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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR JOSÉ MAURICIO RODRÍGUEZ WEVER
NUEVO EMBAJADOR DE GUATEMALA ANTE LA SANTA SEDE*


Jueves 21 de diciembre de 1995

 

Señor Embajador:

1. Me es muy grato recibir hoy las Cartas Credenciales que me presenta y que le acreditan como Embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Guatemala ante la Santa Sede. Al darle mi cordial bienvenida quiero también expresarle mi gratitud por las corteses palabras que me ha dirigido, las cuales me confirman los nobles sentimientos de cercanía y adhesión a la Cátedra de Pedro, presentes en el corazón de tantos ciudadanos guatemaltecos.

Le agradezco asimismo, de modo particular, el deferente saludo que me ha transmitido de parte del Licenciado Ramiro León de Carpio, Presidente de la República, al que correspondo con mis mejores deseos y con la seguridad de mis oraciones por la prosperidad y el bien espiritual de todos los hijos de esa amada Nación.

Este solemne acto, que tiene lugar precisamente cuando me dispongo a visitar nuevamente su País en un futuro ya próximo, trae a mi memoria el vivo recuerdo de las entrañables celebraciones que tuve la dicha de presidir en mi Visita Pastoral de 1983. En aquella memorable ocasión pude comprobar cómo la historia y la cultura de Guatemala están impregnadas de los principios y valores que dimanan del Evangelio.

2. Señor Embajador, su presencia y sus palabras manifiestan el respeto y reconocimiento de la misión específica de la Iglesia en esa Nación que, en medio de numerosos y complejos desafíos, enseña y trabaja, bajo la guía sabia y prudente de sus Obispos, para que los valores morales y la concepción cristiana de la vida sean los elementos que inspiren a cuantos de una u otra forma se afanan por defender la dignidad y la causa del hombre, que es “el camino de la Iglesia” (Redemptor hominis, 14). Se ha referido Usted, de forma especial, a la doctrina social católica. La preocupación por lo social “forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia” (Sollicitudo rei socialis, 41), en la cual ocupa un lugar predominante la promoción humana, porque la evangelización tiende a la liberación integral de la persona (Discurso inaugural de la IV Conferencia general del episcopado latinoamericano, n. 13, 12 de octubre de 1992) .

3. Desde hace casi cinco siglos la Iglesia está presente en Guatemala acompañando la vida de sus gentes en su caminar hacia Dios. Atenta a las necesidades más profundas de los hombres, desarrolla su labor pastoral iluminando con la doctrina y los principios espirituales y morales los diversos ámbitos de la sociedad. Ella, desde la propia misión, está dispuesta a seguir colaborando con las diversas instancias públicas para que los ciudadanos de su Nación encuentren respuestas adecuadas a los desafíos de la hora presente.

La Iglesia en Guatemala está celebrando una notable efemérides muy sentida no sólo en esa Nación sino también en toda Centroamérica: el IV Centenario de la Devoción al Santo Cristo de Esquipulas. A los pies del “Cristo Negro”, como llaman cariñosamente los devotos a la sagrada imagen, se postran los peregrinos, manifestando sus gozos y esperanzas, sus dolores y angustias, e implorando las bendiciones del Altísimo.

Como ya señalé a los Obispos de Guatemala, con ocasión de su última visita “ad limina”, hay que hacer de esta celebración una “ocasión propicia para una profunda renovación espiritual, basada en una participación más activa y consciente en la vida litúrgica y sacramental, que impulse en las diócesis y parroquias, en las comunidades y movimientos apostólicos, un vigoroso dinamismo en las tareas de la nueva evangelización” (A los obispos de Guatemala en visita «ad limina», n. 3, 4 de marzo de 1994).

4. El nombre de Esquipulas evoca también el largo y laborioso proceso hacia una paz firme y duradera, pues en ese lugar se abrió un espacio de diálogo para encontrar una solución negociada y política del grave problema de la confrontación. La paz es, pues, la gran aspiración de su pueblo en estos momentos en los que la convivencia social está perturbada por una violencia casi endémica, después de 35 años de persistente conflicto armado entre los hijos de Guatemala, que ha segado la vida de tantas personas. Como bien han señalado sus Obispos, “alcanzar la paz firme y duradera se ha convertido en el anhelo más fuerte que hoy brota del corazón de todos los guatemaltecos” (Epístola pastoral «¡Urge alcanzar la verdadera paz!», n. 1). El diálogo actual entre las partes interesadas se presenta como el camino necesario para conciliar las diversas iniciativas políticas con los principios éticos y alcanzar así la tan deseada paz. De este modo será posible construir un futuro mejor para la Nación, dejando atrás todo tipo de discordia y de lucha fratricida, y superando cualquier forma de restricción de las libertades personales y de los grupos sociales, lo cual atenta a los derechos humanos y al bien común de los pueblos (cf. Gaudium et spes, 75).

Condiciones indispensables para perseverar en dicho camino son una educación que favorezca el respeto de la vida y la dignidad de la persona humana, así como unas directrices políticas que garanticen la convivencia social, el derecho al trabajo y, sobre todo, promuevan la justicia y la paz. De esta manera se podrá solicitar a los ciudadanos que se comprometan a defender los valores indiscutibles como son la verdad, la libertad, la mutua comprensión y la solidaridad.

5. En el momento en que Usted se dispone a iniciar la alta función para la que ha sido designado, deseo formularle mis más cordiales votos por el feliz y fructuoso desempeño de su misión ante esta Sede Apostólica, siempre deseosa de que se mantengan y consoliden cada vez más las buenas relaciones con Guatemala. Al pedirle que se haga intérprete de mis sentimientos y esperanzas ante el Señor Presidente de la República, su Gobierno, Autoridades y el querido pueblo guatemalteco, le aseguro mi plegaria al Todopoderoso para que, por intercesión de Nuestra Señora de la Asunción, asista siempre con sus dones a Usted y a su distinguida familia, a sus colaboradores, a los Gobernantes y ciudadanos de su noble País, al que recuerdo siempre con particular afecto y que muy pronto tendré la dicha de visitar de nuevo como apóstol de Jesucristo y peregrino de la reconciliación y la paz.


*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XVIII, 2 p.1428-1431.

L’Osservatore Romano 22.12.1995 p.5.

L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n.51 p.10 (p. 710).

 

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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