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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR FERNANDO HINESTROSA FORERO,
NUEVO EMBAJADOR DE COLOMBIA ANTE LA SANTA SEDE*

Lunes 3 de julio de 1989

 

Señor Embajador:

Con viva complacencia recibo las Cartas Credenciales que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Colombia ante la Santa Sede. Al darle, pues, mi cordial bienvenida en este solemne acto, quiero agradecerle el deferente saludo que me ha transmitido de parte del Señor Presidente de la República, y a la vez reiterar el afecto que siento Por los hijos de esa noble Nación.

Hace apenas tres años que tuve la inmensa satisfacción de visitar pastoralmente su país. La visita fue densa desde el punto de vista espiritual y humano. Ante mis ojos se manifestó, en toda su intensidad, la fe y el entusiasmo propios de una nación animada por una profunda religiosidad, que sabe inspirar y fomentar cristianamente los diferentes aspectos de la vida, tanto a nivel familiar como individual y social. Por eso, en aquella inolvidable circunstancia me refería a la especial vocación cristiana de Colombia.

Vuestra Excelencia ha tenido a bien mencionar la importante labor evangelizadora llevada a cabo por la Iglesia en la difícil situación del país. Como ya afirmaba el Papa Pablo VI, evangelizar significa “llevar la Buena Noticia a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro a la misma humanidad” (Evangelii Nuntiandi, 18). 

La salvación en Jesucristo incluye también la promoción y el desarrollo integral del hombre. Por tanto, no debe extrañar que los primeros misioneros llegados al territorio colombiano trataran de implantar, junto con la fe, la elevación moral, social y cultural del individuo y de la familia.

Cercano ya el V Centenario de la presencia del cristianismo en el continente americano, la jerarquía colombiana se esfuerza por seguir e iluminar con espíritu pastoral los acontecimientos y las aspiraciones legítimas de la sociedad.

La Iglesia, ante los serios problemas que afectan al bien común y al recto ordenamiento de las instituciones públicas, no puede permanecer indiferente. En el momento actual la aportación del verdadero humanismo cristiano y de sus valores éticos y espirituales por parte de los cristianos, es un imperativo que no es posible eludir. Por eso, la Iglesia en Colombia siente la obligación de prestar su ayuda y colaboración leal y positiva al Estado y a la ciudadanía. Esta Sede Apostólica sigue con interés el esfuerzo del pueblo colombiano en realizar una serie de cambios sociales, en beneficio sobre todo de las clases más pobres y marginadas.

Ante el constante azote de la violencia, de la guerrilla radicalizada, de la producción y tráfico de estupefacientes, de la acción ciega de grupos armados, fenómenos que afectan también a otros países y que en los últimos tiempos han cobrado en Colombia innumerables vidas humanas y han causado muchos sufrimientos a individuos y familias, deseo apoyar decididamente todo lo que se realiza, en el marco del máximo respeto de los derechos inviolables de la persona y del vigente ordenamiento jurídico, en favor de la definitiva desactivación y erradicación de esos flagelos, que impiden la buena marcha de la vida de un pueblo.

Pido constantemente en mi plegaria al Todopoderoso que los esfuerzos efectuados a tal fin, en un clima responsable y constructivo, abran definitivamente el camino a la tan anhelada reconciliación nacional. La paz y la reconciliación es el grito unánime y ferviente que brota de lo más profundo de la Nación colombiana. Sensible a tan legítima aspiración, la Conferencia Episcopal puso en marcha, a comienzos de año, la “Gran Misión de Reconciliación Nacional”. En mi Plegaria imploraba al Señor que esa Misión de Reconciliación fraterna: “penetre muy hondo en los corazones de todos los colombianos... haga superar las diferencias, las enemistades, los antagonismos, y refuerce la voluntad de entendimiento y comprensión... para que como hijos del mismo Padre, podamos todos reconocernos hermanos en su nombre”.

Como afirmaba en Barranquilla, “sólo Jesucristo es capaz de derribar los muros de enemistad y hacer de nosotros hombres nuevos, reconciliados con el Padre por medio de la cruz. El ha venido a anunciarnos la paz” (Encuentro con la población de Barranquilla, 6 de julio de 1986).  A la vista de todo esto, confío plenamente que Colombia, a través de una creciente y constante mejora en la política educativa, familiar y socio-económica, siga esforzándose en la ineludible labor de procurar a todos sus ciudadanos el acceso indiscriminado al patrimonio común de los bienes materiales y espirituales de la Nación y la participación plena y responsable en el cumplimiento de sus deberes y derechos. Sólo así volverá a resplandecer aquel orden querido por Dios, en un marco de diálogo y paz fraterna.

Señor Embajador, antes de finalizar este acto, pláceme desearle que la alta misión encomendada estreche los vínculos cordiales que la República de Colombia mantiene con esta Sede Apostólica. Ruego, al mismo tiempo, a Vuestra Excelencia tenga la amabilidad de transmitir mi más deferente saludo al Señor Presidente de la República, Doctor Virgilio Barco Vargas, así como a todos colombianos, sobre los cuales invoco la constante protección divina.


*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XII, 2, pp.17-19.

L'Attività della Santa Sede 1989 pp. 546-547.

L’Osservatore Romano 4.7.1989 p.6.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.28 p.11 (p.487).

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

 
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