también confirmaros en la esperanza. El Paraguay necesita no sólo
confianza en sí mismo, sino también la esperanza cristiana para resolver los
problemas del presente y afrontar con decisión los planteamientos del futuro. La
esperanza es el motor siempre encendido por la fe y el amor que mueve las
conciencias, los grupos y la sociedad entera. La esperanza verdadera os viene
del Evangelio; no la busquéis por tanto en ideologías que dividen y que son
extrañas a la idiosincrasia y mejores tradiciones de vuestro pueblo.
Finalmente, he querido confirmaros en el amor, dando fe del lema que habéis
elegido para mi visita. El Papa, peregrino de evangelización, no puede ser sino
sembrador de amor, paz, unidad, reconciliación, fraternidad... Estáis celebrando
con ilusión un Año Eucarístico y sabéis muy bien que la fuente del amor es la
Eucaristía.
3. Me viene a la mente el ferviente encuentro que en torno al altar hemos
celebrado en el Campo Ñu Guazú durante el cual, en nombre de la Iglesia
universal, he tenido la profunda satisfacción de canonizar los nuevos Santos
Roque González de Santa Cruz, Alfonso Rodríguez y Juan del Castillo. Será ésta,
sin duda, una fecha que quedará marcada en la historia del Paraguay y que
proyectará luz sobre el futuro de vuestra patria.
Los nombres de estas tres almas escogidas, sacerdotes ejemplares de la
Compañía de Jesús, están vinculados en el recuerdo a la gran obra evangelizadora
que fueron las reducciones. Por ello quiero también recordar en mi saludo a los
nativos del Paraguay con quienes tuve un entrañable encuentro de fe y amor en la
misión Santa Teresita. Mantened con fidelidad y valentía las tradiciones
cristianas que los misioneros imprimieron en vuestra secular trayectoria humana
y en vuestras culturas autóctonas.
Será ésta una labor de todos, como pueblo unido, pero particularmente de las
nuevas generaciones. ¡Jóvenes! A vosotros especialmente os toca construir el
futuro. Acabo de estar con vosotros y os quiero repetir que me voy lleno de
confianza en esta juventud paraguaya que quiere seguir al Maestro
comprometiéndose en el servicio a los hermanos.
4. Finalmente, he de expresar mi sincero agradecimiento a todas las personas
y instituciones, que, con dedicación no exenta de sacrificio, han colaborado en
el buen desarrollo de los diversos encuentros del amado pueblo paraguayo con el
Sucesor del Apóstol Pedro.
En primer lugar, al Señor Presidente de la República, a quien agradezco
además las amables palabras que me ha dirigido. Igualmente a todas las
autoridades de la nación por las muchas atenciones que han tenido para conmigo.
Que el Señor premie los esfuerzos que realizan para asegurar a su patria un
porvenir de paz, justicia y bienestar.
Gracias en modo particular a los obispos del Paraguay, con quienes me siento
siempre fraternalmente unido y cuyas diócesis hubiera querido visitar una por
una. Ruego confiadamente al Pastor de los Pastores que os mantenga unidos,
dedicados a vuestro ministerio pastoral y entregados completamente a vuestros
sacerdotes, religiosos, religiosas, agentes de pastoral y fieles todos en cada
una de vuestras Iglesias locales.
5. Mi última mirada desde esta capital se dirige a la Virgen de los Milagros
de Caacupé en cuyo santuario medité, junto con todo el Pueblo de Dios, sobre los
misterios de María inscritos en el Evangelio: su Concepción, la Encarnación, su
Asunción gloriosa.
A Ella confío todos los paraguayos para que conserven la fe cristiana, que es
parte de su alma nacional, tesoro de su cultura, aliento y fuerza para construir
un futuro mejor en la libertad, en la justicia y en la paz.
¡Queridos hijos del Paraguay!
El Papa se marcha pero os lleva en su corazón. ¡Hasta siempre!
¡Alabado sea Jesucristo!
© Copyright 1988 - Libreria
Editrice Vaticana
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