The Holy See
back up
Search
riga

  X JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

MEDITACIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA VIGILIA DE ORACIÓN CON LOS JÓVENES

Sábado 14 de enero de 1995


I. PARTE

En el mensaje de la Cruz no existe divisiones,
ni rivalidades étnicas, ni discriminaciones sociales


Amados jóvenes de la X Jornada mundial de la juventud:

1. Veo que en vuestras preguntas se repite una vez más la escena del evangelio en que un joven pregunta a Jesús: «Maestro bueno, ¿que he de hacer?» (Mc 10, 17). Lo primero que Jesús observó es la actitud que esa pregunta encerraba, la sinceridad de la búsqueda. Jesús entendió que el joven buscaba sinceramente la verdad sobre la vida y sobre su camino personal en la vida.

Esto es importante. La vida es un don que dura cierto período de tiempo, en el que cada uno de nosotros afronta el desafío que implica: el desafío de tener un objetivo, un destino, y luchar por él. Lo contrario sería pasar la vida de modo superficial, «perder» nuestra vida en la trivialidad; no descubrir nunca en nosotros mismos la capacidad del bien y de la solidaridad real y, por tanto, no descubrir nunca el camino que lleva a la felicidad verdadera. Hay demasiados jóvenes que no se dan cuenta de que de ellos principalmente depende el dar un sentido auténtico a su vida. El misterio de la libertad humana está en el centro de la gran aventura de vivir bien la vida.

2. Es verdad que los jóvenes encuentran hoy dificultades que las generaciones anteriores sólo encontraron en parte y de modo limitado. La debilidad de un gran sector de la vida familiar, la falta de comunicación entre padres e hijos, el aislamiento y la influencia alienante de gran parte de los medios de comunicación social, pueden engendrar en los jóvenes confusión sobre las verdades y los valores que dan un auténtico sentido a la vida.

Falsos maestros —muchos de los cuales pertenecen a una élite intelectual en el mundo de la ciencia, de la cultura y de los medios de comunicación social— presentan un anti-evangelio. Afirman que ya no hay ideales, contribuyendo así a la profunda crisis moral que afecta a la sociedad, una crisis que ha abierto el camino a la tolerancia e incluso a la exaltación de formas de conducta que la conciencia moral y el sentido común antes rechazaban. Cuando les preguntáis: ¿qué he de hacer?, su única certeza es que no existe una verdad definida, un camino seguro. Quieren que seáis como ellos: escépticos dudosos y cínicos. De forma consciente o inconsciente, defienden un enfoque de la vida que ha llevado a millones de jóvenes a una triste soledad, en la que carecen de razones para esperar y son incapaces de sentir un amor verdadero.

3. Me preguntáis qué espero de los jóvenes. En el libro Cruzando el umbral de la esperanza, he escrito que «el problema esencial de la juventud es profundamente personal (...). Los jóvenes (…) saben que su vida tiene sentido en la medida en que se hace don gratuito para el prójimo» (p. 132). Por eso, os pregunto personalmente a cada uno: ¿sois capaces de entregaros a vosotros mismos, de entregar vuestro tiempo, vuestras energías, vuestros talentos, por el bien de los demás? ¿Sois capaces de amar? Si lo sois, la Iglesia y la sociedad pueden albergar grandes esperanzas con respecto a cada uno de vosotros.

La vocación a amar, entendida como auténtica apertura a nuestros hermanos los hombres y como solidaridad con ellos, es la más fundamental de todas las vocaciones. Es el origen de todas las vocaciones en la vida. Es lo que Jesús buscaba en el joven cuando le dijo; «Guarda los mandamientos» (cf. Mc 10, 19). En otras palabras: «Sirve a Dios y a tu prójimo de acuerdo con todas las exigencias de un corazón fiel y recto». Y cuando el joven aseguró que ya estaba siguiendo ese camino, Jesús lo invitó a un amor más grande: «Déjalo todo y sígueme: deja todo lo que se refiere sólo a ti mismo y colabora conmigo en la inmensa misión de salvar el mundo» (cf. v. 21). A lo largo del camino de la existencia de cada persona el Señor tiene para cada uno algo que hacer.

«Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21). Estas son las palabras que Jesús dirigió a los Apóstoles después de su resurrección. Y esas mismas palabras son el tema de nuestra reflexión durante esta X Jornada mundial de la juventud. Hoy la Iglesia y el Papa os dirigen esas mismas palabras a vosotros, los jóvenes de Filipinas, los jóvenes de Asia y Oceanía, los jóvenes del mundo.

4. Dos mil años de cristianismo ponen de manifiesto que esas palabras han sido admirablemente eficaces. La pequeña comunidad de los primeros discípulos, como una pequeña semilla de mostaza, ha crecido hasta convertirse en un árbol inmenso (cf. Mt 13, 31-32). Este gran árbol, con sus diversas ramas, abraza todos los continentes, todos los países del mundo, la mayor parte de los cuales están aquí representados por sus delegados. Amados jóvenes filipinos: en ese árbol vuestro país es una rama especialmente fuerte y sana, que se extiende hacia todo el vasto continente asiático. A la sombra de este árbol, a la sombra de sus ramas y de sus hojas, los pueblos del mundo pueden encontrar descanso. Pueden reunirse bajo su sombra acogedora para descubrir, como habéis hecho aquí durante la Jornada mundial de la juventud, la maravillosa verdad que está en el centro de nuestra fe: que el Verbo eterno, de la misma naturaleza del Padre, y por el cual todo ha sido creado, se hizo carne y nació de la Virgen María. Vino a acampar entre nosotros. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y de su plenitud hemos recibido todos gracia por gracia (cf. prólogo del evangelio de san Juan).

Mediante la oración y la meditación, la vigilia de esta tarde quiere ayudaros a comprender más claramente lo que significa para vuestra vida la extraordinaria «buena nueva» de la salvación por Jesucristo. La buena nueva es para todos y cada uno. Por eso, la Jornada mundial de la juventud se celebra en lugares diversos.

5. El domingo de Ramos del año pasado, en la plaza de San Pedro, en Roma, los jóvenes católicos de Estados Unidos entregaron a los representantes de la Iglesia de Filipinas la cruz de la Jornada mundial de la juventud. La cruz peregrina pasa de un continente a otro, y los jóvenes de todas partes se reúnen para experimentar juntos el hecho de que Jesucristo es el mismo para todos, y su mensaje es siempre el mismo. En él no existen divisiones, ni rivalidades étnicas, ni discriminación social. Todos son hermanos y hermanas en la única familia de Dios.

Este es el comienzo de una respuesta a vuestra pregunta sobre lo que la Iglesia y el Papa esperan de los jóvenes de la X Jornada mundial de la juventud. Más tarde proseguiremos nuestra meditación sobre las palabras de Jesús: Como el Padre me envió, también yo os envío y sobre su significado para los jóvenes del mundo.

II. PARTE

La resurrección de Jesucristo
es la clave para comprender la historia del mundo y del hombre

6. Vuestras preguntas ahora se refieren a la persona y a la obra de Jesucristo, nuestro redentor. Percibís el misterio de su persona, que os lleva a conocerlo mejor. Veis que sus palabras han impulsado a sus discípulos a salir a predicar el Evangelio a todos los pueblos, poniendo en marcha así una misión que continúa aún hoy y que ha llevado a la Iglesia a todos los rincones del mundo. Queréis estar seguros de que, si lo seguís, no quedaréis frustrados o defraudados.

En otras palabras, ¿cómo podemos explicar el efecto extraordinario de su vida y la eficacia de sus palabras? ¿De dónde vienen su poder y su autoridad?

7. Una lectura atenta del evangelio de san Juan nos ayudará a encontrar una respuesta a nuestra pregunta.

Vemos cómo Jesús, a pesar de las puertas cerradas, entra en la habitación donde los discípulos están reunidos (cf. Jn 20, 26). Les muestra sus manos y su costado. ¿Qué indican estas manos y este costado? Son los signos de la pasión y de la muerte del Redentor en la cruz. El viernes santo estas manos fueron traspasadas por los clavos, al levantar su cuerpo en la cruz, entre el cielo y la tierra. Y cuando la agonía había llegado a su fin, el centurión romano traspasó también su costado con la lanza, para asegurarse de que ya no vivía (cf. Jn 19, 34). Inmediatamente brotaron sangre y agua, como una prueba patente de su muerte. Jesús había muerto realmente. Murió y fue colocado en el sepulcro, como era costumbre sepultar entre los judíos. José de Arimatea le cedió la tumba familiar, que poseía cerca del sitio. Allí yació Jesús hasta la mañana de Pascua. Ese día, de mañana, algunas mujeres vinieron de Jerusalén para ungir el cuerpo inerte. Pero encontraron que la tumba estaba vacía. Jesús había resucitado.

Jesús resucitado se apareció a los Apóstoles en la sala donde se hallaban reunidos. Y, para probarles que era la misma persona que habían conocido siempre, les muestra sus heridas: sus manos y su costado. Son las huellas de su pasión y su muerte redentoras, la fuente de su fuerza que les trasmite. Les dice: «Como el Padre me envió, también yo os envío... Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 2 1-22).

8. La resurrección de Jesucristo es la clave para comprender la historia del mundo, la historia de toda la creación, y es la clave para comprender de manera especial la historia del hombre. El hombre, al igual que toda la creación, está sometido a la ley de la muerte. Leemos en la carta a los Hebreos: «Está establecido que los hombres mueran» (Hb 9, 27). Pero gracias a lo que realizó Jesucristo, esa ley quedó sometida a otra ley: a la ley de la vida. Gracias a la resurrección de Cristo, el hombre ya no existe solamente para la muerte, sino que existe para la vida que se ha de revelar en nosotros. Es la vida que Cristo ha traído al mundo (cf. Jn 1, 4). De aquí la importancia del nacimiento de Jesús en Belén, que acabamos de celebrar en Navidad. Por este motivo, la Iglesia se prepara para el gran jubileo del año 2000. La vida humana que en Belén se reveló a los pastores y a los magos llegados de oriente en una noche estrellada, mostró su carácter indestructible el día de la Resurrección. Existe un vínculo profundo entre la noche de Belén y el día de la Resurrección.

9. La victoria de la vida sobre la muerte es lo que todo hombre desea. Todas las religiones, especialmente las grandes tradiciones religiosas que siguen la mayor parte de los pueblos de Asia, dan testimonio de cuán profundamente está inscrita en la conciencia religiosa del hombre la verdad sobre nuestra inmortalidad. La búsqueda humana de la vida después de la muerte encuentra cumplimiento definitivo en la resurrección de Cristo. Porque el Cristo resucitado es la demostración de la respuesta de Dios a este profundo anhelo del espíritu humano, la Iglesia profesa: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro» (Credo de los Apóstoles). El Cristo resucitado asegura a los hombres y a las mujeres de toda época que están llamados a una vida que traspasa el confín de la muerte.

La resurrección del cuerpo es más que la mera inmortalidad del alma. Toda la persona, cuerpo y alma, está destinada a la vida eterna. Y la vida eterna es la vida en Dios. No la vida en el mundo que, como dice san Pablo, está «sometida a la caducidad» (Rm 8, 20). Por ser una criatura en el mundo, el hombre está sujeto a la muerte, precisamente como cualquier otra criatura. La inmortalidad de toda la persona puede venir sólo como un don de Dios. Y, de hecho, es una participación en la eternidad de Dios mismo.

10. ¿Cómo recibimos esta «vida en Dios»? Por el Espíritu Santo. Sólo el Espíritu Santo puede dar esta nueva vida, como profesamos en el Credo: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». Por él nos convertimos, a imagen de su Hijo único, en hijos adoptivos del Padre.

Cuando Jesús dice: «Recibid el Espíritu Santo», quiere decir: recibid de mí esta vida divina, la divina adopción que he traído al mundo y que he introducido en la historia humana. Yo mismo, el Hijo eterno de Dios, por obra del Espíritu Santo, me he convertido en Hijo del hombre, nacido de la Virgen Maria. Vosotros, por obra del mismo Espíritu, debéis llegar a ser —en mí y por mí— hijos e hijas adoptivos de Dios.

«Recibid el Espíritu Santo» significa: aceptad de mí esta herencia de gracia y de verdad, que hace de vosotros un solo cuerpo espiritual y místico conmigo. «Recibid el Espíritu Santo» significa también: haceos partícipes del reino de Dios, que el Espíritu Santo derrama en vuestro corazón como fruto de los sufrimientos y del sacrificio del Hijo de Dios, para que Dios sea todo en todos (cf. 1Co 15, 28).

11. Queridos jóvenes, nuestra meditación ha llegado al centro del misterio de Cristo redentor. Por su consagración total al Padre, se ha convertido en canal de nuestra adopción como hijos e hijas amados del Padre. La nueva vida que existe en vosotros en virtud del bautismo es la fuente de vuestra esperanza y optimismo cristianos. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Cuando os dice: «Como el Padre me envió, también yo os envío», podéis estar seguros de que no os abandonará; estará siempre con vosotros.

III. PARTE

El Evangelio no es ni una teoría ni una ideología.
El Evangelio es vida. Vosotros tenéis que dar testimonio de esta vida

Queridos jóvenes amigos:

12. La entronización de Nuestra Señora de Antipolo nos invita a mirar a María para saber cómo responder a la llamada de Jesús. Ante todo, ella conservaba todas las cosas, y las meditaba en su corazón. También fue de inmediato a ayudar a su prima Isabel. Ambas actitudes son parte esencial de nuestra respuesta al Señor: oración y acción. Esto es lo que la Iglesia espera de vosotros, los jóvenes. Esto es lo que he venido a pediros aquí. María, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, nos ayudará a escuchar a su Hijo divino.

13. «Como el Padre me envió, también yo os envío». Estas palabras están dirigidas a vosotros. La Iglesia las dirige a todos los jóvenes del mundo, pero hoy de modo especial a los jóvenes de Filipinas, y a los jóvenes de China, de Japón, de Corea y de Vietnam; a los jóvenes de Laos y de Camboya; a los jóvenes de Malaisia, Papúa Nueva Guinea e Indonesia; a los jóvenes de la India y de las islas del océano Indico; a los jóvenes de Australia y Nueva Zelanda, y de las islas del vasto Pacífico.

Hijos e hijas de esta parte del mundo, donde habita la mayor parte de la familia humana, estáis llamados a la misma misión y al mismo desafío a que Cristo y la Iglesia llaman a los jóvenes de todos los continentes: a los jóvenes de Oriente Medio, de Europa del este y del oeste; de América del norte, del centro y del sur; y de África. A cada uno de vosotros Cristo dice: «Yo os envío».

14. ¿Por qué os envía? Porque los hombres y mujeres de todo el mundo, del norte y del sur, del este y oeste, anhelan la auténtica liberación y realización. Los pobres claman justicia y solidaridad; los oprimidos exigen libertad y dignidad; los ciegos suplican luz y verdad (cf. Lc 4, 18). Vosotros no habéis sido enviados a proclamar alguna verdad abstracta. El Evangelio no es una teoría ni una ideología. El Evangelio es vida. Vuestra tarea consiste en dar testimonio de esta vida: la vida de los hijos e hijas adoptivos de Dios. El hombre moderno, sea o no sea consciente de ello, tiene una urgente necesidad de esta vida, como hace dos mil años la humanidad tenía necesidad de la venida de Cristo; como la gente seguirá teniendo siempre necesidad de Jesucristo hasta el final de los tiempos.

15. ¿Por qué tenemos necesidad de él? Porque Cristo revela la verdad sobre el hombre, y sobre la vida y el destino del hombre. El nos muestra nuestro lugar ante Dios, como criaturas y pecadores, como redimidos por su muerte y su resurrección, como peregrinos hacia la casa del Padre. Nos enseña el mandamiento fundamental del amor a Dios y del amor al prójimo. Insiste en el hecho que no puede existir justicia, hermandad, paz y solidaridad sin los diez mandamientos de la alianza, revelados a Moisés en el monte Sinaí y confirmados por el Señor en el monte de las bienaventuranzas (cf. Mt 5, 3-12) y en su diálogo con el joven (cf. Mt 19, 16-22).

La verdad sobre el hombre, que el hombre moderno tiene tanta dificultad para comprender, es que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios mismo (cf. Gn 1, 27) y precisamente en este hecho, dejando aparte cualquier otra consideración, estriba la dignidad inalienable de todo ser humano, sin excepción, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. Pero lo que resulta aún más difícil de comprender para la cultura contemporánea es que esa dignidad, ya forjada en el acto creativo de Dios, ha sido elevada hasta una altura inconcebible en el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Este es el mensaje que debéis proclamar al mundo moderno: sobre todo a los más desvalidos, a los que carecen de casa, a los marginados, a los enfermos, a los abandonados, a los que sufren por culpa de los demás. A cada uno debéis decirle: mira a Jesucristo para ver lo que realmente eres a los ojos de Dios.

16. Se está prestando cada vez más atención a la causa de la dignidad humana y los derechos humanos, y poco a poco éstos se van codificando e incluyendo en las legislaciones, tanto a nivel nacional como internacional. Eso es algo digno de elogio. Pero la efectiva y segura observancia del respeto a la dignidad humana y a los derechos humanos será imposible si las personas y las comunidades no superan los intereses egoístas, el miedo, el ansia y la sed de poder. Por este motivo, el hombre necesita ser liberado del dominio del pecado, por la vida de gracia: la gracia de nuestro Señor y salvador Jesucristo.

Jesús nos dice: «Os envío a vuestras familias, a vuestras parroquias, a vuestros movimientos y asociaciones, a vuestros países, a las antiguas culturas y a la civilización moderna, para que proclaméis la dignidad de todo ser humano, como la he revelado yo, el Hijo del hombre». Si defendéis la inalienable dignidad de todo ser humano, revelaréis al mundo el auténtico rostro de Jesucristo, que se identifica con todo hombre, con toda mujer y con todo niño, aunque sean pobres, débiles o minusválidos.

17. ¿Cómo os envía Jesús? No os promete ni espada ni dinero ni poder ni nada de lo que los medios de comunicación social hacen atractivo para la gente de hoy. Por el contrario, os da la gracia y la verdad. Os envía con el poderoso mensaje de su misterio pascual, con la verdad de su cruz y su resurrección. Esto es todo lo que os da, y todo lo que necesitáis.

Esta gracia y esta verdad, a su vez, os infundirán valentía. Seguir a Cristo siempre ha exigido valentía. Los Apóstoles, los mártires, enteras generaciones de misioneros, santos y confesores, conocidos y desconocidos, en todas partes del mundo, han tenido la fuerza para permanecer firmes frente a la incomprensión y la adversidad. Eso es verdad también aquí en Asia. Entre todos los pueblos de este continente, los cristianos han pagado el precio de su fidelidad, y ésta es la fuente segura de la confianza de la Iglesia.

18. Volvemos así a nuestra pregunta original: ¿qué esperan la Iglesia y el Papa de los jóvenes de la X Jornada mundial de la juventud? Que deis testimonio de Jesucristo. Y que aprendáis a proclamar todo lo que el mensaje de Cristo contiene para la auténtica liberación y el verdadero progreso de la humanidad. Esto es lo que Cristo espera de vosotros, Esto es lo que la Iglesia pide a los jóvenes de Filipinas, de Asia, del mundo. De este modo, vuestras culturas descubrirán que habláis un lenguaje que ya ha resonado de alguna manera en las antiguas tradiciones de Asia: el lenguaje de la auténtica paz interior y de la plenitud de vida, ahora y para siempre.

Dado que Cristo os dice: «Yo os envío», os convertís en signo de esperanza y objeto de nuestra confianza en el futuro. De modo especial, vosotros, jóvenes de la X Jornada mundial de la juventud, sois signo, epifanía de Jesucristo, manifestación del reino de Dios.

19. Señor Jesucristo, mediante esta X Jornada mundial de la juventud, infunde nueva vida en el corazón de los jóvenes reunidos aquí, en el Luneta Park de Manila, en Filipinas.

San Juan escribe que la vida que das es «luz de los hombres» (Jn 1, 4). Ayuda a estos jóvenes, chicos y chicas, a llevar consigo la luz a todos los lugares de donde han venido. Que su luz brille para todos los pueblos (cf. Mt 5, 16): para sus familias, para sus culturas y sociedades, para sus sistemas económicos y políticos, para todo el orden internacional.

Al entrar en la habitación en que los discípulos se hallaban reunidos, después de tu resurrección, les dijiste: «La paz esté con vosotros» (Jn 20, 21). Haz que estos jóvenes sean portadores de tu paz. Enséñales el significado de lo que dijiste en el sermón de la montaña: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9).

Envíalos como el Padre te envió a ti: a liberar del miedo y del pecado a sus hermanos y hermanas; para la gloria de nuestro Padre celestial. Amén.


© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

top