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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO
DE LA ASOCIACIÓN ITALIANA DE MAESTROS CATÓLICOS


Viernes 22 de enero de 1993

 

1. Con ocasión del congreso nacional de vuestra benemérita institución, la Asociación italiana de maestros católicos, habéis deseado que no faltara este encuentro con el Sucesor de Pedro, a fin de manifestarle vuestra fe y renovar vuestros propósitos de devoción y fidelidad a las directrices de la Sede Apostólica, que os animan a todos.

Os agradezco de todo corazón vuestro gesto de devoción y afecto. Me complace dirigiros mi saludo más cordial, expresando, además, mi gran estima por todo el trabajo formativo que vuestra asociación realiza desde hace muchos años.

En efecto, habiéndose fundado en el año 1946, recién terminada la segunda guerra mundial, vuestra asociación se extendió a todo el territorio italiano, caracterizándose cada vez más por su clara inspiración cristiana y su viva presencia apostólica en el campo cultural, didáctico, pedagógico, social y político.

En primer lugar ponéis, obviamente, el compromiso de una seria cualificación profesional. Para estar al día, escrutáis con atención los signos de los tiempos y hacéis una lectura atenta de los cambios de la sociedad en que vivimos, con la finalidad de descubrir sus exigencias y ofrecer una debida instrucción y una sólida formación a los alumnos confiados a vuestro cuidado. Esta empresa es necesaria y urgente en nuestra época, caracterizada por tantas esperanzas, pero también por grandes inquietudes y contradicciones.

Vuestra asociación os presta una ayuda providencial para alcanzar esa finalidad. En el respeto de la legislación escolar vigente, interpretada y aplicada convenientemente, vuestra institución quiere apoyar al profesor sobre todo en su tarea de sabio «pedagogo» preocupado por preparar con eficacia tempestiva el futuro. Prueba de ello es el tema, arduo pero importante, de vuestro actual congreso: «Anticipar el futuro en el cambio. Carácter central del hombre y responsabilidad de educar».

2. Se trata de una perspectiva estimulante, pero llena de dificultades. En efecto, es necesario prevenir con clarividencia y perspicacia el desarrollo probable de la sociedad a medio y largo plazo y ser tempestivos y concretos al disponer las iniciativas pedagógicas oportunas. Seguramente para semejante empresa es condición primaria la adecuada formación humana y espiritual de los maestros. Por tanto, ésta debe ser la preocupación fundamental de vuestra asociación, a fin de que el educador, sea cual sea la situación en que se encuentre, sepa comprender con inteligencia y penetración psicológica a los alumnos que le han sido confiados, y orientarlos luego en su crecimiento, con paciencia y amor, hacia metas educativas adecuadas.

El concilio Vaticano II en la declaración sobre la educación cristiana afirmaba: «Hay que ayudar, pues, a los niños y a los adolescentes, teniendo en cuenta el progreso de la psicología, de la pedagogía y de la didáctica, a desarrollar armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales, a fin de que adquieran gradualmente un sentido más perfecto de la responsabilidad en el recto y continuo desarrollo de la propia vida y en la consecución de la verdadera libertad» (Gravissimum educationis, 1). A tal fin, «tienen derecho a que se les estimule a apreciar con recta conciencia los valores morales y a prestarles su adhesión personal, y también a que se les incite a conocer y amar más a Dios» (Gravissimum educationis, 1). Por eso subrayaba el Concilio: «Hermosa es, por tanto, y de suma trascendencia la vocación de todos los que, ayudando a los padres en el cumplimiento de su deber y en nombre de la comunidad humana, desempeñan la función de educar en las escuelas» (Gravissimum educationis, 5).

3. A la luz de las directivas conciliares, que todavía hoy muestran todo su valor, y considerando el desarrollo de las actuales condiciones sociales, vuestro servicio pedagógico asume una importancia singular no sólo, como es obvio, con miras a su función pedagógica, sino también con vistas a una aportación propia y peculiar a la obra de la evangelización.

Por consiguiente, en primer lugar, debéis proponer las virtudes humanas fundamentales, sobre las que se edifica concretamente el ser humano: prudencia, justicia, fortaleza y templanza: «Las virtudes humanas —dice el Catecismo de la Iglesia católica— son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1804).

Además, queridos hermanos y hermanas, difundid el sentido de la «comunión», de la solidaridad y de la comprensión recíproca, a fin de inculcar en los alumnos, desde los primeros años de su vida, el sentimiento de la fraternidad y de la caridad que supera todas las barreras ideológicas y culturales y abre el espíritu a la acogida y a la colaboración.

Sobre todo, sed vosotros mismos testigos auténticos con vuestro ejemplo de personas creyentes y coherentes, que siguen las enseñanzas de Cristo y el magisterio de la Iglesia, viven con profunda dignidad el misterio de la «gracia» y difunden su propia fe con alegría, serenidad y confianza.

4. Queridos hermanos y hermanas, antes de concluir este encuentro nuestro, me complace recordar el célebre diálogo «De Magistro». En él san Agustín se coteja con su hijo Adeodato, un muchacho cuyo ingenio, como dice en sus Confesiones, «me asustaba» (IX, 6). Después de haber conversado largamente con él, el gran filósofo y teólogo observa: «El único Maestro de todos está en los cielos... La felicidad de la vida, que todos dicen que buscan, pero pocos son los que se alegran de haberla encontrado de verdad, consiste en amarlo y conocerlo» (De Magistro, c. XIV, 46).

Puede suceder a veces que uno se sienta descorazonado frente a las dificultades y exigencias de la labor educativa, muy ardua en nuestra época. Sin embargo, para nosotros la afirmación de Agustín tiene plena validez: en el alboroto de muchas voces disonantes y ensordecedoras es necesario mantener vivo el diálogo interior con el divino Maestro, condición indispensable para realizar de manera auténtica nuestra vocación peculiar. En efecto, «la felicidad de la vida consiste en amarlo y conocerlo».

Queridos hermanos y hermanas, con estos sentimientos os deseo que prosigáis con confianza por vuestro camino. Os sostenga la maternal protección de María, Sede de la Sabiduría.

Os acompañe y conforte también mi bendición, que ahora imparto de buen grado a cada uno de vosotros, extendiéndola a todos los miembros de vuestra asociación.

 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana

 

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