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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE EL TEMA
"EL DESAFÍO DEL SECULARISMO Y EL FUTURO DE LA FE
EN EL UMBRAL DEL TERCER MILENIO"

Sábado 2 de diciembre de 1995

 

Señores cardenales;
ilustres profesores;
amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me alegra acogeros al término del Congreso internacional dedicado al tema: "El desafío del secularismo y el futuro de la fe en el umbral del tercer milenio". Saludo cordialmente a cada uno de vosotros, en particular a los señores cardenales Paul Poupard, presidente del Consejo pontificio para la cultura y Jozef Tomko, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos y gran canciller de la Pontificia Universidad Urbaniana, que han organizado el congreso. Asimismo, saludo a los colaboradores, a los expertos y a todos los participantes en los trabajos de este congreso.

En la carta apostólica Tertio millennio adveniente he centrado la atención en el hecho de que la época actual, además de muchas luces también presenta algunas sombras, especialmente «la indiferencia religiosa» y «la atmósfera de secularismo y relativismo ético» (n. 36), y he pedido "que se estimen y profundicen los signos de esperanza presentes en este último tramo de siglo, a pesar de las sombras que con frecuencia los esconden a nuestros ojos" (n. 46). Doy gracias de corazón a la Pontificia Universidad Urbaniana, que cuenta con la colaboración activa del Instituto superior para el estudio de la no creencia, de la religión y de las culturas, por haber respondido, junto con el Consejo pontificio para la cultura, a mi invitación.

2. Con valentía y lucidez habéis examinado durante estos días los principales desafíos presentes en nuestro tiempo. Teólogos, biblistas, filósofos, historiadores, sociólogos, artistas y hombres de cultura han dialogado con los pastores acerca de la visión religiosa y secularista del mundo constatando el callejón sin salida en que muchos se encuentran hoy y reflexionando sobre el futuro de la fe en Cristo en el umbral del tercer milenio.

En la cultura, o mejor, en las culturas de este final del siglo XX, a la vez trágico y fascinante se manifiestan fenómenos contrastantes, susceptibles de diversas interpretaciones, pero todos relacionados con el hombre. Hoy, más que nunca, constatamos que la cultura es del hombre, la hace el hombre y está destinada al hombre.

Hace treinta años, la constitución conciliar Gaudium et spes lo había subrayado y los tres decenios ya transcurridos lo han confirmado con el peso de la historia. Frente al llamado eclipse de lo sagrado, se ha manifestado una necesidad creciente de la experiencia religiosa. Muchos fenómenos lo testimonian en todos los lugares del mundo, donde tengo la alegría de encontrarme con innumerables jóvenes que miran al futuro con confiada esperanza. La secularización, que parecía un progreso de la civilización, se presenta hoy como el peligroso declive que conduce al secularismo, a la mutilación de la parte inalienable del hombre que afecta a su identidad profunda: la dimensión religiosa. La Iglesia afronta el desafío de comprender a esta nueva generación, que el escepticismo de la generación anterior impulsa a una búsqueda creciente del Absoluto.

3. A este respecto, se han realizado numerosos sondeos en diversos países y sus resultados parecen contradictorios: junto a una persistente afirmación de la fe en Dios se constata una preocupante ausencia de práctica religiosa unida a la indiferencia y a la ignorancia de las verdades de la fe. Quizá se debería hablar más bien de un debilitamiento de las convicciones que en muchos ya no tienen la fuerza necesaria para inspirar el comportamiento. De ahí brota una verdadera desertización espiritual de la existencia, que priva a la persona de sus razones de ser y de vida, y lo deja sin guía y sin esperanza.

Las creencias permanecen, pero ya no se perciben como valores capaces de influir en la vida personal y social. Ya se trate de elecciones diarias o de orientaciones de la existencia, de ética o de estética, la referencia habitual, pública, en particular la difundida por los medios de comunicación social, ya no está inspirada en la visión cristiana del hombre y del mundo. Como suele decirse, la religión se ha privatizado, la sociedad se ha secularizado y la cultura se ha vuelto laica.

La cultura cristiana, privada de sus sólidos cimientos internos y, al mismo tiempo, de sus posibilidades expresivas externas decae mientras que la necesidad del Absoluto, que conserva toda su fuerza, busca nuevos puntos firmes. Nuestras sociedades, más que de terrenos listos para la siembra, se van cubriendo de espacios áridos, que esperan la llegada del agua regeneradora de una fe recuperada.

¿Quién no ve ahora la urgencia de un diálogo renovado entre fe y cultura, hecho de escucha y al mismo tiempo de propuestas, sobre todo de testimonio evangélico, que sepa liberar las verdades ocultas, las fuerzas latentes en el corazón de las culturas? Así, del aparente desierto de Dios presente en tantos países invadidos por el secularismo nacerá una nueva generación de creyentes, puesto que la nostalgia del Absoluto está enraizada en las profundidades del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios.

4. De este congreso surge con claridad un dato: el desafío del secularismo en el umbral del tercer milenio es un desafío antropológico. El futuro de la fe depende en gran medida de la capacidad de la Iglesia de responder a ese desafío, proponiendo el gran mensaje del Evangelio de modo adecuado para llegar al corazón mismo de la cultura de nuestro tiempo, en todas sus diferentes manifestaciones.

El hombre quiere realizarse plenamente. Se ha equivocado al creer que podía llegar a realizarse plenamente rechazando a Dios. Una visión secularista del mundo lo ha mutilado, encerrándolo en su inmanencia. «Sin el misterio —decía con razón Gabriel Marcel— la vida resulta irrespirable». La cultura secularista ha alterado las relaciones sociales. La pretensión de organizar la sociedad con una racionalidad puramente tecnológica, la primacía del hedonismo individualista y la marginación de la dimensión religiosa de la cultura, han minado los cimientos mismos de la civilización.

El gran desafío que afronta la Iglesia consiste en encontrar puntos de apoyo en esta nueva situación cultural, y en presentar el Evangelio como una buena nueva para las culturas, para el hombre artífice de cultura. Dios no es el rival del hombre, sino el garante de su libertad y la fuente de su felicidad. Dios hace crecer al hombre dándole la alegría de la fe, la fuerza de la esperanza y el fervor del amor.

5. Queridos hermanos y hermanas, os invito a todos a convertiros en heraldos de este anuncio lleno de gozo, sobre todo permaneciendo junto a los jóvenes. Llevadles a Cristo, dadles el Evangelio en toda su lozanía de buena noticia, siempre nueva y siempre joven. Los dos mil años que han transcurrido desde la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María son un destello en el oscuro cielo del tiempo. Os exhorto a trabajar, con la audacia del pensamiento y de la inteligencia, por difundir, en el umbral del nuevo milenio, la civilización del amor, que florecerá en un terreno regado por la fe: una tierra que hay que hacer fructificar sabiamente, hombres a los que es preciso amar sin exclusión, y Dios a quien se ha de adorar con corazón sincero. Al hombre que busca el Absoluto, y a su inteligencia que busca el Infinito, este nuevo humanismo para el próximo milenio le dará la respuesta a sus aspiraciones más profundas. El secularismo las ha ocultado, pero permanecen, y Cristo las colma plenamente. Éste es el futuro de la fe. Éste es el futuro del hombre.

A cada uno de vosotros imparto mi bendición afectuosa.

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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