1. Hace cincuenta años, el 8 de mayo de 1945, se concluía
sobre la tierra europea la Segunda Guerra mundial. El final de aquel terrible
azote, mientras avivaba en los corazones la espera del retorno de los
prisioneros, de los deportados y refugiados, suscitaba también el deseo
de la construcción de una Europa mejor. El Continente podía
empezar de nuevo a esperar en un futuro de paz y de democracia.
Medio siglo después, los individuos, las familias y los pueblos
conservan aún el recuerdo de aquellos seis terribles años:
recuerdos de miedo, de violencia, de separaciones dolorosas, vividas con la
privación de toda seguridad y libertad, traumas imborrables causados por
exterminios sin fin.
Con el paso del tiempo se comprende mejor el sentido
2. No fue fácil comprender plenamente las múltiples y trágicas
dimensiones del conflicto. Pero, con el paso de los años, se ha
desarrollado la conciencia de la incidencia que aquel acontecimiento ha tenido
sobre el siglo XX y sobre el futuro del mundo. La Segunda Guerra mundial no fue
sólo un episodio histórico de primer orden: ha significado un
cambio para la humanidad contemporánea. Con el paso del tiempo, los
recuerdos no deben difuminarse: más bien deben ser una lección
severa para nuestra generación y para las futuras.
Lo que esa guerra significó para Europa y para el mundo se ha podido
comprender en estos cinco decenios gracias a la adquisición de nuevos
datos que han consentido un mejor conocimiento de los sufrimientos que causó.
La trágica experiencia consumada entre el año 1939 y el año
1945 representa hoy un punto de referencia necesario para quien quiera
reflexionar sobre el presente y sobre el futuro de la humanidad.
En el año 1989, con ocasión del cincuenta aniversario del
comienzo de la guerra, escribí: "Cincuenta años después,
tenemos el deber de acordarnos ante de Dios de aquellos hechos dramáticos,
para honrar a los muertos y compadecer a los que este despliegue de crueldad
hirió en el corazón y en el cuerpo, perdonando del todo las
ofensas"(1).
Es preciso mantener vivo el recuerdo de lo sucedido: es un deber concreto.
Hace seis años, coincidiendo con el aniversario que recordamos ahora, en
el Este europeo se perfilaban inéditos escenarios sociales y políticos
con la rápida caída de los regímenes comunistas. Era una
revuelta social profunda que permitía eliminar algunas trágicas
consecuencias de la guerra mundial, cuyo fin no había significado para
muchas Naciones europeas el comienzo del goce de la paz y de la democracia, como
era lógico esperarse el 9 de mayo de 1945. Algunos pueblos, de hecho, habían
perdido el poder de disponer de sí mismos, y estaban cerrados dentro de
las sofocantes fronteras de un imperio, a la vez que se querían destruir,
además de las tradiciones religiosas, su recuerdo histórico y la
raíz secular de su cultura. Es lo que quise señalar en la Encíclica
Centesimus anus(2). En un cierto sentido, para esos pueblos, la Segunda Guerra
mundial acabó en el año 1989 .
Una guerra con increíbles proporciones destructivas
3. Las consecuencias de la Segunda Guerra mundial para la vida de las
naciones y de los continentes han sino terribles. Los cementerios militares
acumulan en el recuerdo a cristianos y creyentes de otras religiones, militares
y civiles de Europa y de otras regiones del mundo. De hecho, incluso soldados de
países no europeos vinieron a combatir en el suelo del viejo continente:
muchos cayeron en el campo, mientras que para otros el 8 de mayo marcó el
final de una horrible pesadilla.
Decenas de millones fueron los hombres y las mujeres muertos; incontables
los heridos y dispersos. Masas enormes de familias se vieron obligadas a
abandonar tierras a las cuales estaban vinculadas desde hacía siglos;
ambientes humanos y monumentos llenos de historia fueron devastados, ciudades y
pueblos destruidos y reducidos a ruinas. Nunca la población civil,
particularmente las mujeres y los niños, han pagado en un conflicto un
precio en muertos tan alto.
La movilización del odio
4. Más grave aún fue la difusión de la "cultura de
la guerra" con la triste consecuencia de muerte, odio y violencia. "La
Segunda Guerra mundial, -escribí al episcopado polaco en 1989- ha hecho a
todos conscientes de la dimensión, hasta ahora desconocida, a la que
puede llegar el desprecio del hombre y la violación de sus derechos. Ha
producido una movilización inaudita del odio, que ha pisado al hombre y
todo lo que es humano en nombre de una ideología imperialista"(3).
Nunca se afirmará suficientemente que la Segunda Guerra mundial ha
transformado dolorosamente la vida de tantos hombres y de tantos pueblos. Se han
llegado a construir infernales campos de exterminio donde han encontrado la
muerte, en condiciones dramáticas, millones de hebreos y centenares de
miles de cíngaros y otros seres humanos, culpables únicamente de
pertenecer a pueblos diferentes.
Auschwitz: monumento a las consecuencias del totalitarismo
5. Auschwitz, al lado de otros lager, queda símbolo dramáticamente
elocuente de las consecuencias del totalitarismo. La peregrinación a
estos lugares con el recuerdo y con el corazón, en este cincuenta
aniversario, es obligatoria. "Me arrodillo -dije en el año 1979
durante la Santa Misa celebrada en Brzezinka, cerca de Auschwitz- sobre este Gólgota
del mundo contemporáneo"(4). Como entonces, renuevo idealmente mi
peregrinación a tales campos de exterminio. Me paro especialmente "ante
las lápidas con la inscripción en hebreo", para recordar al
pueblo "cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total" y
para confirmar que "no le es lícito a nadie pasar con indiferencia"(5).
Como entonces, me detengo ante las lápidas en ruso, después de los
cambios sobrevenidos en la ex-Unión Soviética y recuerdo "la
parte que ha tenido este País en la última Guerra por la libertad
de los pueblos"(6) Mi detengo después ante las lápidas en
lengua polaca y pienso de nuevo en el sacrificio de buena parte de la nación,
que anota "una dolorosa cuenta sobre la conciencia de la humanidad".
Como dije en 1979, repito hoy: "He elegido tres lápidas. Pero sería
necesario detenerse delante de cada una de las existentes"(7). Sí,
en este cincuenta aniversario del final de la Segunda Guerra mundial, siento la
íntima necesidad de permanecer junto a todas las lápidas, también
de aquellas que recuerdan el sacrificio de víctimas menos conocidas o
incluso olvidadas.
6. De esta meditación brotan interrogantes que la humanidad no puede
dejar de lado. ¿Por qué se llegó a un grado tal de
envilecimiento del hombre y de los pueblos? ¿Por qué, acabada la
guerra, no se han sacado las debidas consecuencias de tan amarga lección
para todo el continente europeo?
El mundo, y en particular Europa, se dirigieron hacia aquella gran catástrofe
porque habían perdido la energía moral necesaria para hacer frente
a todo lo que les empujaba hacia la guerra. En efecto, el totalitarismo destruye
la libertad fundamental del hombre y viola sus derechos. Manipulando la opinión
pública con el martilleo incesante de la propaganda, empuja a ceder fácilmente
al recurso a la violencia y las armas y acaba por aniquilar el sentido de
responsabilidad del ser humano.
Entonces, por desgracia, no nos dimos cuenta de que cuando se llega a
pisotear la libertad, se ponen las condiciones para un peligroso deslizamiento
hacia la violencia y el odio, precursores de la "cultura de la guerra".
Precisamente esto fue lo que sucedió: no fue difícil a los jefes
conducir a las masas a la elección fatal, mediante la afirmación
del mito del hombre superior, la aplicación de políticas racistas
o antisemitas, el desprecio hacia la vida de cuantos eran considerados inútiles
a causa de enfermedades o marginación, la persecución religiosa o
la discriminación política, la reducción progresiva de las
libertades por medio del control policial y el condicionamiento psicológico
derivado del uso unilateral de los medios de comunicación social.
Precisamente a estas tramas se refería el Papa Pío XI de venerada
memoria cuando, en la Encíclica Mit brennender Sorge, del 14 de marzo de
1937, hablaba de "tétricos programas" que aparecían en
el horizonte(8)
No se construye una sociedad humana sobre la violencia
7. La Segunda Guerra mundial ha sido el fruto directo de este proceso
degenerativo: pero, ¿se han sacado las debidas consecuencias en los
decenios sucesivos? Por desgracia el final de la guerra no ha llevado a la
desaparición de las políticas y de las ideologías que la
habían generado o por lo menos favorecido. Bajo otro aspecto, continuaron
los regímenes totalitarios y más bien se difundieron,
especialmente en Europa del Este. Después de aquel 8 de mayo, sobre el
suelo del Continente y en otras partes, permanecieron abiertos no pocos campos
de concentración, mientras tantas personas continuaron a ser encarceladas
con desprecio de todo elemental derecho humano. No se ha comprendido que no se
edifica una sociedad digna de la persona humana sobre su destrucción,
sobre la represión y sobre la discriminación. Esta lección
de la Segunda Guerra mundial no ha sido aún plenamente recibida en todas
partes. Y sin embargo está presente y debe continuar como aviso para el
próximo milenio.
En particular, en los años precedentes a la Segunda Guerra mundial,
el culto a la nación, fomentado hasta convertirlo casi en una nueva
idolatría, provocó en aquellos seis años terribles una
inmensa catástrofe. Pío XI, desde diciembre de 1930 advertía
así: "Más difícil, por no decir imposible, es que dure
la paz entre los pueblos y entre los Estados, si en lugar del verdadero y auténtico
amor a la patria reina y arrecia un egoísta y duro nacionalismo, que es
equivalente a odio y envidia en lugar de mutuo deseo de bien, desconfianza y
sospecha en lugar de fraterna confianza, concurrencia y lucha en lugar de
cooperación concorde, ambición de hegemonía, de predominio
en lugar de respeto y de tutela de todos los derechos, aunque sean los de los débiles
y pequeños"(9)
No es casualidad el que algunos iluminados estadistas de Europa occidental
quisieran, partiendo precisamente de la meditación sobre los desastres
provocados por el segundo conflicto mundial, crear un vínculo comunitario
entre sus respectivos Países. Este pacto se ha desarrollado en los
decenios sucesivos, concretando la voluntad de las naciones que han entrado a
formar parte en el sentido de no estar nunca más solas de frente a su
destino. Ellos comprendieron que, además del bien de los propios pueblos,
existe un bien común de la humanidad, violentamente pisoteado por la
guerra. Esta reflexión sobre la experiencia dramática experiencia
les indujo a sostener que los intereses de una nación sólo podían
ser alcanzados convenientemente en el contexto de la interdependencia solidaria
con los otros pueblos.
La Iglesia escucha el grito de las víctimas
8. Muchas son las voces que se alzan en el cincuenta aniversario del final
de la Segunda Guerra mundial, tratando de superar las divisiones entre
vencedores y vencidos. Se conmemoran el valor y el sacrificio de millones de
hombres y mujeres. Por su parte, la Iglesia se pone a la escucha sobre todo del
grito de todas las víctimas. Es un grito que ayuda a comprender mejor el
escándalo de aquel conflicto que duró seis años. Es un
grito que invita a reflexionar sobre todo lo que ha supuesto para la humanidad
entera. Es un grito que constituye una denuncia de las ideologías que
llevaron a la inmensa catástrofe. Ante cada guerra estamos llamados todos
a meditar sobre nuestras responsabilidades, pidiendo perdón y perdonando.
Quedamos amargamente impresionados, en cuanto cristianos, considerando que "las
monstruosidades de aquella guerra se manifestaron en un continente que presumía
de un particular florecimiento de cultura y civilización; en el
continente que permaneció más tiempo bajo el influjo del Evangelio
y de la Iglesia"(10). Por eso los cristianos de Europa deben pedir perdón,
aun reconociendo que fueron diferentes las responsabilidades en la construcción
del aparato bélico.
La guerra es incapaz de ofrecer la justicia
9. Las divisiones causadas por la Segunda Guerra mundial nos recuerdan el
hecho de que la fuerza al servicio de la "voluntad de poder" es un
instrumento inadecuado para construir la verdadera justicia. Esta más
bien introduce en un nefasto proceso de consecuencias imprevisibles para
hombres, mujeres y pueblos que corren así el peligro de perder toda la
dignidad humana junto con los bienes e incluso la propia vida. Resuena fuerte
todavía el llamamiento que el Papa Pío XII, de venerable memoria,
hizo en agosto de 1939, precisamente en vísperas de aquel trágico
conflicto, en un último intento de evitar el recurso a las armas: "El
peligro es inminente, pero aún hay tiempo. Nada se pierde con la paz,
todo puede perderse con la guerra. Vuelvan los hombres a comprenderse, vuelvan a
tratar"(11). Pío XII seguía en esto las huellas del Papa
Benedicto XV, el cual después de haber utilizado todas las vías
para evitar el primer conflicto mundial, no dudaba en calificarlo de "inútil
masacre"(12). Yo mismo he seguido esta línea cuando, el 20 de enero
de 1991, ante la guerra del Golfo dije: "La trágica realidad de
estos días pone de manifiesto aún más que con el recurso a
las armas no se solucionan los problemas, sino que se crean nuevas y mayores
tensiones entre los pueblos"(13). Es ésta una constatación
que el paso de los años enriquece siempre con nuevos elementos, aunque en
algunas regiones de Europa y en otras partes del mundo continúen encendiéndose
dolorosos focos de guerra. El Papa Juan XXIII, en la Encíclica Pacem in
terris, ponía entre los signos de los tiempos la difusión del
convencimiento de que "las eventuales controversias entre los pueblos no
deben resolverse con el recurso a las armas, sino mediante la negociación"(14).
A pesar de los fracasos humanos, no faltan acontecimientos, también
recientes, que demuestran que la negociación honesta, paciente y
respetuosa de los derechos y de las aspiraciones de las partes puede abrir el
camino para una resolución pacífica de las situaciones más
complejas. En este sentido expreso mi más vivo reconocimiento y apoyo a
todos los modernos constructores de la paz.
Esto lo hago animado en particular por el imborrable recuerdo de las
explosiones atómicas, que golpearon primero Hiroshima y después
Nagasaki en agosto de 1945. Estas testimonian en gran manera el horror y el
sufrimiento causados por la guerra: el balance definitivo de aquella tragedia
-como recordé en mi visita a Hiroshima- no ha sido aún concluido y
tampoco se ha calculado su total coste humano, considerando sobre todo lo que la
guerra nuclear ha significado y podría aún significar para
nuestras ideas, nuestras actitudes y nuestra civilización. "Recordar
el pasado es comprometerse con el futuro. Recordar Hiroshima es aborrecer la
guerra nuclear. Recordar Hiroshima es comprometerse con la paz. Recordar que el
pueblo de esta ciudad ha sufrido es renovar nuestra fe en el hombre, en su
capacidad para obrar el bien, en su libertad para elegir lo que es justo, en su
determinación de convertir el desastre en un nuevo comienzo"(15).
Cincuenta años después de aquel trágico conflicto
finalizado algún mes después también en el Pacífico
con las dramáticas vicisitudes de Hiroshima y Nagasaki, y a continuación
de la rendición del Japón, aparece aquel siempre con mayor
claridad como "un suicidio de la humanidad"(16). Esto, de hecho,
considerándolo bien, es una derrota tanto para los vencidos como para los
vencedores.
El aparato propagandístico
10. Se impone una reflexión ulterior. Durante la Segunda Guerra
mundial, además de las armas convencionales y químicas, biológicas
y nucleares, se recurrió ampliamente a otro instrumento bélico
fatal: la propaganda. Antes de atacar al adversario con medios de destrucción
física, se buscó aniquilarlo moralmente con la denigración,
las falsas acusaciones y la orientación de la opinión pública
hacia la más irracional intolerancia, mediante todas las formas de
adoctrinamiento, especialmente con los jóvenes. De hecho, es típico
de todos los regímenes totalitarios organizar un colosal aparato
propagandístico para justificar los propios delitos e incitar a una
intolerancia ideológica y a la violencia racista contra los que no
merecen -se dice- ser considerados parte integrante de la comunidad. ¡Qué
lejos está todo eso de la auténtica cultura de la paz! Esta supone
el reconocimiento del vínculo intrínseco entre la verdad y la
caridad. La cultura de la paz se construye rechazando desde el comienzo toda
forma de racismo y de intolerancia, no cediendo de ningún modo a la
propaganda racial, controlando las ambiciones económicas y políticas
y rechazando con decisión la violencia y todo tipo de explotación.
Los perversos mecanismos propagandísticos no se limitan a contradecir
los datos de la realidad, sino que contaminan incluso la información
sobre las responsabilidades, haciendo bastante difícil el juicio moral y
político. La guerra origina una propaganda que no deja lugar al
pluralismo interpretativo, al análisis crítico de las causas y a
la búsqueda de las verdaderas responsabilidades. Es lo que se deduce del
examen de los datos disponibles sobre el período 1939-45, como también
de la documentación relativa a otras guerras estalladas en los años
sucesivos. En toda sociedad la guerra impone un uso totalitario de los medios de
información y propaganda, que no educa al respeto del otro y al diálogo,
sino que más bien incita a la sospecha y a la represalia.
La guerra no ha desaparecido
11. Con el año 1945 las guerras, por desgracia, no han terminado.
Violencia, terrorismo y ataques armados continúan afligiendo estos últimos
años.
Se ha asistido a la llamada "guerra fría", que ha visto
contraponerse de modo amenazador dos bloques en equilibrio entre sí
gracias a una constante carrera de armamentos. Y también cuando ha
faltado esta contraposición bipolar, no han acabado los enfrentamientos bélicos.
Demasiados conflictos en diversas partes del mundo están aún
candentes. La opinión pública, impresionada por las horribles imágenes
que entran todos los días en las casas por medio de la televisión,
reacciona emotivamente, pero acaba demasiado pronto acostumbrándose y
casi aceptando el carácter ineludible de los acontecimientos. Esto, además
de injusto, es muy peligroso. No se debe olvidar todo lo sucedido en el pasado y
lo que aún sucede hoy. Son dramas que afectan a innumerables víctimas
inocentes, cuyos gritos de terror y sufrimiento interpelan a las conciencias de
todos los honestos: ¡no se puede y no se debe ceder ante la lógica
de las armas!
La Santa Sede, incluso a través de la firma de los principales
Tratados y Convenciones internacionales, ha querido, y continua haciéndolo
incansablemente, llamar la atención de la Comunidad de las Naciones sobre
la urgencia de reforzar las normas sobre la no proliferación de armas
nucleares y la eliminación de las armas químicas y biológicas,
así como de las que son particularmente traumáticas y con efectos
indiscriminados. A la vez la Santa Sede ha invitado recientemente a la opinión
pública a tomar mayor conciencia del permanente fenómeno del
comercio de armas, fenómeno grave sobre el cual es necesario y urgente
una seria reflexión ética (17). Es preciso además recordar
que no sólo la militarización de los Estados sino también
el fácil acceso a las armas por parte de privados, al favorecer la difusión
de la delincuencia organizada y del terrorismo, constituye una imprevisible y
constante amenaza a la paz.
Una escuela para todos los creyentes
12. ¡Nunca más la guerra! ¡Sí a la paz! Estos eran
los sentimientos comunes manifestados al día siguiente de aquel histórico
8 de mayo. Los seis años terribles del conflicto fueron para todos una
ocasión para madurar en la escuela del dolor: también los
cristianos han tenido oportunidad de acercarse entre sí y de interrogarse
sobre las responsabilidades de sus divisiones. Además, han descubierto la
solidaridad de un destino que los agrupa entre sí y con todos los
hombres, de cualquier Nación. De ese modo, el acontecimiento que ha
marcado el máximo del dolor y de la división entre los pueblos y
las personas, se ha mostrado para los cristianos como una ocasión
providencial para tomar conciencia de la profunda comunión en el
sufrimiento y en el testimonio. Bajo la cruz de Cristo, miembros de todas las
Iglesias y Comunidades cristianas han sabido resistir hasta el sacrificio
supremo. Muchos entre ellos han desafiado ejemplarmente, con las armas pacíficas
del sufrido testimonio y del amor, a los torturadores y opresores. Junto a los
demás creyentes y no creyentes, hombres y mujeres de todas las razas,
religiones y naciones, han lanzado muy alto, por encima de la marea creciente de
la violencia, un mensaje de fraternidad y de perdón.
¿Cómo no recordar, en este aniversario, a los cristianos que,
siendo testigos en la lucha contra el mal, han orado por los opresores y se han
inclinado a curar las llagas de todos? Compartiendo el sufrimiento, han podido
reconocerse como hermanos y hermanas, experimentando el carácter ilógico
de sus divisiones. El sufrimiento compartido les ha llevado a sentir más
el peso de las divisiones aún existentes entre los seguidores de Cristo y
de las consecuencias negativas derivadas de ellas para la construcción de
la identidad espiritual, cultural y política del continente europeo. Su
experiencia es para nosotros un aviso: en esta dirección hay que ir hacia
delante, orando y trabajando con intensa confianza y generosidad en la
perspectiva del ya próximo Gran Jubileo del 2000. Que hacia esa meta se
encaminen con una peregrinación de penitencia y reconciliación(18),
con la esperanza de poder realizar finalmente la plena comunión entre
todos los creyentes en Cristo con seguro beneficio para la causa de la paz.
13. La ola de dolor, que con la guerra se ha extendido sobre la tierra ha
llevado a los creyentes de todas las religiones a poner sus fuerzas espirituales
al servicio de la paz. Cada religión, aunque con itinerarios históricos
diversos, ha vivido esta singular experiencia en estos cinco decenios. El mundo
es testigo de que después de la gran tragedia de la guerra, ha nacido
algo nuevo en la conciencia de los creyentes de las diversas Confesiones
religiosas: se sienten más responsables de la paz entre los hombres y han
empezado a colaborar entre sí. La "Jornada mundial de oración
por la paz" en Asís, el 27 de octubre de 1986, consagró públicamente
este planteamiento madurado en el sufrimiento. Asís puso de relieve "el
estrecho vínculo que une un auténtico planteamiento religioso con
el gran bien de la paz"(19). En las sucesivas "Jornadas de oración
por la paz en los Balcanes" (en Asís el 9 y 10 de enero de 1993 y en
la Basílica de san Pedro el 23 de enero de 1994) se ha destacado
especialmente la aportación específica que se pide a los
cristianos para la promoción de la paz mediante las armas de la oración
y de la penitencia.
El mundo, que camina hacia el final del segundo Milenio, espera de los
creyentes una acción más incisiva en favor de la paz. A los
representantes de las Iglesias cristianas y de las grandes religiones, reunidos
en Varsovia en el año 1989 para el cincuenta aniversario del inicio del
conflicto, decía: "Del corazón de nuestras diversas
tradiciones religiosas brota el testimonio de nuestra participación
compasiva en los dolores del hombre, del respeto a la sacralidad de la vida. Es
ésta una gran energía espiritual que nos hace más confiados
en el futuro de la humanidad"(20). Las tristes vicisitudes del segundo
conflicto mundial, cincuenta años después, nos hacen comprender
mejor la exigencia de liberar, con renovada fuerza y empeño, estas energías
espirituales.
A este propósito se impone recordar que precisamente de la terrible
experiencia de la guerra nació la Organización de las Naciones
Unidas, considerada por el Papa Juan XXIII, de venerable memoria, uno de los
signos de nuestros tiempos por la "voluntad de mantener y consolidar la paz
entre los pueblos" (21). Del cruel desprecio por la dignidad y los derechos
de las personas ha nacido además la Declaración universal de los
derechos del hombre. El cincuenta aniversario de las Naciones Unidas, que se
celebra este año, deberá ser la ocasión para reforzar el
compromiso de la comunidad internacional en favor de la paz. A tal fin, será
preciso asegurar a la Organización de las Naciones Unidas los
instrumentos necesarios para realizar eficazmente su misión.
Aún hay quien prepara la guerra
14. Tienen lugar en estos días celebraciones y manifestaciones en
muchas partes de Europa en las que participan Autoridades civiles y Responsables
de cada Comunidad y País. Uniéndome al recuerdo del sacrificio de
tantas víctimas de la guerra, quisiera invitar a todos los hombres de
buena voluntad a reflexionar seriamente sobre la necesaria coherencia que debe
haber entre la memoria del terrible conflicto mundial y las orientaciones de la
política nacional e internacional. En particular, es preciso disponer de
eficaces instrumentos de control del mercado internacional de armas y juntos
proyectar estructuras adecuadas de intervención en caso de crisis, para
llevar a todas las Partes a preferir las negociaciones al enfrentamiento
violento. ¿Acaso no es verdad que, mientras celebramos la reconquista de la
paz, hay desgraciadamente quien todavía prepara la guerra, sea mediante
la promoción de la cultura del odio como mediante la difusión de
sofisticadas armas bélicas? ¿Acaso no es verdad que en Europa están
candentes dolorosos conflictos que esperan desde hace años soluciones pacíficas?
¡Este 8 de mayo de 1995 no es, desgraciadamente, un día de paz para
algunas regiones de Europa! Pienso en particular en las martirizadas tierras de
los Balcanes y del Cáucaso, donde aún suenan las armas y continúa
derramándose más sangre humana.
A los veinte años del final de la Segunda Guerra mundial, en el año
1965, Pablo VI, hablando a la ONU se preguntaba : "¿Llegará
alguna vez el mundo a cambiar la mentalidad particularista y belicosa que hasta
ahora ha tejido gran parte de su historia?"(22). Es una pregunta que aún
espera respuesta. Que la memoria de la Segunda Guerra mundial reavive en todos
el propósito de trabajar - cada uno según las propias
posibilidades- al servicio de una decidida política de paz en Europa y en
el mundo entero.
Un significado especial para los jóvenes
15. Mi pensamiento se dirige a los jóvenes, que no han experimentado
personalmente los horrores de aquella guerra. A ellos les digo: queridos jóvenes,
tengo gran confianza en vuestra capacidad de ser auténticos intérpretes
del Evangelio. Sentíos personalmente comprometidos al servicio de la vida
y de la paz. Las víctimas, los combatientes y los mártires del
segundo conflicto mundial eran en gran parte jóvenes como vosotros. Por
eso, a vosotros jóvenes del 2000, os pido que estéis atentos
frente al resurgir de la cultura del odio y de la muerte. Rechazad las ideologías
obtusas y violentas; rechazad todas las formas de nacionalismo exaltado y de
intolerancia; por estos caminos se introduce insensiblemente la tentación
de la violencia y de la guerra.
A vosotros se os confía la misión de abrir nuevos caminos de
fraternidad entre los pueblos, para construir una única familia humana,
profundizando la "ley de la reciprocidad del dar y del recibir, de la
entrega de sí y de la acogida del otro"(23). Lo exige la ley moral
inscrita por el Creador en lo profundo de cada persona, ley por El confirmada en
la Revelación del Antiguo Testamento y llevada a su perfección por
Jesús en el Evangelio: "Amarás al prójimo como a ti
mismo" (Lv 19, 18; Mc 12, 31); "Como yo os he amado así os améis
también vosotros los unos a los otros" (Jn 13, 34). Es posible
llevar a cabo la civilización del amor y de la verdad sólo si la
acogida del otro se extiende a las relaciones entre los pueblos, entre las
naciones y las culturas. Que resuene en la conciencia de todos esta invitación:¡Ama
a los otros pueblos como al tuyo!
El camino del futuro de la humanidad pasa por la unidad; y la unidad auténtica
-éste es el anuncio evangélico- pasa por Jesucristo, nuestra paz y
reconciliación (cf. Ef 2, 14-18).
Necesidad de un corazón nuevo
16. "Acuérdate de todo el camino que el Señor, tu Dios,
te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para
humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas
o no a guardar sus mandamientos. Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio
a comer el maná que ni tú ni tus padres habíais conocido,
para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive
de todo lo que sale de la boca del Señor" (Dt 8,2-3).
No hemos entrado todavía en la "tierra prometida" de la
paz. El recuerdo del doloroso camino de la guerra y del nada fácil de la
segunda posguerra está presente constantemente. Este camino, en los
tiempos oscuros de la guerra, en los momentos difíciles de la posguerra,
en nuestros inciertos y problemáticos días, ha puesto de relieve
frecuentemente que en el corazón de los hombres, y también de los
creyentes, es fuerte la tentación del odio, del desprecio del otro y de
la prevaricación. Pero en este mismo camino, no ha faltado la ayuda del
Señor, que ha hecho brotar sentimientos de amor, de comprensión y
de paz, junto con el sincero deseo de reconciliación y de unidad. Como
creyentes, somos conscientes de que el hombre vive de lo que sale de la boca del
Señor. Sabemos también que la paz radica en el corazón de
cuantos se abren a Dios. Recordar la Segunda Guerra mundial y el camino
recorrido en los decenios sucesivos debe evocar en los cristianos la exigencia
de un corazón nuevo, capaz de respetar al hombre y de promover su auténtica
dignidad.
Esta es la base de la verdadera esperanza para la paz del mundo: "Una
luz de la altura -profetizó Zacarías- ... a fin de iluminar a los
que habitan en tinieblas y en sombra de muerte y guiar nuestros pasos por el
camino de la paz" (Lc 1, 78-79). En este tiempo pascual, que celebra la
victoria de Cristo sobre el pecado, elemento que disgrega y provoca lutos y
desequilibrios, vuelve a nuestros labios la invocación con que se
concluye la Encíclica Pacem in terris de mi venerado Predecesor Juan
XXIII: "Que el Señor ilumine también con su luz la mente de
los que gobiernan las naciones, para que, al mismo tiempo que les procuran una
digna prosperidad, aseguren a sus compatriotas el don hermosísimo de la
paz. Que, finalmente, Cristo encienda las voluntades de todos los hombres para
echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para
estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca
comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan injuriado. De
esta manera, bajo su auspicio y amparo, todos los pueblos se abracen como
hermanos y florezca y reine siempre entre ellos la tan anhelada paz"(24).
Que la Virgen María, Mediadora de gracia, siempre atenta y solícita
para con todos sus hijos, alcance para la humanidad entera el don precioso de la
concordia y de la paz.
Vaticano, 8 de mayo de 1995.
(1) Mensaje en el 50º aniversario del comienzo de la Segunda Guerra
Mundial (26 agosto 1989), 2: AAS 82 (1990), 51.
(2) Cf. N. 18: AAS 83 (1991), 815.
(3) Carta a los Obispos de Polonia con ocasión del 50º
aniversario del comienzo de la Segunda Guerra mundial (26 agosto 1989), 3: AAS
82 (1990), 46.
(4) Homilía en el campo de concentración de Brzezinka (7 junio
1979), 2: Insegnamenti II (1979), 1484.
(5) Ibid.
(6) Ibid., l.c., 1485.
(7) Ibid.
(8) N. 11: AAS 29 (1937), 186.
(9) Discurso a la Curia Romana (24 diciembre 1930): AAS 22 (1930), 535-536.
(10) Carta a los Obispos de Polonia con ocasión del 50º
aniversario del comienzo de la Segunda Guerra mundial (26 agosto 1989), 3: AAS
82 (1990), 46.
(11) Radiomensaje "Una hora delicada" (24 agosto 1939): AAS 31
(1939), 334.
(12) Exhortación a los Jefes de las Naciones en guerra (1 agosto
1917): AAS 9 (1917), 420.
(13) Llamamiento después del rezo del Angelus: Insegnamenti XIV, 1
(1991), 156.
(14) N. 3: AAS 55 (1963), 291.
(15) Discurso en el "Peace Memorial Park", Hiroshima (25 febrero
1981), 4: AAS 73 (1981), 417.
(16) Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 18: AAS 83 (1991), 816.
(17) Cf. PONTIFICIO CONSEJO DE LA JUSTICIA Y DE LA PAZ, Documento El
comercio internacional de armas (1 mayo 1994).
(18) Cf. Carta ap. Tertio millennio adveniente (10 noviembre 1994), 50: AAS
87 (1995), 36.
(19) Discurso con ocasión de la solemne oración
inter-religiosa mundial por la paz, 6: AAS 79 (1987), 868.
(20) Mensaje televisivo a los participantes en el encuentro internacional de
oración por la paz con ocasión del 50º aniversario del inicio
de la Segunda Guerra mundial (1 septiembre 1989): Insegnamenti XII, 2 (1989),
421.
(21) Cart. enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 4: AAS 55 (1963), 295.
(22) Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas (4 octubre 1965),
5: AAS 57 (1965), 882.
(23) Cart. enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), 76: L'Osservatore Romano,
ed. semanal en lengua española, 31 de marzo de 1995, 9.
(24) N. 5: AAS 55 (1963), 304.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.20 pp.5,6,7.
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