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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE EL SALVADOR
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»

Viernes 21 de octubre de 1988

 

Amadísimos Hermanos Obispos de El Salvador:

1. Con verdadero afecto fraterno y gozo en el Señor os recibo en este encuentro colectivo, después de los coloquios personales con cada uno de vosotros acerca de la situación de cada una de vuestras circunscripciones eclesiásticas.

Sé que esta visita colegial a Roma representa no pocos sacrificios, mas todo ello lo sobrepuja vuestro vivo deseo de reforzar vuestra comunión con el Sucesor de Pedro y, a la vez, hacerle partícipe de vuestros anhelos, propósitos y esperanzas.

La visita “ad limina Apostolorum”, como ha sido puesto de relieve una vez más en la Constitución Apostólica “Pastor Bonus”, no es un encuentro esporádico con el Obispo de Roma, sino un punto álgido de aquella profunda realidad permanente que nos une en el vínculo interior de la oración, de la unidad en la fe y en el amor operante.

2. A través de vuestras conversaciones y por les relaciones que habéis presentado, he podido comprobar que la Iglesia en vuestro país se esfuerza denodadamente por cumplir el mandato de Jesucristo de anunciar su mensaje de salvación y reconciliación a todas las gentes haciéndolas renacer a una comunidad de vida nueva que a todos hace hermanos e hijos del mismo Padre Dios. En esta labor, el Obispo desempeña ciertamente un papel central como educador en la fe. Bien sabéis que Cristo os ha escogido y os ha enviado para que anunciéis al hombre de hoy su mensaje y su verdad salvífica con toda vuestra vida. Debéis, por lo tanto, conocer y comprender a este hombre en su realidad, a veces dramática; debéis captar la necesidad profunda de amar y de ser amado que encierra en sí mismo; debéis valorar sus aspiraciones a la justicia y a la paz.

Y puesto que sólo Cristo conoce el corazón del hombre y sólo de su Palabra emana la verdad del amor, ¡cuán hondo deberá ser vuestro amor al Señor y cuán atenta y asidua deberá ser la escucha orante de su Palabra!

Vuestra misión primaria es la de ser “pregoneros de la fe” y “maestros auténticos” (Lumen gentium, 25) que transmitan con audacia la fe en Cristo, para que todos puedan descubrir en cada acontecimiento el designio de Dios (Apostolicam Actuositatem, 4). Dicha predicación de la Palabra ha de representar un testimonio de vuestro encuentro personal con Cristo y de vuestra fidelidad sin fisuras. Los Pastores no predican una “sabiduría humana”, ni una simple erudición, sino la Palabra de Dios que ellos mismos han asimilado en la contemplación (cf. 1Co 2, 6-10). 

El Concilio Vaticano II reafirma que Cristo “está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla” (Sacrosanctum Concilium, 7). Por ello es necesario que los pastores se preocupen de presentar siempre y con fidelidad, la Palabra de Dios, recogida con esmero de “les fuentes de la Sagrada Escritura y la liturgia” (Ibíd., 35). 

Haced también partícipes a vuestros presbíteros de la experiencia de vuestro camino espiritual, para que ellos sean igualmente predicadores de la Palabra de Dios conforme a la sana doctrina de la Iglesia y puedan ayudar, al mismo tiempo, a sus fieles a comprender las grandes verdades de nuestra fe transmitiéndolas con auténtico sentido eclesial. Esto, sin duda, llevará a un progresivo descubrimiento de la misión de reconciliación y de solidaridad que deben tener las comunidades eclesiales. Con San Pablo hemos de estar persuadidos de que la predicación del Evangelio es “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1, 16);  ella es, pues, “capaz de salvar vuestras almas” (St 1, 21),  puesto que “permanece operando en vosotros, los creyentes” (1Ts 2, 13) 

3. El Papa os agradece vivamente, amados Hermanos, la abnegada entrega a vuestras comunidades y vuestra cercanía y solicitud por aquellos que más sufren. Mirando a la realidad de El Salvador, continúa siendo motivo de preocupación y pena para mi corazón de Pastor el panorama de incertidumbre y dolor que afecta a amplios sectores de los habitantes de vuestro país, donde la violencia no cesa de dejar su secuela de destrucción y muerte. En efecto, los largos años de lucha entre hermanos siguen cubriendo de luto multitud de hogares salvadoreños, que claman por la paz y que anhelan ardientemente una patria reconciliada y justa. Por ello, deseo dirigir en esta ocasión un llamado para que todos, líderes políticos y sindicales, empresarios y trabajadores, hombres de cultura y de ciencia, padres y madres de familia, se empeñen en una renovada ofensiva moral a fin de que, con espíritu solidario, pueda lograrse la ansiada paz, estable y duradera, a la que el pueblo de El Salvador aspira y tiene derecho.

Bien sabéis cómo esta Sede Apostólica ve con aprecio y esperanza todas aquellas iniciativas encaminadas a superar las divisiones y a lograr la reconciliación entre las partes enfrentadas. A este propósito, son encomiables los esfuerzos realizados por los Pastores de El Salvador con miras a acercar posiciones encontradas y a crear un marco de comprensión y tolerancia que permita el diálogo entre las partes en conflicto. En nombre del Evangelio y junto con los demás Episcopados de América Central, habéis hecho oír repetidamente vuestra voz para que cese el lenguaje de las armas que ensangrientan vuestro suelo; y así, en la última reunión del SEDAC (Secretariado Episcopal de América Central y Panamá) habéis dirigido un mensaje en el que, entre otras instancias, pedíais “a todas les naciones involucradas... que no envíen más armas a la región centroamericana”.

4. Aun en medio de la tensión y lucha, sed siempre esos “signos e instrumentos de comunión” que el Concilio Vaticano II reconoce en vosotros (Lumen gentium, 4). No siempre, lamentablemente, se logrará derribar los muros que separan a los hombres, pero en virtud del “ministerio de la reconciliación que os fue confiado” (2Co 5, 18)  tratad siempre de que vuestra palabra sea una profecía de la fuerza del misterio de Cristo y una encarnación histórica de ese Amor que ha sido fuente de innumerables iniciativas y creatividad fecunda.

Cristo es también el centro del cual sacaréis la luz y la fuerza para ser constructores de la paz. Incentivad, pues, una pastoral, no sólo de reconciliación como eliminación de los enfrentamientos, sino, más aún, de promoción y desarrollo del bien común, convencidos de que la dialéctica de la enemistad puede ser vencida por la civilización del amor (cf. Gaudium et spes, 73). 

¡También en esto, mirad a Cristo! San Pablo nos dice que Cristo “es nuestra paz: de dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad... vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca” (Ef 2, 14-17). 

El “evangelio de la paz” de Cristo posee, en efecto, una fuerte energía de transformación, de comunión. La Iglesia proclama su convencimiento de que el núcleo del Evangelio es el amor fraterno que brota del amor de Dios. Proclama además que ninguna violencia puede ser aceptada como solución a la violencia y que la vía de solución a toda divergencia ha de pasar por la conversión de los corazones.

5. En esta urgente tarea de pacificación, de perdón y reconciliación entre los hermanos, no estáis solos. Contáis, en primer lugar, con la colaboración de vuestros presbíteros. Ellos, como nos dice el Concilio, son “próvidos cooperadores” del Obispo (cf. Lumen gentium, 28),  servidores del anuncio de la verdad salvífica, maestros y guías responsables de santidad, coordinadores de comunión. Una sólida formación de los presbíteros es el don más precioso que podéis dar a vuestras comunidades cristianas, que tienen necesidad de encontrar en ellos “la imagen del verdadero ministerio sacerdotal y pastoral... y el testimonio de verdad y de vida” (Lumen gentium, 28).  Al sacerdote se le pide una adecuada formación doctrinal, espiritual y pastoral. Una formación doctrinal que deberá reflejar siempre el mensaje íntegro de Cristo, respondiendo a las exigencias de nuestro tiempo. Ello será posible si el sacerdote tiene una clara amistad personas con el Señor y la alimenta con una intensa vida de oración, de acogida de la Palabra de Dios, de contemplación; si tiene una profunda “ascesis” vivida como compromiso evangélico que contrasta con la actual sociedad permisiva.

La dimensión contemplativa es inseparable de la misión, porque la misión, según la conocida definición de Santo Tomás, es “contemplata aliis tradere” (S. Tomas de Aquino, Summa Theologiae, IIª-IIæ, q. 188, 1.7). 

6. Íntimamente relacionado con la vida de los presbíteros está el problema de las vocaciones sacerdotales y religiosas, que me consta es ya objeto de vuestra preocupación prioritaria por la trascendencia que ello tiene para el presente y el futuro de la Iglesia en vuestro país.

En efecto, el seminario es de tal importancia para la vida eclesial, que con razón lo llama el Vaticano II el “corazón de la diócesis” (Optatam totius, 5).  En él ha de impartirse la sana doctrina, evitando arbitrarias relecturas, reduccionismos mutiladores, ambigüedades engañosas que siembran confusión y amenazan la integridad y la pureza de la fe. Como lo indican repetidamente las instrucciones emanadas de la Sede Apostólica, el seminario ha de ser centro de preparación integral de la persona, con una sólida base espiritual, moral e intelectual, con una adecuada disciplina y espíritu de sacrificio. Sólo así podrá responderse a las necesidades de los fieles, que esperan que sus sacerdotes sean, ante todo, maestros en la fe y testigos del amor al prójimo.

Hago votos para que el 50 aniversario del Seminario Mayor Central “San José de la Montaña”, que estáis celebrando, constituya una ocasión de gracia para una pastoral vocacional más incisiva y haga que cuantos componen la gran familia de ese centro encuentren en la imitación de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, el ideal de sus desvelos.

Una consecuente pastoral vocacional ha de prestar necesariamente especial atención a la familia, pequeña “iglesia doméstica”, donde la semilla del Evangelio ha de hacerse fecunda. Esforzaos, por tanto, en proclamar y defender la unidad e indisolubilidad del matrimonio. “Pensad en les campañas favorables al divorcio, al uso de prácticas anticoncepcionales, al aborto que destruye la sociedad” (Discurso a la III Conferencia general del episcopado latinoamericano, IV, 28 de enero de 1979). 

Un problema particular que requiere vuestra solicitud de Pastores es sin duda el de los hijos nacidos fuera del matrimonio. Sed conscientes de que los grandes retos del momento presente a la familia son, a la vez, los grandes desafíos a la pastoral, y han de ser tomados como tarea prioritaria para que el hogar familiar sea realmente “el espacio donde el Evangelio sea transmitido y desde donde éste se irradie” (Evangelii Nuntiandi, 71). 

7. En continuidad con la familia, como ámbito de educación en la fe, quiero hacer especial referencia a la escuela y demás centros de educación, que tan importante papel juegan en formar la personalidad de los niños y de los jóvenes. Conozco las particulares dificultades que se os presentan en este campo, mas siempre habéis de evitar que pueda darse la peligrosa dicotomía entre la vivencia de la fe y la educación de esa misma fe. Por ello, la presencia de los católicos en la escuela, en los liceos, en la Universidad, ha de ser inteligente y coordinada para que sea eficaz. Sois conscientes del grave obstáculo que puede representar para la acción evangelizadora de la Iglesia unas orientaciones impartidas en centros católicos que pretendan disociarse de las indicaciones del Magisterio o de las líneas trazadas por los legítimos Pastores.

La juventud, que constituye una parte relevante de la población de El Salvador, ha de ocupar también un lugar especial en vuestros desvelos pastorales. La Iglesia ha de hacer cuanto esté en su mano para ofrecer esperanza y alternativas a una juventud que se siente amenazada por la inseguridad del futuro, el desempleo, la drogadicción, la delincuencia, la opción por la violencia. Es necesario estar cerca de los jóvenes y darles ideales altos y nobles para que sientan que Cristo puede satisfacer las ansias de sus corazones.

8. Por último, deseo alentaros a un particular empeño en favor de un laicado adulto bien formado. Laicos cristianos que puedan encontrar siempre apoyo en los sacerdotes y religiosos, pero que puedan actuar libre y responsablemente en las realidades temporales, en la vida social y política. Son ellos quienes han de animar los movimientos apostólicos, pues, como nos recuerda el Concilio Vaticano II, “el apostolado de los seglares... brota de la esencia misma de su vocación cristiana” (Apostolicam Actuositatem, 2). Formad, por tanto, un laicado abierto a la gracia divina y capaz de transformar las relaciones sociales y la sociedad misma según los designios de Dios, que quiere que todos vivamos como hermanos en paz y armonía.

Exigencia específica de su vocación ha de ser un decidido compromiso por la justicia, por el respeto de los derechos humanos, por la moralidad y la honradez en la vida pública, denunciando todo aquello que atenta al bien común y a la pacífica convivencia. El cristiano no puede permanecer impasible cuando tantos hermanos suyos se debaten aún en situaciones de pobreza. Por ello, la paz, que es esencialmente obra de la justicia, hallará su camino de realización en una más equitativa participación de todos en los bienes de la creación y en la promoción de unas condiciones de vida –espiritual y material– que sean más dignas del hombre, ciudadano e hijo de Dios.

9. La religiosidad del pueblo salvadoreño, así como los muchos valores que pude apreciar durante mi visita de hace cinco años, necesitan de vuestra guía doctrinal para, de esta manera, poder dar mayor solidez a sus creencias cristianas, en unos tiempos en que el agresivo proselitismo de sectas de corte fundamentalista pone en peligro la coherencia y unidad del mensaje evangélico.

Ya sé, queridos hermanos, que vuestra tarea de Pastores es ardua y exigente, pero contáis con la asistencia del Espíritu que guía a su Iglesia y que le da la fuerza y el entusiasmo apostólico necesario para llevar a cabo una auténtica renovación eclesial.

A la intercesión de la Santísima Virgen confío vuestras intenciones y anhelos pastorales, mientras con afecto os imparto mi Bendición Apostólica, que hago extensiva a cuantos colaboran en vuestro ministerio episcopal: sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 

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