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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE OBISPOS ARGENTINOS EN VISITA «AD LIMINA»


Sábado 11 de noviembre de 1995

 

Amados Hermanos en el Episcopado:

1. Es para mí motivo de gran satisfacción recibiros hoy, Obispos de Argentina, que habéis venido a Roma para “visitar a Pedro” (Ga 1, 18), reafirmando así vuestra comunión y la de las Iglesias particulares que presidís con la Iglesia de Roma y su Obispo, llamado a confirmar la fe de sus hermanos (cf Lc 22, 32). Os saludo con afecto y os deseo de corazón “la gracia, la misericordia y la paz que proceden de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Señor” (1Tm 1, 2). A través vuestro, mi saludo se extiende a los sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, y a todo el pueblo de Dios de vuestras diócesis.

Quiero agradecer, en primer lugar, las amables palabras que el Señor Cardenal Raúl Francisco Primatesta, Arzobispo de Córdoba, me ha dirigido en nombre de todos, haciéndose intérprete de los sentimientos de adhesión y afecto a la persona y al magisterio del Papa.

Los encuentros de estos días y el diálogo que he mantenido con cada uno me ha permitido constatar el celo que dedicáis a vuestro ministerio, ofreciéndome la oportunidad de compartir los anhelos y esperanzas, preocupaciones y alegrías de vuestro servicio a un “pueblo religioso que, en torno a sus Pastores y en unión con el sucesor del Pedro, está dispuesto a manifestar su fe y a corroborar su compromiso cristiano” (Ceremonia de despedida en el aeropuerto de Ezeiza, 12 de abril de 1987).

2. Aunque “la misión salvífica de la Iglesia en el mundo es llevada a cabo no sólo por los ministros en virtud del sacramento del Orden, sino también por todos los fieles laicos” (Christifideles laici, 23), es indudable que los presbíteros tienen un papel fundamental en dicha misión. Por eso deseo compartir la preocupación por la promoción de las vocaciones al sacerdocio y por la formación de los futuros pastores del Pueblo de Dios.

La importancia de este tema exige una reflexión continua y un nuevo y decidido empeño por parte de todas las comunidades cristianas bajo la guía de aquéllos a quienes “el Espíritu Santo ha constituido obispos para apacentar a la Iglesia de Dios” (Hch 20, 28). La pastoral en este campo debe ser enfocada desde el misterio de la vocación, es decir, el llamado al seguimiento y al ministerio que el Señor efectúa de modo personal a través de la fecundidad de la Iglesia y de la profundidad de su vida, alimentada por la pureza de la fe, por la gracia de los Sacramentos, por el espíritu de conversión y por la oración ardiente de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Todos, por tanto, han de participar de algún modo en la pastoral vocacional, confiando que Dios responderá con sus dones a la fidelidad de su pueblo proporcionándole los ministros necesarios.

Es también importante tener presente que la pastoral vocacional encuentra su prólogo y su contexto en la pastoral juvenil, orientada a la formación doctrinal, espiritual y apostólica de los jóvenes, tanto en las parroquias y colegios, como en los movimientos y obras supraparroquiales. También, donde sea posible, los Seminarios menores, tan recomendados por el Concilio Vaticano II (cf. Optatam totius, 3), ofrecen su valiosa contribución al discernimiento vocacional de los adolescentes y jóvenes. Es fundamental en este campo una formación integral y coherente, basada en la intimidad con Cristo, que disponga, a los que sean elegidos, a recibir con gozo la gracia del don.

3. A este respecto, el Seminario ha de ser objeto de vuestra especial solicitud. En él, durante años, los candidatos al sacerdocio van adquiriendo aquella identidad que los configurará como ministros de Cristo Maestro, Sacerdote y Rey, y que luego quedará sellada por la sagrada ordenación, la cual los capacitará para actuar “in persona Christi”. Este proceso formativo es una realidad misteriosa en la que la libertad humana debe responder generosamente a la acción de la gracia.

A los seminaristas se les debe presentar sin ambigüedades la figura del sacerdote y su identidad esencial, que han sido delineadas con claridad por las diversas orientaciones de la Sede Apostólica y que yo mismo he recordado en la Exhortación Apostólica postsinodal “Pastores Dabo Vobis”. Dicha identidad ha de iluminar todo el proceso educativo e inspirar claros criterios de selección, como ya tuve oportunidad de señalar en mi visita a vuestro País, pues “no es el número lo que se ha de buscar principalmente, sino la idoneidad de los candidatos. Necesitamos muchos sacerdotes, pero que sean aptos, dignos, bien formados, santos” (Discurso en la sede de la Conferencia Episcopal Argentina, n. 3, 12 de abril de 1987), y como exhorta oportunamente el Concilio Vaticano II, “a lo largo de la selección y prueba de los alumnos, procédase siempre con la necesaria firmeza, aunque haya que deplorar penuria de sacerdotes, ya que si se promueven los dignos, Dios no permitirá que su Iglesia carezca de ministros” (Optatam totius, 6).

El testimonio de fidelidad de los sacerdotes, a cuyo ministerio se integrarán los nuevos ordenados, es también un factor importante para la formación de los seminaristas. Respondiendo con generosidad y con un amor indiviso a su “vocación en el sacerdocio”, los presbíteros serán modelo de caridad pastoral, de oración y de sacrificada entrega para los jóvenes candidatos a las órdenes sagradas. La preparación de los futuros ministros del Señor debe continuar en la formación permanente cuando ya son miembros del presbiterio diocesano, lo cual es “una exigencia intrínseca del don y del ministerio sacramental recibido” (Pastores Dabo Vobis, 70).

4. Me complace saber que estáis preparando la celebración jubilar de año 2000, que ha de ser un momento de gracia y de mayor fervor en el camino de la Iglesia, especialmente en la perspectiva de la nueva evangelización. Estos años que faltan para el bimilenario del nacimiento de nuestro Redentor constituyen una ocasión privilegiada para reafirmar en las mentes y en los corazones la verdad de la fe, revitalizar las comunidades cristianas en el ejercicio de la caridad, examinar los métodos y adaptar los instrumentos pastorales que permitan a la Iglesia en Argentina continuar con renovado ardor la misión que se viene desarrollando desde los comienzos de la evangelización.

La primera fase de la preparación inmediata al Gran Jubileo se presenta como un tiempo propicio para examinar y apreciar debidamente el arraigo de los valores cristianos en la sociedad y los factores que inciden en la acción evangelizadora. En vuestra Patria, como en otras naciones de América Latina, la Iglesia “ha logrado impregnar la cultura del pueblo, ha sabido situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción” (Discurso inaugural de la IV Conferencia general del episcopado latinoamericano, n. 24, 12 de octubre de 1992).

Sin embargo, el ejercicio cotidiano de vuestro ministerio os hace conscientes de la aparición de “una crisis cultural de proporciones insospechadas” (ib. 21), que tiene sus manifestaciones en la difusión de un permisivismo contrario no sólo a las normas cristianas sino a la misma moral natural. En este sentido se difunde una mentalidad antinatalista y a veces una educación errada de la sexualidad; no faltan voces que propugnan que la ley autorice el grave crimen del aborto; se divisa el peligro de la manipulación genética en los medios de reproducción humana. En el ordenamiento educativo se insinúan también tendencias contrarias a la tradición cultural de la nación y, en otro orden de cosas, la corrupción y su impunidad corren el riesgo de generalizarse, con las lamentables secuelas de indiferencia social y escepticismo.

Por eso, en los últimos meses, individualmente o por medio de las competentes Comisiones de la Conferencia Episcopal, os habéis pronunciado con claridad y firmeza ante algunos de estos problemas referentes a la educación según las tradiciones culturales del País como a la moralidad pública, los cuales son objeto de debate e inducen a la confusión de los fieles. No ahorréis esfuerzos en el ejercicio de vuestro magisterio, puesto al servicio de la doctrina moral cristiana y de la auténtica dignidad del hombre (cf. Veritatis splendor, 114). Haciéndome eco de la exhortación paulina a Timoteo (cf. 2Tm 4, 2), os digo: ¡Continuad ofreciendo a vuestro pueblo ese valioso testimonio, sin que las incomprensiones o críticas os desanimen!

5. Otra preocupación vuestra, que coincide con un aspecto sobresaliente de la preparación y celebración del Gran Jubileo (cf. Tertio millennio adveniente, 51), es la grave situación económica que aflige a una considerable porción de la comunidad argentina y que tiene una de sus manifestaciones, como sucede también en otros Países, en el incremento del desempleo.

Es oportuno recordar que la situación social no mejora tan sólo aplicando medidas técnicas sino también y sobre todo promoviendo reformas con una base humana y moral, que tenga presente una consideración ética de la persona, de la familia y de la sociedad. Por ello, sólo una nueva propuesta de los valores morales fundamentales, como son la honestidad, la austeridad, la responsabilidad por el bien común, la solidaridad, el espíritu de sacrificio y la cultura del trabajo, en una tierra como la vuestra que la Providencia ha creado fértil y fecunda, puede asegurar un mejor desarrollo integral para todos los miembros de la comunidad nacional.

Vosotros habéis inculcado reiteradamente estos valores y habéis propuesto, ante la emergencia, instituir en favor de los más necesitados una Red de caridad, que consiste en “coordinar y potenciar la valiosa tarea que la Iglesia viene realizando en todas las comunidades a través de sus hijos” y en promover “la cooperación con otras instituciones empeñadas en el mismo propósito” (Comisión permanente de la Conferencia episcopal Argentina, Exhortación, 10 de agosto de 1995). Me complazco por esta iniciativa y confío que será un signo del amor misericordioso de Dios, encarnado en gestos de fraternidad cristiana y de solidaridad efectiva para con todos los que sufren. A través de vuestra presencia y de vuestra voz quiero estar muy cerca de todos ellos: los padres de familia que no encuentran trabajo, las madres angustiadas por las necesidades del hogar, los niños que no pueden recibir la alimentación o la educación adecuadas, los jóvenes a quienes amenaza la frustración de sus esperanzas, los ancianos, los jubilados y los enfermos. Dirijo también mi pensamiento agradecido a cuantos han respondido y responderán con generosidad a vuestro llamado y, mediante la oración y los gestos concretos de caridad, procuran paliar el sufrimiento de sus hermanos: su ofrenda no quedará sin recompensa, pues “Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres; por eso nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ama, en atención a los pobres” (S. Vincentii a Paulo, Epistula 2, 546).

6. Al concluir este encuentro colectivo deseo expresaros mi gratitud por el trabajo incansable que desarrolláis en todos los ámbitos de la acción pastoral. Os aliento a continuar con renovada esperanza la tarea de conducir al Pueblo de Dios que tenéis confiado hacia la meta de la patria celestial mediante el ejercicio de vuestro ministerio apostólico, brindando también así un excelente servicio a la entera comunidad nacional. Transmitid también mi saludo afectuoso y mi bendición a todos vuestros fieles, especialmente a los que colaboran con mayor dedicación en la obra de la evangelización y a quienes sufren por cualquier causa y que, por ello, ocupan un lugar particular en el corazón del Papa.

7. Accediendo complacido a vuestra petición, voy a bendecir ahora una réplica de la venerada y querida imagen de Nuestra Señora de Luján, Patrona de Argentina, traída desde su Santuario y que mañana será entronizada solemnemente en la Iglesia Nacional Argentina de Roma. Al invocar su maternal protección, le pido que interceda por la santidad de todos los fieles, por el bienestar de las familias y la prosperidad de vuestro País en justicia y en paz, a la vez que imparto a todos de corazón mi Bendición Apostólica.

© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana

 

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