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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE COLOMBIA
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Lunes 4 de diciembre de 1989

 

Señor Cardenal,
Amados Hermanos en el Episcopado:

1. Al recibiros en este encuentro fraterno con ocasión de la visita “ad Limina”, doy gracias a Dios Nuestro Padre, fuente de todo consuelo (cf. 2Co 1, 3) por el testimonio de comunión en la fe y en la caridad, que nos une como Pastores de la única Iglesia de Cristo. Deseo, ante todo, expresaros, en nombre del Señor, mi gratitud por vuestra dedicación a la labor de anunciar el Evangelio para que “la Palabra de Dios sea difundida y glorificada” (2Ts 3, 1). Sé bien que el ejercicio de vuestro ministerio comporta no pocos sacrificios y gran espíritu de entrega, particularmente en los momentos presentes que atraviesa vuestro país. Sabed que os acompaña siempre mi oración por vuestros anhelos pastorales y mi recuerdo afectuoso, que abarca también a vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y a todos los fieles de las circunscripciones eclesiásticas de Bogotá, Tunja e Ibagué.

En las relaciones quinquenales y en los coloquios privados que hemos tenido, he podido apreciar la vitalidad de las comunidades confiadas a vuestro ministerio y la decidida voluntad que os anima, como Obispos, de mantener y consolidar el espíritu colegial y la unidad en el seno de vuestra Conferencia Episcopal y con toda la Iglesia. A ello os mueve vuestra solicitud pastoral y la conciencia de participar, unidos al Sucesor de Pedro, en el triple oficio de enseñar, santificar y regir la Iglesia. La colaboración recíproca y fraterna entre todos vosotros, hace que gane en eficacia vuestra acción pastoral y le da al ejercicio de la colegialidad su verdadera dimensión, inspirándose siempre en Cristo, centro de la “communio”. De esta manera, la colegialidad episcopal será una escuela de virtudes humanas y sobrenaturales, en la que todos sus miembros actúen aportando su propia “interioridad”, enriquecida por su unión personal e íntima con Cristo; así, la acción del Espíritu Santo se manifestará a través de vuestras decisiones. “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad –nos dice el Señor– os guiará hasta la verdad completa” (Jn 16, 13).

2. Sin duda que la tarea de anunciar el Evangelio de Cristo es ardua y plantea muchos retos al ejercicio del ministerio episcopal, que debe hacer la Iglesia cada vez más viva, presente y operante como sacramento de salvación entre los hombres. En esta misma línea, las palabras pronunciadas por el Señor Cardenal Mario Revollo Bravo, Arzobispo de Bogotá, constituyen una invitación a reflexionar juntos sobre un tema central en la misión de la Iglesia: la nueva evangelización en América Latina. Se trata de una iniciativa pastoral de gran trascendencia, que quiere dar un renovado impulso a las comunidades eclesiales, preparándolas a la solemne conmemoración del V Centenario de la llegada de la Buena Nueva al continente americano, a las puertas ya del tercer milenio cristiano.

Frecuentemente me he dirigido a los Episcopados de distintos países de Latinoamérica, poniendo de relieve diversos aspectos de esta nueva evangelización. Hoy quisiera detenerme en su significado, con el deseo de ofrecer una reflexión pastoral de fondo y suscitar en vosotros ulteriores iniciativas que miren más detalladamente a la situación y a los desafíos actuales de la querida tierra colombiana.

Una consideración inicial pone inmediatamente de relieve dos aspectos. El primero se refiere al horizonte en que debe proyectarse. El espacio abierto a la misión en Latinoamérica, si bien amplio y lleno de posibilidades, exige hoy por parte de todos una mayor profundización en intensidad de vida cristiana.

El otro aspecto se refiere al sujeto llamado a realizarla. En línea con la eclesiología conciliar, la difusión del Evangelio está confiada también a todo bautizado. Glosando una imagen muy querida en el Oriente cristiano, podríamos decir que el sujeto de la misión actual ha de ser un “coro de millares de voces”. Un coro formado por todos los cristianos, que alaban a Dios en las asambleas litúrgicas y a través del trato mutuo se ayudan unos a otros a vivir su compromiso bautismal. Esto se expresa de otro modo cuando, ya en sus hogares y en sus lugares de trabajo, cada uno de los fieles procura transformar el mundo para santificarlo y hacerlo conforme al designio del Padre.

3. En lo que se refiere al horizonte de evangelización, una cuestión abierta en América Latina –así como en muchos países del mundo– es la dignidad del hombre. En efecto, el continente experimenta graves desequilibrios que producen amargos frutos de lucha armada, ideologías totalitarias, violencia, narcotráfico. Persisten además criterios y sistemas de producción económica que proporcionan una vida digna sólo a determinados sectores de la población, mientras perpetúan diferencias sociales inicuas.

Frente a este panorama de tensión y contrastes, no faltan quienes pretenden que la liberación del hombre pase incluso por la emancipación con respecto a Dios, y cifran en “el solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos” (Gaudium et spes, 10).

La Iglesia en Latinoamérica se ve hoy –quizás más que nunca– ante desafíos particularmente graves. De aquí que se haga necesaria una radicalización de la fe y del mensaje cristiano. En esto lo que he llamado “la gran misión”, porque consiste en descubrir al hombre el fundamento profundo y último de su existencia; se trata, en definitiva, de “revelar a Cristo al mundo, ayudar a todo hombre para que se encuentre a sí mismo con él” (Redemptor hominis, 11). En las “insondables riquezas de Cristo” (Ef 3, 8), el hombre latinoamericano ha de descubrir la sublimidad de su vocación, la grandeza del amor entre los hombres y el sentido de su trabajo en el mundo.

4. Estamos, pues, ante las tres grandes dimensiones de la existencia humana que la Constitución pastoral “Gaudium et Spes” presenta en sus tres primeros capítulos como los ámbitos fundamentales de la misión eclesial en el mundo contemporáneo. Pues bien, esta radicalidad de los objetivos a lograr exige, a su vez, que la Iglesia se empeñe en esta labor con la totalidad de sus medios de salvación. En dicha misión, la Iglesia particular es, sin duda, el sujeto primario para llevarla a cabo, y vosotros, como obispos “verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores” (Christus Dominus, 2), los responsables últimos de la actividad pastoral. Por ello, la expresión eclesial de la misión ha de mostrar siempre la interna cohesión de los cristianos entre sí, teniendo como raíz, centro y culminación la presencia y actuación de los medios de salvación, esto es, la potencia salvífica de Cristo en el Espíritu Santo que, por medio del ministerio episcopal con la cooperación del presbiterio, anuncia el Evangelio y realiza la Eucaristía (cf. Ibíd. 11).

El Evangelio descubre todo el horizonte de la Redención, ya que al descubrir la entera existencia de Jesús, nos manifiesta también su paso redentor por todas las etapas y dimensiones de la vida del hombre. De aquí nuestra constante meditación de esos textos sagrados para que su mensaje salvador vitalice los afanes humanos: tanto las normales actividades diarias, como las grandes conquistas culturales del hombre latinoamericano. Por eso, buena parte del desafío que supone la nueva evangelización está en saber profundizar y expresar cada vez más esa plenitud salvífica que el Evangelio pone ante nuestros ojos. Con ella se convoca a la Iglesia; con ella se entra en todas las dimensiones y momentos de la vida del hombre.

La Eucaristía hace realidad lo anunciado y dinamiza las virtudes teologales de modo vivo y concreto. Cristo, presente en la Eucaristía, es el primer y fundamental protagonista de la evangelización (cf. Evangelii nuntiandi, 6). Al acogerlo personalmente en la fe, el hombre accede a ese manantial inagotable del amor del Padre. En esta cercanía a Cristo se arraiga firmemente la esperanza, el tesón con que el cristiano se empeña en la misión de transformar la tierra. De aquí la necesidad de poner siempre el mayor énfasis en la centralidad eucarística de la vida eclesial.

Mucho es, por consiguiente, lo que gana en eficacia la misión al tener siempre presente la potencia salvífica que mueve desde dentro a las comunidades eclesiales. En efecto, la fuerza interior que anima a los fieles al saber que –en cuanto miembros de la Iglesia– su propia actividad está injertada vitalmente en la de Cristo, alienta y estimula toda iniciativa apostólica. El hecho de constituir, entre todos los fieles y con el Obispo, una cohesión comunional cuya misión vive de Cristo, hará que hasta el apostolado más personal se lleve a cabo con la convicción de que quien lo hace no está solo, sino que participa de la gracia de ese sacramento universal de salvación que es la Iglesia (cf. Lumen gentium, 48).

5. Evangelizar hoy en Colombia es la gran tarea a la que estáis llamados, queridos Hermanos. Vuestro celo y solicitud os ha de llevar a redescubrir y revitalizar las raíces cristianas de vuestro pueblo. Para ello, habréis de dar nuevo impulso y dinamismo a la pastoral orgánica que, en modo solidario, lleve a la práctica unos proyectos comunes que armonicen en vuestra Iglesia las energías apostólicas, en orden a una mayor eficacia.

Es necesario, pues, marcar unos objetivos prioritarios, poniendo todos los recursos a disposición de lo que es esencial, esto es: la renovación de la fe en Cristo, camino, verdad y vida de los hombres y del mundo. Todos –unidos a los propios Pastores– han de sentirse vitalmente comprometidos con esta misión para poder dar así respuestas adecuadas a las demandas y exigencias del hombre de nuestro tiempo.

La vitalidad de la Iglesia se prueba por su capacidad de hacerse presente en la vida individual y social. A este respecto, no cejéis en vuestro empeño por prestar una mejor atención pastoral a ciertos sectores que así lo requieren, como son los ambientes rurales, obreros y universitarios. Recordando el entrañable encuentro con los campesinos colombianos en Chiquinquirá, deseo alentar nuevamente los esfuerzos de la Iglesia para contribuir también al desarrollo y bienestar de los trabajadores del campo.

6. No faltan tampoco en vuestro país concepciones secularistas y actitudes permisivas que son causa de desorientación en muchos, y particularmente entre los jóvenes. Intensificad, por ello, una pastoral con la juventud que dé a las nuevas generaciones seguridad en sus convicciones religiosas y les mueva a una participación más activa en la vida sacramental y comunitaria. Ellos representan una fuerza joven y generosa capaz de infundir dinamismo y energía a la acción de los movimientos de apostolado seglar. Que vuestra palabra sea siempre para ellos luz que oriente hacia Dios, señalando el sentido de la vida, presentándoles aquellos valores que les hagan comprometerse decididamente en la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Estoy convencido de que una de las mejores cosas que puede hacer la Iglesia para reavivar la fe de los colombianos y superar las pruebas y peligros del momento presente, es dedicar un ilusionado esfuerzo a la formación cristiana y humana de la juventud. Que la familia, la parroquia, la escuela, la Universidad, se empeñen con nuevo espíritu creador en forjar una juventud unida y participativa.

7. Dentro de la obra evangelizadora a la que convoca la Iglesia, ocupa un lugar de destacada importancia la evangelización de la cultura (cf. Puebla, 365 ss.). Si bien las raíces culturales que os han configurado como nación están impregnadas del mensaje cristiano, hoy se hace necesario revitalizar vuestro rico pasado convirtiéndolo en levadura y acicate para evangelizar la cultura colombiana de nuestro tiempo. Es misión de todo cristiano contribuir a la tarea de inculturar los valores del Evangelio en la variedad de expresiones culturales en vuestro país: en los ambientes universitarios, artísticos, literarios.

A este respecto, es también importante la presencia activa de los católicos en los medios de comunicación social. Se trata, en primer lugar, de un medio privilegiado para contribuir al bien común en orden a la educación de los pueblos y para promover los supremos valores de la verdad, la justicia, la solidaridad. A la vez, puede ser también vehículo para que el mensaje del Evangelio y la doctrina de la Iglesia se hagan presentes en los hogares y en los corazones de tantas personas, necesitadas de una palabra que les ilumine, que les instruya, que les consuele.

Por ello, vuestra solicitud de Pastores debe alentar todas aquellas iniciativas encaminadas a hacer de los instrumentos de la comunicación un medio evangelizador que consolide las creencias religiosas de vuestros fieles y les defienda frente a la agresiva actividad proselitista de las sectas, que en tiempos recientes se están multiplicando en Colombia sembrando la confusión y rompiendo la unidad en las comunidades cristianas.

8. Ya al finalizar este encuentro fraterno, os quiero recordar las palabras de Jesús a sus discípulos durante la Ultima Cena: “Non turbetur cor vestrum” (Jn 14, 1). Que ningún temor sea capaz de menoscabar vuestra esperanza. En el momento presente no faltan las incertidumbres y los riesgos, pero con S. Pablo decimos: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13).

Volved a vuestras Iglesias particulares con la confianza plena de que Jesucristo, el Señor, que os llamó a pastorear su grey, no cesará de asistiros en vuestros trabajos, haciendo que vuestro ministerio apostólico dé mucho fruto en amor y santidad. Sabed que os acompaña mi recuerdo en la oración, en la que pido a Dios por vosotros, así como por todos vuestros sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles. Os encomiendo a la protección de Aquel “que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Flp 2, 13).

 Con estos deseos imparto a todos con gran afecto mi Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

 

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