Viernes 16 de noviembre de 1990
1. Me es muy grato dar mi más cordial bienvenida a los integrantes de la
Comisión, nombrada por la Junta de Castilla y León, con motivo del IV Centenario
de la muerte de san Juan de la Cruz. Agradezco vivamente a los aquí presentes
esta visita que me hace recordar con gozo los inolvidables momentos de mi viaje
por tierras de vuestra Comunidad Autónoma, en particular, por Ávila, Segovia y
Salamanca, en 1982.
En aquella ocasión pude rendir homenaje a las figuras de santa Teresa de Jesús y
de san Juan de la Cruz, esos dos castellanos universales, Doctores de la Iglesia,
que con su santidad y doctrina iluminan al Pueblo de Dios y que con la
proyección de su mensaje espiritual y de sus valores humanos y literarios,
ennoblecen en el mundo entero la lengua y la historia de la tierra que los vio
nacer.
A pocos años del IV Centenario de la muerte de santa Teresa de Jesús, la
Providencia me ha deparado poder celebrar también el IV Centenario de la muerte
de san Juan de la Cruz, con quien me siento particularmente vinculado, por su
influjo espiritual, que experimenté desde mi juventud, y por los estudios que
sobre él hice en mi período universitario.
En esta celebración jubilar me uno espiritualmente a los amados hijos e hijas de
España, que peregrinan a Fontíveros, su pueblo natal, a Úbeda, lugar de su
muerte, a Segovia, que guarda su sepulcro. Consciente de la importancia que
revisten estas celebraciones centenarias para la Iglesia española, para Castilla
y León, para el Carmelo Teresiano, he querido nombrar como Enviado Especial al
Señor Cardenal Ángel Suquía Goicoechea, Arzobispo de Madrid y Presidente de la
Conferencia Episcopal Española, para que me represente en la apertura oficial
del IV Centenario en Segovia.
2. Los propósitos que encierra el programa de estas celebraciones expresan muy
adecuadamente el sentido de una renovada presencia de san Juan de la Cruz en el
mundo de hoy, como mensajero de los valores perennes para el hombre y el
cristiano.
“A zaga de tu huella”, como canta el mismo poeta místico, él ha recorrido el
camino de su vida a la búsqueda de Dios, descubriendo su presencia en la
creación y en las criaturas. Ahora, “a zaga de su huella” —la que Juan de la
Cruz ha dejado en sus escritos—, quieren la Iglesia en España y, en particular,
las gentes de Castilla y León emprender un camino que sea estela luminosa en la
vida personal y familiar, en la cultura y en el testimonio de los cristianos en
medio de la sociedad.
Juan de la Cruz, maestro en la fe, es también guía en los senderos de la vida.
Su palabra, honda y pausada, sugiere al hombre toda la plenitud de su dignidad
en la ardua tarea de acercarse al misterio de la existencia, en la humana fatiga
del creer superando la oscuridad, en la síntesis del amar a Dios y al prójimo,
ya que, como hermosamente dice el Santo“Al fin, para este fin de amor fuimos
creados” (Cántico Espiritual, B,29,3).
Sería imposible entender a san Juan de la Cruz fuera de su fe viva, en la que ha
condensado la profunda religiosidad de su tierra, la mirada contemplativa de sus
gentes, la proverbial nobleza castellana que busca siempre la verdad y la
profesa con la llaneza de su lenguaje sobrio. Por eso también hoy, en una época
de frecuentes ambigüedades, Juan de la Cruz invita a ser buscadores de la verdad
y peregrinos de la fe; alienta a ser hombres y mujeres que pongan la verdad de
Dios por encima de todo compromiso humano.
3. La búsqueda de la verdad de Dios y del hombre no impide al cristiano abrirse
al mundo que lo rodea. A este respecto, podemos afirmar que Juan de la Cruz es
modelo de cristiano dialogante, un hombre de amplitud cultural que expresa bien
aquella apertura propia de los hombres y mujeres de su tierra castellana, en la
época que le tocó vivir, el Siglo de Oro español. Por eso, el Santo de
Fontíveros tiene talla universal, como lo atestigua la difusión de sus escritos,
traducidos en las principales lenguas y que son objeto de estudio e
investigación desde los más variados campos del saber humano y de la cultura
religiosa y humanística.
Y es precisamente el mundo de la cultura el destinatario de uno de los mensajes
de san Juan de la Cruz, especialmente para su Patria. En nuestros días existe el
riesgo de disociar la fe de la cultura, haciendo como impenetrable a los valores
y al lenguaje de la fe el campo de la cultura moderna, como si existiese una
laguna incolmable entre ambas. Por otra parte, hoy se da el peligro —que muchos
advierten también en la sociedad española— de hacer pasar por genuinos valores
culturales toda una serie de comportamientos que no están en sintonía con la
dignidad de la persona y que tratan de imponer unas actitudes que, al alejarse
de la concepción cristiana de la vida, nunca podrán ser auténticamente humanas.
Tales actitudes no responden a vuestra tradición cultural más genuina, que tiene
otros valores imperecederos y otras riquezas humanas. Así lo muestra el programa
cultural que en Castilla y León ha encontrado expresión encomiable en la
exposición “Las Edades del hombre”, que tanta resonancia está teniendo. Edades
del hombre que llevan las marcas de Dios y que han dejado una huella imborrable
en la cultura de vuestra tierra y de vuestras gentes.
4. La oportunidad que os brinda la celebración del IV Centenario de la muerte de
san Juan de la Cruz, tiene que contribuir a fortalecer vuestras raíces
cristianas y a corroborar vuestra conciencia y testimonio como creyentes, para
que el espíritu castellano que él encarna cale profundamente en la vida
individual y social, en la educación y en la cultura.
Juan de la Cruz, cantor de la hermosura divina, testigo de un Dios que
engrandece al hombre al hacerlo partícipe de su misma vida, os precede y os
estimula con su ejemplo. Su figura es patrimonio de toda la humanidad,
especialmente en el campo de la espiritualidad y de la cultura. Seguid el
camino, “a zaga de su huella...”, para que se revitalice y encarne ese
patrimonio de fe y de saberes que es herencia y compromiso de las gentes de
Castilla y León.
Mientras os aliento en vuestras tareas para hacer de este Centenario una ocasión
de crecimiento espiritual, que refuerce entre todos los españoles los vínculos
de amor, ese amor del que seremos examinados en la tarde de nuestra vida,
imparto con afecto mi Bendición Apostólica.
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Editrice Vaticana