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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

SALUDO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA POBLACIÓN DE LA DIÓCESIS DE AGUASCALIENTES

Aguascalientes, México
Martes 8 de mayo de 1990

 

Señor obispo diocesano monseñor Rafael Muñoz Núñez,
señor obispo emérito monseñor Salvador Quezada Limón,
hermanos en el sacerdocio,
religiosos y religiosas,
amadísimos fieles de la diócesis de Aguascalientes:

1. Es para mí motivo de particular alegría reunirme aquí con vosotros. Vuestra presencia, vuestros saludos y vuestro afecto confirman la fama de acogedor y hospitalario que distingue a vuestro pueblo. Son éstas cualidades características de vuestro espíritu que habéis sabido comunicar a todos los que, procedentes de otras partes del país, han ido incorporándose a la vida de vuestra región. Hubiera deseado que esta breve visita se hubiera prolongado para poder así compartir con vosotros más largamente las vivencias de la fe y el amor que nos une.

El Papa ha querido llegar hasta vosotros en cumplimiento de su misión. El ha sido puesto por Cristo para confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 32). Por ello os digo que améis y profeséis con todas vuestras fuerzas la fe católica que, modelada por la caridad, nos une a Cristo Jesús, el Hijo del Dios viviente. Vuestro amor a la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción os ayudará a amar más a Jesucristo, porque la Madre lleva necesariamente al Hijo.

2. Guardar la palabra de Cristo es una exigencia que implica a la vez la transmisión de la fe. Todo cristiano debe ser transmisor de la fe (cf. Catechesi tradendae, 62 ss.), pero lo deben ser de manera primordial los padres en relación con sus hijos (cf. Familiaris consortio, 52) y todos los que realizan tareas educativas en relación con sus alumnos (cf. Catechesi tradendae, 69). Por eso, mi alegría de estar con vosotros se acrecienta al saber que me está escuchando un número importante de maestros. A ellos me quiero dirigir ahora de manera especial.

Una nueva perspectiva de contactos entre la Iglesia y la comunidad política de este país se está configurando en nuestros días. Y en esta nueva fase de mejor entendimiento y de diálogo, la Iglesia quiere ofrecer su propia aportación, sin salir del marco de sus fines y competencias específicas. Es un hecho que la cultura y la educación en México se está abriendo en estos tiempos a más amplios horizontes. El contexto de la comunidad internacional inicia una nueva fase de su historia, y ello tendrá sus repercusiones también aquí en un futuro no lejano. ¿Cómo podréis vosotros contribuir a los nuevos desafíos que deberá afrontar la sociedad mexicana?

3. La cuestión educativa, que es responsabilidad de todos, se impone de manera creciente a la consideración de la opinión pública, y despierta un renovado interés en los diversos ámbitos de la responsabilidad política.

Se hace pues necesario que las diversas instancias de la nación favorezcan todas las iniciativas que conduzcan a elevar cada vez más el nivel de la enseñanza. Es comprensible que hasta el momento la tendencia predominante haya sido, justamente, la de asegurar a todos un grado de instrucción básica. Sin embargo, el panorama que se configura está ya exigiendo un salto de cualidad en orden a la adecuada formación de la niñez y la juventud. Y esto, en una sociedad libre, no puede obtenerse si no es mediante la responsabilidad profesional, el estímulo de la iniciativa y la congrua retribución de quienes se interesan y se esfuerzan lealmente. Se impone pues la necesidad de desarrollar la capacidad de análisis y discernimiento, la educación en las virtudes, la dedicación generosa, la disciplina, la participación de los padres en la educación de sus hijos.

Queridos maestros: como profesionales de la educación y como hijos de la Iglesia católica sois conscientes de que conseguir unos objetivos elevados no depende sólo de los sistemas pedagógicos. El mejor método de educación es el amor a vuestros alumnos, vuestra autoridad moral, los valores que encarnáis. Este es el gran compromiso que asumís, antes que nada, ante vuestra conciencia. Sabéis que no podéis transmitir a vuestros alumnos una imagen decepcionante del propio país, debéis enseñarles a amarlo fomentando también aquellas virtudes cívicas que eduquen a la solidaridad y al legítimo orgullo de la propia historia y cultura.

4. Antes de terminar, quisiera expresar ante vosotros una convicción y una esperanza.

La convicción es que la Iglesia mira con segura confianza a la cultura mexicana, lo mismo que a las demás culturas de América Latina. Los valores humanos y cristianos presentes en este continente están llamados a liberar todo ese potencial civilizador que aún no se ha manifestado plenamente. Por eso, la Iglesia movida por su vocación de servicio al hombre se siente comprometida a promover y fortalecer esa identidad.

La esperanza es que llegue definitivamente a su ocaso el prejuicio de que la Iglesia es un factor de freno cultural y científico. Los hechos vienen a desmentir tales acusaciones. Basta recordar la secular labor educativa de las instituciones religiosas y eclesiásticas, desde la primera evangelización hasta nuestros días. Pero mi exhortación de hoy a vosotros, maestros católicos, es: ¡abrid a Cristo el mundo de la enseñanza! De modo firme y paciente hay que ir mostrando cómo en Cristo encontramos plenamente todos los verdaderos valores humanos, y cómo está en El el sentido de la historia, encaminada a la unión personal y comunitaria de todos con el Dios Uno y Trino.

5. Para concluir, quisiera invocar ahora a Nuestra Madre, la Virgen María. A Ella me dirigí en el santuario de Guadalupe, durante mi primer viaje pastoral a México, con estas palabras: “Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias para que estén siempre muy unidas y bendice la educación de nuestros hijos”.

A Ella me dirijo ahora, invocando su protección sobre todos vosotros, fieles de Aguascalientes, y pidiéndole muy especialmente por vuestros hijos, por todos los jóvenes que son “la esperanza de la Iglesia” (Gravissimum educationis, 2) en el continente de la esperanza.
En prenda de abundantes gracias divinas imparto a todos mi más cordial Bendición Apostólica.

 

© Copyright 1990 -  Libreria Editrice Vaticana

 

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