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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS APÓSTOLES DEL SAGRADO CORAZÓN DE
JESÚS
EN EL CENTENARIO DE SU FUNDACIÓN

Aula Paolo VI
Sábado 15 de octubre de 1994

 

Señor cardenal;
venerados hermanos en el episcopado;
amadísimas religiosas Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús;
hermanos y hermanas:

l. Al dar mi cordial bienvenida a todos los presentes, que han venido aquí para conmemorar el primer centenario de la fundación del instituto de las Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, deseo saludar, ante todo, al señor cardenal Camillo Ruini, y agradecerle las amables palabras que acaba de dirigirme, explicándome el significado de las celebraciones con las que las religiosas reunidas aquí quieren recordar los primeros cien años de su familia. Saludo también a los señores cardenales y a los venerados prelados que han querido intervenir en este encuentro.

Agradezco, asimismo, a la madre María Auxiliadora de Godoy, superiora general de las Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús, y en ella saludo a todas las religiosas del instituto, a sus parientes, a los alumnos, a los parroquianos, a los colaboradores y a los enfermos, que han venido para visitar al Sucesor de Pedro.

2. Amadísimas hermanas, vuestro carisma en la Iglesia consiste en adorar y dar a conocer al Sagrado Corazón de Jesús, anhelando el amor perfecto a Dios y, de modo muy especial, dando testimonio de la caridad entre los hombres, como don de la sobreabundante solicitud del Padre celestial hacia todos sus hijos.

Se trata de una vocación exigente, pero siempre necesaria en la Iglesia, porque de la contemplación del amor de Cristo debe brotar toda acción apostólica, con la conciencia de que «el plan del Señor subsiste por siempre, los proyectos de su corazón de edad en edad, para librar sus vidas de la muerte y reanimamos en tiempo de hambre» (Sal 32, 11. 19).

Como acabamos de recordar, el instituto de las Apóstoles del Sagrado Corazón nació el 30 de mayo de 1894 por iniciativa de la sierva de Dios madre Clelia Merloni, con la finalidad de ayudar a los huérfanos, a los pobres, a los enfermos y a la juventud, y trabajar para «la gloria del Sagrado Corazón de Jesús, propagando su devoción y tratando de reparar las ofensas que recibía de los pecadores» (Dir. Man., n. 1, p. 8).

3. La decisión de dar a la congregación una orientación caritativa específica brotó de su devoción al Sagrado Corazón de Cristo —«la primera y la más querida de las devociones», como solía decir—, tan intensa que la impulsó a llamar a la nueva fundación con el nombre de Instituto de las Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús. Con esa denominación el siervo de Dios monseñor Giovanni Battista Scalabrini, obispo de Piacenza, la acogió en su diócesis, aprobando sus reglas y su estilo de vida el 10 de junio de 1900.

Ya desde el comienzo, vuestra comunidad sintió de modo urgente la necesidad de ir al mundo para anunciar y testimoniar el amor de Cristo y los tesoros infinitos de su Corazón. Vuestras actividades misioneras, tanto en Europa como, sobre todo, en América, demuestran una generosidad apostólica que hay que alentar y apoyar mediante una oración intensa y diaria, para lograr que el anuncio evangélico y la caridad que queréis difundir en el mundo sea signo de servicio y de gracia.

4. «"Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba, el que crea en mí" ( ... ): De su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7, 37-38). Ésta es la invitación siempre actual que el Redentor dirige a todos, pero, de modo particular, a vosotras, amadísimas religiosas Apóstoles del Sagrado Corazón, para que todos puedan conocer y experimentar que sólo en Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, se encuentra la plena realización de los deseos y de las aspiraciones más verdaderas de toda persona humana.

Os exhorto a no perder jamás el vigor de vuestro carisma, sino a renovar vuestro compromiso para ponerlo al servicio de la nueva evangelización que interpela hoya toda la Iglesia, especialmente en este tiempo que nos introduce ya en la gran cita del nuevo milenio cristiano.

Confiad ardientemente en la protección materna de María, Madre de Dios y Madre nuestra, quien nos enseña a sembrar en el mundo el amor a su Hijo divino, del que puede brotar el amor hacia todos los hombres, creados a imagen del Padre celestial.

Con estos deseos, bendigo con mucho gusto la estatua del Sagrado Corazón destinada a la ciudad albanesa de Dajc, donde trabajan vuestras hermanas. Bendigo también la primera piedra de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, que construiréis en Rocca di Papa, como un regalo a la diócesis de Frascati para conmemorar vuestro centenario.

Por último, os bendigo con especial afecto a vosotras y a todas vuestras hermanas esparcidas por el mundo, así como a vuestros familiares y a las numerosas personas a las que ayudáis mediante vuestras múltiples obras

 

© Copyright 1994 -  Libreria Editrice Vaticana

 

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