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ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON LOS JÓVENES DE LA DIÓCESIS DE ROMA
EN PREPARACIÓN DE LA VII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD


Sala Pablo VI
Jueves 9 abril de 1992


(Discurso improvisado por el Santo Padre)

Queridos jóvenes, hemos comenzado esta vigilia con la entrada de la cruz: la cruz de la Jornada de la juventud, y de toda jornada. Esta cruz ha entrado de nuevo entre nosotros, cargada a hombros por jóvenes.

La cruz y la vigilia. La cruz entró definitivamente en la vida mesiánica de Jesucristo durante una vigilia; sí, una vigilia de oración. Esta cruz entró en el huerto de Getsemaní, aunque, en sentido estricto, entró a poca distancia en la realidad definitiva de la crucifixión. Durante la vigilia: muchas veces Jesús velaba, pasaba las noches en oración. Pero esta es la última noche, la vigilia definitiva. Jesús había anunciado la cruz. Estaba preparado desde hacía mucho tiempo; había venido para esta «hora», se preparaba para beber el cáliz hasta el fondo: «La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?» (Jn 18, 11).

Todo estaba listo, pero hacía falta aquella «hora» de Getsemaní, aquella vigilia, aquella oración solitaria del Señor. Hacía falta una última y definitiva confrontación entre el Hijo y el Padre: «Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27; cf. Lc 10, 21-22).

Se trata, por tanto, de la confrontación definitiva entre el Padre y el Hijo, el Hijo unigénito, el Hijo consustancial, Dios de Dios, engendrado, no creado.

Esta vigilia de confrontación definitiva era necesaria para mostrar en la dimensión humana que el Hijo conoce al Padre, que quiere revelar al Padre mediante la cruz.

La vigilia de Cristo en Getsemaní: su último «sí», definitivo e incondicional. Y, luego, la cruz se acerca en su realidad dramática, brutal, cruel; se acerca rápidamente. Dentro de poco Jesús estará delante del sanedrín; pasará la noche en oración, y por la mañana de nuevo ante el sanedrín, y después ante el tribunal romano, ante Pilato, ante Herodes; y más tarde ante la gente, que pide de forma categórica: «¡Fuera, fuera!, ¡Crucifícale!» (Jn 19, 15). Y el juez cede.

Desde ese momento, Cristo azotado, coronado de espinas, encuentra, abraza esta cruz como una realidad concreta, la cruz de un condenado a muerte, la muerte más humillante; luego es crucificado, y durante las horas de su agonía llega a decir: «Consummatum est» (Jn 19, 30) y a ofrecerse, a darse a sí mismo al Padre de una forma plena y definitiva.

Habéis introducido esta celebración de la VII Jornada mundial de la juventud con la vigilia, como en todas las jornadas anteriores: la última en Czestochowa; antes, en Santiago de Compostela; y antes aún en Buenos Aires; y en todos los lugares donde se celebra esta vigilia, en las diócesis, en las parroquias, en las comunidades.

Habéis introducido bien esta vigilia de la celebración del próximo Domingo de Ramos en Roma, porque, cuando Cristo vivió su vigilia en Getsemaní, estaba con él la Iglesia: ya estaba anticipada esta Iglesia que debía nacer de la cruz; debía revelarse el día de Pentecostés, pero ya estaba anticipada sacramentalmente en el cenáculo, y los Apóstoles que Jesús llevó consigo a Getsemaní habían vivido ya la Eucaristía, la primera Eucaristía, celebrada por él mismo. La Eucaristía que hace la Iglesia.

Entonces se hallaba presente la Iglesia en la vigilia de Jesús; estaba invitada a tomar parte en esa vigilia definitiva. Todos los Doce, once sin el traidor, fueron llevados al Huerto de Getsemaní, y tres de ellos, que estaban más cerca, recibieron una palabra de aliento: «Velad y orad, para que no caigáis en tentación» (Mt 26, 41).

En cierto sentido, en aquella vigilia de la Iglesia primitiva, anticipada en la Eucaristía celebrada en el cenáculo, fallaron los Apóstoles, pues los tres privilegiados no velaron con él. El cansancio, la conmoción de la jornada, fue más fuerte que ellos. Jesús los encontró durmiendo en el sitio donde los había dejado, y entonces los animó de nuevo, «Velad y orad, para que no caigáis en tentación» (Mt 26, 41).

Es muy significativa la situación: significativa, porque los Apóstoles y la Iglesia no realizaron la vigilia, y abandonaron a su Maestro, a Cristo, en el momento decisivo de nuestra redención.

Habéis hecho bien al introducir en vuestra celebración de la Jornada mundial de la juventud una vigilia. Hace falta suplir aquella vigilia que no realizaron los Apóstoles. La Iglesia debe hacer la vigilia y orar; ha aprendido, a través de esa experiencia de Getsemaní, que debe estar siempre velando, que debe estar siempre dispuesta a participar en el misterio de Cristo, misterio de nuestra redención.

Después de su experiencia, más bien negativa, con la Iglesia y con los Apóstoles, Cristo no los abandona; no los aleja, a pesar de sus fallos posteriores: los Apóstoles huyeron, Pedro negó al Maestro, para no hablar de Judas. A pesar de todo ello, Cristo no los alejó, no los humilló. Después de su resurrección, se acercó en seguida a ellos y confirmó su misión «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21).

Después de esa primera palabra del Resucitado, viene la última palabra del Resucitado que, poco antes de su Ascensión, dice: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19). Entonces confirmó a todos los Apóstoles, y confirmó a Pedro. Así, la vigilia que no hicieron los Apóstoles, ha de suplirse con una vigilia continuada. La Iglesia, que ha recibido la misión de dar testimonio —«Seréis mis testigos»— no puede dejar de hacer esta vigilia, no puede renunciar a su vocación de Iglesia.

La Iglesia somos todos nosotros. Los Doce no sólo representan a sus sucesores —el «munus episcopale»—; representan también a todo Israel, a toda la comunidad de la Iglesia, a todo el pueblo de Dios; representan no sólo esta misión específica, esta vocación al sacerdocio, este ministerio episcopal, sino también todas las vocaciones cristianas.

Y si Jesús —y la Iglesia— os dice a vosotros: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19), quiere decir que debéis estar en una vigilia permanente y escuchar su palabra. ¿A dónde tengo que ir, Señor? ¿Cuál es mi camino? ¿Qué quieres de mí? «Heme aquí, heme aquí», habéis cantado muchas veces.

Queridos jóvenes, os agradezco esta hora de oración, esta vigilia romana, de la diócesis, de los jóvenes, que así se preparan para el Domingo de Ramos, para la celebración de la Jornada mundial aquí, en Roma, donde comenzó la tradición de las jornadas.

* * *

(Texto del discurso del Santo Padre preparado para el encuentro con los jóvenes)

Queridos jóvenes:

1. Con mucho gusto quiero compartir esta tarde con vosotros un anhelo y una gran esperanza que llevo en mi corazón. Por eso os digo con el apóstol Pablo, el gran santo misionero: «Os hablo como a hijos; abríos también vosotros» (2 Co 6, 13).

Quizá os preguntéis: «¿Qué es eso tan importante que quiere decirnos el Papa, y por qué lo quiere decir precisamente a los jóvenes?»

Tratemos por un momento de volver atrás en el tiempo, de remontarnos a casi dos mil años. Vayamos idealmente a las orillas del lago de Genesaret, en Galilea. Jesús, a quien contemplaremos en los próximos días en la revelación más elevada de su amor a nosotros, desciende de la barca, mira a su alrededor y ve una gran multitud. Siente por esa gente una gran compasión. Cuenta san Marcos: «Sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor» (Mc 6, 34). Y el evangelista agrega: «Se puso a enseñarles muchas cosas». Luego tomó los panes y los peces y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la multitud (cf. ib., 6, 34. 41). Jesús ilumina con el anuncio del reino de Dios la existencia de aquellos pobres y, a la vez, les hace gustar los signos de la vida y de la fiesta.

Este es Jesús, nuestro Salvador. En él creemos. Comprendemos su misión, en la que hoy todos nosotros estamos implicados. Después de su resurrección, Cristo, mediante su Espíritu, puso en movimiento a la Iglesia, que desde hace dos mil años prosigue su mandato misionero. Dicho mandato consiste en salir amorosamente al encuentro de la gente, en comprender sus necesidades espirituales y materiales, y en compartir con los hombres de todas las culturas y de todos los tiempos el pan del Evangelio, es decir, la Verdad que libera del pecado y el Amor que da la vida nueva, fortaleciendo la unión íntima con Dios y con los hermanos.

Se trata de la misión propia del pueblo cristiano que nos concierne a cada uno de nosotros. Os toca directamente a vosotros, queridos jóvenes, así como a vuestros formadores, a quienes hoy acojo con alegría y saludo con afecto.

Saludo de modo particular al querido cardenal Camilo Ruini, mi vicario, a quien agradezco las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo con deferencia a los obispos auxiliares aquí presentes, a los responsables diocesanos de la pastoral juvenil y a cuantos se han ocupado de organizar nuestro encuentro, que se celebra con ocasión de la VII Jornada mundial de la Juventud. Vaya mi abrazo espiritual más cordial a todos vosotros y también a vuestros amigos que no han podido estar presentes. ¡Bienvenidos! Para mí es siempre motivo de consuelo reunirme con los jóvenes, sobre todo cuando puedo entretenerme con vosotros, jóvenes romanos, porque, siendo los jóvenes de mi diócesis, os amo de una manera muy particular.

2. Permitidme, entonces, compartir con vosotros lo que más me preocupa: el anhelo de la evangelización. En los viajes apostólicos me encuentro a menudo con personas que tienen sed de verdad y salvación. Especialmente con jóvenes deseosos de dar un sentido verdadero a su propia existencia. En el sur del mundo, -aunque no sólo allí- mucha gente que vive en la pobreza más impresionante carece a menudo de esa fuente de consolación que es el conocimiento del Evangelio, porque no hay suficientes apóstoles y evangelizadores. En el norte del planeta -aunque no sólo allí- hay quien sufre otro tipo de pobreza: hombres y mujeres que, olvidando el Evangelio recibido, están privados de la verdad y de la alegría auténtica. Aunque parezcan satisfechos, son profundamente infelices. Otros viven al día. Quisieran ser más, valer más y dar más, pero nadie los invita a la viña (cf. Mt 20, 1), nadie los ayuda a crecer. «La mies es mucha», dijo Jesús entonces, y lo repite aún hoy. Muchos son los que esperan la salvación, pero «los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 37-38).

¿Quién secundará la impaciencia de Dios por llevar su reino al corazón de muchos de nuestros hermanos? ¿Quién, como Jesús, se inclinará hacia la débil luz que brilla en el corazón del hombre moderno, escéptico, indiferente y a menudo superficial, para transmitirle palabras de verdad y esperanza? (cf. Mt 12, 20). ¿Quién dará a los ciegos, a los cojos, a los sordos, a los marginados y a los pecadores la gracia de ver, de caminar, de oír y de vivir en el nombre de Jesús, como hicieron los primeros misioneros? (cf. Hch 3, 6).

Estos son los anhelos y las esperanzas que quiero compartir con vosotros esta tarde. Son desafíos formidables que os interpelan personalmente. La Iglesia tiene necesidad de vosotros estéis preparados, que seáis competentes y generosos para haceros cargo de su misión perenne en el mundo.

3. Por esta razón he querido que la Jornada mundial de la Juventud tuviera una finalidad misionera clara y fuerte. El Espíritu Santo es quien hace que los jóvenes de todas las naciones sean protagonistas de la nueva evangelización, sobre todo en estos años que nos llevan rápidamente al tercer milenio de la fe cristiana.

Sois jóvenes, queridos amigos, y vuestra juventud es un cometido. Dios quiere valerse de vuestras energías juveniles para haceros protagonistas de la historia de la salvación y misioneros de su alegría. Nadie diga que es pequeño, que tiene poco, que no vale. Leemos en el Evangelio que cinco panes y dos peces en la mano de un muchacho permitieron que Cristo realizara el «milagro» de saciar el hambre de miles de personas (cf. Jn 6, 9).

En el designio divino representáis seguramente la posibilidad del futuro y la esperanza de renovación. La comunidad eclesial cuenta con vosotros para ensanchar las fronteras de su anuncio apostólico. ¡Estad en la misma sintonía de Cristo!

Durante el grandioso encuentro con los jóvenes en Czestochowa os renové el anuncio evangélico, fundamento de vuestra dignidad de personas: «Habéis recibido un espíritu de hijos». Sois hijos de Dios. Ahora bien, esta dignidad de ser hijos constituye para vosotros una tarea. Por eso, Jesús, cuyo espíritu filial compartís ante el Padre, os dice: «Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).

4. Pero ¿cómo? ¿Qué significa ser misionero? ¿Misionero de quién? Habéis manifestado estos interrogantes, tan significativos, mediante el testimonio que algunos de vosotros han dado hace un rato ante toda la asamblea. Habéis esbozado nítidamente el rostro de la juventud que se hace misionera y de la misión de la Iglesia que se vuelve joven.

Cumplir la voluntad de Jesús significa prolongar con él y con su Espíritu el camino de verdad y vida a lo largo y a lo ancho del mundo. Se trata de un cometido pastoral que nace y se alimenta del testimonio: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). Así, pues, para ser misionero hay que llevar a cabo una opción valiente y decidida, coherente y determinada. En el fondo, hoy la gente cree menos que nunca en las palabras; quiere hechos; cree en el testimonio de la vida. Éste es un reto que hemos de aceptar y un cometido que debemos profundizar. El Señor obra en vuestra existencia. ¡No tengáis miedo de servirlo con todo vuestro ser!

5. Todas las personas con las que entráis en contacto diariamente son destinatarias de esa acción evangelizadora comprometida. Las que todavía no conocen a Cristo, y a las que el Señor quiere llegar con la fuerza de su verdad, que quita el mal y abre el corazón a los dones incomparables de la salvación y la gracia; las que padecen injusticia y opresión, y a las que el Redentor dona la auténtica liberación evangélica.

Muchos son los chicos y las chicas con quienes os encontráis en la ciudad, en la escuela, en la universidad, en los ambientes de trabajo y de diversión, por la calle y en las plazas. Muchos de ellos ceden ante la seducción de la cultura dominante, viven en la indiferencia y la superficialidad o se dejan arrastrar por los mitos del consumismo, alimentando en su corazón esperanzas débiles y efímeras.

¿Quién les comunicará el secreto de la vida verdadera? ¿Quién sino vosotros, jóvenes como ellos, puede brindarles la alegría de descubrir rumbos existenciales alternativos, que se inspiren en el Evangelio? Debéis ser los primeros misioneros de los demás jóvenes, los apóstoles de vuestros coetáneos. Sedlo, por tanto, con sencillez y espíritu de solidaridad y amistad.

Obrando de este modo, participaréis activamente en el comprometedor camino sinodal de nuestra diócesis. De hecho, precisamente en estos meses hemos comenzado a confrontarnos con la ciudad sobre algunos problemas que os interesan también a vosotros y acerca de los cuales estáis llamados a ofrecer una aportación generosa de reflexión, propuestas y servicio.

6. Queridos jóvenes, ensanchad vuestro espíritu frente a los grandes desafíos de nuestra época. Entre éstos, quisiera recordaros la celebración del V Centenario de la evangelización de América Latina, que nos invita a tomar conciencia de las necesidades de ese van continente, en el que viven muchísimos jóvenes; la caída del muro entre los países del oeste y del este de Europa, que ha suscitado un rechazo más decidido de toda forma de opresión ideológica, de racismo o de nacionalismo egoísta; las dificultades que encuentra África en la construcción de un desarrollo auténtico e integral, y los cambios del continente asiático, continente de las grandes religiones.

A la luz de esos acontecimientos, se os pide que sepáis apreciar profundamente el don de la fe y la alegría de descubrir en Cristo el fin de las aspiraciones más elevadas del corazón humano.

El renovado impulso evangelizador que la Iglesia advierte hoy como su deber fundamental en todo el mundo necesita muchos evangelizadores santos: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos dispuestos a consagrar su vida al Señor y a su Iglesia donde él los llame y donde las necesidades del hombre sean más apremiantes.

Por esta razón, queridos jóvenes, animados por el celo apostólico, responded con generosidad a Dios, si os llama a un servicio exclusivo en el ministerio ordenado, en la vida religiosa o en la consagración laical. Rogad sin cesar a fin de que cada uno de vosotros esté preparado para cumplir siempre la voluntad divina conforme a su propia vocación.

En la inolvidable manifestación de Czestochowa, del 15 de agosto del año pasado, encomendé a todos los jóvenes a la Virgen de la luz. Hoy os encomiendo nuevamente a ella, Madre del buen camino, Madre de la visitación y de la buena nueva. Teniendo presente su ejemplo, estad dispuestos a acoger la invitación de Cristo, que resuena con fuerza en el corazón de todo creyente. Jesús nos dice: «Id por todo el mundo y proclamad la buena nueva a toda la creación» (Mc 16, 15. 20).

¡Id por las calles de Roma! ¡Id por las calles del mundo!

¡Que el Señor os acompañe! También yo os acompaño con mi oración. Os sostenga la bendición apostólica, que os imparto de corazón a todos los presentes y a vuestros seres queridos


© Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana

 

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