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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A 60 NUEVOS SACERDOTES DE LA
CONGREGACIÓN DE LOS LEGIONARIOS DE CRISTO

Jueves 3 de enero de 1991

 

1. “Te he nombrado profeta de las naciones..., anuncia lo que yo te diré” (Jr 1, 5-7).

Con estas palabras del profeta Jeremías, que acabamos de escuchar en este día de vuestra ordenación sacerdotal, la Iglesia os quiere dar a entender las esperanzas que ella tiene puestas en el ministerio que os será confiado.

El Señor os ha llamado a ser profetas, os envía a proclamar su palabra. Os manda a anunciar la Buena Nueva de salvación a todos los hombres de buena voluntad, tal como hemos oído en las recientes celebraciones de Navidad. Os manda a testimoniar ante los hombres que el Verbo eterno, luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, ha puesto su morada entre nosotros, ha desvelado los secretos divinos, ha hablado con palabras de Dios.

Vosotros haréis resonar su voz en nuestro tiempo, de manera que quien la escuche pueda creer, caiga en la cuenta de haber sido llamado a la salvación por la obediencia de la fe, abrace la revelación y opte por poner libremente en las manos de Dios su propia vida.

Por ello habéis de ser profetas fieles, capaces de dar razón cumplida, de la verdad que predicáis con la palabra y con la vida, premurosos en el servir a todos sin excepción, lo mismo a los que ya creen que a los que aún se hallan en busca de la verdad.

“Mira, yo pongo mis palabras en tu boca” (Jr 1, 9); son las palabras del Dios vivo, que todo hombre tiene derecho a buscar y oír de labios de los sacerdotes (cf. Presbyterorum ordinis, 4).

2. Vuestra ordenación sacerdotal coincide con el cincuenta aniversario de fundación del Instituto de los Legionarios de Cristo, razón por la cual me alegro de poder saludar junto con vosotros, que en este día os sentís gozosos por el don del sacerdocio, al Fundador de vuestra Comunidad, a todos los miembros de la misma, a vuestros familiares y amigos que os hacen corona.

Legionarios de Cristo quiere decir que habéis aceptado con decisión y generosidad la invitación a difundir y actuar el Reino de Dios, dispuestos a dedicaros a la conquista de las almas. A ellas, efectivamente, sin asomo alguno de distinción o particularismo, os vais a dedicar como apóstoles, comprometidos en un servicio consagrado, para su salvación: la salvación del hombre, de todo el hombre, en cooperación con la Iglesia entera para responder a las esperanzas de nuestra época, tan hambrienta del Espíritu, porque siente a su vez el hambre de justicia, de paz, de amor, de bondad, de fortaleza, de responsabilidad, de dignidad humana (cf. Redemptor hominis, 18). Legionarios de Cristo, porque sabéis muy bien que la vía del bien de la humanidad pasa necesariamente por Cristo.

3. “Permaneced en mi amor”(Jn 15, 10). Esto es lo que os pide el Señor hoy al constituiros sacerdotes.

La misión sacerdotal está enraizada en Cristo y no puede ejercerse si no es en unión con él, único y eterno sacerdote, constituido “para bien de los hombres en lo que se relaciona con Dios” (Hb 5, 1).

Jesús os dice que permanezcáis en su amor ―“en mi amor”―, el mismo amor con que él ama al Padre y ama a todos los hombres; que encuentra en el amor del Padre su intensidad, su fuente eterna y que se derrama sobre sus amigos, sus discípulos, sobre todos los hombres: “como el Padre me ha amado a mí, así también os he amado yo a vosotros” (Jn 15, 9).

En este amor habéis de permanecer vosotros, sacerdotes de Cristo y continuadores de su ministerio. Sed fieles al amor que Jesús os da y que, a la vez, os pide; sed conscientes de que se trata de un amor eterno e infinito.

Permaneced en la intimidad de la gracia a fin de que se verifique en vuestras vidas una inseparable presencia de Cristo. Permaneced en él con la oración, fundamento profundo e insustituible de nuestra existencia sacerdotal. Tened presente este mandato perentorio, precepto moral y espiritual a la vez, que interpela la conciencia de todo sacerdote del Nuevo Testamento. La amistad que en este día os ofrece Cristo brota de su amor y únicamente en el amor se puede consolidar, desarrollar y crecer. El, Jesús, es asimismo el modelo del verdadero amor hacia el Padre: “He cumplido los mandatos del Padre y permanezco en su amor” (Ibíd., 15, 11).

4. Jesús os ama como amigos, ha dado la vida por vosotros, os ha demostrado los extremos de su amor, su afecto que no conoce límites, porque “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Ibíd., 15, 13).

El sacerdocio que desde hoy viene a ser herencia vuestra, parte de la heredad en el Señor, es iniciativa del amor de Cristo que os ha escogido y constituido en el ministerio: “Yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto” (Jn 15, 16). Esta elección os ha introducido en el misterio de Dios, ha sido una llamada a conocer y participar de la realidad divino-humana, salvífica y redentora, de la misión de Cristo.

Mediante la imposición de manos, Jesús os constituye hoy en el sacerdocio y os pone en condiciones de ser lo que él quiere que seáis para siempre: cooperadores de la misión y de la autoridad con la que él mismo cuida el crecimiento, la santificación y el gobierno de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf Presbyterorum ordinis, 2). Cristo hablará a través de vosotros, habiendo puesto en vosotros el sello de su figura sacerdotal, la impronta de su identidad, en cuanto Pastor de las almas.

Os ha llamado amigos y os ha dado a conocer su “misterio”, su secreto, todo lo que él ha oído del Padre (cf. Jn 15,15), esto es, todas las palabras que él pone en vuestros labios (cf. Jr 1, 9).

5. “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22[21], 1). Así lo hemos cantado con el salmista, profesando nuestra incondicional confianza en Dios.

Jesús, Buen Pastor, os dice hoy que os pongáis en camino y que deis fruto; a su vez, os asegura que todo lo que pidáis al Padre en su nombre, os lo concederá (cf. Jn 15, 16).

Día tras día, no dejéis de dar testimonio de la confianza que habéis profesado. Tened siempre presente que Dios se cuida de vosotros y os guía por senderos rectos; pues siguen siendo verdad las palabras de Jesús: “Como el Padre me ha amado a mí, así también yo he amado al Padre”, y, por lo mismo, “os he dado a conocer todo”.

“Nada me falta” porque el Señor me ha pedido que “permanezca” en su amor. Ni “temeré ningún mal”, porque el Señor está conmigo; por esto, él “repara mis fuerzas, me guía por justos caminos, me da seguridad, prepara para mí una mesa y mi copa está rebosante”.

No temeré, porque tú, Señor, estás conmigo; me has elegido, me has dicho que permanezca en tu amor y me has amado como el Padre te ha amado a ti.

6. En Dios, queridos nuevos sacerdotes, poned siempre vuestra esperanza. Pensad que habéis sido llamados por Dios en un momento particularmente importante. La Iglesia, en efecto, se dispone a iniciar el tercer milenio cristiano; América Latina se prepara a conmemorar el V Centenario de la evangelización del nuevo mundo. Estáis pues llamados a ser los evangelizadores de una nueva etapa de esperanza para la Iglesia y para el mundo.

Recordando la entrañable celebración en Durango el pasado mes de mayo, durante mi visita pastoral a México, deseo repetiros mis palabras a aquellos nuevos sacerdotes: “Una sociedad como la nuestra, que tiende al materialismo de la vida, mientras por otra parte siente ansia de Dios, necesita testigos del misterio. Una sociedad que está dividida, sintiendo al mismo tiempo las ansias de unidad y solidaridad, necesita servidores de la unidad. Una sociedad que olvida frecuentemente los auténticos valores, mientras pide autenticidad y coherencia, necesita signos vivos del evangelio”.

Desde Roma, centro de la catolicidad, mi pensamiento se dirige ahora a los amadísimos hijos que están espiritualmente unidos a nosotros en esta celebración mediante la radio y la televisión, particularmente en México, y les pido que no cesen en sus oraciones al Señor para que bendiga a su Iglesia con nuevas vocaciones sacerdotales y religiosas. Que Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de Cristo sumo y eterno Sacerdote, muestre el camino de la santidad y de la entrega a quienes se sienten llamados a dedicar su vida al servicio de Dios y de los hermanos.

I also extend a cordial greeting to the Legionaries of Christ and their families, as well as the members of the "Regnum Christi" movement, from Ireland, the United States and Canada.

The joy of the Ordination ceremony is heightened by our continuing celebration of Christmas, when the whole Church adores the mystery of the Incarnate Word, who calls these young men to share in his priesthood. It is Christ who gives each of you a share in the great mission of making his Gospel known through the witness of your lives. May this time of grace inspire you to an ever deeper commitment to the cause of spreading his Kingdom of salvation, peace and love. May Mary, the Mother of the Redeemer, keep you always in her heart.

Carissimi Sacerdoti novelli,

Vi esprimo di cuore auguri e congratulazioni per il nobile traguardo da voi oggi raggiunto. Abbiate sempre chiara coscienza della nuova realtà che oggi si è operata in voi con la ordinazione sacerdotale. Siate sempre consapevoli della dignità e della potestà spirituale che portate con voi per sempre: per la gloria di Dio e per la salvezza delle anime.

La grazia del Signore sia sui vostri rispettivi Paesi e sulle missioni che vi attendono.

 

© Copyright 1991 - Libreria Editrice Vaticana

 

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