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VI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA VIGILIA DE ORACIÓN EN CZESTOCHOWA


Miércoles 14 de agosto de 1991



1. En esta vigilia de oración, cargada de extraordinaria intensidad de sentimientos, quisiera centrar vuestra atención, queridos jóvenes, en tres palabras-guía: Yo soy (la palabra). Me acuerdo. Velo.

A. Yo soy (la Palabra)

«Yo soy»: éste es el nombre de Dios. Así respondió una Voz a Moisés desde la zarza ardiente, cuando preguntaba cuál era el nombre de Dios. «Yo soy el que soy» (Ex 3, 14): con este nombre el Señor envió a Moisés a Israel, esclavo de Egipto, y al faraón-opresor: «Yo-Soy me ha enviado a vosotros» (Ex 3, 14). Con este nombre Dios sacó a su pueblo elegido de la esclavitud, para sellar una alianza con Israel:

«Yo, el Señor, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Ex 20, 2-3).

«Yo-Soy», este nombre es el fundamento de la antigua Alianza.

2. Ese nombre constituye también el fundamento de la nueva Alianza. Jesucristo dice a los judíos: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10, 30). «Antes de que Abraham existiera, Yo Soy» (Jn 8, 58). «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8, 28).

En medio de nosotros, que velamos, se ha detenido la cruz. Habéis traído aquí esta cruz y la habéis levantado en medio de nuestra asamblea. En esta cruz se ha manifestado «hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1) el «Yo-Soy» divino de la Alianza nueva y eterna. «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que (el hombre no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

La cruz es el signo del amor inefable, el signo que revela que «Dios es amor» (cf. 1 Jn 4, 8).

Mientras se acercaba la noche, antes del sábado de Pascua, Jesús fue retirado de la cruz y depositado en el sepulcro. El tercer día se presentó resucitado en medio de sus discípulos, que estaban «sobresaltados y asustados», diciéndoles: «La paz con vosotros (...); soy yo mismo» (cf. Lc 24, 36-37. 39): el «Yo-Soy» divino de la Alianza, del Misterio pascual y de la Eucaristía.

3. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios para poder existir y decir a su Creador «yo soy». En este «yo soy» humano se contiene toda la verdad de la existencia y de la conciencia. «Yo soy» ante ti, que «Eres».

Cuando Dios pregunta al primer hombre: «¿Dónde estás?», Adán responde: «Me escondí de ti» (cf. Gn 3, 9-10), tratando de no estar delante de Dios. ¡No puedes esconderte, Adán! No puedes no estar delante de quien te ha creado, de quien ha hecho que «tú seas», delante de quien «escruta los corazones y conoce» (cf. Rm 8, 27).

4. Habéis llegado a Jasna Góra, queridos amigos, donde desde hace muchos años se canta el himno «Estoy junto a ti».

El mundo que os rodea, la civilización moderna, ha influido mucho para quitar ese «Yo Soy» divino de la conciencia del hombre. Tiende a vivir como si Dios no existiera. Este es su programa.

Pero, si Dios no existe, tú, hombre, ¿podrás existir de verdad?

Habéis venido aquí, queridos amigos, para recuperar y confirmar profundamente esta identidad humana: «yo soy», delante del «Yo Soy» de Dios. Mirad la cruz en la que el «Yo-Soy» significa «Amor». ¡Mirad la cruz y no os olvidéis! Que el «estoy junto a ti» siga siendo la palabra clave de toda vuestra vida.

B. Me acuerdo

1. Me acuerdo. Estoy junto a ti; me acuerdo de ti. Junto a la cruz de Cristo, el primer símbolo de nuestra vigilia, ha sido colocada la Biblia, la Sagrada Escritura, el Libro.

No os olvidéis de las maravillas de Dios (cf. Sal 78, 7). Cuidad de no olvidaros del Señor (Dt 6, 12).

No os olvidéis de la creación; no os olvidéis de la Redención: la Cruz, la Resurrección, la Eucaristía y Pentecostés. Todas estas cosas son manifestación del «Yo-Soy» divino. Dios obra y habla al hombre: se revela al hombre hasta el misterio íntimo de su vida. «Muchas veces y de muchos modos habló Dios (...) a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Hb 1, 1-2).

La Sagrada Escritura, la Biblia, es el libro de las obras de Dios y de las palabras del Dios vivo. Es un texto humano, pero escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo. El Espíritu mismo es, por tanto, el primer autor de la Escritura.

2. Estoy junto a ti. Me acuerdo de ti. El hombre está delante de Dios, permanece en su presencia mediante la acción de recordar. De tal modo, conserva las palabras y las maravillas de Dios, meditándolas en su corazón como María de Nazaret. Antes de que los autores inspirados anotaran la verdad de la vida eterna revelada en Jesucristo, tal verdad ya había sido anotada y acogida por el corazón de su Madre (cf. Lc 2, 51). María hizo esto de la manera más profunda, convirtiéndose ella misma en un «texto viviente» de los misterios divinos.

Las palabras «estoy junto a ti, me acuerdo de ti» se refieren de modo particular a María, mucho más que a los discípulos del divino Maestro.

3. Hemos venido aquí, queridos amigos, para participar en el recuerdo mariano de las maravillas de Dios. Para participar en el recuerdo de La Iglesia, que vive en escucha religiosa de las Escrituras inspiradas. Acerquémonos a la Sagrada Escritura, fuente de inspiración para nosotros mismos, a fin de que sea fuente de nuestra vida interior. Descubramos en ella, de un modo siempre nuevo y cada vez más pleno, el misterio maravilloso e inescrutable del «Yo-Soy» divino.

Descubramos también el misterio de nuestro «yo soy» humano. En efecto, también el hombre es un misterio. El Concilio Vaticano II recordó que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22).

4. Quien no conoce la Sagrada Escritura, no conoce a Cristo (cf. san Jerónimo, Comm. in Is. Prol.: PL 24, 17).

Cuando mañana nos marchemos de aquí, hagamos todo lo posible por conocer cada vez más profundamente a Cristo. Esforcémonos por permanecer en contacto íntimo con el Evangelio, con la palabra del Dios vivo, con la Sagrada Escritura, a fin de conocernos mejor a nosotros mismos y comprender cuál es nuestra vocación en Cristo, el Verbo encarnado.

C. Velo

1. El icono de la Madre de Dios. «Theotokos».

Al lado de la cruz y la Biblia hay un icono: el tercer símbolo de nuestro encuentro de oración.

A este símbolo corresponde la palabra «velo»: yo soy, me acuerdo, velo. Las tres palabras del llamamiento de Jasna Góra, que desde aquí, durante las grandes luchas espirituales, llegaba a toda la tierra habitada por los polacos. Yo soy, me acuerdo, velo. Las tres palabras-guía que nos han ayudado. Palabras del lenguaje, pero también palabras de gracia, expresión del espíritu humano y del soplo del Espíritu Santo.

2. Aquí, en Jasna Góra, la palabra «velo» tiene un contenido mariano, que corresponde al significado del icono de la Madre de Dios. «Velo», expresa la actitud de la Madre. Su vida y vocación se expresan en la acción de velar. Vela sobre el hombre desde los primeros instantes de su existencia. Esa vela está acompañada por la tristeza y la alegría. «La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora: pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo» (Jn 16, 21). Son palabras de Cristo mismo.

¡La vela materna de María, una experiencia inescrutable, un mensaje inscrito de forma misteriosa en un corazón femenino, que vivió exclusivamente de Dios! En verdad, «maravillas ha hecho en su favor el Poderoso, Santo es su nombre» (cf. Lc 1, 49).

Permanecen en nuestra conciencia al menos estos dos momentos: la noche de Belén y la «noche del Espíritu» bajo la cruz del Hijo en el Gólgota. Y también otro momento: el Cenáculo de Jerusalén, el día de Pentecostés, cuando nació la Iglesia, cuando la Iglesia entró en el mundo, como un niño que deja el seno de la madre.

3. La Iglesia ha continuado este cuidado materno de María, que se ha expresado en tantos santuarios sobre toda la tierra. Cada día vive para el don de este cuidado maternal. Aquí, en esta tierra, en este país en el que nos encontramos, las generaciones viven con la conciencia de que la Madre «vela». Desde aquí, desde Jasna Góra, ella cuida a todo el pueblo, a todos. Especialmente en los momentos difíciles, en las pruebas y peligros.

4. «Velar»: esta palabra tiene su etimología rigurosamente evangélica. Cuántas veces Cristo ha dicho: «Velad» (cf., por ejemplo, Mt 24, 42; 25, 13; 26, 38. 41; Mc 13, 33. 35. 37; 14, 34; 21, 36). «Velad, y orad para que no caigáis en tentación» (Mc 14, 38). Entre todos los discípulos de Cristo, María es la primera «que vela». Es preciso que de ella aprendamos a velar, que velemos con ella: «Estoy cercano a ti, me acuerdo de ti, velo».

5. «¿Qué quiere decir “velo”?» Quiere decir: me esfuerzo para ser un hombre de conciencia. No apago esta conciencia y no la deformo; llamo por su nombre al bien y al mal, no los confundo; hago crecer en mí el bien y trato de corregirme del mal, superándolo en mí mismo. Éste es el problema fundamental, que nunca se podrá disminuir, ni trasladar a un plano secundario. ¡No!, siempre y en todo lugar, se trata de un problema de primer plano. Tanto más importante, cuanto más numerosas son las circunstancias que parecen favorecer nuestra tolerancia del mal, y el hecho de que fácilmente nos absolvemos de él, particularmente si así hacen los demás... «Velo» quiere decir, además, veo a los otros… Velo quiere decir: amor al prójimo; quiere decir: fundamental solidaridad «interhumana».

Aquí ya he pronunciado una vez estas palabras, en Jasna Góra, durante el encuentro con los jóvenes, en 1983, año particularmente difícil para Polonia.

Hoy las repito: ¡«Estoy cercano a ti, me acuerdo de ti, velo»!


 

© Copyright 1991 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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