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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR GALO ALBERTO LEORO FRANCO,
NUEVO EMBAJADOR DE ECUADOR ANTE LA SANTA SEDE*


Viernes 2 de abril de 1993

 

Señor Embajador:

Es para mí motivo de particular complacencia recibir las Cartas Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario del Ecuador ante la Santa Sede.

Agradezco vivamente las amables palabras que me ha dirigido y, en particular, el deferente saludo del Señor Presidente Constitucional de la República, Arquitecto Sixto Durán–Ballén, al cual le ruego trasmita mis mejores deseos de paz y bienestar, junto con mis votos por la prosperidad y progreso integral de la querida Nación ecuatoriana.

Se ha referido Usted, Señor Embajador, a la labor de la Santa Sede en favor de la paz y de la acción solidaria entre los pueblos y naciones. En efecto, son las grandes causas del hombre las que la Iglesia trata de defender en todos los foros internacionales en que está presente. Por su carácter espiritual y religioso puede llevar a cabo este servicio por encima de motivaciones terrenas o intereses particulares, pues, como enseña el Concilio Vaticano II, “al no estar ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a ningún sistema político, económico o social, la Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con tal de que éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad para cumplir su misión” (Gaudium et spes, 42).

Me complace saber que las Autoridades de su País están trabajando decididamente para establecer sólidos fundamentos que permitan el reforzamiento de un orden social más justo y participativo. Para llevar a cabo tan noble tarea se precisa la colaboración de todos con una gran amplitud de miras, anteponiendo el bien común a los intereses particulares y promoviendo siempre el diálogo real y constructivo que evite descalificaciones y enfrentamientos. Hago fervientes votos para que los ecuatorianos, que en su gran mayoría se profesan hijos de la Iglesia católica, pongan cuanto está de su parte para construir una sociedad solidaria y fraterna, donde sea posible la armonización de los legítimos derechos de todos los ciudadanos en un proyecto común de fecunda convivencia. A este respecto, los principios cristianos que han informado la vida de la Nación ecuatoriana han de ser motivo de fundada esperanza y de estímulo para superar las dificultades de la hora presente e infundir, con la ayuda de Dios, un nuevo dinamismo que abra en el Ecuador nuevas vías al desarrollo integral.

La concepción cristiana de la vida y las enseñanzas morales de la Iglesia han de continuar siendo elementos esenciales que inspiren a cuantos trabajan por el bien de los individuos, de las familias, de la sociedad. Por otra parte, no podemos por menos de constatar que en muchas partes del mundo asistimos hoy a una crisis de valores que afecta a instituciones como la familia, o a amplios sectores de la población como la juventud. A este respecto, deseo recordar mis palabras a los Obispos de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, durante su última visita “ad Limina”: “En un país cristiano como el Ecuador nada más lógico y justo que sean tutelados los principios y los valores cristianos de sus gentes. Por ello, toda la sociedad ha de sentirse solidaria en la obra educativa, que hace la grandeza de la nación” (A los obispos de Ecuador en visita «ad limina Apostolorum», n. 5, 27 de octubre de 1989).

Durante mi visita pastoral a su país, a la que Usted tan amablemente ha aludido, pude apreciar los genuinos valores que adornan al pueblo ecuatoriano. A este propósito, viene a mi mente el entrañable encuentro en la antigua ciudad de Latacunga con los habitantes de la región y, en particular, con las queridas comunidades indígenas, hacia las que la Iglesia muestra una especial solicitud no sólo en la acción evangelizadora, sino también en la promoción humana y social. Con motivo de la reciente conmemoración del V Centenario de la llegada del Evangelio a América quise poner de manifiesto “el lugar preferente que en el corazón y el afecto del Papa ocupan los descendientes de los hombres y mujeres que poblaban aquel continente cuando la cruz de Cristo fue plantada el 12 de octubre de 1492” (Mensaje desde Santo Domingo a los indígenas del continente americano, n. 1, 12 de octubre de 1992).

Son muchos y muy profundos los vínculos que, desde sus mismos orígenes, han unido al Ecuador con esta Sede Apostólica. En esta circunstancia, deseo manifestarle, Señor Embajador, la decidida voluntad de la Iglesia en seguir colaborando con las Autoridades y las diversas instancias de su País en servir a las grandes causas del hombre, como ciudadano y como hijo de Dios (Gaudium et spes, 76). Por su parte, los Pastores, sacerdotes y comunidades religiosas del Ecuador, seguirán incansables en el cumplimiento de su labor evangelizadora, asistencial y educativa para bien de toda la sociedad. A ello les mueve su vocación de servicio a todos, especialmente a los más necesitados, contribuyendo así a la elevación integral del hombre ecuatoriano y a la tutela y promoción de los valores supremos.

En sus deferentes palabras se ha referido Usted a la contribución de su País en favor de la integración latinoamericana y, en particular, al robustecimiento del esquema andino que vincula a cinco países bolivarianos. La Santa Sede no puede por menos de apoyar los esfuerzos por el fortalecimiento de estructuras sociales y económicas que abran nuevas vías de progreso y desarrollo a los pueblos de esa área. El fomento de la unidad y buen entendimiento es tarea en la que se debe colaborar generosamente para reforzar así los lazos de solidaridad entre todos los hombres y, en particular, entre quienes integran la gran familia latinoamericana. Hago fervientes votos para que el Ecuador, fiel a sus tradiciones más nobles y a sus raíces cristianas, camine por la vía de la fraternidad y el entendimiento, contribuyendo también eficazmente a hacer más operantes y efectivos los vínculos de amistad, paz, justicia y progreso entre unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia.

Señor Embajador, al renovarle mis mejores deseos por el éxito de la alta misión que hoy comienza, le aseguro mi plegaria al Todopoderoso para que asista siempre con sus dones a Usted y a su distinguida familia, a sus colaboradores, a los Gobernantes de su noble País, así como al amadísimo pueblo ecuatoriano, al que recuerdo siempre con particular afecto. 


*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XVI, 1 pp.808-811.

L'Attività della Santa Sede 1993 pp. 278-280.

L’Osservatore Romano 3.4.1993 p.6.

L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n.15 p.9 (p.189).

 

 © Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana

 

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