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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO
CEREMONIA DE BIENVENIDA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Aeropuerto
internacional de Ciudad de México Domingo 6 de mayo de 1990
Señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos,
amadísimos hermanos en el episcopado,
autoridades civiles y militares,
hermanos y hermanas todos muy queridos:
1. Al poner pie de nuevo en esta tierra bendita de México, donde la Virgen de
Guadalupe puso su trono como Reina de las Américas, viene inevitablemente a mi
memoria el recuerdo de mi primera visita a esta amada nación.
El Señor, dueño de la historia y de nuestros destinos, ha querido que mi
pontificado sea el de un Papa peregrino de evangelización, para recorrer los
caminos del mundo llevando a todas partes el mensaje de la salvación. Y quiso el
Señor que mi peregrinación, realizada a lo largo de estos años, comenzase
precisamente con mi viaje apostólico a México, tras breve estancia en la ciudad
de Santo Domingo, para seguir así la ruta de los primeros evangelizadores que
llegaron a tierras de América, hace ya casi 500 años.
Puedo decir que aquella primera visita pastoral a México, con sus etapas en esta
Ciudad capital y, luego, en Puebla, Guadalajara, Oaxaca y Monterrey, marcó
realmente mi pontificado haciéndome sentir la vocación de Papa peregrino,
misionero.
2. Saludo, en primer lugar al señor Presidente de la República, que acaba de
recibirme, en nombre también del Gobierno y del pueblo de esta querida nación.
Siento por ello el deber de manifestar mi más viva gratitud por las amables
palabras que ha tenido a bien dirigirme, así como por la invitación a visitar
este noble país y por haber venido a este aeropuerto a darme la bienvenida.
Saludo igualmente con respeto a las demás autoridades civiles y militares aquí
presentes.
Y saludo con un abrazo fraterno a mis hermanos en el episcopado aquí presentes;
en particular, al señor cardenal Ernesto Corripio Ahumada, arzobispo de esta
ciudad, a monseñor Adolfo Suárez Rivera, arzobispo de Monterrey y Presidente de
la Conferencia del Episcopado Mexicano y a todos los obispos de México, junto
con los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles cristianos a los que me debo
en el Señor como Pastor de la Iglesia universal.
Quiero que el saludo afectuoso del Papa llegue igualmente a cuantos nos siguen
por la radio y la televisión: desde Yucatán hasta Baja California.
Me llena de gozo encontrarme nuevamente en esta tierra generosa, que se
distingue por su nobleza de espíritu, por su cultura y que ha dado tantas
muestras de aquilatada fe y amor a Dios, de veneración filial a la Santísima
Virgen y de fidelidad a la Iglesia.
El nombre de México evoca una gloriosa civilización que forma parte
irrenunciable de vuestra identidad histórica. En nuestros días, estamos viviendo
momentos cruciales para el futuro de este querido país y también de este
continente. Por ello es necesario que el cristiano, el católico, tome mayor
conciencia de sus propias responsabilidades y, de cara a Dios y a sus deberes
ciudadanos, se empeñe con renovado entusiasmo en construir una sociedad más
justa, fraterna y acogedora. Tratando de superar viejos enfrentamientos, hay que
fomentar una creciente solidaridad entre todos los mexicanos, que les lleve a
acometer con amplitud de miras un decidido compromiso por el bien común.
Ahí precisamente se sitúa el importante papel que desempeñan los valores
espirituales que, desde dentro, transforman la persona y la mueven a hacerse
promotora de una mayor justicia social, de un mayor respeto por la dignidad del
ser humano y sus derechos, de unas relaciones más fraternas donde reine el
diálogo y el entendimiento frente a la tentación de la ruptura y el conflicto.
La Iglesia, cumpliendo la misión que le es propia y con el debido respeto por el
pluralismo, reafirma su vocación de servicio a las grandes causas del hombre,
como ciudadano y como hijo de Dios. Los mismos principios cristianos que han
informado la vida de la nación mexicana tienen que infundir una sólida esperanza
y un nuevo dinamismo, que lleven este gran país a ocupar el puesto que le
corresponde en el concierto de las naciones.
3. Quiero proclamar, ante todo, que vengo como heraldo de la fe y de la paz, “
peregrino de amor y de esperanza ”, con el deseo de alentar las energías de las
comunidades eclesiales, para que den abundantes frutos de amor a Cristo y
servicio a los hermanos.
A distancia de más de once años, puedo repetir aquí lo que dije en Roma, cuando
iniciaba mi primer viaje apostólico rumbo a México: «El Papa viene a postrarse
ante la prodigiosa imagen de la Virgen de Guadalupe para invocar su ayuda
maternal y su protección sobre el propio ministerio pontificio; para repetirle
con fuerza acrecida por las nuevas inmensas obligaciones: "Totus tuus sum ego": soy todo tuyo; para poner en sus manos el futuro de la evangelización en
América Latina» (Discurso en el aeropuerto Leonardo da Vinci de Roma antes de
salir hacia América Latina, 25 de enero de 1979). Precisamente en la perspectiva de los 500 años de la primera
evangelización, que América entera se dispone a celebrar, he dirigido a todas
las Iglesias que están en este “continente de la esperanza” un llamado a
emprender una nueva evangelización. Al tema de la nueva evangelización estará
dedicada la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que espero
inaugurar en Santo Domingo, como inauguré en 1979 la III en Puebla de los
Ángeles.
4. En 1492 comenzó la gesta de la evangelización en el Nuevo Mundo y unos
treinta años después llegaba la fe a México.
La fe produjo muy pronto los primeros frutos de santidad y esta misma tarde,
durante la misa que celebraré en la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe,
tendré el gozo de beatificar a los niños de Tlaxcala: Cristóbal, Antonio y Juan,
al padre José María de Yermo y Parres, y a Juan Diego, el indio a quien hizo sus
confidencias la dulce Señora del Tepeyac, convirtiéndose así en la primera
evangelizadora de América latina.
Por Veracruz entraron a México los misioneros que venían de España. Por eso, a
esa ciudad —que lleva el nombre de la cruz de Nuestro Señor— se dirigirán mis
primeros pasos, para visitar luego otras localidades de la amplia geografía de
este país. Y, como han dicho vuestros obispos, “aunque personalmente no pueda
estar en todas las diócesis y regiones de vuestra patria, la visita será para
todo el pueblo mexicano, que necesita ser confirmado en la fe, robustecido en la
esperanza, y animado en el amor evangélicamente solidario” (Episcoporum
mexicanorum, Exhortatio pastoralis, 25 de enero de 1990).
A todos y a cada uno bendigo ya desde ahora, pero de modo particular a los
pobres, a los enfermos, a los marginados, a cuantos sufren en el cuerpo o en el
espíritu. Sepan que la Iglesia y el Papa están muy cerca de ellos, que los aman
y los acompañan en sus penas y dificultades.
Con este espíritu evangélico de amistad y fraternidad deseo iniciar mi visita.
¡Alabado sea Jesucristo!
© Copyright 1990 - Libreria
Editrice Vaticana
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