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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA CULTURA


Viernes 12 de enero de 1990

 

Señores Cardenales,
queridos amigos:

1. Me alegro de daros la bienvenida. Reunidos en torno al cardenal Paul Poupard y sus colaboradores, una vez más, os habéis hecho eco ante la Santa Sede de los grandes cambios culturales que sacuden el mundo. Así ayudáis a la Iglesia a discernir mejor los signos de los tiempos y los nuevos caminos de la inculturación del Evangelio y de la evangelización de las culturas. Sobre este asunto, el año que acaba de pasar ha sido rico en acontecimientos excepcionales que hacen fijar nuestra atención precisamente en esta última década de nuestro milenio.

Un sentimiento común parece dominar hoy a la gran familia humana. Todos se preguntan qué futuro hay que construir en paz y solidaridad, en este paso de una época cultural a otra. Las grandes ideologías han mostrado su fracaso ante la dura prueba de los acontecimientos. Sistemas, que se dicen científicos de renovación social, incluso de redención del hombre por sí mismo, mitos de la realización revolucionaria del hombre, se han revelado a los ojos del mundo entero como lo que eran: trágicas utopías que han producido una regresión sin precedentes en la historia atormentada de la humanidad. En medio de sus hermanos, la resistencia heroica de las comunidades cristianas contra el totalitarismo inhumano ha suscitado la admiración. El mundo actual redescubre que la fe en Cristo, lejos de ser el opio de los pueblos, es la mejor garantía y el estímulo de su libertad.

2. Se han derrumbado muros. Se han abierto fronteras. Pero aún se levantan barreras enormes entre las esperanzas de justicia y sus realizaciones, entre la opulencia y la miseria, mientras que las rivalidades renacen desde el momento en que la lucha por el tener aventaja al respeto al ser. Un mesianismo terrestre se ha desplomado y la sed de una nueva justicia brota en el mundo. Surge una nueva esperanza de libertad, de responsabilidad, de solidaridad, de espiritualidad. Todos reclaman una nueva civilización plenamente humana, en esta hora privilegiada en que vivimos. Esta inmensa esperanza de la humanidad no debe quedar frustrada: todos nosotros tenemos que responder a las expectativas de una nueva cultura humana. Esta tarea exige vuestra reflexión y reclama vuestras propuestas. No faltan nuevos riesgos de espejismos y decepciones. La ética laica ha demostrado sus límites y se muestra impotente ante los temibles experimentos que se efectúan sobre seres humanos considerados como simples objetos de laboratorio. El hombre se siente amenazado de una forma radical ante las políticas que deciden arbitrariamente el derecho a la vida o el momento de la muerte, mientras que las leyes del sistema económico pesan gravemente en su vida familiar. La ciencia manifiesta su impotencia para responder a los grandes interrogantes del sentido de la vida, del amor, de la vida social, de la muerte. Y, los mismos hombres parecen dudar sobre los caminos que se han de emprender para construir un mundo fraternal y solidario que todos nuestros contemporáneos desean ardientemente, tanto en el interior de las naciones como a escala continental.

A las mujeres y a los hombres de cultura, incumbe pensar en este futuro a la luz de la fe cristiana que los inspira. La sociedad de mañana deberá ser diferente en un mundo que no tolera más las estructuras estáticas inhumanas. De Oriente a Occidente, de Norte a Sur, la historia en movimiento pone en tela de juicio un orden que descansaba principalmente sobre la fuerza y el miedo. Esta apertura hacia nuevos equilibrios requiere sabia meditación y audaz previsión.

3. Europa entera se interroga sobre su futuro, cuando el derrumbamiento de los sistemas totalitarios reclama una profunda renovación de las políticas y provoca un retorno vigoroso de las aspiraciones espirituales de los pueblos. Europa, por necesidad, busca redefinir su identidad más allá de los sistemas políticos y de las alianzas militares. Y se descubre como un continente de cultura, una tierra regada por la fe cristiana milenaria y, al mismo tiempo, alimentada por un humanismo secular atravesado por corrientes contradictorias. En este momento de crisis, Europa podría tener la tentación de replegarse sobre sí misma descuidando momentáneamente los lazos que la unen al amplio mundo. Pero grandes voces, de Oriente a Occidente, la invitan a elevarse a la dimensión de su vocación histórica, en esta hora a la vez dramática y grandiosa. Os incumbe, desde vuestro lugar ayudarla a reencontrar sus raíces y a construir su futuro en la medida de su ideal y de su generosidad. Los jóvenes que encontré con alegría en el camino de Santiago de Compostela han manifestado con entusiasmo que este ideal vive en ellos.

4. En la otra orilla del Mediterráneo, África atormentada, con sus contrastes, a veces hambrienta, se hace más cercana, proclamando siempre con vigor su identidad propia y su lugar específico en el concierto de las naciones. La próxima Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, en comunión con la Iglesia universal, permitirá a este continente del futuro mostrar cómo el Evangelio en nuestro tiempo es un fermento de cultura incomparable en el desarrollo integral y solidario de las personas y de los pueblos. En el corazón de la iglesia, África es creadora de culturas enraizadas en la sabiduría milenaria de los antiguos, y renovadas por la fuerza de la levadura evangélica de la cual las comunidades cristianas son portadoras.

5. América Latina se prepara para celebrar con fervor el quinto Centenario de su evangelización. Ya se anuncia para 1992 la IV Conferencia general de sus obispos que estará orientada hacia una nueva etapa de la evangelización de sus pueblos y de sus culturas, y que dará un nuevo impulso a este continente de la esperanza. Entre la angustia y la esperanza, el futuro de la sociedad, como el de la Iglesia se juega, especialmente junto a los más pobres. Entre América del sur comprometida en un proceso de renovación, y América del Norte rica en potencialidades económicas incomparables, América Central intenta vivir su vocación en la confluencia y en el crisol de las culturas. Los cristianos, que son ampliamente mayoritarios en el conjunto del continente americano, tienen por ese motivo una vocación cultural y espiritual a la medida de sus inmensas posibilidades. El Pontificio Consejo de la Cultura, por su parte, sabrá ayudarles a tomar su puesto en este proceso tan prometedor, superando las tentaciones egoístas y a los repliegues nacionalistas. Estoy contento porque nuevos miembros de vuestro Consejo vengan a contribuir a la realización de esta tarea indispensable.

6. Los contrastes que se observan en las grandes riberas del Pacífico llaman la atención del mundo entero. Un desarrollo económico sin precedentes da a esta zona geográfica un papel nuevo en la historia humana, con un peso inmenso en los asuntos internacionales. Al mismo tiempo, en numerosas regiones las poblaciones se esfuerzan por liberarse de la miseria inhumana. China está en busca de un nuevo destino a la medida de su cultura milenaria. No hay duda de que sus riquezas humanas y su esperanza de una comunión renovada con las culturas del mundo actual le aportan nuevas energías. Espero que un día podáis enriquecer singularmente con este aporte apreciable vuestro diálogo de las culturas y del Evangelio.

7. Queridos amigos: éstos son los temas que alimentan vuestras reflexiones en el ocaso de un siglo que ha conocido demasiado de horror y de terror y que vuelve a aspirar a una cultura plenamente humana.

Si el futuro es incierto, nos invade una certeza. Este futuro será el que los hombres hagan, con su libertad responsable sostenida por la gracia de Dios. Para nosotros cristianos, el hombre al que queremos ayudar a crecer en el corazón de todas las culturas es una persona de una dignidad incomparable, imagen y semejanza de Dios, de este Dios que ha tomado rostro de hombre en Jesucristo. El hombre puede parecer hoy vacilante, a veces agobiado por su pasado, inquieto por su futuro, pero también es cierto que un hombre nuevo emerge con una estatura nueva sobre el escenario del mundo. Su profunda esperanza es la de afirmarse en su libertad, avanzar con su responsabilidad, y actuar en favor de la solidaridad. En esta encrucijada de la historia en busca de esperanza, la Iglesia le anuncia la savia siempre nueva del Evangelio, creador de cultura, fuente de humanidad, al mismo tiempo que promesa de eternidad. Su secreto es el Amor. Es la necesidad primordial de toda cultura humana. Y el nombre de este Amor es Jesús, Hijo de María. Queridos amigos, llevadlo, como ella, con confianza, por todos los caminos de los hombres, al corazón de las nuevas culturas que tenemos que construir entre los hombres, con los hombres. Estad convencidos: la fuerza del Evangelio es capaz de transformar las culturas de nuestro tiempo por su fermento de justicia y de caridad en la verdad y la solidaridad. Esta fe que llega a ser cultura es fuente de esperanza. Firme en esta esperanza, y contento de veros así en el trabajo, pido al Señor que os bendiga.

 

© Copyright 1990 - Libreria Editrice Vaticana

 

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