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VIAJE APOSTÓLICO A EXTREMO ORIENTE Y MAURICIO

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE COREA
EN LA «CASA AZUL»*

Seúl
Domingo 8 de octubre de 1989

 

Señor Presidente,
distinguidos Señoras y Señores
:

1. Con ocasión de mi segunda visita a Corea, deseo expresarles mi honda estima por la hospitalidad y la consideración con que me han recibido. El 44º Congreso Eucarístico Internacional, celebrado este año en Seúl, constituye un momento de oración, de fraternidad y de unidad espiritual para todos los católicos. Estoy seguro de que muchos miles de peregrinos regresarán a sus hogares agradecidos a todo el pueblo de Corea por la cordial generosidad con que ustedes los han acogido, haciendo que se sintieran en casa en este hermoso País.

2. En el seno de la comunidad internacional, Señor Presidente, la Santa Sede se halla comprometida desde hace tiempo en la búsqueda de un orden internacional justo y pacífico. Mi anterior visita a Corea me ofreció la oportunidad de observar directamente las dificultades y los retos que el pueblo coreano debe afrontar en su esfuerzo por crear una sociedad de justicia, paz y prosperidad. Esta visita me permite comprobar el fuerte deseo que tiene todo su pueblo de caminar hacia la meta de una democracia completa, de una vida civil próspera y tranquila y de una cooperación generosa y fecunda con otras naciones del mundo.

Al planificar el futuro y hacer frente a las actuales necesidades de la nación, continúen ustedes administrando sabiamente tanto los valores culturales legados por sus antepasados como los recursos naturales que Dios ha destinado para el uso de las futuras generaciones de coreanos.

Es una nación que debe hacer frente a decisiones difíciles e incluso penosas en muchas áreas de la vida pública y que lleva aún las cicatrices de la división y los conflictos, se enfrentan ustedes al desafío que supone buscar vías pacíficas justas hacia una vida y reunificación nacionales basadas en la auténtica justicia, la paz y en los Derechos Humanos inalienables. Que vuestros esfuerzos por asegurar esos objetivos sean bendecidos por Dios y produzcan fruto abundante para Corea y su pueblo.

3. Más que nunca, el futuro de Corea dependerá de que haya entre sus gentes muchos hombres y mujeres sabios, virtuosos y profundamente espirituales. La solicitud por el futuro de Corea tiene que unir a todos sus ciudadanos: jóvenes y ancianos, ricos y pobres, estudiantes y trabajadores, miembros del Gobierno y de los servicios sociales. En este sentido me complace saber, Señor Presidente, que hay muchos católicos que colaboran con usted en el Gobierno de la Nación. La presencia de estos hombres y mujeres capaces entre vuestros Ministros, en el Parlamento y en los servicios civiles y militares, es un índice de la colaboración activa que presta la comunidad católica de Corea a la vida del País. Junto a sus conciudadanos de otros credos, se podrá contar con los católicos de Corea para que pongan sus respectivas cualidades al servicio del bien común.

4. Por último, Señor Presidente, consciente de los muchos y difíciles asuntos que pesan diariamente sobre sus espaldas y sobre las de quienes trabajan por el bienestar de Corea, le aseguro mis oraciones y buenos deseos. Que los anhelos de paz y unidad tan arraigados en el corazón coreano, plantados como una semilla en tierra fecunda y cultivados con gran paciencia y solicitud, florezcan un día en este gran País. Que todos los coreanos trabajen unidos, mano a mano, por construir una sociedad digna de sus antiguas tradiciones, de las expectativas de sus hijos y de los hijos de sus hijos.

Que Dios les bendiga a todos y les guíe por los caminos de su paz.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.42, p.23.

 

© Copyright 1989 - Libreria Editrice Vaticana

 

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