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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS FIELES DE LA ARQUIDIÓCESIS DE DURANGO


Catedral de la Inmaculada
Miércoles 9 de mayo de 1990

 

Querido arzobispo de Durango,
monseñor Antonio López Aviña;
queridos sacerdotes y diáconos, queridos religiosos, religiosas,
amadísimos fieles, miembros de la Iglesia de Dio en Durango:

“A vosotros gracia y paz abundantes” (1P 1, 2).

1. Este es el deseo que san Pedro expresó en su primera Carta, y con el que su Sucesor se dirige también ahora a vosotros: ¡Gracia y paz abundantes! Estas palabras brotaban de una alta consideración. Pedro contemplaba a aquellos fieles a la luz del misterio de la trinidad. Por eso los describe como “ elegidos según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre (Ibíd.).

Desde esta misma perspectiva se dirige a vosotros su Sucesor. Y también os considero elegidos con una acción santificadora; una elección que se propone un fin bien preciso. Añade el Apóstol Pedro: «así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: “seréis santos, porque santo soy yo”» (1P 1, 15-16).

Sí, cada uno de vosotros, fieles que me escucháis, en Durango y en todo México, ha sido llamado personalmente por Dios; ha sido elegido por El para ser santo. Esta afirmación es plenamente actual y debe encontrar hoy una nueva resonancia entre los fieles laicos (cf. Christifideles laici, 17). La santidad, hermanos míos queridísimos, la alcanza el cristiano abriéndose a la gracia de Dios, viviendo en unión íntima y profunda con la acción salvífica del Señor.

En el Evangelio halla el programa de vida que corresponde a un hijo de Dios, miembro de la Iglesia católica. En la Eucaristía encuentra la fuerza para dar testimonio del amor que todo cristiano ha de difundir a su alrededor: en la familia, en el trabajo y en el descanso, en la vida privada y en la vida pública.

2. Desde esta hermosa iglesia catedral de Durango deseo dirigirme a los fieles laicos de esta arquidiócesis y de toda la República. Vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, formáis parte de un pueblo que se ha destacado por su fe profunda, hondamente mariana, por su fidelidad a la Iglesia y por una especial vinculación espiritual a la persona del Sucesor de san Pedro. Esta singular fidelidad ha sido puesta a prueba muchas veces; pero, con la gracia de Dios y el auxilio de María, habéis convertido esas ocasiones en momentos de ulterior fecundidad para la vida eclesial. La historia del pueblo de Dios en México es rica en testimonios ejemplares de laicos que hicieron de sus vidas una manifestación elocuente del amor de Dios y que, por ese mismo amor, no dudaron en dar lo mejor de sí cuando las circunstancias lo exigieron. El pueblo mexicano nunca debe olvidar su pasado, pues desde él ha de proyectarse al futuro.

En la Exhortación Apostólica Christifideles laici, dirigida a toda la Iglesia tras el Sínodo de los Obispos de 1987, quise poner de relieve el hecho de que “nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso” (Christifideles laici, 3).

3. En este documento señalaba tres factores que pueden servirnos para fijar mejor los desafíos de esta “magnífica y dramática hora de la historia” (Ibíd.). En primer lugar el secularismo y la indiferencia religiosa que afecta ya no sólo a los individuos, sino a comunidades enteras. Este fenómeno está incidiendo seriamente en los pueblos cristianos y reclama con urgencia una nueva evangelización. He aquí el primer gran desafío para los laicos: comprometerse activamente en hacer presente el mensaje del Evangelio en la sociedad de nuestro tiempo.

En segundo lugar mencionaba los atropellos de que es objeto la persona humana, lo cual es puesto de manifiesto por las frecuentes violaciones a que se halla sometida hoy en día, desde el no-nacido hasta los que viven oprimidos y marginados. De aquí la enorme responsabilidad de los fieles laicos de afirmar cada vez con mayor fuerza la centralidad de la persona humana redimida por Cristo.

Por último, los antagonismos y conflictos que caracterizan buena parte de las relaciones en el mundo exigen que los laicos se conviertan en artífices de reconciliación y de paz.

4. Una paz que habéis de lograr para vosotros mismos como fruto de la gracia y de la amistad con Dios. Es la paz de Cristo; esa que El solo nos puede dar, porque es “suya” (Jn 14, 27); y no nos la da “como la da el mundo” (Ibíd.), porque es un don divino.

Sembrad, pues, y difundid la paz de Cristo a vuestro alrededor. Así se os dará, como dice el Evangelio, el nombre nobilísimo de “hijos de Dios” (Mt 5, 9). Esforzaos en arrancar las raíces de los resentimientos, de los conflictos, de las enemistades. Promoved en cambio la justicia, en lo grande y en lo pequeño, en las instituciones, en el mundo profesional y laboral, en las familias, en la defensa de la dignidad de cada persona. La justicia es una virtud fundamental, que da a cada uno lo suyo: honor, buena fama, bienes temporales. Todos y cada uno hemos de sentirnos responsables de este deber, buscando siempre el ser ecuánimes, ponderados, conscientes ante Dios de la trascendencia de esta responsabilidad.

Abundancia de gracia; abundancia de paz. Esto es lo que implora el Papa para vosotros al bendeciros en el nombre del Padre, que os ha elegido; del Hijo, que os ha redimido; y del Espíritu Santo, que os santifica y colma de sus dones. “A El el poder por los siglos de los siglos” (1P 5, 11). Amén.

 

© Copyright 1990 -  Libreria Editrice Vaticana

 

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