Señor Embajador:
Le agradezco sinceramente las amables palabras que ha tenido a bien dirigirme en
este solemne acto de presentación de las Cartas Credenciales que le acreditan
como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Panamá ante
la Santa Sede.
Antes que nada deseo corresponder a los sentimientos de cercanía y adhesión que
el Señor Presidente y los miembros del Gobierno de su País han querido hacerme
llegar por medio de Usted, y le ruego que tenga a bien trasmitir mi deferente
saludo y mis mejores votos de paz y bienestar.
Es ésta una feliz circunstancia que me hace evocar la intensa jornada de fe y
esperanza vivida entre los amados hijos de Panamá durante mi visita pastoral, y
que me permitió apreciar los más genuinos valores del alma panameña.
En sus palabras, Señor Embajador, se ha referido Usted a la amplia y profunda
presencia de la fe católica en la vida de su pueblo. La Iglesia, fiel a su
cometido de llevar el mensaje de salvación a todas las gentes, pone todo su
empeño en promocionar cuanto pueda favorecer el perfeccionamiento y defensa de
la dignidad de la persona humana. En efecto, los valores de la persona, sobre
todo el respeto a su dignidad como hijo de Dios, han de informar las relaciones
entre los individuos y los grupos, para que los legítimos derechos de cada uno
sean tutelados y la sociedad pueda gozar de estabilidad y armonía. Así lo han
querido poner de manifiesto los Obispos de su País en el reciente documento
colectivo “Opciones pastorales de la Iglesia en Panamá”.
Los problemas a que Usted ha aludido en su alocución representan ciertamente un
desafío para el futuro de la Nación y demandan una mayor responsabilidad social
a todos los niveles y un más decidido empeño por el bien común. Pero dichos
obstáculos no han de ser motivo de desánimo ni desaliento, pues Panamá cuenta
con la mayor riqueza que puede tener un pueblo: los sólidos valores cristianos
que han de dar un nuevo impulso en la construcción de una sociedad más justa,
fraterna y floreciente. Las cuestiones que ahora son motivo de preocupación han
de ser afrontadas con clarividencia, con la participación responsable de todos y
con la mirada puesta en Dios, cuya ayuda no les ha de faltar.
Son muchos y sólidos los vínculos que, desde sus mismos orígenes, han unido a
Panamá con la Iglesia, los cuales han configurado la vida y sentir de sus
gentes. La Iglesia, movida por su deseo de testimonio evangélico, ajeno a
intereses transitorios y de parte, continuará prestando su valiosa ayuda en
campos tan importantes como son la enseñanza, la asistencia a los más
desfavorecidos, los servicios sanitarios, la promoción integral de la persona
como ciudadano e hijo de Dios. A este respecto, ha querido Usted poner de
manifiesto la actividad proselitista de las sectas, que siembran confusión entre
la gente sencilla. En efecto, no faltan, por desgracia, estrategias e intereses
—extraños a la idiosincrasia panameña— que pretenden disgregar los factores de
cohesión favoreciendo las desavenencias y fomentando la división. Por ello, los
Pastores de Panamá no han dejado de señalar el peligro que dicha actividad
representa como factor de disgregación y que, al mismo tiempo, diluye la
coherencia y la unidad del mensaje evangélico.
Me complace saber que es firme propósito de las Autoridades de su País construir
sólidos fundamentos que permitan la instauración de un orden social más justo y
participativo. Hago votos para que, en esta singladura de vida democrática, la
acción de la Iglesia se haga presente cada vez más con una renovada vocación de
servicio a todos los niveles, especialmente en favor de los más necesitados,
contribuyendo así a la elevación del hombre panameño y a la tutela y promoción
de los valores supremos.
Señor Embajador, antes de concluir este encuentro, quiero expresarle mis mejores
deseos para que la misión que hoy inicia sea fecunda en frutos y éxitos. Le
ruego, de nuevo, que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante
las Autoridades de su País, mientras invoco la bendición de Dios y los dones del
Espíritu sobre Usted, sobre su familia y colaboradores, y sobre todos los
amadísimos hijos de la noble Nación panameña.
*AAS 85 (1993), p. 35-36.
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XIV, 2 pp. 1427-1429.
L'Attività della Santa Sede 1991 pp. 1082-1084.
L’Osservatore Romano 22.12.1991 p.5.
L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n.52 p.15.
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