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  VIAJE APOSTÓLICO A FILIPINAS, PAPUA NUEVA GUINEA,
AUSTRALIA Y SRI LANKA

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Aeropuerto internacional Ninoy Aquino de Manila
Lunes 16 de enero de 1995



Queridos amigos Filipinos:

1. Mi visita pastoral a las hermosas islas Filipinas está a punto de concluir. Quisiera dar gracias a todos por la cordial y amable hospitalidad que he recibido desde el primer momento de mi llegada. Agradezco, de manera especial, al señor presidente Ramos y a los miembros del Gobierno su participación en todas las etapas de mi visita. Doy gracias cordialmente a los cardenales Sin y Vidal, así como a todos mis hermanos obispos y a sus colaboradores, por haber hecho de mi peregrinación a la iglesia de estas islas una celebración fecunda y jubilosa de nuestra fe en Jesucristo.

Doy las gracias a todos los que han participado en las misas y en los demás eventos, a los que los han organizado, a los que han mantenido el orden y la seguridad, a los que han trabajado para difundir por radio y televisión los eventos, a los que de alguna manera han contribuido a responder a las necesidades de tantos peregrinos. Que Dios premie a cada uno.

2. Doy gracias con especial afecto a los jóvenes, que han sido los protagonistas principales de esta X Jornada mundial de la juventud. ¿Cómo podemos explicar o medir la misteriosa acción de la gracia divina en tantos corazones jóvenes? El Señor ha comparado el reino a una semilla que un hombre plantó y luego produjo una abundante cosecha. Aquí la semilla había caído en una tierra fértil. Muchas personas —padres, maestros, catequistas, religiosos, sacerdotes— han velado por la semilla de la fe y la han ayudado a desarrollarse. Dios la ha hecho crecer (cf. 1Co 3, 6). ¿Cuánto crecerá? ¿Cuánto se difundirá desde aquí por la inmensa geografía humana de Asia? Este es el desafío y la tarea que los jóvenes de la X Jornada mundial de la juventud y toda la Iglesia que está en Filipinas han aceptado y realizarán en el próximo siglo y en el próximo milenio.

Todo ello llena de gratitud y gozo mi corazón. Seguiré alimentando una inmensa esperanza en los jóvenes de Filipinas y de todo el mundo: Cristo está actuando a través de ellos para producir una nueva primavera del cristianismo en este continente. Nosotros vemos los primeros resultados de la siembra; otros gozarán de la rica cosecha.

3. Me llevo como recuerdo del pueblo filipino muchísimas imágenes. Conozco vuestro anhelo de mayor justicia y de una vida mejor para vosotros y para vuestros hijos. Nadie puede subestimar las dificultades que afrontáis y el duro trabajo que tenéis por delante. Ante todo, nadie debería huir de la gran exigencia de una solidaridad real y efectiva, una nueva solidaridad entre las personas, en las familias y en toda la sociedad. Debe haber mayor participación, un renovado sentido de responsabilidad de cada uno con respecto a los demás: todos somos guardianes de nuestros hermanos. Que Dios os ayude a seguir el rumbo que habéis emprendido: hacia un desarrollo constante que defienda y promueva los valores auténticos de vuestra cultura filipina.

4. Mi último deseo no puede menos de ser el que os expresé cuando vine aquí hace casi catorce años: que gocéis siempre de paz en vuestro corazón y en vuestro hogar; que la justicia y la libertad reinen en vuestra tierra; que vuestras familias sean siempre fieles, y estén unidas en la alegría y el amor.

Dios os bendiga a todos.

Dios bendiga a Filipinas.

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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