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DISCURSO DEL PAPA JUAN
PABLO II
Señor Embajador: Me es muy grato recibir hoy las Cartas
Credenciales que me presenta después de ser nombrado Embajador extraordinario y
plenipotenciario de la República de Colombia ante la Santa Sede. Al darle mi
cordial bienvenida quiero también expresarle mi gratitud por las corteses
palabras que me ha dirigido, las cuales me confirman los nobles sentimientos de
cercanía y adhesión a la Cátedra de Pedro, presentes en el corazón de tantos
ciudadanos del pueblo colombiano. Le agradezco asimismo de modo particular el
deferente saludo que me ha transmitido de parte del Doctor Ernesto Samper Pizano,
Presidente de la República, al que correspondo con mis mejores deseos y con la
seguridad de mis oraciones por la prosperidad y el bien espiritual de todos los
hijos de ese amado País. Su presencia aquí en este solemne acto trae a mi
memoria el recuerdo vivo de las entrañables celebraciones que tuve la dicha de
presidir en mi Visita Pastoral de 1986. En aquella memorable ocasión pude
comprobar cómo la historia y la cultura de Colombia están impregnadas de los
principios y valores que dimanan del Evangelio, pues el alma colombiana, grande
y noble, se ha mostrado siempre abierta a la misión de la Iglesia. La paz, como
ha dicho Vuestra Excelencia, es la gran aspiración de su pueblo en estos
momentos en los que la convivencia social está perturbada a veces por una
violencia casi endémica y por el narcotráfico, que siegan la vida de tantas
personas. El Gobierno que Usted representa ha manifestado su propósito de
promover un Modelo alternativo de Desarrollo. Para ello será necesario conciliar
las diversas iniciativas políticas con los principios éticos, pues el desarrollo
no es sólo el resultado de unas técnicas de planificación y de estrategias
económicas, sino también fruto de una voluntad y de esfuerzos conjuntos de
servir al bien común. Condiciones indispensables para alcanzar este objetivo son
una educación que promueva el respeto a la vida y la dignidad de la persona
humana, así como unas directrices políticas que aseguren la convivencia social,
el derecho al trabajo y, sobre todo, promuevan la justicia y la paz, valores
postulados en el preámbulo de la nueva Constitución Política. De esta manera, se
podrá solicitar a los ciudadanos a hacer propios los valores indiscutibles como
son la verdad, la libertad, la mutua comprensión y la solidaridad. A este
respecto, me complace recordar que esta aspiración alcanza su plena realización
cuando Dios es considerado como el centro de la vida y de la historia humana, y
cuando la cultura que de ahí se deriva tiene sus raíces en “el sentido moral,
que a su vez se fundamenta y se realiza en el sentido religioso” (Veritatis
splendor, 98). La visión
integral del hombre lleva a reafirmar el insustituible papel que corresponde a
la familia, cuya profunda identidad se debe defender y aceptar como “una
realidad social sólidamente arraigada y, a su manera, como una sociedad soberana”
(Gratissimam
sane, 17). En efecto, el núcleo familiar debe estar al servicio de una vida plenamente
humana y ser un punto de partida para la armonía social. En este año, que la
Iglesia ha celebrado como Año de la Familia, he recordado que “ninguna sociedad
humana puede correr el riesgo del permisivismo en cuestiones de fondo
relacionadas con la esencia del matrimonio y de la familia. Semejante
permisivismo moral llega a perjudicar las auténticas exigencias de paz y de
comunión entre los hombres. Así se comprende por qué la Iglesia defiende con
energía la identidad de la familia y exhorta a las instituciones competentes,
especialmente a los responsables de la política, así como a las organizaciones
internacionales, a no caer en la tentación de una aparente y falsa modernidad”
(Gratissimam
sane, 17).
En este sentido, la Iglesia desempeña su misión en los campos que le son propios,
iluminando con principios espirituales y morales los ámbitos que contribuyen al
bien común. Con la predicación de la Palabra de Dios y el magisterio en el campo
social, está dispuesta a seguir colaborando con las diversas instancias públicas
para que los ciudadanos de su Nación encuentren respuestas adecuadas a las
necesidades de la hora presente. Para llevar a término esta colaboración mutua
existe un Concordato entre la Sede Apostólica y su País. He visto con
preocupación, que no faltan voces críticas acerca del valor de la norma
concordataria, pero ha sido siempre motivo de esperanza la repetida voluntad de
su Gobierno, compartida por la Santa Sede, de encontrar una solución adecuada a
los problemas que se han presentado en este campo, especialmente en los últimos
años. Parece que está fuera de duda la conveniencia de disponer de un marco
jurídico que defina el ejercicio de la libertad religiosa, que es un derecho de
los individuos particulares y que también “debe reconocerse a estos mismos
cuando actúan en común” (Dignitatis
humanae, 4). Además, se ofrece así un instrumento al Estado y a la
Iglesia para colaborar al bien de la sociedad. La Iglesia no busca ni exige
privilegios, sólo pide el reconocimiento de las condiciones necesarias que, por
derecho nativo, le corresponden para cumplir su misión y que hacen que los
individuos y los pueblos ejerzan el inalienable derecho a la libertad,
especialmente la religiosa, y a la búsqueda de la verdad según los dictados de
la propia conciencia. Los Estados, por su lado, necesitan una referencia ética
indispensable para esclarecer y fijar las múltiples decisiones requeridas para
un auténtico desarrollo de la comunidad nacional y para el bien mismo de las
relaciones internacionales. Por esto la Santa Sede considera recíprocamente
beneficioso fortalecer y reglamentar las relaciones con los Estados. Señor
Embajador, su presencia y sus palabras manifiestan el respeto y aprecio hacia la
misión específica de la Iglesia en esa Nación, que, en medio de numerosos y
complejos desafíos, enseña y trabaja, bajo la guía sabia y prudente de los
Pastores, para que los valores morales y la concepción cristiana de la vida sean
los elementos que inspiren a cuantos de una u otra forma se afanan por defender
la dignidad y la causa del hombre, que es “el camino de la Iglesia”
(Redemptor hominis,
14). En el
momento en que se dispone a iniciar la alta función para la que ha sido
designado, deseo formularle mis más cordiales votos por el feliz y fructuoso
desempeño del su misión ante esta Sede Apostólica, siempre deseosa de que se
mantengan y consoliden cada vez más las buenas relaciones con Colombia. Al
pedirle que se haga intérprete ante el Señor Presidente de la República, su
Gobierno, Autoridades y querido pueblo colombiano, de mis sentimientos y
esperanzas, le aseguro mi plegaria al Todopoderoso para que, por intercesión de
Nuestra Señora de Chiquinquirá, asista siempre con sus dones a Usted y a su
distinguida familia, a sus colaboradores, a los Gobernantes y ciudadanos de su
noble País, al que recuerdo siempre con particular afecto. *Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XVII, 2 p.1109-1112. L'Attività della Santa Sede 1994 p.979-981. L’Osservatore Romano 20.12.1994 p.6. L'Osservatore Romano. Weekly edition in English n.51 p.5 (p.733).
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Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana
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