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ORACIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
EN LA PLAZA DE ESPAÑA

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María
Viernes 8 de diciembre de 1989

 

lo "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada" (Lc 1, 48).

Los habitantes de Roma, junto con los peregrinos de Italia y del mundo, venimos hoy a esta plaza, en la que los romanos del siglo pasado erigieron esta columna en tu honor, ¡oh Inmaculada Concepción!, a llamarte bienaventurada.

Venimos aquí todos los años el día del gran encuentro con el misterio divino que se encierra en ti, esclava del Señor.

Todas las generaciones te llaman bienaventurada precisamente por eso: porque eres esclava. Así te llamaste a ti misma en el momento de la Anunciación.

Exaltada por encima de todos los hombres mediante la gracia de la maternidad divina, sabías que el Padre Eterno te llamaba a un especial servicio.

En efecto, El es quien "exalta a los humildes y despide a los ricos sin nada" (cf. Lc 1, 52-53).

El es quien "siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de que nos enriqueciéramos con su pobreza" (cf. 2 Co 8, 9). ¡Tu Hijo!

2. Desde esta célebre columna, sobre la que los romanos pusieron tu estatua, tú contemplas nuestra ciudad.

Y no solamente esta ciudad. Tú diriges tu mirada a toda la familia humana, a las naciones, a los pueblos y a las generaciones: a todos aquellos a quienes vino tu Hijo para hacerlos ricos con su divina pobreza.

Y estás cerca de cada uno de nosotros. Miras a nuestros corazones como mira la Madre.

Todos los que nos encontramos aquí reunidos, juntamente con muchos otros hermanos y hermanas nuestros que se hallan en diversos lugares de la tierra, queremos abrir nuestros corazones ante ti.

Queremos abrir ante ti el corazón de la humanidad de nuestra época: corazón inquieto, corazón amenazado, corazón que busca.

"Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos".

Ayúdanos a encontramos a nosotros mismos en Cristo, tu Hijo. En El se ha revelado el Amor con el que el Padre Eterno "amó al mundo" (Jn 3, 16).

Todo hombre es abrazado en este amor. Cada uno tiene en él su propia "parte".

Madre, habla a todos, habla a cada uno, y dile que no puede encontrarse a si mismo si no es mediante este amor, sólo mediante este amor.

3. Recogidos a tus pies, en este último tramo del milenio, te suplicamos:

Tú que conoces muy bien el "precio" con que el Hijo de Dios nos redimió a cada uno de nosotros, ayúdanos a vivir en la perspectiva de este "precio"

Ayúdanos para que en cada uno de nosotros venza aquel amor con que Dios amó al mundo. Aquel amor tiene el nombre del Hijo de Dios, de tu Hijo, a quien en este tiempo de Adviento todos nosotros, hijos tuyos en tu Hijo, nos preparamos a acoger en el misterio de la Navidad y a venerar en la carne de un Niño recostado en un pesebre por tus manos solícitas.

 

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

 

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