 |
VIAJE APOSTÓLICO A JAMAICA, MÉXICO Y DENVER
CEREMONIA DE DESPEDIDA
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Aeropuerto internacional de Mérida Jueves
12 de agosto de 1993
Excelentísimas autoridades,
venerables hermanos en el episcopado,
amadísimos hermanos y hermanas:
1. Mi tercer viaje pastoral a México toca a su fin. De nuevo he sentido el gozo
inmenso de encontrarme con un pueblo de hondas raíces cristianas, que tan
estrechos lazos de comunión y sintonía estableció con el Sucesor del apóstol
Pedro, durante las visitas que en 1979 y 1990 me permitieron recorrer gran parte
de la geografía de este querido país, como peregrino de evangelización.
Llega a su término un nuevo viaje apostólico que, en el nombre del Señor, he
tenido el gozo de realizar, cumpliendo así mi ferviente deseo de rendir homenaje
a los descendientes de los hombres y mujeres que poblaban el continente
americano a la llegada del Evangelio al Nuevo Mundo. Llevo grabado en mi corazón
el entrañable encuentro en Izamal con las comunidades indígenas de América, a
quienes he querido hacer patente el amor preferencial del Papa y de la
Iglesia, y a la vez, reiterarles una vez más el firme repudio de las
injusticias, violencias y abusos de que han sido objeto a lo largo de la
historia. Pido insistentemente a Dios que las resoluciones en favor de los
indígenas, aprobadas por mis Hermanos Obispos de América Latina en la IV
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano –que tuve el gozo de
inaugurar el pasado mes de octubre en Santo Domingo, con motivo de la
conmemoración del V Centenario de la Evangelización– sean decididamente llevadas
a la práctica, poniendo especial énfasis en “promover en los pueblos indígenas
sus valores culturales autóctonos mediante una inculturación de la Iglesia para
lograr una mayor realización del Reino” (Santo Domingo, III, 3.2.1).
2. En estos momentos de despedida mi pensamiento hecho plegaria se dirige a
Dios, rico en misericordia, que me ha concedido la gracia de compartir una
jornada de intensa comunión en la fe y en la caridad con representantes de las
diversas etnias indígenas de América en esta bendita tierra del Mayab, junto con
los muy queridos hijos yucatecos. A todos ellos he querido proclamar la
esperanza que viene de Dios y alentarlos a consolidar la fe recibida.
Dirigiéndome ahora también a todo el amadísimo pueblo mexicano, repito:
¡Reavivad vuestras raíces cristianas! ¡Sed fieles a la fe católica que ha
iluminado el camino de vuestra historia! No dejéis de testimoniar valientemente
vuestra condición de creyentes, actuando con coherencia en el ejercicio de
vuestras responsabilidades familiares, profesionales y sociales.
3. He comprobado cómo el pueblo de México va consiguiendo positivos logros en el
desarrollo cívico e institucional. Movido por el amor que os profeso, mi oración
se dirige a Dios para que os asista en vuestra voluntad de afrontar con ánimo
sereno y con gran esperanza los problemas que os aquejan, haciendo lo que esté
en vuestra mano para encontrar soluciones por el camino de la fraternidad, el
diálogo y el respeto mutuo, y fomentando los valores evangélicos como factor de
cohesión social, de solidaridad y de progreso. Que los sacrificios que comportan
la superación de las actuales dificultades económicas sean compartidos por
todos con equidad, con espíritu de solidaridad y con entrega al trabajo. Por
mi parte, además de animaros, pido al Señor que vuestros esfuerzos, vuestra
actitud constructiva y vuestra capacidad creadora os lleve a alcanzar la ansiada
meta de un nuevo México en el que reine la paz, la justicia, la solidaridad.
4. Antes de terminar, deseo expresar mi más vivo agradecimiento a las
Autoridades de la Nación, así como a las del Estado de Yucatán, por la
colaboración prestada para el buen desarrollo de mi visita pastoral. Que el
Señor premie los esfuerzos que realizan por el bien común de todos los
mexicanos. Este agradecimiento se dirige al Señor Presidente de la República de
los Estados Unidos Mexicanos, a la Señora Gobernadora aquí presente y a todos
vuestros colaboradores.
A mis Hermanos Obispos, junto con mi gratitud por su presencia y por su
dedicación pastoral para dar en sus Iglesias particulares un vigoroso impulso
a las tareas de la nueva evangelización, les pido que transmitan a los
amadísimos hijos de sus respectivas diócesis el saludo entrañable del Papa, que
ruega fervientemente a Dios para que inspire en todos un renovado compromiso de
vida cristiana, de fidelidad a Cristo, de voluntad de servicio y ayuda a los
hermanos, particularmente a los más necesitados. Igualmente, mi profundo
agradecimiento a los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a tantos
laicos que tan generosamente han contribuido a la preparación y realización de
las diversas celebraciones. Aunque mi viaje se ha circunscrito a Yucatán, mi
espíritu ha estado siempre muy cercano a todos y cada uno de los mexicanos:
familias, jóvenes y niños, campesinos y obreros, intelectuales y dirigentes,
minorías étnicas, pobres y enfermos. A todos llevo en mi corazón y de todos
guardaré un imborrable recuerdo. Muchas gracias; sí, sé que todo el mundo quiere
al Papa, todos los mexicanos quieren al Papa, todos, especialmente los de
Yucatán. Se escucha bien a los ciudadanos de Yucatán. Bien, bien, sí, en esta
aclamación se pueden distinguir los mexicanos en todo el mundo. Sí, pero se debe
terminar; bien, pienso que los pueden escuchar también en Denver. Esta
aclamación se podía escuchar en Denver. El Papa estará allí.
Mi última mirada desde tierras yucatecas, antes de partir para Denver, se dirige
al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. A Ella encomiendo los frutos
eclesiales de la Jornada Mundial de la Juventud y a sus pies me postro
espiritualmente para pedirle fervientemente que proteja siempre a todos los
mexicanos, y que acreciente en ellos su fe cristiana, que es parte de la noble
alma de México, tesoro de su cultura, aliento y fuerza para construir un futuro
mejor en la libertad, la justicia y la paz.
¡Que Dios bendiga a México!
¡Que Dios bendiga a todos los hijos e hijas de esta amada Nación!
¡Alabado sea Jesucristo!
© Copyright 1993 - Libreria Editrice
Vaticana
|