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VIAJE APOSTÓLICO A MÉXICO Y CURAÇAO

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
AL MUNDO DE LA CULTURA


Ciudad de México, sábado 12 de mayo de 1990

 

1. Al término de una intensa jornada, ya al final de mi visita pastoral a este entrañable país, siento un gozo profundo al tener este encuentro, para mí tan lleno de significado, con los representantes del mundo de la cultura: de las ciencias, de las artes y de las letras de México.

En mi saludo afectuoso y cordial a los aquí presentes, quiero abarcar también a cuantos, en toda esta gran nación, comparten las tareas propias de la investigación, del pensamiento y de la formación de las futuras generaciones.

Deseo manifestar mi vivo agradecimiento al doctor Silvio Zabale, por sus amables palabras de bienvenida y por los nobles sentimientos expresados. Mi gratitud va igualmente a cuantos con su generoso esfuerzo han hecho posible que podamos compartir esta tarde unos momentos de reflexión y fraterna convivencia.

Es este mi primer encuentro con intelectuales de América Latina que tiene lugar después de los importantes acontecimientos ocurridos en 1989 en Europa del Este. Asistimos a un cambio que afecta a toda la sociedad contemporánea. Se trata en efecto, de una nueva época muy compleja, en la que forzosamente conviven inercias del pasado e intuiciones del futuro. Sin embargo, precisamente en estas circunstancias, debéis dar prueba, como hombres de la cultura, de vuestra lucidez y de vuestro espíritu penetrante.

Estáis llamados a dar vida a una nueva época también en el nuevo continente, lo que constituye como un desafío para vuestro quehacer intelectual.

A la vista de este dilatado horizonte, así como de las comprometedoras exigencias que habéis de afrontar, se moverán las reflexiones que deseo compartir hoy con vosotros. Ciertamente no es posible ni es lo que esperáis ofrecer aquí un cuadro detallado de objetivos culturales para el próximo futuro. Sin embargo, cabe delinear al menos unos principios de análisis del momento actual y unos puntos básicos de referencia que puedan serviros de ayuda en vuestras tareas.

No se puede olvidar, en esta análisis del variado panorama que ofrece América Latina, el importante papel que desempeña la Iglesia católica. Al poner en marcha la nueva evangelización, la Iglesia sigue proclamando incansablemente los principios cristianos, como elemento fundamental de toda civilización y de toda cultura acorde con la dignidad humana; pues la Iglesia al evangelizar y en la medida en que evangeliza, es decir, al anunciar el evangelio de la gracia de Dios, puede humanizar, “civilizar”, liberar, construir la sociedad. De todo ello quiero hacerme eco en este encuentro con vosotros.

2. Las transformaciones que han tenido y están teniendo lugar en el llamado bloque de los países del Este representan, como bien sabéis, un cambio en el escenario de la comunidad internacional, lo cual incide de modo inevitable en el resto de los pueblos.

Podríamos afirmar que el clima de mayor confianza que se está instaurando en este último período ha despejado notablemente el camino del peregrinar humano. La amenaza de una destrucción total que se cernía sobre la humanidad contemporánea (Dominum et vivificantem, 57), parece haberse alejado sensiblemente. Hoy se respira un aire renovado y se nota por doquier como un resurgir de la esperanza.

Sin embargo, no podemos dejar de constatar que son muchas las incertidumbres del camino a seguir. Se están superando ciertamente no pequeños obstáculos, pero, al mismo tiempo, se descubre la ausencia de válidos proyectos culturales capaces de dar respuesta a las profundas aspiraciones del corazón humano.

En la raíz de estas consideraciones nos parece poder constatar dos realidades bien probadas. Por un lado, la más evidente es que el sistema basado en el materialismo marxista ha decepcionado por sí mismo. Quienes lo propugnaban y quienes fundan su esperanza en esos intentos han quedado advertidos.

Sin embargo y es la otra comprobación tampoco los modelos culturales ya afianzados en los países más industrializados aseguran totalmente una civilización digna del hombre (Sollicitudo rei socialis, 28). Con frecuencia se exaltan los valores inmediatos y contingentes como claves fundamentales de la convivencia social y se renuncia a cimentarse en las verdades de fondo, en los principios que dan sentido a la existencia. Baste pensar en la pérdida del significado de la vida humana, puesta de manifiesto en el elevado número de suicidios, característico de algunos países altamente industrializados, y testificada también trágicamente por el aborto y la eutanasia. Se está verificando un proceso de desgaste, el cual, afectando a la raíz, no dejará de acarrear dolorosas heridas para toda la sociedad.

3. Además, y considerando el caso de América Latina, aquellos valores inmanentes y transitorios son incapaces de sustentar el esfuerzo que exige la construcción de una civilización prometedora como la vuestra, de una sociedad digna del hombre en todos sus aspectos: materiales y espirituales, inmanentes y transcendentes.

Ante este panorama de incertidumbre, ante la crisis de modelos culturales, viene a mi mente aquella serie de interrogantes que expresaba el autor de aquel documento anónimo del México prehispánico: “ ¿Qué es lo que va a gobernarnos?, ¿qué es lo que nos guiará?, ¿qué es lo que nos mostrará el camino?, ¿cuál será nuestra norma?, ¿cuál será nuestra medida?, ¿cuál será nuestro modelo?, ¿de dónde habrá que partir?, ¿qué podrá llegar a ser la tea y la luz?”  (Códice Matritense de la real Academia de Historia, fol. 191 v. 192r).

Por otra parte, en América latina, se va viendo la necesidad de abrir nuevos caminos partiendo de vuestra propia identidad, y esto interpela directamente a vuestra responsabilidad de hombres del pensamiento y de la cultura. No podemos olvidar que México ha sido cuna de civilizaciones que, en su tiempo, alcanzaron un alto grado de desarrollo y que han dejado un inestimable legado de cultura y saber. Os toca pues cooperar intensamente para dar vida a un proyecto de desarrollo cultural que lleve a los pueblos de Latinoamérica a esa plenitud de civilización, a la que deben aspirar.

4. Al aprestarse para una nueva evangelización, la Iglesia católica se siente llamada a ofrecer también una importante contribución en este campo. Ella tiene plena confianza en vuestra capacidad y en vuestras cualidades. Por su vocación de servicio al hombre en plenitud de vida, es como connatural a la Iglesia servir los afanes de verdad, de bien y de belleza presentes en todo corazón humano. Tal vez no haga falta repetirlo; de todos modos, dejadme recordar que la Iglesia siempre ha tratado de favorecer la cultura, la verdadera ciencia, así como el arte que enaltece al hombre o la técnica que se desarrolla con profundo respeto de la persona y de la misma naturaleza.

De esta actitud de la Iglesia tenéis amplio conocimiento, pues, a lo largo de varios siglos el cristianismo ha ido penetrando profundamente en la cultura de América Latina hasta formar parte de su propia identidad. México, por otro lado, cuenta con personajes cuya obra es patrimonio de toda la humanidad. Pienso en sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruiz de Alarcón y tantos otros. Pienso también en tantas manifestaciones de su genio artístico y literario. El elenco se haría muy amplio, si hiciéramos mención de las diversas instituciones culturales.

5. Junto a todo ello, no es posible desconocer que han existido en el pasadoy en algunos ambientes aún persisten incomprensiones y malentendidos respecto a determinados postulados de la ciencia. Permitidme que lo repita también aquí ante los exponentes de la intelectualidad y del mundo universitario mexicano: la Iglesia necesita de la cultura, así como la cultura necesita de la Iglesia. Se trata de un intercambio vital que, en un clima de diálogo cordial y fecundo, lleve a compartir bienes y valores que contribuyan a profundizar la identidad cultural, como servicio al hombre y a la sociedad mexicana.

Esta indeclinable vocación de servicio al hombre, a todo hombre y a todos los hombres, es la que mueve a la Iglesia a dirigir su llamado a los intelectuales mexicanos - comenzando por los intelectuales católicos para que, abriendo nuevos cauces a la participación y a la creatividad, no ahorren esfuerzos en llevar a cabo aquella labor integradora propia de la verdadera ciencia que asiente las bases de un auténtico humanismo integral que encarne los valores superiores de la cultura y de la historia mexicana.

Para llevar a cabo esta tarea, se precisa partir de un nuevo modo de percibir las relaciones entre historia humana y transcendencia divina. Hay que dejar atrás aquellos injustificados planteamientos en que la afirmación de una, implica una mayor o menor supresión de la otra (cf. Gaudium et spes, 36). Es necesario poner de relieve que el esfuerzo del hombre por superarse en todos los aspectos forma parte de su anhelo por acercarse más a Dios; y que la unión íntima del hombre con Dios ha de desembocar, a su vez, en un mayor empeño por dar soluciones satisfactorias a tantos problemas y situaciones negativas de las que todos somos conscientes: pobreza, ignorancia, explotación, divisiones, enfrentamientos, desprecio de la justicia y de la verdad (cf. Christifideles laici, 42.44).

6. Al meditar sobre estas exigencias, los Padres del Concilio Vaticano II han dirigido su mirada al misterio de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Allí contemplamos con estupor el vivir humano en la Persona del Hijo Unigénito de Dios. Nunca podrá pensarse del hombre nada más elevado.

Una triple perspectiva ha servido al mismo Concilio para articular, en la parte inicial de la Constitución “Gaudium et spes”, su magisterio sobre el misterio de Cristo en relación con el hombre: la persona, la capacidad humana de amar y el trabajo.

En primer lugar, la persona. Sobre ella nos dice el citado documento conciliar que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. Pues “ Cristo..., en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. Al mismo tiempo, “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre” (Gaudium et spes, 22).

Por otro lado, el hombre cristiano recibe las “ primicias del Espíritu” (cf. Rm 8, 23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor, por medio del cual se restaura internamente todo hombre. Pero “esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible” (Gaudium et spes, 22). Este es el gran misterio que la misma Revelación cristiana trata de esclarecer a los creyentes. De este modo, la persona está llamada a integrar todas las realidades que componen su existencia en una síntesis armónica de vida, orientada por un sentido último, que es la expresión más sublime del amor (cf. Ibíd.).

Estamos así delante de la segunda perspectiva enunciada: la capacidad de amar. Es la posibilidad que tiene la persona de unión, de cooperación con Dios y con sus semejantes para realizar un anhelo compartido. Amando se descubre esa honda capacidad de darse que eleva la persona y la ilumina interiormente. En efecto, el amor es una fulgurante llamada a salir de sí mismo y transcenderse.

7. En continuidad con mi venerado predecesor Pablo VI, he hablado en repetidas ocasiones de la civilización del amor. Una meta sumamente atractiva y, a la vez, exigente que se debe mirar a la luz del misterio del Verbo encarnado. El es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9). Al encarnarse, el Hijo de Dios ha manifestado el sentido definitivo que, en Dios, tiene cada criatura humana y al mismo tiempo, le ha hecho ver que su vocación abarca todo su ser y todo su obrar.

Llegamos así a la última de las perspectivas enunciadas: el sentido de la actividad humana. El trabajo es uno de los grandes temas de la cultura, y de modo especial lo es en la época contemporánea.

Mirando al pasado, es interesante recordar el escaso valor que en la antigüedad clásica se daba al trabajo como parte de la cultura. En realidad el ocio y el trabajo fueron vistos frecuentemente en clave antitética. En el panorama cultural, aun en nuestros días, no siempre aparece el trabajo humano como medio de realización de la persona. Mas, desde la óptica de la fe, la perspectiva se ensancha hasta hacer de la actividad humana un medio de santificación y experiencia de unión con Dios. Esto se hace posible cuando se advierte que el Dios a quien el hombre busca afanosamente es el Dios viviente; es decir, el Padre omnipotente, que actúa permanentemente en la creación, guiándola hacia el término que le ha prefijado (cf. Gaudium et spes, 34); y también el Hijo encarnado, que continúa realizando su obra redentora mediante el Espíritu Santo (cf. Ibíd., 38). En este acercamiento incesante de Dios, el hombre, mediante su trabajo, se hace colaborador y como mediador de un operar divino destinado a difundirse en la creación entera (cf. Laborem exercens, 25).

Es cierto que, en esta tarea, el hombre habrá de comprobar también en su propia carnela injusticia y el sufrimiento, consecuencias del pecado y de la tergiversación de lo creado. Y, sin embargo, todo ello no es un obstáculo. Al contrario, es una nueva llamada para una unión más íntima con Dios, pues, al contrasentido del pecado responde Dios con la encarnación de su Sabiduría.

8. Antes de concluir, quisiera volver a la perspectiva inicial de estas consideraciones: América Latina ha de reafirmar su identidad y ha de hacerlo desde sí misma, desde sur raíces más genuinas. Las diversas dificultades que la afectan, de orden económico, social, cultural, deben ser resueltas con la colaboración y el esfuerzo de sus mismas gentes. En esta noble tarea el hombre y la mujer de cultura están llamados a inspirar principios de fondo y suscitar motivaciones que estimulen la capacidad moral y espiritual de la persona, único medio para conseguir unos cambios que sirvan al hombre y no lo esclavicen.

El hondo sentido de responsabilidad y el compromiso ético que debe caracterizar a todo hombre de la cultura os llevará a hacer de vuestra actividad, en el campo de las ciencias, de las letras y de las artes, un instrumento de acercamiento y participación, de comprensión y solidaridad en los diversos sectores en los que se deja sentir vuestra influencia. Las tensiones y conflictos que puedan aparecer en el panorama social han de ser un desafío a vuestro talento para poner de manifiesto que los enfrentamientos y las incomprensiones van ligados frecuentemente a la ignorancia y al desconocimiento mutuos.

La verdadera cultura tiende siempre a unir, no a dividir. En vuestra búsqueda constante de la verdad, de la belleza y del conocimiento científico, abrid nuevos caminos a la creatividad y al progreso, tratando de unir las voluntades y buscando soluciones a los innumerables problemas que plantea la existencia humana.

9. La Iglesia católica en Latinoamérica toma en seria consideración vuestras valiosas aportaciones. En esta actitud hay también una esperanza: que promováis una cultura que enriquezca al hombre integralmente, llevándole a superar - desde sí mismo, sea quien sea - las situaciones negativas en las que tantas veces se encuentra postrado. Que todos puedan descubrir y alcanzar la plena dignidad de la existencia humana, al forjar una cultura abierta a la Sabiduría de Dios y a su acción entre los hombres y en la creación entera.

Para concluir, Señoras y Señores, deseo recordaros una frase de Jesús en el evangelio de san Juan: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Que no desfallezca vuestro ánimo en la búsqueda apasionada de la verdad. Que vuestra vocación de servicio al hombre rechace siempre todo aislamiento egoísta que os pueda sustraer a una participación responsable en la vida pública y en la defensa y promoción de los derechos del hombre. Que seáis siempre promotores y mensajeros de una cultura de la vida que haga de México una patria grande donde los antagonismos sean superados, donde la corrupción y el engaño no encuentren espacio, donde el noble ideal de solidaridad entre todos los mexicanos prevalezca sobre la caduca voluntad de dominio.

Muchas gracias.

© Copyright 1990 -  Libreria Editrice Vaticana

 

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