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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL SEÑOR CARLOS SAÚL
MENEM, PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ARGENTINA*
Viernes 19 de octubre de 1990
Señor Presidente,
Excelencias,
Señoras y Señores:
Me es muy grato tener este encuentro con el Primer Mandatario de la República
Argentina, acompañado de altos funcionarios de su Gobierno, y, ante todo, me
complazco en presentarles un deferente saludo, junto con mi más cordial
bienvenida.
Su visita a la Santa Sede es una feliz circunstancia que viene a reafirmar los
estrechos lazos que existen entre ella y la Nación argentina, y que me permite
expresar, una vez más, el afecto que siento por todos los hijos de vuestro noble
País, que tantas muestras de adhesión y cercanía ha dado hacia el Sucesor de
Pedro.
A este propósito, no puedo por menos de evocar las visitas pastorales,
realizadas en 1982 y en 1987 a la República Argentina, durante las cuales pude
apreciar el calor humano, la hospitalidad, el entusiasmo, así como las
aspiraciones de justicia y paz que brotan de un pueblo que se siente unido por
fuertes vínculos de fe.
Argentina es un país que se distingue por su cultura, por su nobleza de espíritu,
por su fe en Dios y en los ideales cristianos. El pueblo argentino, a lo largo
de su historia, ha hecho suyo el mensaje evangélico, que ha marcado su vida y
costumbres. A este respecto, el preámbulo de vuestra Constitución invoca a Dios
como “fuente de toda razón y justicia”. Es éste como un llamado para los
dirigentes del País, a fin de que en el desempeño de sus responsabilidades como
ciudadanos investidos de autoridad, no dejen de inspirar sus actuaciones en
estos principios.
En mis viajes apostólicos a los Países de Latinoamérica he podido apreciar lo
que yo llamaría una creciente inquietud moral, que se manifiesta, a veces, en
formas de crisis sociales o con otros fenómenos, como la violencia, el desempleo,
la marginación, que provocan desequilibrios y amenazan la pacífica convivencia.
Tampoco la Argentina escapa a esta problemática, que afecta a amplios sectores
de la población y que demanda una mayor responsabilidad social a todos los
niveles y un más decidido empeño por el bien común.
A este respecto, los Obispos argentinos, movidos por su solicitud pastoral, no
han dejado de señalar tales situaciones, tratando de proponer vías de solución
desde su propia misión eclesial. “En muchas oportunidades —decían en un
reciente documento colectivo— hemos caracterizado como una crisis
fundamentalmente moral la situación tan compleja por la que atraviesa hoy la
sociedad argentina” (N. 37.).
Los desafíos del futuro son, en efecto, numerosos y representan innegables
obstáculos no fáciles de superar. Pero ello no debe ser motivo de desánimo ni
desaliento, pues contáis con la mayor riqueza que puede tener un pueblo: los
sólidos valores cristianos que han de dar un impulso en la construcción de una
sociedad más justa, fraterna y floreciente.
Una sociedad donde reine la laboriosidad, la honestidad, el espíritu de
participación a todos los niveles. Una sociedad que lleve el sello de los
valores morales y transcendentes como el más fuerte factor de cohesión social.
Una sociedad en la que sean siempre tutelados y preservados los derechos
fundamentales de todos los ciudadanos, las libertades civiles y los derechos
sociales. Un país en el que la juventud y la niñez puedan formarse en un
ambiente de limpieza moral, y en el que los menos favorecidos encuentren apoyo y
estímulo para integrarse plenamente en la común tarea de edificar un futuro
mejor.
Argentina es una nación católica. Que no dejen los argentinos debilitar este
legítimo orgullo ni mermar la responsabilidad que ello entraña. Los
insoslayables problemas que tanto les preocupan afróntelos con clarividencia y
espíritu de fraternidad, con la participación responsable de todos y con la
mirada puesta en Dios, cuya ayuda no les ha de faltar.
Mi mensaje de hoy quiere ser de aliento y esperanza. Sé que todavía no han
desaparecido heridas y antagonismos de un pasado aún no lejano, lo cual
dificulta la cohesión social y las legítimas aspiraciones de progreso. Por ello
se hace más necesario un renovado esfuerzo por superar cualquier forma de
enfrentamiento y fomentar una creciente solidaridad entre todos los argentinos.
Ahí se sitúa precisamente el importante papel que desempeñan los valores
espirituales. Por ello, cobra justa dimensión la llamada del Episcopado
argentino al poner en guardia contra el secularismo que afecta directamente a la
fe y a la religión.
La Iglesia, Señor Presidente, cumpliendo la misión que le es propia, reafirma su
vocación de servicio a las grandes causas del hombre, como ciudadano y como hijo
de Dios. Los principios cristianos que han informado la vida de la Nación
argentina a lo largo de su historia, tienen que infundir una esperanza viva y un
dinamismo nuevo que lleve a su País a ocupar el puesto que le corresponde en el
concierto de las Naciones.
En esta perspectiva, la Santa Sede no puede por menos de apoyar los esfuerzos
que se están llevando a cabo para dar un mayor vigor y eficacia al principio de
la unidad e integración latinoamericana. Es éste un noble ideal que exige la
generosa contribución de todos para hallar remedios a los males que aquejan a
tantas personas de vuestro continente. Cuando está ya próxima la celebración del
V Centenario de la Evangelización del Nuevo Mundo, hago votos para que todos los
pueblos latinoamericanos, fieles a sus tradiciones más nobles y a sus raíces
cristianas, caminen por la vía de la reconciliación y de la fraternidad, en un
esfuerzo común para superar las divisiones en favor de la deseada unidad.
Al concluir, Señor Presidente, quiero reiterarle mi vivo agradecimiento por esta
visita, y en su persona rindo homenaje a toda la Nación Argentina, mientras
invoco sobre ella las bendiciones de Dios.
*AAS 83 (1991) p. 484-486.
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XIII, 2 pp.893-895,
L'Osservatore Romano 20.10.1990 p.5.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 43 p.11.
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