DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A LA COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL
CON MOTIVO DEL XXV ANIVERSARIO DE SU FUNDACIÓN
Sala del Consistorio
Viernes 2 de diciembre de 1994
Señor Cardenal,
queridos hermanos en el Episcopado,
queridos amigos:
1. Es para mi una alegría recibiros durante vuestra sesión plenaria anual y
celebrar con vosotros el XXV aniversario de la creación de la Comisión Teológica
Internacional, de la que sois ahora los miembros. Agradezco al señor cardenal
Ratzinger que haya trazado su historia.
La idea que ha inspirado la constitución de la Comisión era la de prolongar de
manera permanente la estrecha colaboración entre pastores y teólogos que había
caracterizado los trabajos del Concilio Vaticano II, convocando a teólogos
venidos de diversas partes del mundo. Yo querría repetir hoy la gran estima que
tengo de la investigación teológica, convencido de que su ayuda es indispensable
al ejercicio del Magisterio del Sucesor de Pedro. Por ello, al comienzo de
nuestro encuentro, os doy vivamente las gracias por la contribución que no
cesáis de aportar a la Iglesia y a sus pastores. Esta gratitud se extiende al
conjunto de vuestros colegas que, antes de vosotros, han participado en los
trabajos de la Comisión.
En veinticinco años, como ha sido recordado, la Comisión ha dado prueba de su
vitalidad, especialmente elaborando documentos que sirven de referencia a la
reflexión teológica de nuestro tiempo. Ella, por su existencia y por el
desarrollo de sus trabajos, da un testimonio de gran valor sobre lo que debe ser
el ejercicio de la teología en la Iglesia. Venís de diversos horizontes,
representáis sensibilidades intelectuales y culturas diferentes a imagen del
mismo campo teológico en su complejidad. Gracias a vuestras discusiones.
francas y rigurosas llegáis o, en todo caso, os esforzáis por llegar a un
consenso sobre las cuestiones teológicas abordadas. En efecto, vuestros
intercambios están marcados por la escucha atenta del otro y por la convicción
de que el diálogo es necesario para hacer progresar el saber sobre puntos
frecuentemente delicados. Vuestras sesiones se desarrollan en el clima de gran
libertad y de respeto fraterno que requiere una búsqueda auténtica de la verdad.
2. La Comisión Teológica Internacional no constituye una sección de la
Congregación para la Doctrina de la Fe. Su misma independencia es la garantía de
la autonomía necesaria para su reflexión. Al mismo tiempo, el hecho de que
vuestro presidente es el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe
es signo de que la Iglesia os llama a ofrecer a su Magisterio una colaboración
fecunda.
Esto supone la confianza recíproca y la estima mutua. Me alegro de expresaros de
nuevo, durante este encuentro, la confianza que concedo a los teólogos, como he
tenido ocasión de testimoniar recientemente elevando al cardenalato a dos de los
antiguos miembros de vuestra Comisión, el P. Yves Congar y Mons. Pierre Eyt.
Otros miembros los han precedido: vuestro presidente, creado cardenal por mi
predecesor Pablo VI, y los teólogos Henri de Lubac y Hans Urs von Balthasar,
designados por mí mismo. La Iglesia sabe que, a cambio, puede contar con vuestra
confianza, cuyo fundamento es el amor que le tenéis. En efecto, el amor filial a
la Iglesia está en el corazón de la vocación del teólogo; hace libre, pero es
también la medida inmanente de sus investigaciones más arduas.
3. Uno de los rasgos característicos del pensamiento moderno es la atención
prestada a las cuestiones de epistemología. Es necesario que los teólogos tengan
una conciencia clara de la especificidad de su disciplina, tanto más que son
conducidos a tener en cuenta la aportación de otras disciplinas científicas.
La teología, intellectus fidei, está enraizada en la fe. Sin la fe no hay
teología. Por ello el teólogo debe ser un hombre de fe, en la certeza de que la
verdadera fe es siempre aquella que profesa la Iglesia. Por una connaturalidad
profunda conciliará su inteligencia con el misterio cristiano. En consecuencia,
será, por un título especial, un hombre de oración. La vida espiritual es, en
efecto, una condición indispensable de la investigación teológica.
4. Hombre de fe, el teólogo tiene por misión escrutar las riquezas de luz
contenidas en el misterio. Hablando de misterio, subrayamos, en efecto, no una
cierta opacidad o dificultad del mensaje revelado, sino la desproporción que
existe, de una parte, entre aquel «que habita una luz inaccesible» (1 Tim 6,16)
y sin embargo se nos da a conocer, y, de otra parte, los límites de nuestro
espíritu creado. La fe hace adherir a aquel que es la Fuente de luz. El teólogo
se dedicará a poner en evidencia, con ayuda de la razón, las insondables
riquezas recibidas de lo alto.
Conviene aquí poner de relieve una tentación típica de nuestro tiempo, la
tentación que podríamos llamar de «estrechez de la razón». Porque, al progresar,
el saber se ha diversificado en múltiples disciplinas distintas, se estaría
fácilmente inclinado, si no se tiene cuidado de ello, a privilegiar, en
detrimento de otros, un tipo particular de racionalidad. Esta actitud que está
en el origen de cierto racionalismo provoca una distorsión del pensamiento,
especialmente ruinosa para la teología en su vocación de ser sabiduría. El
teólogo debe estar dispuesto a recurrir, sin prejuicios ni opinión formada de
antemano, a todos los recursos de la razón humana tomada en su integridad,
comenzando por sus recursos metafísicos. ¿No sabe que la razón humana es una
huella y un reflejo de aquel que es la suprema Razón?
Ciertamente, el camino del teólogo tiene algo de paradójico. La raíz de su saber
es la luz infalible de la fe; su reflexión está sujeta a las limitaciones y las
fragilidades propias de las cosas humanas. Su orgullo está en el servicio de la
Luz divina, su modestia está en la conciencia de los limites del pensamiento
humano.
5. En virtud de los fines asignados a vuestra Comisión, se os pide un doble
esfuerzo. Debéis. presentar a nuestros contemporáneos las bellezas del
misterio de la salvación y su fuerza de liberación. Estáis también invitados a
abordar con valentía las cuestiones nuevas que se plantean a la Iglesia. Dais
ejemplo de ello en la presente sesión en la que tratáis de las relaciones del
cristianismo y de las religiones no cristianas. Esto quiere decir que la nueva
evangelización que debe marcar el alba del tercer milenio deberá mucho a los
teólogos.
Permitidme que insista aquí en un solo punto. Entre los peligros que amenazan
la cultura contemporánea, el más grave es la crisis del sentido de la verdad,
generadora de desviaciones morales y de desesperanza. A vosotros, teólogos,
pertenece dar de nuevo a un mundo, que no cesa de aspirar oscuramente a ello, el
deseo de alcanzar la verdad, o, para tomar de nuevo la expresión tan profunda de
san Agustín, el gaudium de veritate, la alegría de la verdad que salva y que
libera (cf. Jn 8,32).
A través de vuestras personas, quiero, al terminar, dirigirme a todos los
teólogos para alentarlos a proseguir con valentía y confianza su trabajo tan
precioso para la Iglesia y su Magisterio.
Invocando a los santos Doctores de la Iglesia de Oriente y de Occidente, os
otorgo de todo corazón la bendición apostólica.
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