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VIAJE APOSTÓLICO A ESPAÑA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS DELEGADOS NACIONALES PARTICIPANTES
EN EL XLV CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL


Patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla
Domingo 13 de junio de 1993

 

Queridos Delegados Nacionales, participantes en nombre de vuestras comunidades eclesiales en el XLV Congreso Eucarístico Internacional de Sevilla.

1. Convocados por Cristo, luz de los pueblos, hemos llegado como peregrinos a la ciudad de Sevilla, para celebrar en la Eucaristía el misterio de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres, y que la Iglesia proclama y renueva cada día.

Es la Iglesia quien celebra la Eucaristía y, como enseña el Concilio Vaticano II, ella “es en Cristo como un sacramento, como un signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen gentium, 1). En la celebración de la Eucaristía se manifiesta claramente la unidad del Cuerpo místico de Cristo. Así lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía hace la Iglesia. Y quienes reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Y Cristo les une a todos en un solo cuerpo: la Iglesia” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1396). El misterio pascual de Cristo, la celebración de los misterios de nuestra redención en el Sacramento del altar, nos impulsa, al mismo tiempo, a “promover la inalienable dignidad de todo ser humano por medio de la justicia, la paz y la concordia; a ofrecerse a sí mismo generosamente como pan de vida por los demás, a fin de que todos se unan realmente en el amor de Cristo” (Homilía durante la misa de clausura del XLIV Congreso eucarístico internacional, n.6, Seúl, 8 de octubre de 1989).

2. Este Congreso Eucarístico no es sólo un acontecimiento internacional por la presencia y participación de tantos hermanos que desde los cinco continentes se han dado cita en Sevilla. Es, de modo particular, un signo de catolicidad, en el que resplandece la unidad de la Iglesia en el único Cuerpo de Cristo. De ello dais testimonio también vosotros, como Delegados Nacionales para los Congresos Eucarísticos Internacionales, que participáis en este encuentro.

Junto con mi saludo fraterno y afectuoso, deseo hacer presente que vuestro trabajo es muy apreciado por la Iglesia y –como lo he recordado en otras ocasiones– el éxito de cada Congreso depende en gran medida de quienes, bajo la dirección de los Obispos, preparan los programas y organizan su puesta en marcha (A los miembros del Comité pontifico para los Congresos eucarísticos internacionales, n. 2, 7 de noviembre de 1991). Los Delegados Nacionales, con la aprobación y las directivas de la autoridad eclesiástica, animan la preparación pastoral de los fieles en sus respectivas Iglesias particulares y se encargan de la adecuada participación local en cada Congreso. A vosotros corresponde, pues, en gran medida el impulsar la catequesis sobre el misterio eucarístico fomentando en los cristianos una creciente participación en la vida litúrgica, que lleve a la acogida de la palabra de Dios, la oblación de sí mismos y el sentido fraterno de la comunidad; sin olvidar, por otra parte, la cuidadosa realización de iniciativas y de obras sociales, como testimonio de que la mesa eucarística supone solidaridad y participación con los pobres y anuncio de un mundo más justo y fraterno, mientras se espera la venida del Señor (Pontificii Comitatus Eucharisticis Internat. Conventibus Provehendis, Statuta, 19, 20).

3. Deseo expresar mi viva gratitud al Señor Cardenal Edouard Gagnon, Presidente del Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales, así como a todos los miembros de dicho Comité, especialmente al Secretario. Igualmente, al Señor Arzobispo de Sevilla, al Comité Local y al Secretariado General de Sevilla, así como a cuantos en las diversas comisiones y grupos de voluntarios han hecho posible, con su dedicación y entrega, el que hayamos podido celebrar con tanto fervor este XLV Congreso Eucarístico Internacional.

A todos los Delegados Nacionales quiero manifestaros una vez más el vivo reconocimiento de la Iglesia por el generoso esfuerzo realizado en la actividad catequética, animación pastoral y valiosa colaboración para el buen éxito del Congreso. Un afectuoso saludo dirijo a aquellos Delegados que participan por primera vez en un Congreso Eucarístico Internacional, especialmente a los de Centroeuropa. Las presentes celebraciones concluyen con la “Statio orbis”, pero vuestro trabajo continúa en vuestras Iglesias particulares, para hacer cada vez más presente y operante en los fieles el sentido universal y misionero de la Eucaristía. Al regresar a vuestros países de origen, compartid con vuestros hermanos los dones con que el Señor nos ha bendecido durante los días del Congreso. Es el amor de Cristo quien nos ha reunido; es la luz de Cristo la que nos ha iluminado; es el Pan vivo, el Cuerpo de Cristo, el que nos ha alimentado para la vida eterna. Este misterio de amor, el insondable amor de Cristo, es el que celebramos en la Eucaristía y hemos querido mostrar al mundo en este Congreso Eucarístico Internacional, que hoy se clausura en Sevilla.

En ferviente acción de gracias a Dios Padre por los dones recibidos, y recordando con ánimo agradecido a tantas personas que, en la Iglesia universal, se han unido espiritualmente mediante la plegaria a nuestras celebraciones en honor de Jesús Sacramentado, invoco sobre todos vosotros las bendiciones del Señor. 

© Copyright 1993 - Libreria Editrice Vaticana

 

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