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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE MIEMBROS DE LA OFICINA INTERNACIONAL DEL TRABAJO (OIT)
Señor presidente; señoras y señores:
1. Con mucha alegría lo recibo hoy a usted, señor presidente del
Consejo de administración de la Oficina internacional del trabajo, así como a
los miembros de esa prestigiosa institución que lo acompañan. Vuestra visita me
trae el recuerdo de la acogida calurosa que me dispensaron en Ginebra en 1982.
Esto me brinda la oportunidad de expresarle una vez más la estima que siento por
las naciones y las organizaciones que usted representa.
2. Le agradezco los dos informes que me presenta hoy: «La
enseñanza social de la Iglesia católica y el mundo del trabajo» y «La
celebración del centenario de la Rerum novarum». Me alegra la atención especial
que ha mostrado la organización hacia la enseñanza de la Iglesia y aprecio su
convergencia de perspectivas con la doctrina social de la Iglesia. Recientemente
el coloquio «Trabajo cultura y religiones» puso de relieve el interés y la
preocupación comunes por las cuestiones sociales contemporáneas.
3. Se asiste hoy día a una universalización de las cuestiones
sociales. Las dificultades de los países del este y del sur repercuten en los
medios internacionales. Los rápidos cambios políticos de los últimos años han
originado transformaciones radicales de las estructuras económicas. Esas
transformaciones compro meten aun más la responsabilidad de todos los
protagonistas sociales, dirigentes de naciones, jefes de empresas y
trabajadores. La evolución lenta y laboriosa de numerosos países que han elegido
seguir las reglas de la economía de mercado y los caminos de la democratización,
refuerza incontestablemente la misión y la vigilancia de la Organización mundial
del trabajo, porque suele decirse que vosotros sois «la conciencia social del
mundo».
4. Según la Declaración de Filadelfia, compete a vuestra
organización favorecer el diálogo y la colaboración tripartita entre los
gobiernos, los jefes de empresas y los representantes de los trabajadores, con
el objetivo de hallar soluciones que pongan al hombre en el centro de las
realidades económicas. También le incumbe movilizar las energías de la comunidad
internacional para luchar contra la pobreza derivada del desempleo o del
subempleo, de la falta de formación y de las deficiencias sanitarias en las
poblaciones. La pobreza se presenta como uno de los mayores obstáculos a la
justicia social.
Esos objetivos asignados a vuestra organización requieren un
gran esfuerzo de imaginación y decisiones coherentes y valerosas, que conllevan
sacrificios para las naciones más ricas, a fin de mejorar sustancialmente la
situación catastrófica de poblaciones enteras. La colaboración con el Fondo
monetario internacional y el Banco mundial también es necesaria para contener el
azote de la pobreza, azote cuyo retroceso es signo de un incontestable progreso
social. Por este motivo, es de desear una mayor transparencia en las decisiones
politices y económicas. Las exigencias financieras y presupuestarias no pueden
justificar por sí mismas el desconocimiento de la dimensión social en las
opciones que hay que hacer. La dignidad inalienable de la persona humana y la
protección de los trabajadores, valores primordiales de toda gestión de una
colectividad, no pueden ser menospreciados impunemente. También aquí vuestras
preocupaciones coinciden con las de la Iglesia: el hombre debe ocupar el lugar
central en las reestructuraciones económicas, políticas y sociales producidas
pos la liberación de los mercados y el advenimiento progresivo de la democracia,
como recuerda el director general de la Oficina internacional del Trabajo en su
informe a la Conferencia que se inaugurará próximamente.
5. El desarrollo social supone un diálogo tripartito, y vosotros
tenéis la misión de favorecerlo y acrecentarlo en todo el mundo. Pero no es
suficiente reunir a los responsables políticos y económicos, a los empresarias y
trabajadores. El diálogo tiene que lograr que las partes presenten lleguen a ser
cada vez más interlocutores y protagonistas del desarrollo y constructores de
una sociedad más justa, teniendo cuidado, en las negociaciones, de no servir
simplemente a los intereses de categorías, sino a la causa de la humanidad. En
particular, corresponde a los gobiernos promover el desarrollo económico y ser
moderadores del diálogo social. Los jefes de empresa y los representantes de los
trabajadores tienen el deber de estructurarse para hablar y obrar verdaderamente
en bien de todos.
6. Abrigo la esperanza de que los representantes y el personal
de la Oficina internacional del trabajo prosigan con tenacidad su acción a fin
de humanizar el mundo del trabajo e instaurar la justicia social. Permitidme
señalar los esfuerzos notables que vuestra organización realiza en favor de las
categorías sociales más desfavorecidas de nuestra época, los emigrantes, los
refugiados y los niños que trabajan. Estas personas, en situaciones de
fragilidad y a menudo sin defensa alguna, tienen necesidad de asistencia y
apoyo. Os toca a vosotros recordar a la comunidad internacional que debe obrar
cada vez mejor, para lograr que todos sean protagonistas y beneficiarlos del
desarrollo.
Antes de concluir, expreso mis mejores deseos de éxito para la
próxima Conferencia internacional del trabajo, que se va a celebrar dentro de
algunos días en Ginebra. Pido al Señor que haga de los miembros de la
Organización internacional del trabajo servidores del hombre, imagen del
Creador, llamado a ser administrador de la creación. Os bendigo de todo corazón
a vosotros y a vuestras familias.
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Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana
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