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VIAJE APOSTÓLICO A SANTO DOMINGO 

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Aeropuerto internacional Las Américas de Santo Domingo
Miércoles 14 de octubre de 1992

 

Señor Presidente,
amados hermanos en el episcopado,
autoridades,
queridos hijos e hijas de la República Dominicana:

1. Llega ya a su fin mi visita pastoral que, en el nombre del Señor, he tenido el gozo de realizar, cumpliendo así mi ferviente deseo de asociarme, desde este pórtico de las Américas, a las celebraciones del V Centenario de la Evangelización del Nuevo Mundo.

En estos momentos de despedida mi pensamiento hecho plegaria se dirige a Dios, rico en misericordia, que me ha concedido la gracia de compartir estas jornadas de intensa comunión y esperanza, durante las cuales he tenido ocasión de sentir la presencia y cercanía de los pueblos de América Latina, que agradecen profundamente al Señor de la historia el don de la fe y el haber sido escogidos para formar parte de su Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Doy las gracias al Señor Presidente de la República y a todas la Autoridades, que tanto han cooperado para el buen desarrollo de mi vi sita pastoral, dándome en todo momento muestras de exquisita cortesía.

Expreso viva gratitud a mis Hermanos Obispos de esta Nación, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a tantos laicos que, con no poco esfuerzo y sacrificio, han contribuido eficaz e ilusionadamente a la preparación y realización de las diversas celebraciones. Agradezco también a los numerosos voluntarios y voluntarias que, con tanta generosidad, han contribuido al buen desarrollo de la visita. Igualmente saludo con gratitud a los medios de comunicación social por su dedicación y buenos servicios. Por causas bien conocidas, y ajenas a mi voluntad, no ha sido posible en esta ocasión realizar los encuentros que, en un primer momento, habían sido programados en La Vega y Azua. Pero mi espíritu ha estado siempre muy cercano a todos y cada uno de los dominicanos: familias, jóvenes y niños, campesinos y obreros, intelectuales y dirigentes, minorías étnicas, pobres y enfermos. A todos llevo en mi corazón y de todos guardaré un imborrable recuerdo.

2. Ha sido motivo de profunda satisfacción encontrarme con una Iglesia viva, en la que sus Pastores están generosamente entregados a las tareas de la nueva evangelización, compartiendo las alegrías y tristezas de la gente y cooperando en la promoción de la justicia y de la fraternidad entre todos. Animados por la gran esperanza que viene de una fe firme y operante, seguid anunciando a Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13, 8). Que este lema de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano se haga vida en los individuos, en las familias, en la sociedad dominicana.

A mis Hermanos Obispos y demás participantes en la Conferencia de Santo Domingo les aliento en sus trabajos y les acompaño con mi plegaria intensa, asidua, esperanzada. Quiera Dios que el fruto de sus reflexiones infunda un renovado dinamismo apostólico en todas las diócesis, parroquias, comunidades, asociaciones y movimientos de la Iglesia latinoamericana.

3. América Latina –continente de la esperanza– debe entrar gallarda y decididamente en el tercer milenio cristiano irradiando en el mundo la luz de la fe que recibió hace cinco siglos. El futuro se presenta, ciertamente, como un gran desafío a la capacidad creadora y a la voluntad de entendimiento de los pueblos que integran la gran familia latinoamericana. Por ello, es más necesario aún que, cimentados en las raíces cristianas que han configurado su ser histórico, den nueva vitalidad a los valores morales como factor de cohesión social, solidaridad y progreso. Pido a Dios que este V Centenario sea un hito en el proceso de integración latinoamericana, que lleve a las Naciones del Continente a ocupar el puesto que les corresponde en la escena mundial.

¡Adelante, América Latina! Que tu fe cristiana te acompañe siempre en los arduos caminos que tendrás que recorrer. ¡Ánimo, Continente de la esperanza! ¡No tengas miedo! ¡Abre de par en par las puertas a Cristo!

¡Que Dios bendiga a la República Dominicana!

¡Que Dios bendiga a todos los hijos e hijas de América!

¡Alabado sea Jesucristo!

© Copyright 1992 - Libreria Editrice Vaticana

 

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