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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UNA PEREGRINACIÓN DE JÓVENES DE COMPOSTELA
CON MOTIVO DE LA V JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD


Lunes 9 de abril de 1990



Amadísimos jóvenes:

1 Me es particularmente grato daros mi más cordial bienvenida a este encuentro, lleno de evocadores recuerdos, con motivo de la V Jornada mundial de la Juventud. La juventud, entre sus muchos valores, tiene el del agradecimiento. Por eso habéis venido como “romeros” desde Galicia, Asturias y otros puntos de vuestra noble nación, para devolverme la visita que como “peregrino” realicé el pasado mes de agosto a la memoria del Apóstol Santiago en Compostela, para celebrar la IV Jornada mundial en el Monte del Gozo.

Ante todo, deseo agradecer el saludo de mons. Antonio Maria Rouco Varela, arzobispo de Santiago, y también las palabras del joven y de la joven que han querido expresar los sentimientos de todos vosotros y de tantos compañeros y amigos, espiritualmente presentes aquí.

He escuchado atentamente vuestras reflexiones y experiencias, los motivos de esperanza y de preocupación que rodean vuestra vida, así como los pasos e iniciativas emprendidos desde nuestro encuentro anterior. Es motivo de satisfacción comprobar que la juventud española, con una respuesta generosa y valiente al mensaje propuesto en Santiago se ha decidido a salir al encuentro de Cristo y seguir sus pasos.

2. Sé que muchos jóvenes están siguiendo un camino concreto para el futuro de su vida, contando principalmente con la presencia interior de Cristo, compañero y amigo íntimo de los jóvenes y también con la cercanía de educadores y guías que les acompañan y aconsejan en la opción tomada. Pero esas opciones deben realizarse con viva conciencia de comunidad eclesial. Sólo desde la Iglesia, y con profundo sentido de comunión, es posible emprender una acción evangelizadora en la sociedad actual. Cristo, desde la te y la caridad os invita a la construcción de un mundo nuevo, más fraterno pacífico y justo.

La vida del cristiano implica ciertamente un constante empeño espiritual que ha de manifestarse también en el orden temporal. Para eso es de vital importancia hallar razones firmes que os permitan vivir, creer, esperar y amar plenamente.

3. Muchos de los proyectos que surgieron, con ocasión de la Jornada mundial del año pasado, están llegando a feliz realización. En este sentido es alentadora la iniciativa expuesta por mons. Rouco Varela, de crear en el Monte del Gozo y como prolongación del acto en Santiago, un centro de oración y de encuentros apostólicos para los jóvenes. Este centro ce acogida será de gran provecho para los peregrinos que lleguen a Santiago de Compostela, donde se podrá compartir e intercambiar con otros jóvenes ideas y aspiraciones que abran nuevos caminos a la presencia cristiana en la sociedad europea, que durante siglos vio en el sepulcro del Apóstol un faro para la unidad de los pueblos desde sus comunes raíces cristianas.

4. Muchos de vosotros, respondiendo a la llamada de aquella Jornada, habéis renovado vuestro compromiso de seguir fielmente a Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14, 6). La profunda vivencia de este lema os está haciendo madurar en vuestras convicciones cristianas y crecer en virtudes humanas y valores cívicos, que tanto necesita la sociedad actual. Pero, al mismo tiempo, seguís constatando que muchos jóvenes de vuestro ambiente, al no conocer al Señor, andan en la tiniebla de la increencia, la desilusión y el desamor.

5. No permitáis que la evasión, el vacío y el desencanto se apoderen de estos amigos y compañeros vuestros. Hacedles ver que hay ideales altos y nobles por los que luchar en la vida. Ante todo, queridos jóvenes, vuestra misión es dar testimonio de Cristo ante los demás con la firmeza de vuestra fe, con la solidez de vuestra esperanza, con la generosidad de vuestro amor. A los hambrientos y sedientos de Dios comunicadles el mensaje salvador de su Hijo. A cuantos han perdido la luz de la fe, hacedles ver que Cristo es la luz del mundo. A los que buscan un motivo de esperanza para sobrevivir, decidles que Dios está también en la intimidad de su corazón. No olvidéis que por vuestro medio el Hijo del hombre viene a buscar y salvar a los que estaban perdidos o se habían alejado.

Esta es la misión que os espera: ser “la sal de la tierra” y “la luz del mundo” (Mt 5, 13. 14). Esto es lo que el Papa espera de cada uno de vosotros y de vosotras. Como os decía ya en mi Carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo, “no permanezcáis pasivos; asumid vuestras responsabilidades en todos los campos abiertos a vosotros en nuestro mundo” (Carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo, 1985, n. 16). Por eso, antes de terminar os quiero dejar una consigna: que no se apague la llama de entusiasmo juvenil que iluminó el Monte del Gozo. Que las diócesis, las parroquias, las comunidades y grupos eclesiales unan sus esfuerzos para realizar una pastoral de conjunto que dé a la juventud católica española un nuevo dinamismo apostólico para edificar la civilización del amor.

6. Al final de este feliz encuentro quiero encomendaros de modo especial a la Virgen María, “signo de esperanza cierta y de consuelo para el pueblo de Dios peregrinante” (Lumen gentium, 68). Que Ella os ayude a seguir fielmente a Cristo; que os asista en los momentos de duda o desánimo; que os anime a entregaros cada vez más generosamente a Dios. Llevad mi afectuoso saludo a todos los jóvenes de España, a quienes, al igual que a vosotros, imparto mi bendición apostólica.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 

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