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VIAJE APOSTÓLICO A NORUEGA, ISLANDIA,
FINLANDIA, DINAMARCA Y SUECIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DEL CUERPO ACADÉMICO
Y DE LOS ESTUDIANTES EN EL AULA MAGNA
DE LA UNIVERSIDAD DE UPSALA


Viernes 9 de junio de 1989



Majestades,
Altezas Reales,
ilustre Rector de la Universidad de Upsala,
Rectores Magníficos de las universidades y de los institutos de enseñanza superior de Suecia, Vuestra Gracia, Arzobispo Werkström,
distinguidos huéspedes y queridos estudiantes:

1. Con profundo sentido de la historia participo, como su huésped, en esta augusta asamblea. Agradezco a usted, honorable Rector, sus amables palabras de bienvenida. Permítanme expresar a todos ustedes mi profundo agradecimiento.

Como Obispo de Roma, me alegro por el hecho de que esta Universidad de Upsala debe su nacimiento a una bula de mi predecesor, el Papa Sixto IV, en 1477. A petición del entonces arzobispo de Upsala, Jakob Ulfsson, se fundó la Universidad con el propósito de reforzar las relaciones intelectuales y espirituales entre los países nórdicos y el resto de Europa. El hecho de que después de más de cinco siglos el sucesor de Sixto IV tenga el privilegio de visitar esta prestigiosa Universidad, creada por la Santa Sede, me conmueve profundamente.

A decir verdad, los tiempos han cambiado mucho desde la fundación de la Universidad de Upsala. Aquella modestísima institución que empezó a fines del siglo XV con un pequeño grupo de profesores y estudiantes, heredó los más altos ideales intelectuales de la Edad Media. La Universidad se identificó enseguida con la historia de Suecia y se unió estrechamente al destino de sus reyes, de sus nobles y de su pueblo. El Studium Generale de Upsala formó parte con honor de la familia de las grandes universidades europeas que se multiplicaron con el correr del tiempo en el continente. Famosos maestros de Upsala llegaron a ser nombres familiares en la historia intelectual de Europa y del mundo. Sólo por mencionar algunos, podemos recordar a Celsius, Swedenborg y Linnaeus. La Universidad siguió una tradición ilustre en las disciplinas de las artes liberales, la jurisprudencia, la ciencia, la filosofía, la medicina y la teología. Aunque experimentó los desafortunados acontecimientos que llevaron con la Reforma a la separación de los cristianos europeos, la Universidad ha dado testimonio en estos últimos años de la creciente aspiración de muchos cristianos al restablecimiento de la unidad en Jesucristo, aspiración que se ha expresado mediante el compromiso ecuménico de muchas y eminentes personalidades luteranas de Upsala, incluyendo a Nathan Söderblom, antiguo arzobispo luterano de esta ciudad.

2. Señoras y señores: En nombre de nuestra común herencia me propongo reflexionar con ustedes hoy sobre la misión de una Universidad al servicio de la persona humana en las circunstancias históricas y culturales de nuestros días. Tenemos que elaborar juntos, para nuestro tiempo, una forma de educación superior que lleve a las generaciones jóvenes los valores duraderos de una tradición intelectual enriquecida por dos milenios de experiencia humanística y cristiana.

En el pasado, el ideal de la Universitas era el de esforzarse por la unificación del conocimiento, buscando reconciliar todos los elementos de verdad que se obtenían mediante las ciencias naturales y sagradas. Lo que el estudio humano descubre, se comprende a la luz de la Revelación encerrada en el Evangelio. La verdad de la gracia es también la verdad de la naturaleza, tal como en otro tiempo lo expresaba bellamente el lema de la Universidad de Upsala: Gratiae veritas naturae. Por supuesto, el desarrollo científico actual y el nivel prodigioso de la investigación moderna hacen que sea inconcebible de momento cualquier síntesis del conocimiento. No existen versiones modernas de las antiguas Summa, Compendium o Tractatus. Pero muchas de las mejores mentes del mundo universitario actual insisten en formular una definición, para nuestra época, del concepto original de Universitas y Humanitas, que debería perseguir con nuevos modos una necesaria integración del conocimiento, si queremos evitar los escollos de una profesionalización demasiado pragmática y de una superespecialización inconexa en los programas universitarios. El futuro de una cultura verdaderamente humana, abierta a los valores éticos y espirituales, está en peligro.

3. Se requiere claramente un nuevo humanismo cristiano y una nueva versión de la educación en las artes liberales, y la Iglesia católica sigue con el máximo interés la investigación y los experimentos que se están llevando a cabo en relación con esta cuestión. En primer lugar, tenemos que aceptar con realismo el desarrollo y la transformación de las modernas universidades, que han crecido mucho en número y complejidad. Los países modernos se sienten orgullosos de sus universidades, que son instituciones clave para el progreso de las sociedades avanzadas. Esto hace que sea más urgente, por tanto, reflexionar sobre la específica vocación de las universidades europeas que consiste en mantener vivo el ideal de una educación liberal, y los valores universales, que una tradición cultural, marcada por el cristianismo, enriquece con un saber superior.

Han quedado atrás los días en que las universidades europeas se referían unánimemente a una autoridad central en el cristianismo. Nuestras sociedades han de vivir en un contexto pluralista, que requiere un diálogo entre muchas tradiciones espirituales que buscan de nuevo armonía y colaboración. Pero es esencial para la universidad, como institución, referirse constantemente a la herencia intelectual y espiritual, que ha configurado nuestra identidad europea en el curso de los siglos.

4. ¿Cuál es esta herencia? Pensemos por un momento en los siguientes valores fundamentales de nuestra civilización: la dignidad de la persona, el carácter sagrado de la vida, el papel central de la familia, la importancia de la educación, la libertad de pensamiento, de palabra y de profesar las propias convicciones o la propia religión, la protección legal de los individuos o de los grupos, la cooperación de todos para el bien común, el concepto de trabajo como participación en la obra misma del Creador, y la autoridad del Estado, gobernado por la ley y la razón. Estos valores pertenecen al tesoro cultural de Europa, tesoro que es el resultado de muchas reflexiones, debates y sufrimientos. Ellos representan un logro espiritual de la razón y la justicia, que honra a los pueblos de Europa por su esfuerzo en instaurar en el orden temporal el espíritu de fraternidad cristiana enseñado por el Evangelio.

Las universidades deberían ser el lugar especial para dar luz y calor a estas convicciones, que tienen sus raíces en el mundo grecorromano y que han sido enriquecidas e inspiradas por la tradición judeocristiana. Esta tradición desarrolló el concepto más elevado de la persona humana, vista como imagen de Dios, redimida por Cristo y llamada a un destino eterno, dotada de derechos inalienables y responsable del bien común de la sociedad. Las discusiones teológicas en torno a las dos naturalezas de Jesucristo permitieron el desarrollo del concepto de persona, que es la piedra angular de la civilización occidental.

Así pues, el individuo ha sido colocado en el orden natural de la creación con condiciones y requisitos objetivos. La posición del hombre ya no descansa sobre el capricho del estadista o de las ideologías, sino sobre una ley natural, objetiva y universal. Este principio básico fue afirmado expresamente en la Bula de fundación de la Universidad de Upsala: la raza humana está gobernada y ordenada por el orden natural y moral, "Humanum genus naturali iure et morali regitur et gubernatur" (Bulla Si iuxta sanctorum, ed. por J. Liedgren, en Acta Universitatis Upsalensis, c. 44, Upsala, 1983).

5. Hoy hay una creciente conciencia moral de la verdad de este principio, que los pueblos comparten por doquier. El valor del individuo y la dignidad no dependen de los sistemas políticos o ideológicos, sino que se fundan en el orden natural, en un orden objetivo de valores. Tal convicción llevó en 1948 a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de las Naciones Unidas, una piedra miliar en la historia de la humanidad, que la Iglesia católica ha defendido y ampliado en diversos documentos oficiales. Los trágicos acontecimientos de este siglo han mostrado cómo los seres humanos pueden ser amenazados y destruidos cuando los Gobiernos niegan la dignidad fundamental de la persona. Hemos visto que grandes naciones han olvidado sus tradiciones culturales y han dictado leyes para exterminar enteras poblaciones y discriminar trágicamente los grupos étnicos o religiosos. También hemos sido testigos de la integridad moral de hombres y mujeres que se han opuesto heroicamente a tales aberraciones con actos valerosos de resistencia y compasión. Deseo igualmente mencionar al compatriota de ustedes Raoul Wallenberg, quien de modo digno de alabanza salvó a tantos miembros del pueblo judío de los campos de concentración nazis. Su ejemplo inspira una lucha consagrada a los derechos humanos.

La dignidad de la persona puede ser protegida sólo si la persona es considerada inviolable desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. Una persona no puede ser reducida al "status" de medio o instrumento de los demás. La sociedad existe para promover la seguridad y la dignidad de la persona. Por esta razón, el derecho primario que la sociedad debe defender es el derecho a la vida. Ya sea en el seno materno, ya sea en la fase final de la vida, jamás se debe disponer de una persona para hacer más fácil la vida de los demás. Cada persona debe ser tratada como un fin en sí misma. Este es un principio fundamental para toda actividad humana: en la atención sanitaria, en la formación de los niños, en la educación y en los "mass media". Las actitudes de los individuos o de las sociedades a este propósito pueden medirse por el trato dispensado a quienes por varias razones no pueden competir en la sociedad: los minusválidos, los enfermos, los ancianos y los moribundos. Si una sociedad no considera la persona humana inviolable, la formulación de principios éticos consistentes se hace imposible, así como la creación de un clima moral que fomente la protección de los miembros más débiles de la familia humana.

6. Tal como afirmé el pasado año, con ocasión del IX centenario de la Universidad de Bolonia, una de las herencias más ricas de la tradición universitaria occidental, es precisamente el concepto de que una sociedad civilizada se funda en la primacía de la razón y de la ley. Como Obispo de Roma, hijo de Polonia y a la vez miembro de la comunidad académica polaca, aliento de todo corazón a todos los representantes de la vida intelectual y cultural que están comprometidos en revitalizar la herencia clásica y cristiana de la institución universitaria. No todos los profesores, no todos los alumnos se aplican igualmente al estudio de la teología y de las artes liberales, pero todos se pueden beneficiar de la transmisión de una cultura enriquecida por aquella gran tradición común.

Su sistema universitario ha mantenido viva la enseñanza de la teología y esto ofrece un foro abierto al estudio de la Palabra de Dios y su significado para el hombre y la mujer de nuestros días. Nuestro tiempo tiene una gran necesidad de la investigación interdisciplinaria para afrontar los complejos desafíos que implica el progreso. Estos problemas se relacionan con el significado de la vida y de la muerte, las amenazas que encierra la manipulación genética, el alcance de la educación y la transmisión del conocimiento y la sabiduría a las jóvenes generaciones. Ciertamente tenemos que admirar los maravillosos descubrimientos de la ciencia, pero también somos conscientes del poder devastador de la tecnología moderna, capaz de destruir la tierra y todo lo que ella contiene. Por tanto, es necesario movilizar urgentemente las mentes y las conciencias.

Es vital para el futuro de nuestra civilización que tales cuestiones sean examinadas conjuntamente por expertos científicos así como por teólogos expertos, de manera que todos los aspectos de los problemas técnicos y morales puedan ser considerados cuidadosamente. Hablando a la UNESCO en París el 2 de junio de 1980, apelé especialmente al potencial moral de todos los hombres y mujeres de la cultura. Dije entonces y lo repito hoy delante de esta distinguida asamblea: "Todos ustedes juntos representan un poder enorme: ¡el poder de la inteligencia y la conciencia! ¡Demuestran ser más poderosos que el más potente en nuestro mundo moderno! Les estimulo a que den prueba de la más noble solidaridad hacia la humanidad: la solidaridad fundada en la dignidad de la persona humana". En esta gran tarea encontrarán un aliado en la Iglesia católica, aliado deseoso de cooperar completamente con sus hermanos y hermanas cristianos y con todos los hombres de buena voluntad.

7. Nosotros los cristianos proclamamos abiertamente el Evangelio de Jesucristo, pero no imponemos nuestra fe o nuestras convicciones a nadie. Reconocemos la falta de unanimidad en el modo como los derechos humanos suelen fundarse filosóficamente. A pesar de ello, todos estamos llamados a defender a cada ser humano, que es el sujeto de los inalienables derechos humanos, y a trabajar para conseguir entre nuestros contemporáneos un acuerdo sobre la existencia y la sustancia de estos derechos humanos. Esta actitud de diálogo realista ha sido decisiva para la creación de organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, encargada de la tarea de construir la paz y de fomentar la colaboración en el mundo. Suecia se ha comprometido profundamente con el espíritu y las realizaciones de las Naciones Unidas a través de la dedicación de Dag Hammarskjöld, noble hijo de esta tierra.

Nuestro tiempo exige un compromiso generoso de las mejores mentes en las universidades, en los círculos intelectuales, en los centros de investigación, en los "mass media" y en las artes creativas para establecer las líneas fundamentales de una nueva solidaridad mundial relacionada con la búsqueda de la dignidad y la justicia para todo individuo y todo pueblo. Los eruditos y los estudiantes nórdicos han de dar una aportación específica. La tradición cultural de ustedes les da la ventaja de reunir todas las tradiciones vivas del continente: la escandinava, la alemana, la céltica, la eslava y la latina. Ustedes son una encrucijada, un punto de confluencia entre el Este y el Oeste, y pueden fomentar un diálogo que aspire a llevar a las Universidades del Este y del Oeste de Europa hacia una más estrecha colaboración, una empresa que sería decisiva intelectualmente para la construcción de la más grande Europa del mañana.

Europa tiene aún una gran responsabilidad frente al mundo. A causa de su historia cristiana, la vocación de Europa es de apertura y servicio a toda la familia humana. Pero hoy Europa tiene una obligación muy especial hacia las naciones en vías de desarrollo. Un gran desafío de nuestra época consiste precisamente en el desarrollo de todos los pueblos en el pleno respeto de sus culturas y de su identidad espiritual. Nuestra generación tiene aún mucho que hacer si quiere evitar el reproche de la historia de no haber combatido con todo su corazón y toda su mente para derrotar la miseria de tantos millones de hermanos y hermanas nuestros.

Este es el mensaje que he presentado en mi Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis sobre el desarrollo de los pueblos. Hemos de combatir contra todas las formas de pobreza, tanto física, como cultural y espiritual. Ciertamente el desarrollo tiene una dimensión económica, pero no sería un verdadero desarrollo humano si estuviera limitado a las necesidades materiales. "Un desarrollo no solamente económico se mide y se orienta según esta realidad y vocación del hombre visto globalmente, es decir, según un propio parámetro interior" (Sollicitudo rei socialis, 29: L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 28 de febrero, 1988, pág. 7). Hoy hablamos justamente de la dimensión cultural del desarrollo, y estoy seguro de que promoviendo semejante modelo de desarrollo, los intelectuales y los eruditos universitarios darán una aportación indispensable.

8. Por último, querría recordar los sentimientos expresados en el mensaje conclusivo del Concilio Vaticano II a los hombres y las mujeres del pensamiento y la ciencia: "Felices los que, poseyendo la verdad, la buscan más todavía, a fin de renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás. Felices los que, no habiéndola encontrado, caminan hacia ella con un corazón sincero... Nunca quizá, gracias a Dios, ha aparecido tan clara como hoy la posibilidad de un profundo acuerdo entre la verdadera ciencia y la verdadera fe, una y otra al servicio de la única verdad... Tened confianza en la fe, esa gran amiga de la inteligencia".

Señoras y señores: Les dejo con estos pensamientos, expresados con estima y amistad. Que Dios les sostenga, hombres y mujeres del saber, en su servicio a la verdad, en su dedicación a la bondad y en su amor a la belleza. Que esta Universidad que nos hospeda, la gran Universidad de Upsala, florezca por muchos siglos. ¡Que Dios les bendiga a todos ustedes! Gracias.

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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