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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES EN LA UNIVERSIDAD «LA SAPIENZA» DE ROMA

Viernes 19 de abril de 1991


1. Grande es mi alegría de encontrarme hoy entre vosotros, realizando así un deseo largamente acariciado. Os agradezco vuestra cordial acogida y os saludo a todos con afecto.

En mis visitas pastorales tengo la oportunidad de reunirme con jóvenes y estudiantes de diferentes universidades del mundo. Pero hoy se trata de una circunstancia del todo particular: vuestra universidad es la universidad de Roma, ciudad de la que soy obispo.

Gracias por vuestra presencia; gracias por haber acogido la invitación a un diálogo abierto y concreto, cuyos temas vosotros mismos habéis proporcionado, a través de más de quinientas preguntas. He visto de buen grado vuestras reflexiones y debo confesaros que me ha impresionado vuestra sinceridad y el deseo de renovación que lleváis en vuestros corazones. Agradezco particularmente a los dos jóvenes que hace un momento se han hecho portavoces de vuestros comunes sentimientos.

El gran número de cuestiones que habéis preparado atestigua claramente cuán grande es la atención y el interés con que seguís, aunque no compartáis siempre sus posiciones, todo lo que la Iglesia siente, piensa y hace en relación con los problemas de los jóvenes y del mundo contemporáneo.

Son interrogantes sin duda alguna estimulantes, pero abarcan un número de asuntos tan vasto, que me resultaría imposible responder a todos, como esperáis, aunque lo hiciera sumariamente.

Puedo, de todas formas, aseguraros que conservo celosamente en mi corazón todas vuestras preguntas y que no dejaré de volver a ellas cuando sea posible.

2. Mientras tanto, quisiera que nuestro encuentro constituyera como el comienzo de un diálogo necesario y provechoso, que seria conveniente proseguir luego con los responsables de la animación espiritual de este ateneo. Quisiera, en particular que vuestra voz resonara en los trabajos del Sínodo, esa asamblea diocesana extraordinaria que se está desarrollando en la actualidad, para que contara con la aportación del mundo juvenil, de todo el mundo juvenil que vive en Roma y que aspira a construir una sociedad más justa y acogedora para todos. Quisiera que las perspectivas y los horizontes de vuestra existencia se abrieran a las exigencias ilimitadas de un mundo que cambia, de una Europa que busca su unidad, de una humanidad que está cansada de guerras y de injusticias. Vosotros, jóvenes de Roma, ciudad-corazón de la Europa cristiana, ¿acaso no estáis llamados a ser los constructores del futuro de este continente? ¿No sois vosotros mismos su futuro? ¡Sed conscientes de ello y no tengáis miedo de invertir todas vuestras energías para realizar esos objetivos tan apasionantes! No temáis ser entre vuestros coetáneos apóstoles de una misión tan extraordinaria.

Muchos de vuestros interrogantes se refieren a la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo y a la preocupante situación de la humanidad actual, sobre todo en Oriente Medio y en el tercer mundo.

Algunas preguntas versan sobre la relación de la Iglesia con la cultura, la ciencia al servicio del hombre y la adaptación de su doctrina a la evolución del tiempos.

Todo esto me ha permitido conocer mejor vuestro mundo y quisiera agradeceros la confianza que me habéis demostrado, haciéndome partícipe de vuestros problemas.

Estoy a vuestro lado en la búsqueda de respuestas adecuadas a los interrogantes que se agitan en vosotros. Quisiera expresaros el afecto que me une a cada uno de vosotros y la estima que albergo por todos. ¡El Papa os ama! Como otras veces he tenido la ocasión de repetir, no podemos menos de amaros a vosotros los jóvenes, porque sois el futuro y la esperanza de la humanidad.

3. El conjunto de vuestras preguntas manifiesta con claridad un espíritu sensible y abierto, en el que florecen consideraciones, dudas y observaciones estimulantes. Son la prueba de la riqueza efervescente de vuestro espíritu juvenil. Me maravilla en vosotros la búsqueda exigente de la verdad y el deseo de una coherencia radical en la actuación del Evangelio. Queréis un cristianismo auténtico, una Iglesia que ponga en práctica lo que anuncia, pobre y libre en su misión valerosa y oportuna en la defensa de los pobres y de los oprimidos. Queréis reconocer en sus estructuras el rostro misericordioso de Cristo.

También quien afirma que no cree manifiesta a menudo en sus observaciones un deseo de infinito, de absoluto y de trascendencia.

No puedo dejar de apreciar vuestra sinceridad. Mantened, queridos jóvenes, el entusiasmo de los hombres libres y conjugadlo con la humildad de las grandes personalidades que saben recorrer el camino de la búsqueda de la verdad con apertura de espíritu y disponibilidad al diálogo. Sin duda, los problemas son muchos y de gran importancia. Sería una pretensión pueril resolver todo con eslóganes fáciles. Tratad de informaros y profundizar constantemente en las cuestiones fundamentales de la existencia. La Iglesia está a vuestra disposición para ofreceros este servicio. Es más, quiere caminar junto con vosotros. Quiere ayudaros, a fin de que vosotros mismos seáis los protagonistas de vuestro futuro.

Acoged, os ruego su invitación: caminad con ella, atentos a las semillas de esperanza que ya es posible reconocer en vosotros y alrededor de vosotros.

Es más, no olvidéis que ¡vosotros mismos sois la Iglesia! Sois fuerzas vivas de esta Iglesia que anuncia el Evangelio de la salvación por los caminos del mundo; de esta Iglesia que es Madre y Maestra, pues toma constantemente del patrimonio inagotable de la verdad, que es Cristo. Esta Iglesia, a pesar de sus límites y dificultades, es santa y ama a todos los hombres. Os ama a vosotros queridos jóvenes. Sí, os ama y por eso es exigente y firme en sus principios. Miradla con simpatía, escuchadla con confianza y seguidla con generosidad.

4. A menudo os preguntáis: «¿Cómo afrontar el sentido de debilidad y de impotencia respecto a las estructuras sociales que en apariencia ahogan los ideales de justicia, de verdad y de amor?». Hay en vosotros y alrededor de vosotros una lucha entre el bien que atrae y el mal que seduce. El reciente Concilio, en uno de los documentos más significativos, la constitución pastoral Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual, afirmaba: «En realidad de verdad los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre... Como enfermo y pecador [el hombre] no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo (cf. Rm 7, 14 ss.). Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad» (Gaudium et spes, n. 10).

Sí, es necesario un camino de continua conversión hacia la verdad y la autenticidad, ya que todo hombre se halla constantemente tentado por el poder y el tener, por el egoísmo y la corrupción.

No os dejéis abatir por los fracasos y por los miedos. Sabed encontrar en vosotros la valentía. Si amáis de verdad la vida, debéis saber que sólo al precio de grandes sacrificios es posible realizarla plenamente. Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está vivo, está presente entre nosotros. Se hace nuestro compañero de viaje y nos llama a transformar el mundo con el don de nuestra existencia.

5. El cristianismo es una fe exigente, y vosotros lo sabéis muy bien. Por eso, no raramente sufrís la tentación del desconsuelo y la indecisión. Al joven que le preguntaba «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?», Jesús responde al final: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven y sígueme» (cf. Mt 19, 16-22). Pero antes, el Maestro divino, «mirándolo fijamente, lo amó».

«¡Ven, y sígueme!». Sólo del amor brota esa invitación del Redentor que constituye la respuesta —la única respuesta satisfactoria— a la aspiración a «algo más», que existe en el corazón de toda persona.

También a vosotros Cristo hoy os dirige la misma invitación afectuosa: «¡Ven, y sígueme!». Sus ojos se encuentran con los vuestros, su corazón habla al vuestro. ¡No tengáis miedo! Acoged sus palabras. Entraréis así en su misterio y descubriréis el secreto auténtico de vuestro renacimiento humano y espiritual; acogeréis los principios de la moral cristiana no como carga pesada, sino como exigencia necesaria del amor. El amor se complace en la verdad. «¡Buscad esta verdad —escribí en 1985 en la carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo— donde se encuentra de veras! ¡Si es necesario, sed decididos en ir contra la corriente de las opiniones que circulan y los eslóganes propagandísticos! No tengáis miedo del amor, que presenta exigencias precisas al hombre. Estas exigencias, tal como las encontráis en la enseñanza constante de la Iglesia, son capaces de convertir vuestro amor en un amor verdadero» (Carta a los jóvenes y a las jóvenes del mundo, 1985, n. 10; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 31 de marzo de 1985, pág. 13).

6. Queridos jóvenes, ha llegado el momento de despedirme de vosotros. Pero antes, permitidme una última reflexión. Permitidme que os deje una consigna.

Nos encontramos en la plaza de la Minerva, corazón de vuestra ciudad universitaria. Entre estos edificios se elabora y se transmite el saber, se desarrolla la investigación científica y madura vuestra formación cultural. Tenéis dos modos de vivir estos años que os preparan para vuestro futuro: Podéis emplearlos para perseguir las lógicas de poder y de prestigio, de competición y de ventaja económica, a las que algunos de vosotros se han referido; o podéis prepararos para prestar un servicio real a la sociedad a través de una maduración profesional y espiritual paciente y seria, que pone como base de cualquier proyecto los valores humanos y cristianos vividos con fidelidad. La opción que ahora lleváis a cabo, orienta vuestro porvenir. Tengo confianza en vosotros y por eso os pido: realizad vuestra vocación humana, inspirándoos en el Evangelio. Sed auténticos y coherentes. ¡Construid desde ahora una comunidad más justa, más verdadera y más libre! Como algunos de vosotros han recordado, sólo el Evangelio constituye un programa de vida capaz de hacer nacer verdaderamente la civilización del Amor.

Es innegable que entre los jóvenes existe un despertar consolador. También aquí, en Roma. Vuestro crecimiento en vitalidad y en altruismo, el deseo de bondad y de autenticidad que os anima, la aspiración a ideales que no coinciden con las moda actuales, ¿acaso no son un mensaje de esperanza para toda la sociedad? La riqueza que lleváis en vosotros es grande. Haced que vuestro despertar se convierta en crecimiento, auténtico crecimiento espiritual, que haga de vosotros los testigos de Cristo, los realizadores infatigables de sus promesas salvíficas.

Aunque sea arduo, éste es el único camino para la realización plena de vosotros mismos, un camino de alegría que el Señor os llama a recorrer, porque os ama.

Que Dios, Padre de todo hombre, os bendiga.

Que María, Sede de la Sabiduría, vigile vuestro camino.

Y que os acompañe también mi afecto y mi bendición, que extiendo a vuestras familias, a los profesores y a todos los que trabajan y frecuentan esta «ciudad de los estudios».

 

© Copyright 1991 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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