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VIAJE PASTORAL A SANTIAGO DE COMPOSTELA Y ASTURIAS
 CON MOTIVO DE LA IV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES ENFERMOS Y MINUSVÁLIDOS


Seminario Mayor de Santiago de Compostela
Sábado 19 de agosto de 1989

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. En este significativo día en el que tantos jóvenes y tantas jóvenes del mundo entero, reunidos en Santiago de Compostela o en los más remotos lugares del orbe, se sienten unidos con el Papa para celebrar a Cristo Redentor, vosotros constituís el centro de la atención eclesial, porque el sufrimiento os coloca especialmente cercanos a Cristo; más aún, hace de vosotros Cristos vivos en medio del mundo, pues «el hombre que sufre es camino de la Iglesia porque, antes que nada, es camino del mismo Cristo, el buen Samaritano que “no pasó de largo”, sino que “ tuvo compasión y acercándose vendó sus heridas... y cuidó de él ” (Lc 10, 32-34».(Christifideles laici, 53)

Por eso, yo siento una especial satisfacción pastoral al acercarme a vosotros para saludaros quisiera hacerlo a cada uno personalmente―, para dialogar sobre vuestra situación, para animaros, para bendeciros y para hacer ver ante todos los demás hombres y mujeres lo que vosotros sois y lo que significáis para la humanidad entera.

Deseo agradecer ahora las vivas expresiones con que un representante vuestro ha puesto de manifiesto vuestros anhelos así como vuestra disponibilidad a la voluntad del Señor; expresiones y testimonios de vida que están resumidos en el libro que me habéis entregado.

También quiero mostrar mi aprecio por los sentimientos de cercanía y solidaridad con los que sufrís o estáis más limitados, manifestados por un joven de vuestra misma edad.

Dende a vosa enfermidade non solo sodes ós privilexiados ante a mirada de Deus senón que sodes ós que mellor podedes pedir e facer que a xuventude do mundo atope a Xesús Cristo, Camiño, Verdade e Vida. Nun tempo no que se oculta a Cruz, vós aceptándoa sodes testemuñas de que Xesucristo quiso abraza-la prá nosa salvación.

(Desde vuestra enfermedad no sólo sois privilegiados ante la mirada de Dios sino que sois los que mejor podéis pedir y hacer que la juventud del mundo encuentre a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. En un tiempo en el que se oculta la cruz, vosotros, aceptándola sois testimonios de que Jesucristo quiso abrazarla para nuestra salvación).

2. ¡Jóvenes enfermos y minusválidos! Precisamente en el período más bello de la vida, en el que el vigor y el dinamismo constituyen una característica peculiar del hombre, vosotros os encontráis frágiles y sin las fuerzas necesarias para realizar tantas actividades como pueden hacerlo otros muchachos y muchachas de vuestra misma edad.

Efectivamente, tantos coetáneos vuestros han venido hoy caminando hasta el Monte del Gozo, donde nos reuniremos esta tarde. Vosotros no estáis en disposición de hacer caminatas, pero ―podríamos decirlo con una paradoja― habéis llegado antes que nadie al “monte del gozo”. Sí, porque el Calvario, donde Jesús murió y resucitó y donde vosotros estáis con El, es mirado con los ojos de la fe, el monte del gozo, la colina de la alegría perfecta, la cumbre de la esperanza.

3. Yo conozco también ―porque lo he probado en mi persona― el sufrimiento que produce la incapacidad física, la debilidad propia de la enfermedad, la carencia de energías para el trabajo, el no sentirse en forma para desarrollar una vida normal. Pero sé también ―y quisiera hacéroslo ver a vosotros― que ese sufrimiento tiene otra vertiente sublime: da una gran capacidad espiritual, porque el sufrimiento es purificación para uno mismo y para los demás, y si es vivido en la dimensión cristiana puede convertirse en don ofrecido para completar en la propia carne “lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24).

Por esto, el sufrimiento capacita para la santidad, dado que encierra grandes posibilidades apostólicas y tiene un valor salvífico excepcional cuando va unido a los sufrimientos de Cristo.

Es inconmensurable también la fuerza evangelizadora que posee el dolor. Por eso, cuando yo llamo a todos los fieles cristianos a la gran empresa misionera de realizar una nueva evangelización, tengo presente que en primera línea estarán, como evangelizadores de excepción, los enfermos, los jóvenes enfermosTambién los enfermos son enviados como obreros a su viña” Porque “el peso que oprime los miembros del cuerpo y menoscaba la serenidad del alma, lejos de retraerles del trabajar en la viña, los llama a vivir su vocación humana y cristiana y a participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas modalidades, incluso más valiosas” (Christifideles laici, 53).

4. En la Carta Apostólica “Salvifici Doloris” he hablado largamente del sentido cristiano del sufrimiento y me he referido a varias de las ideas antes expuestas. Quisiera que esa Carta fuera como una guía para vuestra vida, de forma que contempléis siempre vuestra situación a la luz del Evangelio, fijando la mirada en Jesucristo crucificado, Señor de la vida, Señor de nuestra salud y de nuestras enfermedades, Dueño de nuestros destinos.

Vosotros, ofreciendo al Señor vuestras limitadas fuerzas, sois la riqueza de la Iglesia, la reserva de energías para su tarea evangelizadora. Sois la expresión de una sabiduría inefable, que sólo se aprende en el sufrimiento: “Me estuvo bien el sufrir, ya que así aprendí tus mandamientos” (Ps 119 [118], 71). Con el dolor la vida se hace más hunda, más comprensiva, más humilde, más sincera, más solidaria, más generosa. En la enfermedad entendemos mejor que nuestra existencia es gratuita y que la salud es un inmenso don de Dios.

Vosotros, mis queridos amigos en el dolor, a través del sufrimiento descubriréis más fácilmente, y nos enseñaréis a los demás, a descubrir a Jesucristo “Camino, Verdad y Vida”. Mirad al Señor, Varón de dolores. Centrad vuestra atención en Jesús que joven también como vosotros, con su muerte en la cruz, hizo ver al hombre el valor inestimable de la vida, que conlleva necesariamente la aceptación de la voluntad de Dios Padre.

5. Antes de finalizar este encuentro, quiero dirigirme a todas las personas que, por lazos de sangre o por su profesión sanitaria y de asistencia humana y social, estáis en continuo contacto con nuestros queridos jóvenes enfermos.

Os expreso mi aprecio por la generosidad, y a veces abnegación, con que os esforzáis por crear en torno a éstos, imágenes vivas del Cristo doliente, un ambiente familiar, acogedor y sereno. Vosotros sentís el deber de realizar vuestro trabajo como un verdadero servicio, de hermano a hermano. Sabéis bien que quien sufre no sólo busca un alivio a sus dolencias o limitaciones, sino también al hermano o hermana, capaz de comprender su estado de ánimo y ayudarle a aceptarse a sí mismo y superarse en su vida diaria.

Para ello es fundamental la fe, que os permite entrever en el enfermo el rostro amigo de Cristo. ¿No dijo El: “estaba enfermo y me visitasteis”? (Mt 25,36). En esta dimensión cristiana vuestro servicio, a veces prolongado y fatigoso, tiene un valor inestimable ante la sociedad y, sobre todo, ante el Señor.

A vosotros, queridos enfermos y minusválidos, os bendigo con mi mayor afecto. Y esta misma bendición la extiendo complacido a vuestros seres queridos y a cuantos os atienden y acompañan en el ámbito espiritual, humano y sanitario.

 

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

 

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