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PLEGARIA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María
Plaza de España, Roma
Sábado 8 de diciembre de 1990

 

l. ¡Dios te salve, María!
Alégrate, llena de gracia,
el Señor está contigo.
Alégrate ... vas a concebir
y vas a dar a luz un hijo ...
que será llamado Hijo del Altísimo.
El Espíritu Santo vendrá sobre ti
y el que ha de nacer de ti será santo
y será llamado Hijo de Dios (cf. Lc 1, 28. 31-32. 35).

¡Dios te salve, María!
Estas palabras resuenan cada año
en este centro de Roma, en la plaza de España,
al pie de la colina
que corona la iglesia dedicada
a la Santísima Trinidad: Trinidad de los Montes.
Éste es nuestro homenaje a la Inmaculada.

2. Son palabras que encierran
un misterio inescrutable;
el misterio de Dios que es Unidad en la Trinidad:
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Estas palabras ocultan el Misterio
y al mismo tiempo lo revelan.
Sólo la que está «llena de gracia»,
la que es Inmaculada,
puede acoger el Misterio insondable de Dios;
sólo ella es capaz de «sentirlo» ,
con toda la profundidad
de su corazón de mujer.
¿Acaso no vivió ella en el ámbito de este Misterio
mucho antes que el mensajero se lo hubiera revelado?
¿No participó en él desde el comienzo,
mediante la gracia de la Inmaculada Concepción,
por un singular privilegio divino?

3. ¡María llena de humildad!
¡María, tú que fuiste visitada
por la plenitud de la Revelación.
María, a quien Dios mismo confió su Misterio
y sus deseos de salvar al mundo,
alcánzanos a nosotros, hombres del siglo veinte,
a los habitantes de Roma
y a los extranjeros venidos de todo el mundo,
la gracia de una sensibilidad nueva
frente a las maravillas de Dios!
¡Ilumina los ojos de nuestro corazón (cf. Ef 1, 18)
para comprender la Verdad del Verbo
que se hizo carne
y habita entre nosotros! (cf. Jn 1, 14).

4. Alcanza para nuestros corazones humanos,
seducidos por la riqueza del mundo creado
y fascinados por las cosas temporales y pasajeras,
la gracia de una nueva hambre de Dios,
a fin de que nuestra existencia terrena
no se hunda en la oscuridad
y reencontremos sin cesar la Luz,
la Luz inextinguible de la Vida
que fue concebida en ti,
esa Luz que vino al mundo
y que los suyos no recibieron (cf. Jn 1, 11).
Alcánzanos la gracia de acogerla constantemente
en el misterio de tu Hijo, el Verbo eterno,
Jesucristo, Redentor del mundo.

Amén.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 

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