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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EQUIPO DIRECTIVO DE FONDO DE LAS NACIONES UNIDAS
PARA LA INFANCIA EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE*

Jueves 12 de enero de 1989

Me complace tener este encuentro con vosotros, el equipo directivo del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia en América Latina y el Caribe, acompañado por los responsables de la Pastoral Social del CELAM. Al mismo tiempo, quiero agradecer las amables palabras de saludo que, en nombre de UNICEF, me ha dirigido la Doctora Teresa Albánez Barnola, en calidad de Directora Regional.

Es encomiable la gran labor de coordinación y seguimiento de los problemas de la infancia, que estáis llevando a cabo en ese querido Continente, como profesionales y como creyentes. En este sentido es consolador comprobar que mi Mensaje, dirigido con motivo de la Cuaresma de 1988, en el que hice un llamado a todos sobre el doloroso problema de la mortalidad infantil, haya encontrado tanta receptividad, y de manera especial por parte del UNICEF, que ha sido como la “tierra fértil” de la que habla el Evangelio, que está dando alentadores frutos en la sociedad latinoamericana.

Al hablar del escandaloso problema de la mortalidad infantil, os decía en el Mensaje cuaresmal: “...las víctimas se cuentan por decenas de miles cada día. Unos niños mueren antes de nacer y otros tras una corta y dolorosa existencia consumida trágicamente por enfermedades fácilmente prevenibles”.

“Investigaciones serias muestran que, en los países más cruelmente azotados por la pobreza, es la población infantil la que sufre el mayor número de muertes... Un alto porcentaje de niños mueren prematuramente, otros quedan lisiados en tal grado que se ve comprometido su desarrollo físico y psíquico, y tienen que luchar en condiciones de injusta desventaja para sobrevivir y ocupar un puesto en la sociedad”.

“Las víctimas de esta tragedia son los niños engendrados en situación de pobreza causada muy a menudo por injusticias sociales; son también las familias, carentes de los recursos necesarios, que lloran inconsolables la muerte prematura de sus hijos”.

Ante esta tragedia de la mortalidad infantil, que también azota tan cruelmente a los países de América Latina y del Caribe, así como a otros países en vías de desarrollo, todos estamos llamados a unir esfuerzos para preservar la vida, incluso antes de nacer, y a ofrecer asimismo a todos los niños los recursos necesarios para el crecimiento físico y espiritual, al que todo ser humano tiene un derecho inalienable.

Me alegra saber que algunos programas de la Pastoral Social de la Iglesia se coordinan con éxito con les iniciativas y acciones del UNICEF, como son, entre otros, los programas de vacunación, agua potable, alimentación adecuada.

Se hace necesario, pues, trabajar de modo intenso y capilar a nivel de familias. Es en el núcleo familiar donde, antes del nacimiento, deben hacerse los preparativos adecuados para acoger con amor, responsabilidad y ternura a cada niño y niña que viene a este mundo. A los padres y madres de familia se les debe procurar toda la formación y los medios indispensables que les permitan asegurar el desarrollo completo y normal de sus hijos.

Por eso invito una vez más a la comunidad familiar, así como a la sociedad en general, a crear condiciones permanentes que favorezcan cada vez mejor el sano crecimiento de los niños.

¡América Latina, Continente de la esperanza, en los niños que nacen y crecen hoy funda la firme esperanza del mañana!

A vosotros, profesionales y apóstoles de la infancia, os aliento a continuar con entusiasmo y sin desfallecer en vuestra tarea de interesar y comprometer a todos los grupos sociales y a las diversas instancias de la vida pública a trabajar por el bienestar integral de la infancia; a mantener y mejorar cada día más una cultura de la vida que respete todos los principios éticos; a asegurar a los niños, especialmente a los más pobres y desprotegidos, las condiciones necesarias para que puedan inserirse convenientemente en la sociedad.

En la Navidad que acabamos de celebrar, hemos recordado una vez más que el Hijo de Dios se hizo hombre y que nació como niño indefenso y necesitado, igual que cada uno de nosotros. Que la Luz divina que nos viene de Belén ilumine siempre los trabajos que emprendéis conjuntamente en favor de los niños, especialmente de los más necesitados.

En prenda de la constante ayuda del Señor, os imparto con afecto mi Bendición Apostólica, que extiendo complacido a vuestras familias y a cuantos colaboran en vuestros programas de ayuda a la infancia.


*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XII, 1 p. 84-86.

L'Osservatore Romano 13.1. 1989 p.5.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 4 p.8.

 

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

 

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