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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 
AL SEÑOR PATRICIO AYLWIN AZÓCAR
PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE CHILE*

Lunes 22 de abril de 1991

 

Señor Presidente:

1. Es para mí motivo de viva satisfacción tener este encuentro con el Primer Mandatario de la Nación chilena, acompañado de su distinguida Esposa, de Ministros de Estado y de altos funcionarios de su Gobierno. Al expresarles mi gratitud por esta visita, me complazco en dirigirles mi deferente saludo y darles la más cordial bienvenida.

Su presencia aquí evoca en mi memoria el inolvidable viaje apostólico que realicé a su País hace ahora cuatro años, durante el cual pude apreciar los grandes valores que adornan al pueblo chileno: sus acendradas raíces cristianas, su carácter profundamente humano, su espíritu abierto y acogedor, su entereza, así como su capacidad para sobrellevar las adversidades. Aquella visita quiso ser también una peregrinación de acción de gracias al Señor por la feliz culminación del Tratado de Paz y Amistad entre dos Naciones hermanas, Chile y Argentina, cuyas relaciones se habían visto seriamente en peligro a causa del diferendo austral.

Las intensas jornadas que compartí con los amados hijos de Chile, desde Antofagasta a Punta Arenas, estuvieron jalonadas por entrañables celebraciones de fe y amor en las que, como anuncié ya en el aeropuerto de Pudahuel, deseaba proclamar de nuevo a todos el valor permanente de la nueva vida en Cristo, promoviendo “la victoria del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la unidad sobre la rivalidad, de la generosidad sobre el egoísmo, de la paz sobre la violencia, de la convivencia sobre la lucha, de la justicia sobre la iniquidad, de la verdad sobre la mentira: en una palabra, la victoria del perdón, de la misericordia y de la reconciliación” (Ceremonia de bienvenida en el aeropuerto de Santiago de Chile, n. 3, 1 de abril de 1987).

2. Chile es una Nación mayoritariamente católica, que ha hecho de los valores evangélicos parte integrante de su idiosincrasia como pueblo a lo largo de su historia. Esto representa un fundado motivo de esperanza para mirar hacia adelante con el firme propósito de afianzar y consolidar el empeño de todos los chilenos en favor de la armonía y pacífica convivencia. Es verdad que aún no han desaparecido heridas y antagonismos del pasado; por ello se hace aún más necesario secundar los esfuerzos que se están llevando a cabo para que se logre cuanto antes la ansiada reconciliación. Sin embargo, no puedo silenciar la tristeza que invade mi corazón de Pastor por los recientes actos de violencia registrados en Chile. Por eso dirijo mi llamado para que cesen estos actos reprobables y se instaure un clima de paz, diálogo y respeto mutuo, que infunda renovada esperanza y refuerce los vínculos de fraternidad entre todos los chilenos.

La Iglesia en Chile —siempre atenta a las enseñanzas sociales del mensaje evangélico— ha cooperado y seguirá cooperando con eficacia en este camino de pacificación. En las actuales circunstancias, tanto sus Pastores como muchos fieles dedican sus mejores esfuerzos al servicio de esta noble causa de la reconciliación. Así lo ha puesto de relieve recientemente el Comité Permanente del Episcopado recordando que “el Señor nos invita a construir la paz como fruto de la verdad, la justicia y el amor” (Con los criterios del Evangelio, 7 de marzo de1991, n. 3).

3. El nuevo clima que se va consolidando en el País, con el auxilio divino y la buena voluntad de todos, facilita también una comprensión más clara de la misión propia de la Iglesia en la sociedad. Se van dilucidando mejor los ámbitos de responsabilidad específica propios de la misión de la Iglesia, y los que corresponden a la sociedad civil, en la que los fieles participan con todo derecho como ciudadanos. Ello posibilita también una comprensión más profunda de la confluencia de ambos ámbitos al servicio de la persona humana; así se sientan las bases de un renovado respeto y aprecio mutuo con vistas a una creciente y leal colaboración.

Me es grato constatar, Señor Presidente, que la acción de su Gobierno tiene entre sus objetivos primarios la reconciliación entre los chilenos. Más allá de las medidas concretas que la prudencia pueda aconsejar a los responsables del bien común en estas circunstancias, la Iglesia, desde el Evangelio, se siente en plena sintonía con el espíritu de verdad y reconciliación, de justicia y perdón, que permita mirar al futuro sin odios, divisiones o rencores.

Para la realización de estos ideales de solidaridad, es sin duda imprescindible que todos pongan de su parte la mejor disponibilidad a la hora de conjugar los propios intereses en aras del bien común. Pero también es necesario que se afiance la convicción de que los principios morales no pueden ser conculcados y que ninguna situación contingente autoriza a ignorarlos. Justamente en esto se demuestra la autenticidad de una verdadera reconciliación, que implica siempre el reconocimiento del propio mal y el generoso ofrecimiento de un amor que perdona.

4. El mismo curso de la historia mundial está poniendo de manifiesto la falacia de las soluciones propuestas por el marxismo. Este sistema teórico y práctico exacerba metódicamente las divisiones entre los hombres, y pretende resolver las cuestiones humanas dentro de un horizonte cerrado a la trascendencia. En la orilla opuesta, la experiencia contemporánea de los países más desarrollados pone de manifiesto otras graves deficiencias: una visión de la vida basada sólo en el bienestar material y en una libertad egoísta que se autoconsidera ilimitada.

Estas consideraciones ofrecen, por contraste, orientaciones claras para vuestro futuro. No existe verdadero progreso al margen de la verdad integral sobre el hombre, que los cristianos sabemos que sólo se encuentra en Cristo. Anheláis, ciertamente, la prosperidad junto con la tan necesaria superación de diferencias económicas y culturales y con la plena integración de todas las regiones de vuestra extensa geografía en un amplio programa de progreso y desarrollo. Sin embargo, todo esto será frágil y precario si no va unido a una cristianización más profunda de vuestra tierra.

Es necesario, por consiguiente, prestar una atención prioritaria a la dignidad y a los derechos del hombre, proclamados constantemente por la Iglesia, porque coinciden y derivan de la misma ley de Dios. El derecho a la vida, a la libertad religiosa, a un orden legal, que respete y tutele la institución natural del matrimonio y la familia; el derecho a una educación integral —que comprenda la transmisión de los valores morales y religiosos— ; el derecho a una verdadera igualdad de oportunidades y a una legítima libertad para todos en la vida social, política y económica, son otros tantos puntos esenciales en los que la Iglesia ha dejado oír siempre y claramente su voz. Y lo hace, recordando las exigencias morales del Evangelio, con la humildad, la audacia y la determinación que le confiere el saberse continuadora de la misión de su Maestro.

5. Señor Presidente, al agradecerle su presencia aquí, hago fervientes votos para que los hijos de la amada Nación chilena, fieles a sus tradiciones más nobles y a sus raíces cristianas, caminen por la vía de la reconciliación y de la fraternidad, en un decidido esfuerzo común por lograr, mediante el diálogo y los medios pacíficos, la superación de desequilibrios y de intereses contrapuestos. Y, como hice en diversas ocasiones durante mi inolvidable viaje apostólico a Chile, confío estas intenciones y deseos a la materna protección de la Virgen del Carmen, vuestra amada Patrona.

Antes de concluir este encuentro, deseo reiterarle mi vivo agradecimiento por esta amable visita. Y en su persona rindo homenaje a la noble Nación chilena, mientras pido al Todopoderoso que derrame abundantes dones sobre Usted, sus familiares y colaboradores, así como sobre todos los amadísimos hijos de Chile, tan cercanos siempre al corazón del Papa.


*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XIV, 1 pp. 834-837.

L’Attività della Santa Sede 1991 pp. 325-327.

L'Osservatore Romano 23.4.1991 pp.1, 7.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 17 p.11.

 

© Copyright 1991 - Libreria Editrice Vaticana

 

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