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IX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON LOS JÓVENES DE ROMA COMO PREPARACIÓN
PARA LA IX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD


Sala Pablo VI
Jueves 24 de marzo de 1994


 

Con nuestro corazón aún nos encontramos en Denver. Se siente aquí ese clima americano, la última etapa de la Jornada mundial de la juventud. Pero también las etapas anteriores: la de Jasna Góra, la de Santiago de Compostela, la de Buenos Aires, incluso la de Roma, hace diez años. Diez años de camino. Se sienten estas etapas, pero sobre todo se siente la importancia de este año 1994: la gran oración por Italia y con Italia.

Entonces, me pregunto ahora junto con los jóvenes: ¿por qué debemos orar? Pienso que tal vez debemos orar por el dinero. Sí, por el dinero, para tener los medios para acudir a esa próxima etapa, Manila, en Filipinas. El viaje cuesta.

Y ciertamente los jóvenes tienen necesidad de dinero por muchos motivos: para vivir, para desarrollarse, para educarse, para prepararse a la vida madura, para vivir con honradez. Porque nosotros no queremos dinero obtenido de forma no honrada. Eso de ninguna manera. Queremos tener dinero ganado de forma honrada y gastarlo también de modo honrado. Por lo demás, así lo mostramos en Denver, porque se preveían y pensaban muchas cosas sobre nosotros: se preveía y se pensaba que los jóvenes serían tal vez ladrones o violentos. Pero a nuestros amigos americanos les dimos una sorpresa. Se habían preparado con muchas fuerzas, con grandes medios económicos. Pero los jóvenes no hicieron nada de lo que temían ellos: no robaron, no cometieron violencias; nada de eso; vencieron con la honradez.

Así, se ve cómo de la economía debemos pasar a la ética, pero a la ética no se llega, no se pasa sin una antropología, sin una visión del hombre. Y aquí quisiera hacer un poco de filosofía. Todos vosotros sois ya filósofos; incluso los muchachos de bachillerato saben ya quién fue Aristóteles. Así lo espero. Aristóteles fue aquel genio del pensamiento humano a quien debemos una gran herencia intelectual, filosófica. Para él, ¿qué era el hombre? Era un ser razonable, que tiene una finalidad. Y la finalidad del hombre es su perfección. Debe llegar a ese fin, a ser perfecto como hombre. No se puede objetar nada a esta visión de Aristóteles, porque también Jesús dijo en el sermón de la montaña que el Padre celestial es perfecto y vosotros debéis ser perfectos corno él. Pero, aunque en eso estamos de acuerdo con Aristóteles, es preciso corregir en algo su visión.

La corrección de esa visión llegó con Jesús, porque nos reveló al Padre, que mandó a su Hijo. Si el Padre mandó a su Hijo, a Jesús, eso significa que no es sólo un ser absoluto, perfecto en sí mismo, como modelo del hombre y de todas las criaturas, sino que es un misterio, es una relación, es un entregarse, un don. Así, con Jesús, se revela esta nueva visión antropológica: el hombre es verdaderamente el ser más perfecto entre todos los seres creados por Dios, pero este ser tan perfecto no se realiza si no es a través de la entrega sincera de sí mismo.

Esta es la sabiduría evangélica. Esta sabiduría del Evangelio se manifiesta, con las mismas palabras que he citado, en el concilio Vaticano II, especialmente en la constitución Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo. Es una cita clásica, en la que hallamos realmente una síntesis de la antropología cristiana. La antropología cristiana no es sólo perfeccionista en el sentido aristotélico, sino que es relacionista, y esto quiere decir que el hombre se hace hombre a través de la entrega de sí mismo a los demás.

Y, naturalmente, ésta es la respuesta más profunda, divina, a la pregunta humana: ¿qué es el hombre? La respuesta divina puede ser falsificada por actitudes humanas, porque cuando se dice el hombre debe vivir para entregarse se puede interpretar esta fórmula de forma utilitarista, pensando que el hombre se hace más hombre cuando gana más, no cuando se entrega a sí mismo, sino cuando busca los demás bienes como dones para sí mismo. Y esta visión utilitarista se basa en una filosofía inmanentista, que comenzó con Descartes y se desarrolló mucho en la época moderna. Voy a dejar de hablar de estas filosofías, porque estoy convencido de que me dirijo a colegas, a filósofos, y todos saben ya lo que estoy diciendo.

Pasemos, pues, al segundo punto de esta consideración: ¿qué es el hombre? La reflexión antropológica se hace oración por Italia: que los italianos sepan entregarse a los demás; que no sean egocéntricos, que no sean egoístas, sino que se entreguen a los demás. Con su población, con su pueblo, Italia tiene una gran esperanza, un gran futuro, y ese futuro está, desde luego, en vuestras manos. Yo, hoy, con vosotros, jóvenes italianos, jóvenes romanos, pido para que sepáis entregaros a los demás, para que no seáis egocéntricos, para que no seáis egoístas, y para que así lo enseñéis a los demás. Saber entregarse a sí mismos es la segunda etapa de mi reflexión.

Pero esas palabras: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21) tienen también otro contenido: ser enviado quiere decir tener un mensaje, como Cristo. Recibir un mensaje para transmitir, y con este mensaje llegar a los demás para iluminarlos, para llevarlos a los verdaderos bienes, a los verdaderos valores, para construir una nueva vida con ellos: todo esto quiere decir ser enviados.

Y en este sentido Cristo dice a los Apóstoles y a nosotros: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Os hago mensajeros de mi salvación, mensajeros de la gracia, mensajeros del amor. Y éste es un gran bien.

Hoy oramos por Italia, especialmente con los jóvenes italianos y con los jóvenes romanos. Pedimos que los italianos, y especialmente la nueva generación, los jóvenes, sean personas que tengan conciencia de la misión, que sepan que han sido enviados, que tienen un mensaje, una misión. Sin esta conciencia no se vive una vida humana plena. Se debe poder ofrecer algo a los demás, se les debe llevar un mensaje de verdad, de bien, de belleza para hacerlos felices.

La tercera oración por los italianos, especialmente por los jóvenes y con los jóvenes, es ésta: que los italianos, y especialmente la nueva generación, tengan esta conciencia de la misión, que no vivan sin ella.

Las misiones son diversas. Puede haber misioneros que van a países lejanos, pero puede haber misiones y misioneros en la propia parroquia, en la propia familia. Misión es ser religiosa contemplativa carmelita; misión es ser religiosa activa, apostólica; misión es ser esposo o esposa, obrero o intelectual. Todo es misión; en las categorías de Cristo, todo es misión. Todos somos misioneros porque el mundo se nos ha dado como una tarea. Debemos construir este mundo; debemos hacer el bien de este mundo; debemos hacer de él el reino de Dios.

Estas son las tres oraciones por Italia, especialmente por los jóvenes de Italia. Las presento hoy a vosotros y a todos los italianos. Constituyen un ciclo, que comenzó con los obispos, prosiguió con el mundo del trabajo, y ahora llega a los jóvenes de Roma. Roma debe ser protagonista de esta oración por Italia.

Conviene decir también algunas palabras sobre santo Tomás. El evangelio de san Juan que leímos hoy nos habla de santo Tomás, una figura enigmática, porque todos vieron a Jesús resucitado, menos él, que dijo: si no veo, no creo; si no toco, no creo.

Conocemos muy bien a esta clase de personas; entre ellas también hay jóvenes. Son empíricos, fascinados por las ciencias en sentido estricto de la palabra, ciencias naturales y experimentales. Los conocemos; son muchos, y son de alabar porque este querer tocar, este querer ver indica la seriedad con que se afronta la realidad, el conocimiento de la realidad. Y, si en alguna ocasión Jesús se les aparece y les muestra sus heridas, sus manos, su costado, están dispuestos a decir: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28).

Creo que muchos de vuestros amigos, de vuestros coetáneos, tienen esa mentalidad empírica, científica; pero, si en alguna ocasión pudieran tocar a Jesús de cerca, ver su rostro, tocar el rostro de Cristo, si alguna vez pudieran tocar a Jesús, si lo ven en vosotros, dirán: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28).

Añado otro elemento, el último elemento de esta oración por Italia, especialmente por la clase intelectual, porque es muy escéptica, tienen sus reservas hacia la religión, tienen sus tradiciones iluministas; por eso, les hace falta esta experiencia de Tomás. Oremos para que hagan ellos esta experiencia de Tomás, el cual al final dijo: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). ¡Gracias!

 

© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana

 

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