Señor presidente;
señor director general;
señoras y señores:
1. Con mucho gusto os doy la bienvenida a vosotros distinguidos
participantes en la XXVIII Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas
para la agricultura y la alimentación (FAO), que estáis realizando vuestra ya
tradicional visita a la Sede de Pedro. Dado que este año se celebra el 50°
aniversario de la FAO, me complace especialmente que, a pesar de vuestra
apretada agenda, no hayáis querido perder esta ocasión, una costumbre que se ha
mantenido en las reuniones de la Conferencia desde que la FAO se estableció en
Roma, en 1951.
Por medio de usted, señor presidente, expreso mis mejores deseos
a los delegados y a los representantes de los Estados miembros, y doy la
bienvenida en particular a los nuevos miembros de vuestra organización, que hoy
más que nunca refleja un mundo que, a pesar de las divisiones a menudo
dolorosas, siente cada vez más la necesidad de unirse en torno a objetivos
comunes.
Le doy las gracias, señor director general, y le renuevo mi
estima por su generoso compromiso durante la primera fase de su mandato, que
implica también la difícil pero necesaria tarea de reestructurar la
organización.
2. No es casualidad que el comienzo de la FAO haya coincidido
con la formación de una organización más amplia, las Naciones Unidas, cuyos
ideales inspiraron a la FAO y con cuya actividad está relacionada. Así, la
institución de la FAO quiso destacar la complementariedad de los principios
contenidos en la Carta de las Naciones Unidas: la verdadera paz y la efectiva
seguridad internacional no se consiguen sólo previniendo guerras y conflictos,
sino también promoviendo el desarrollo y creando condiciones que aseguren que
los derechos humanos fundamentales sean garantizados plenamente.
3. La celebración del 50° aniversario de la FAO ofrece una
ocasión oportuna para reflexionar en el compromiso de la comunidad internacional
en favor de un bien y un deber fundamentales: librar a los seres humanos de la
desnutrición y de la amenaza de la muerte por hambre. Como habéis puesto de
relieve en vuestra reciente Declaración de Québec, no se puede olvidar que en
los comienzos de la FAO no sólo se deseaba fortalecer la cooperación efectiva
entre los Estados en un sector tan importante como la agricultura, sino que
también se quería encontrar la manera de garantizar alimento suficiente a todo
el mundo, compartiendo los frutos de la tierra de modo racional. Al fundar la
FAO, el 16 de octubre de 1945, la comunidad mundial esperaba erradicar el
flagelo del hambre y la inanición. Las enormes dificultades presentes aún en
esta tarea no deben hacer que disminuya la firmeza de vuestro compromiso.
También hoy se presentan ante nuestros ojos algunas situaciones
trágicas: gente que muere de hambre porque no se han garantizado la paz y la
seguridad. La situación social y económica del mundo actual hace que todos
seamos conscientes de que el hambre y la desnutrición de millones de personas
son el resultado de mecanismos perversos dentro de las estructuras económicas, o
la consecuencia de criterios injustos en la distribución de los recursos y la
producción, de políticas programadas para defender a grupos con intereses
especiales, o de diferentes formas de proteccionismo.
Además, la situación precaria en la que se encuentran pueblos
enteros, ha llevado a una movilización de dimensiones tan alarmantes, que no
puede afrontarse únicamente con la ayuda humanitaria tradicional. La cuestión de
los refugiados y los desplazados provoca consecuencias dramáticas para la
producción agrícola y la seguridad de alimentos, en perjuicio de la nutrición de
millones de personas. La acción de la FAO durante los últimos años ha mostrado
que no basta suministrar ayudas de emergencia a los refugiados; esta forma de
asistencia no aporta una solución satisfactoria, pues se permite que persistan y
se agudicen las condiciones de extrema pobreza, condiciones que llevan al
incremento de las muertes por desnutrición y hambre. Hay que afrontar las causas
de esas situaciones.
4. Señoras y señores, las celebraciones del 50° aniversario nos
brindan la oportunidad de preguntarnos por qué la acción internacional, a pesar
de la existencia de la FAO, ha sido incapaz de modificar este estado de cosas. A
nivel mundial puede producirse suficiente alimento para satisfacer las
necesidades de todos. ¿Por qué, entonces, tantos pueblos corren el riesgo de
morir de hambre?
Como bien sabéis, son muchas las razones de esta situación
paradójica, en la que la abundancia coexiste con la escasez; entre ellas,
algunas políticas que reducen fuertemente la producción agrícola, la corrupción
tan difundida en la vida pública y las masivas inversiones en sistemas de armas
sofisticadas, en perjuicio de las necesidades primarias de los pueblos. Éstas y
otras razones contribuyen a la creación de lo que llamáis estructuras del
hambre. Se trata de los mecanismos del comercio internacional, mediante los
cuales los países menos favorecidos, los que tienen mayor necesidad de
alimentos, son excluidos, de un modo u otro, del mercado, impidiendo así una
distribución justa y eficaz de los productos agrícolas. Con todo, otra razón
consiste en el hecho de que ciertas formas de ayuda para el desarrollo se
conceden sólo con la condición de que los países más pobres adopten políticas de
ajustes estructurales, políticas que limitan drásticamente la capacidad de esos
países de adquirir los alimentos necesarios. Un serio análisis de las causas
esenciales del hambre no puede menos de destacar la actitud que se observa en
los países más desarrollados, en los que una cultura consumiste tiende a exaltar
las necesidades artificiales frente a las reales. Esto provoca consecuencias
directas sobre la estructura de la economía mundial, y en particular sobre la
agricultura y la producción alimentaria.
Estas numerosas razones tienen su origen no sólo en un falso
sentido de los valores en los que deberían basarse las relaciones
internacionales, sino también en una actitud muy difundida que privilegia el
tener frente al ser. El resultado es la incapacidad real de muchas personas para
comprender las necesidades de los pobres y los hambrientos. En verdad, se trata
de la incapacidad de comprender a los pobres en su inalienable dignidad humana.
Por eso, una campaña eficaz contra el hambre requiere mucho más que dar meras
indicaciones sobre el funcionamiento correcto de los mecanismos de mercado o
conseguir niveles más elevados de producción alimentaria. Se necesita, ante
todo, recuperar el sentido de la persona humana. En mi discurso que dirigí a la
Asamblea general de las Naciones Unidas el pasado 5 de octubre, destaqué la
necesidad de entablar relaciones entre los pueblos sobre la base de un constante
«intercambio de dones», una verdadera «cultura del dar» que debería preparar a
todos los países para afrontar las necesidades de los menos favorecidos (cf. n.
14).
5. En esta perspectiva, la FAO y otras organizaciones tienen un
papel esencial que desempeñar para fomentar un nuevo sentido de cooperación
internacional. Durante los últimos cincuenta años la FAO ha tenido el mérito de
hacer que la gente tuviera acceso a la tierra, favoreciendo así a los
agricultores y promoviendo sus derechos como condición para aumentar los niveles
de producción. La ayuda alimentaria, usada a menudo como un medio para ejercer
presiones políticas, ha sido modificada gracias a un nuevo concepto: la
seguridad de alimentos, que considera la disponibilidad de estos no sólo en
relación con las necesidades de la población de un país, sino también en
relación con la capacidad productiva de las áreas cercanas, precisamente con
vistas al traslado o intercambio rápido de alimentos.
Además, la preocupación que la comunidad internacional muestra
por las cuestiones ambientales se refleja en el compromiso de la FAO en favor de
actividades que procuran limitar el daño causado al ecosistema y proteger la
producción alimentaria de fenómenos como la desertización y la erosión. La
promoción de una justicia social efectiva en las relaciones entre los pueblos
supone la conciencia de que los bienes de la creación están destinados a todas
las personas, y que la vida económica de la comunidad mundial debería tender a
compartir esos bienes, su uso y sus beneficios.
Hoy, más que nunca, es necesario que la comunidad internacional
se comprometa nuevamente a cumplir la finalidad primaria por la que se creó la
FAO. El pan diario para cada persona en la tierra, el Fiat panis al que la FAO
se refiere en su lema, es condición esencial para la paz y la seguridad del
mundo. Hay que realizar opciones valientes, y hacerlas a la luz de una correcta
visión ética de la actividad política y económica. Las modificaciones y las
reformas del sistema internacional, y en particular de la FAO, deben enraizarse
en una ética de solidaridad y en una cultura de comunión. Orientar los trabajos
de esta Conferencia hacia ese objetivo puede ser el modo más fructífero de
prepararse a la importante reunión de la Cumbre mundial sobre la nutrición, que
la FAO ha programado para noviembre de 1996.
6. En todos esos esfuerzos la Iglesia católica está a vuestro
lado, como testimonia la atención con la que la Santa Sede ha seguido la
actividad de la FAO desde 1948. Al celebrar este 50° aniversario con vosotros,
la Santa Sede desea manifestar su apoyo continuo a vuestros esfuerzos. Un signo
de este apoyo y estimulo será la campana que se colocará en la sede de la FAO,
como recuerdo de la creación, hace cincuenta años, de la familia de las Naciones
Unidas. Las campanas simbolizan la alegría, anuncian un acontecimiento. Pero
también suenan para llamar a la acción. En esta ocasión, y en el ámbito de la
actividad de la FAO, esta campana está destinada a llamar a todos, a los países,
a las diversas organizaciones internacionales, a todos los hombres y mujeres de
buena voluntad, a esforzarse cada vez más por liberar al mundo del hambre y la
desnutrición.
Las palabras grabadas en la base de la campana evocan el
verdadero propósito del sistema de las Naciones Unidas: «No levantará espada
nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra» (Is 2, 4). Se trata de
palabras del profeta Isaías, que proclamaba la aurora de la paz universal. Sin
embargo, según el profeta, esta paz llegará —y esto tiene un gran significado
para la FAO— cuando «forjen de sus espadas arados, y de sus lanzas podaderas» (Is
2, 4). En efecto, sólo cuando las personas consideren una prioridad la lucha
contra el hambre, y se comprometan a suministrar a todos los medios para ganarse
su pan de cada día en lugar de acumular armas, se pondrá fin a los conflictos y
a las guerras, y la humanidad será capaz de emprender el camino duradero de la
paz.
Ésta es la sublime tarea a la que estáis llamados vosotros, los
representantes de las naciones y los líderes de la FAO.
Sobre vuestro trabajo y sobre la FAO invoco las abundantes
bendiciones de Dios todopoderoso, siempre rico en misericordia.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española
n. 44 p.9.
© Copyright 1995 - Libreria Editrice Vaticana